El guardaespaldas (Club Southside nº 10) 2 #2
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Mitch no levantó la vista.

—Esto no es una negociación.

—Todo es una negociación.

Él dejó el tenedor.

—¿Quieres salir del loft hoy?

—Sí.

—Entonces te atienes a mis condiciones.

Ella arqueó una ceja.

—Define condiciones.

—Revisamos cada ubicación de antemano. No sales sin mí o sin otro agente de Cerberus. No discutes en público. Si digo que nos vamos, nos vamos.

—Te has saltado la parte en la que tengo que pedir permiso para ir al baño.

Él le lanzó una mirada cortante, pero ella ya sonreía tras su taza de café.

—Si quieres ponerte difícil —dijo él con calma—, allá tú. Pero no confundas tolerancia con debilidad. No soy uno de tus becarios, Donato. Estoy aquí para mantenerte con vida, no para rogarte mientras te juegas el cuello por guardar las apariencias.

Ella parpadeó y la sonrisa se desvaneció. Luego, en voz baja, dijo:

—No te acobardan fácilmente, ¿verdad?

—No —respondió él—. Pero sí tengo un límite.

Ella lo miró fijamente un segundo más de lo necesario. Y él supo que bajo el descaro, la mordacidad y todas esas capas de defensa había una mujer que merecía la pena... No debería, pero le gustaba. Ella y todo lo demás.

El loft volvió a la vida cuando Maya llegó poco después de las ocho, con el bolso del portátil colgado del hombro y un café en la mano.

Apenas saludó a Mitch con la mano antes de dejarse caer en el escritorio libre del otro extremo de la habitación.

Andi se reunió con ella, se recostó en la silla de cuero del despacho y encendió la tableta.

Mitch mantuvo las distancias, apoyado en el pilar junto a las ventanas, con los brazos cruzados y la mirada alerta. No tenía que estar en medio de la conversación para mantener el control. Solo tenía que escuchar.

Maya sacó una hoja impresa.

—Aquí está el resumen del día. Tenemos una reunión en la oficina de campaña a las diez, un discurso en el almuerzo de la coalición empresarial del centro a mediodía y un evento de recaudación de fondos en el Lakeview Club a las seis.

—¿Ubicaciones? —preguntó Mitch sin vacilar.

Maya le entregó una copia del programa.

—Direcciones, contactos de seguridad de cada local, aforo estimado, todo anotado. Lo preparé con el equipo de operaciones de Cerberus.

Mitch asintió una vez, ya trazando el plan del día en su cabeza.

—Me encargo del transporte. Iremos con cristales tintados, blindaje y ruta alternativa.

—¿Cerberus tiene vehículo? —preguntó Andi sin levantar la vista de la tableta.

Mitch le sostuvo la mirada. —Sí.

—¿Ahora me llevas tú?

—Te llevo a todas partes.

Andi puso los ojos en blanco, pero no dijo nada más.

Maya recogió su bolso. Era evidente que había notado el cambio en la postura de Andi. —Tengo que hacer unas llamadas. Estaré en el balcón hasta que estéis listos para salir.

Cuando los dejó solos de nuevo, el silencio ya no fue tan cómodo.

Andi se volvió hacia él. —¿Haces esto con todo el mundo?

—¿El qué?

—Invadir su espacio. Adueñarte de su vida. Mirarlos como si estuvieras siempre a cinco segundos de dar órdenes que no quieren acatar.

—Sí.

—¿Y siempre las siguen?

Mitch esbozó el más mínimo atisbo de sonrisa, tensa y contenida. —Tarde o temprano.

El vehículo que Cerberus le había asignado era exactamente lo que la situación requería: negro, blindado, sin distintivos. Sin matrículas personalizadas. Sin alardes. Parecía un todoterreno de reparto con secretos de Estado ocultos bajo los asientos.

Mitch abrió la puerta del copiloto y esperó. Andi se detuvo en lo alto del corto tramo de escaleras a la salida de su loft, los ojos entornados por la luz del sol, con una carpeta bajo un brazo y el móvil en la otra mano.

—Sabes, este vehículo no es precisamente el colmo del glamour de campaña —dijo ella.

—No tiene por qué serlo. —Señaló la puerta abierta—. Adentro. Ya.

Ella no discutió, y eso lo inquietó más que si lo hubiera hecho.

Subió con una elegancia ensayada y se acomodó en el asiento del copiloto con un suave suspiro; el dobladillo de su falda de tubo color crema le quedaba justo por encima de las rodillas.

Mitch lo notó, pero se contuvo. Cerró la puerta, rodeó el vehículo y echó un último vistazo a la calle antes de sentarse al volante.

Maya y un ayudante de campaña los seguían en el otro todoterreno, a dos coches de distancia, según el protocolo de Cerberus.

Mitch se incorporó al tráfico y habló con voz firme. —Hemos revisado la ruta de hoy dos veces. Ningún periodista sabe que estás en camino. Las ventanillas se quedan cerradas. Si nos paran por cualquier motivo, me dejas hablar a mí. ¿Entendido?

Ella le lanzó una mirada de reojo. —Lo dices como si alguna vez hubiera dejado que alguien hablara por mí.

