El guardaespaldas (Club Southside nº 10) PRÓLOGO
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El guardaespaldas (Club Southside nº 10)

El guardaespaldas (Club Southside nº 10)

Por Delta James

© inepub.com

PRÓLOGO

MITCH

Mitch Langdon no tenía ningún interés en la política. Pero este trabajo no iba de política. Iba de supervivencia.

Lo supo en cuanto entró en la sala de conferencias de acero y cristal de la sede de Cerberus en Chicago y vio el expediente sobre la mesa, con una etiqueta roja de autorización de seguridad prendida en la portada. En la carpeta había un nombre en negrita: Andrea Donato.

—¿Quién demonios es? —preguntó Mitch, sabiendo de antemano que la respuesta sería un problema.

Royce Sanders, director administrativo de Cerberus y uno de los pocos hombres de la organización a los que Mitch respetaba de verdad, no perdió el tiempo.

—Se me olvidaba. Llevas un año trabajando desde Londres. Donato es concejala. Exactivista comunitaria y candidata independiente a la alcaldía en las próximas elecciones. Ahora mismo es el blanco de una serie de incidentes que no estamos dispuestos a considerar ni benignos ni casuales.

Mitch se dejó caer en la silla más cercana, con los brazos cruzados sobre el pecho.

Acababa de terminar un servicio de protección prolongado para un diplomático sudafricano cuya familia pensaba que la solución a las amenazas de secuestro era ponerles chips GPS a los niños en los zapatos y rezar.

Se merecía un descanso. Uno largo. Preferiblemente en algún bosque donde no hubiera cobertura y nadie esperara que hiciera de niñera de alguien con publicista.

Abrió el expediente con un gesto experto.

La primera foto casi lo dejó clavado. Estaba frente a un atril, con las manos en alto a mitad de un discurso, fuego en la mirada y convicción en la postura.

Cabello oscuro hasta los hombros, ojos enormes, una boca que parecía capaz de cortar antes que de besar.

Curvas, ángulos marcados, inteligencia escrita en cada centímetro de su cuerpo.

—No trabajo con políticos —murmuró Mitch, pasando la página.

La voz de Royce no cambió.

—No es solo una política. Es un símbolo. Donato tiene todo un movimiento detrás. Mucha gente quiere verla triunfar, y no pocos quieren verla fracasar y desaparecer, aunque creemos que a algunos les bastaría con que se esfumara de la faz de la tierra.

Examinó las páginas siguientes. Análisis de amenazas.

Cronología. Una secuencia de patrones inquietantes.

Imágenes de vigilancia de vehículos sospechosos que seguían su caravana.

Un allanamiento en su sede de campaña del que no se llevaron nada.

Dos cartas anónimas, ambas vagas y siniestras, con matasellos de la ciudad.

—Alguien va a por ella —dijo Mitch sin rodeos.

—Profesional.

Eso le llamó la atención.

—Según nuestras fuentes, un promotor inmobiliario de alto nivel ha apostado fuerte por su oponente. No quieren que el plan de reforma de vivienda de Donato salga adelante, y menos si la eligen a ella. Es limpia, es tenaz y no está en venta. Eso la convierte en peligrosa.

Mitch dejó el expediente.

—Me prometiste nada de política.

—Dije nada de distracciones —respondió Royce—. Y esta mujer no es una distracción. Es un trabajo. Ya has llevado clientes de alto perfil.

—Ninguno de ellos pensaba pasarse los próximos cuatro meses dando discursos y estrechando manos con una diana pintada en la espalda.

—Por eso te necesitamos.

Mitch se levantó y caminó hasta los ventanales, con la vista fija en el horizonte.

Odiaba esta parte. El punto intermedio. El momento antes de que un trabajo encajara.

Una vez que la amenaza se activaba, una vez que pisaban terreno y la logística entraba en ritmo, todo se volvía simple.

Táctico. Lineal. Pero ahora mismo seguía siendo demasiado político.

Demasiado turbio, de esa manera que no le gustaba ni en la que confiaba.

—Es terca —añadió Royce tras una pausa—. Hasta ahora ha rechazado cualquier protección, pero su jefe de gabinete insiste en que necesita nuestra ayuda. Donato se cree intocable.

—No lo es.

—No. Y creemos que la oposición está a punto de demostrárselo.

Mitch se volvió, con la mandíbula tensa.

—¿Acceso total?

Royce asintió.

—Lo que necesites. Te instalaremos en su residencia. Reforma de seguridad completa aprobada. Tú pones las reglas.

—¿Ella aceptará?

Royce sonrió levemente.

—Probablemente no, pero no estás aquí para caer bien, Mitch.

Volvió a coger el expediente y pasó a la última página. Una foto de prensa: Andi Donato con un vestido azul marino entallado, brazos cruzados, barbilla en alto. Miraba a cámara como desafiando al mundo a subestimarla.

—Tiene pinta de ser un problema —dijo Mitch.

—Lo es.

Cerró la carpeta de golpe.

—Bien. Acepto el trabajo.

Royce enarcó una ceja.

—¿Así de fácil?

Mitch soltó una risa breve y seca.

—No es solo un problema. Es un blanco. Y si alguien la tiene en el punto de mira, quiero estar a su lado antes de que aprieten el gatillo.

—¿Entiendes en lo que te estás metiendo?

—Ahora sí —dijo Mitch—. Quiero control operativo total.

—Concedido.

—No negocio el protocolo de protección. Si ella acepta, sigue mis reglas. Punto.

—De acuerdo. Cerberus te cubre las espaldas.

Mitch cogió su bolsa de equipo del rincón, la misma que ni siquiera había deshecho desde la última misión. Su peso familiar lo ancló más que toda la conversación.

—Te plantará cara —dijo Royce.

Mitch resopló.

—Perderá.

Mitch salió de Cerberus y volvió a su estudio. Una vez allí, desplegó el contenido del expediente Donato sobre la larga encimera de granito, junto a su maletín de armas.

Estudió sus movimientos en las imágenes de seguridad y analizó cómo se comportaba: segura, sí, pero no imprudente. Nada ingenua. Había algo calculado en cómo colocaba las manos. En cómo sonreía, como si la sonrisa fuera su armadura.

Eso le gustaba; y también lo detestaba. Había trabajado con demasiadas figuras públicas que fingían no sangrar hasta que empezaban a silbar las balas. Algo le decía que Andi Donato se plantaría delante de la mira de un francotirador antes de admitir que tenía miedo.

Eso la hacía valiente, insensata, o ambas cosas. También la convertía en un lastre.

Mitch cargó munición nueva en su Glock y solo se detuvo cuando le vibró el móvil.

Central Cerberus: Asignación aprobada. Activación inmediata. Coordenadas de residencia principal cargadas. Donato aún no informada.

Cerró el mensaje de un gesto y volvió a mirar la última foto del expediente.

Ella no sabía que iba a por ella… ni imaginaba cuánto estaba a punto de cambiar su vida. Andi Donato quizá creyera que era ella quien mandaba. Pronto descubriría lo equivocada que estaba.