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ANDI
Andi Donato odiaba la tinta roja.
Le recordaba todos los ensayos de secundaria que había escrito, chorreando críticas y subrayados de su profesora de Literatura Avanzada, la Sra. Larson, que siempre encontraba defectos en lo que Andi creía brillante. Pero el sobre en su escritorio no era una calificación. Era un mensaje.
Y la tinta no se parecía a ninguna que hubiera comprado en Staples.
—¿Eso es sangre? —preguntó Maya Ramsey, su jefa de gabinete, asomándose por encima de su hombro con una taza de café en las manos.
Andi no respondió. Se quedó mirando las letras irregulares garabateadas sobre papel de carta grueso, color crema, elegante, del que se usa para invitaciones de boda carísimas.
SAL DE LA CARRERA ANTES DE QUE SANGRES DE VERDAD.
Se obligó a mantener los dedos quietos, aunque las uñas se le clavaban en las palmas.
—Probablemente solo sea una broma —dijo Andi. Dejó la carta con cuidado estudiado y cogió el teléfono—. Ya sabes cómo se pone la gente cuando cree que está siendo ingeniosa. Algún imbécil anónimo con un sentido del humor retorcido.
—No te lo crees ni tú —Maya dejó el café y cruzó los brazos—. Esta es la tercera amenaza en dos semanas, y esta... esta es personal.
Por supuesto que lo era. El nombre de Andi estaba en el sobre, escrito a mano con la misma tinta roja oxidada, y el remite parecía una broma: La Verdad Duele, Chicago IL. Sin código postal. Sin piedad.
—Tengo un debate en directo en dos horas, Maya. No pienso darle a la prensa la satisfacción de verme flaquear.
Maya entrecerró los ojos detrás de las gafas. —No eres a prueba de balas, Andi. Serás muy dura, pero sigues siendo humana.
—Díselo a los votantes —Andi se levantó, alisándose los pantalones azul marino que había elegido para el debate: una muestra sutil de fuerza, líneas limpias, tela práctica.
Su estilista le había suplicado que se pusiera algo más suave, más «accesible».
Se negó. No se presentaba a reina del baile. Se presentaba a alcaldesa.
Y estaba claro que alguien no quería que ganara.
Maya abrió la boca para replicar, pero Andi la cortó levantando una mano. —Nada de filtraciones a la prensa. Nada de chismes. Si alguien pregunta por la carta, diles que me reí mientras me tomaba un café con leche. Ni siquiera pestañees.
Andi cogió el sobre y lo llevó a la trituradora.
No se rió. Ni una sola vez.
Dos horas después, el olor a laca y a ansiedad impregnaba el pasillo de bastidores del auditorio municipal. Los voluntarios correteaban como hormigas entre los atriles y los equipos de cámara mientras una maquilladora retocaba a Andi bajo el ojo izquierdo.
—¿Segura de que quieres llevar el pelo suelto? —preguntó la maquilladora, mordiéndose el labio—. Es que... el equipo de tu rival no para de decir que intentas parecer «demasiado glamurosa para la política seria». A lo mejor una coleta...
—Como cambie una sola cosa de mí misma para complacer a un hombre que ni siquiera sabe pronunciar «infraestructura», me retiro de la carrera ahora mismo —Andi retrocedió y dejó que la cortina cayera entre ella y la maquilladora bienintencionada y demasiado ambiciosa.
Al otro lado del escenario, el senador Rick Wexler sonreía como si fuera dueño del aire entre ellos, mientras estrechaba la mano de la moderadora y le susurraba algo al oído que la hizo reír con demasiadas ganas. Los flashes destellaron. Una becaria dejó caer un portapapeles.
Él cruzó la mirada con Andi y le hizo un gesto sutil con la cabeza, como si todo aquello fuera solo un combate amistoso entre iguales. No lo era. Rick Wexler no era un rival más: era un hombre con memoria de elefante y una vena vengativa.
Y sabía exactamente qué decir para hacer el mayor daño posible.
Las primeras preguntas fueron predecibles: vivienda, educación y prevención del delito.
Andi expuso sus argumentos con fuerza, hablando claro, con contundencia, sin ocultar su desdén por los discursos pulidos de Wexler ni por los rodeos que daba en torno a los cargos de corrupción que acosaban su campaña.
Pero entonces la moderadora sonrió con demasiada dulzura.
—Concejala Donato, es admirable lo transparente que ha sido con su trayectoria, especialmente su dedicación a la mejora de la comunidad.
Sin embargo —dijo con voz melosa—, han resurgido ciertas...
inquietudes sobre su criterio en relaciones pasadas.
¿Cómo respondería a quienes cuestionan sus decisiones, en particular en lo que respecta a relacionarse con personas que posteriormente se vieron implicadas en actividades delictivas?
La sala enmudeció. El corazón de Andi se detuvo un instante. Luego retumbó.
Rick se quedó quieto como una estatua de mármol, con el fantasma de una sonrisa en las comisuras de los labios.
El muy cabrón ni siquiera tuvo que pronunciar su nombre.
La insinuación bastó. Todo el mundo sabía que había salido con él, antes de los cargos por cocaína.
Antes de las fotos. Antes de los expedientes de detención sellados.
Cuidado. No muestres miedo.
