Capítulo 25
—¿ L e resulta familiar este número de móvil, Andri? —preguntó Tyler, deslizando un trozo de papel hacia el otro lado del escritorio. Contenía una lista completa del registro de llamadas del móvil de Andri Gunnarsson de las últimas setenta y dos horas. Una llamada estaba resaltada.
Andri se inclinó hacia delante, observando el documento. Tenía las mejillas rojas y los ojos inyectados de sangre. Tyler supuso que había estado llorando antes del interrogatorio. O eso, o estaba sufriendo una reacción grave al aire viciado de la sala.
Pasaron unos instantes antes de que Andri respondiera.
—Sí —dijo, asintiendo.
—¿De quién es? —preguntó Tyler.
—Es de ellos .
—¿Quiénes son ellos ?
—No sé su nombre. Nunca me lo dieron.
—¿Se trata de las mismas personas que le ordenaron matar a la duquesa de Essex? —indagó Tyler. Estaba relajado y se recostó en su silla. Quería que Andri se sintiera a gusto, cómodo; de ese modo, podría estar más inclinado a dar información y pruebas sin derrumbarse ni ponerse agresivo y violento.
—Sí. Son ellos —respondió Andri—. Me dijeron que los llamara a ese número si los necesitaba.
—¿Y les pidió ayuda después de que la duquesa fuera asesinada?
Andri asintió.
—¿Y qué dijeron?
—Dijeron que me había equivocado de número.
—¿Se había equivocado de...?
—No —espetó Andri antes de que Tyler pudiera terminar.
—¿Ha llamado alguna vez a este número anteriormente?
—Sí. Una vez.
Tyler se inclinó ligeramente hacia delante en la silla de forma no amenazante. —Es que hemos revisado todo su historial de llamadas, Andri, y no hemos podido encontrar ningún otro registro de que haya llamado a este número.
—Eso no puede ser exacto.
—Los datos no mienten, Andri. Solo ha llamado a este número una vez. Hemos escuchado la grabación de voz. Hemos comprobado WizzFizz Windows, y todo existe. ¿Es posible que llamara por error al número equivocado?
—No —dijo Andri, sacudiendo la cabeza violentamente.
Tyler se repantigó de nuevo en el asiento. Andri se estaba agitando y Tyler no quería provocarlo ni asustarlo más. —Quiero creerte, tío. De verdad. Pero necesito que seas completamente honesto conmigo. De lo contrario, esto no va a salir bien. ¿Puedes hacer eso por mí?
—¿Dónde está mi mujer? —preguntó Andri con un nudo en la garganta. El labio inferior le temblaba mientras luchaba contra las ganas de llorar.
—Está en casa de sus padres.
—¿Sabe ella que estoy aquí?
—Se la ha informado, sí.
—¿Ha hablado usted con ella?
Tyler negó con la cabeza. —Uno de nuestros agentes de enlace familiar está hablando con ella ahora. ¿Por qué lo pregunta? ¿Hay algo que ella pueda decirnos que usted no nos esté contando?
—No. Ella no sabe nada de todo esto. Me han tendido una trampa.
—¿Quién?
—¡Le he dicho que no sé su nombre!
—¿Y por qué querría alguien hacerle eso, Andri?
—Porque soy un blanco fácil. Me tienen pillado. Un seguro —Andri se señaló la sien con agresividad—. Saben que estoy fatal. Saben que soy mentalmente inestable. Saben que necesitaba el dinero. Pero yo jamás en toda mi vida he comprado ni siquiera he visto un dron hasta hoy. Tiene que creerme.
—Y le creo. Pero me está costando encontrar pruebas que respalden su afirmación. ¿Se le ocurre algo que ayude a demostrar su inocencia?
—¿Las cámaras de seguridad?
Tyler negó con la cabeza. —Muestran que usted desaparece en el punto ciego unos minutos antes de la muerte de la duquesa de Essex, y regresa momentos después de que se produjera el asesinato.
—¿Y el hombre? ¿El hombre que entró en mi tienda y puso el dron allí?
—No hubo ningún hombre, Andri. Hemos revisado las grabaciones de dentro de su tienda, siguiendo sus horarios, y no vemos a nadie. No está ahí. Y nunca estuvo, ¿verdad?
Andri abrió y cerró la boca varias veces, intentando invocar las palabras de su cerebro, pero no salió nada. En su lugar, hundió la cabeza entre las manos y empezó a sollozar.
Por fin se había dado cuenta. Se había quedado sin coartada y estaba con el agua al cuello.
Una parte de Tyler no quería que condenaran a Andri y creía que Jake estaba tras algo real, pero las pruebas eran demasiado evidentes. Eran innegables. No había forma de evitarlas. Por muchas vueltas que Jake quisiera darle, no se podía negar que Andri Gunnarsson era culpable.
—¿Qué va a ser de mí? —preguntó él, con los ojos llenos de lágrimas.