—No soy cualquiera.

—Vaya si lo sé.

Captó el filo en su voz, y algo más debajo. Tensión. Esa misma maldita chispa de la noche anterior, viva y latente bajo la superficie.

No volvieron a hablar hasta que llegaron a la sede de campaña.

El equipo de campo de Cerberus ya había inspeccionado el pequeño edificio de oficinas que servía de centro de operaciones.

Nada lujoso: ladrillo visto, suelos desgastados y un montón de gente que creía en ella lo suficiente como para trabajar muchas horas por poco o nada de sueldo.

Mitch aparcó en el callejón, a la sombra de un muelle de carga. Comprobó la salida trasera del edificio y después le abrió la puerta desde fuera.

—No te alejes —le dijo mientras ella bajaba.

Ella ni siquiera fingió disimular el sarcasmo. —No vaya a ser que me acerque a una máquina expendedora sin tu bendición táctica.

Mitch la siguió al interior con pasos silenciosos y presencia imponente.

La gente se dio cuenta. Los miembros del equipo de campaña se quedaron paralizados a mitad de tarea, con sonrisas a medio esbozar mientras observaban al hombre de negro que seguía a su candidata como una segunda sombra.

Mitch los ignoró. Recorrió la sala con la mirada: ventanas sin protección, una única entrada sin vigilancia, ausencia total de cualquier perímetro de seguridad digno de tal nombre.

Alguien tosió. Otro susurró: —¿Es él?

Andi siguió caminando como si no los oyera.

—Estás llamando la atención —murmuró mientras se dirigían a su despacho.

—Tú también —respondió él—, de la gente equivocada.

—La paranoia no te da la razón, Langdon.

—No —dijo él—. Pero mantenerte viva sí.

Ella volvió a lanzarle una de esas miradas de reojo, penetrante, calculadora.

—¿Siempre hablas con eslóganes de supervivencia o solo con la gente que te molesta?

—No me resultas molesta... todavía.

—No te tengo miedo.

—Todavía no.

Llegaron a su despacho: paredes desnudas, un escritorio desordenado, una pizarra cubierta de cronogramas de campaña y círculos rojos donde las encuestas bajaban peligrosamente cerca del nombre de Wexler.

Mientras ella se sentaba tras su escritorio y empezaba a responder preguntas de Maya y su equipo, Mitch se apostó cerca de la puerta. Silencioso. Vigilante. La sombra que nadie quería ver pero que nadie podía ignorar.

Observó cómo trabajaba Andi, cómo se había recuperado del accidente, las amenazas, la emboscada del debate. Hablaba con claridad, manejaba las objeciones con soltura, tomaba notas y repartía tareas como una general dirigiendo una campaña bélica. Y en cierto modo, lo era.

Pero cuando un asistente le pasó una botella de agua y ella hizo una leve mueca de dolor al girar el tapón, protegiendo el costado izquierdo, Mitch dio un paso al frente.

Ella se quedó inmóvil a medio gesto. Él cogió la botella, la abrió con un giro suave y la dejó de nuevo frente a ella.

Andi parpadeó. —Gracias —murmuró. Apenas audible.

Él volvió a su puesto junto a la pared. Sin comentarios. Sin aspavientos. Solo control, restablecido.

Lo siguiente fue el almuerzo: un evento en el centro de la ciudad, organizado en un exclusivo club de un rascacielos por un grupo de élites empresariales con trajes a medida y relojes caros.

Mitch entró primero en la sala, con la mirada recorriendo a cada invitado, cada camarero, cada ángulo de aproximación.

No había ventanas: bien. Solo dos puertas: mejor.

Localizó la ruta de extracción más rápida y memorizó los uniformes del personal: chaleco gris, camisa blanca, pantalones negros. Un barman. Cuatro camareros.

Cuando Andi entró, la sala cambió. Se había puesto un vestido de tubo verde oscuro que realzaba el color de sus ojos, tacones que resonaban con seguridad sobre el suelo y una sonrisa capaz de vender cualquier ley a una sala llena de cínicos.

La multitud se inclinó hacia ella. La prensa disparó sus cámaras.

Mitch se quedó en el perímetro, con los brazos cruzados, observándolo todo.

Cuando Andi tomó el micrófono y habló sobre exenciones fiscales para pequeñas empresas e incentivos para el desarrollo sostenible, no solo captó la atención de la sala: la dominó.

Pero cada pocos minutos, sus ojos se desviaban hacia donde él estaba —firme y silencioso— y luego volvían a la multitud. Como si necesitara confirmación.

No estaba sola.

Ya en el todoterreno, no habló hasta que estuvieron a varias manzanas de distancia.

—Me miraste fijamente durante todo el almuerzo.

—Miré fijamente a todo el mundo.

—Pareció algo personal —dijo ella. Él no respondió. Ella se removió en el asiento—. Sabes, si quisieras mirarme así en privado, solo tendrías que pedirlo.

Entonces él la miró. Despacio. Con intención.

—Si alguna vez te miro en privado, no será porque lo haya pedido yo.

Se le cortó la respiración y, por primera vez desde que él había entrado en su vida, no tuvo nada que decir.