Andi entreabrió los labios. —Diría que la experiencia forja el criterio.
Cometí un error y me alejé antes de que me costara algo más que el orgullo.
Pero le diré lo que nunca he hecho: vender mentiras a los votantes, aceptar donaciones de organizaciones criminales ni dar la espalda a quienes juré proteger.
El público murmuró y la moderadora parpadeó.
—Nunca he tenido miedo de asumir mis decisiones —añadió Andi—, pero hay quien prefiere fingir que sus pecados no existen solo porque nunca los pillaron.
Rick se removió detrás de su atril. Y eso bastó.
Mantuvo la voz serena, pero el fuego le ardía en las entrañas.
No solo por la emboscada, sino por el recordatorio.
Por el recuerdo. Todavía podía verse en aquella fiesta, discutiendo con Rick junto a una mesa de centro de cristal cubierta de rayas de cocaína, suplicándole que se marchara antes de que fuera demasiado tarde.
La detuvieron mientras intentaba sacarlo de allí. Se suponía que el expediente estaba sellado. Pero sellado no significaba enterrado. No en este mundo.
El resto del debate transcurrió en una nebulosa de sonrisas forzadas y réplicas mordaces. Bajó del escenario con las palmas sudorosas y la boca como si se la hubieran lijado.
Se quitó el micrófono y se lo entregó a un asistente, ignorando los ojos desorbitados de Maya mientras se acercaba.
—¿Lo viste?
—Todo el mundo lo vio —murmuró Maya—. Las redes ya lo están destripando.
Andi agarró una botella de agua y desenroscó el tapón con demasiada fuerza.
—Estoy bien.
—No lo estás.
—No es el momento, Maya.
—Necesitas protección, Andi.
—Tengo un gran equipo.
Maya se inclinó hacia ella y bajó la voz con urgencia.
—No. Necesitas un guardaespaldas; esto podría ponerse feo. Conozco gente en Cerberus y ya me he puesto en contacto con ellos.
—¿Cómo era eso de que las palabras se las lleva el viento?
—Eso no fue solo política sucia, fue un ataque directo, y si le sumas el mensaje en sangre...
—No sabemos si era sangre, Maya —dijo Andi, intentando calmar a su asistente.
—Alguien va a por ti. No creo que ignorar amenazas veladas como lo de las ruedas rajadas sea lo mejor. Tu vida podría estar en juego.
La risa de Andi sonó hueca.
—Creo que estás exagerando. No veo cómo un guardaespaldas cachas va a mejorar las cosas.
—Ignorarlo tampoco las mejorará. Pero alguien entrenado para matar podría ser lo único que te mantenga con vida la semana que viene.
La carta. La nota en el debate. Cómo Rick no había necesitado pronunciar su nombre para degollarla delante de las cámaras.
—Vale —dijo, con la palabra amarga en la boca—. Llama a Cerberus. Me reuniré con ellos, pero no prometo nada más.
—Andi... —empezó Maya, visiblemente frustrada.
Andi levantó la mano.
—Lo tomas o lo dejas.
—Lo tomo —los hombros de Maya cayeron de alivio.
Andi se dio la vuelta, no sin antes murmurar:
—Dios ayude al hombre que crea que va a decirme lo que tengo que hacer.
Cuando Andi salió de la oficina de campaña aquella tarde, el cielo había adquirido el color de un cardenal viejo.
Las farolas se encendieron sobre su cabeza, proyectando halos amarillos sobre el asfalto húmedo.
Se deslizó tras el volante de su híbrido y se aferró a él como si pudiera ofrecerle algo parecido a la claridad.
El móvil vibró en el asiento del copiloto. Maya, otra vez. Una docena de llamadas perdidas desde el debate, seguramente para decirle «te lo dije» o exigirle que comiera algo más que café y adrenalina política. Andi lo ignoró.
Necesitaba silencio. Un momento en el que el único sonido fuera el de su corazón, sin periodistas que le gritaran pidiendo declaraciones ni donantes que le susurraran advertencias sobre sus posibilidades electorales.
Estaba cansada de jugar al ajedrez con cuchillos, cansada de ser la única que seguía un código ético, cansada de todo.
Pero ¿cuál era su opción? ¿Política de siempre?
¿Dejar que ganara el tipo dispuesto a jugar más sucio? Chicago merecía algo mejor que eso.
El todoterreno de campaña la siguió al salir del garaje, como siempre. Un asistente novato al volante, Maya de copiloto y algún becario tecleando en el asiento de atrás. Mantendrían una distancia prudente, lo justo para cumplir el protocolo.
Andi abrió el techo solar. Tenía dos caprichos innegociables: techo solar y asientos calefactados; todo lo demás daba igual. El aire de la tarde entró y le enfrió la piel, suavizando los bordes deshilachados de sus nervios. Podría convencer a Maya de que no estaba preocupada, pero lo estaba.
El semáforo se puso verde y avanzó. Un segundo después, el zumbido de los neumáticos detrás de ella se hizo más fuerte, y luego más aún.
Un todoterreno distinto: forma incorrecta, faros incorrectos, emblema incorrecto en la parrilla.
Volvió a mirar el espejo. El vehículo no respetaba las normas de tráfico. Se desvió a la izquierda, aceleró con el motor rugiendo.