Capítulo 26
E n cuanto Jake volvió a su mesa, desbloqueó el ordenador y empezó a buscar el registro de llamadas del móvil de Andri Gunnarsson.
Los datos habían sido recopilados como parte de la petición anterior de Mamadou y, en menos de un minuto, encontró lo que buscaba.
El primer resultado. El número de móvil al que Andri había llamado después de la explosión.
Jake tomó nota.
Reprodujo el archivo de audio que aparecía junto al número de móvil y escuchó la llamada.
Andri sonaba aterrorizado, asustado, sin aliento.
Mientras escuchaba, Jake se fijó en las inflexiones de la voz de Andri cuando la persona de WizzFizz Windows rechazó la llamada.
Y luego, cuando la voz de Andri se volvió airada, Jake supo que había dado con algo.
Que estaba tirando de un hilo que podía resultar muy largo y peligroso.
Una vez terminada la llamada, Jake abrió otro programa en su ordenador. Este le permitía introducir el número de móvil de WizzFizz en el sistema para localizar su posición con una precisión de varios cientos de metros.
Jake pulsó Enter y esperó. Siguieron varios momentos angustiosos en los que vio al pequeño círculo girar y girar hasta que perdió el enfoque.
Vuelta. Vuelta. Vuelta.
Entonces: cero. La búsqueda no arrojó ningún resultado.
Jake soltó un juramento para sus adentros mientras cerraba esa aplicación y abría otra.
Su última esperanza. Su oportunidad final.
Le permitía buscar en un radio de ocho kilómetros desde The Long Walk otros dispositivos —tanto registrados como no registrados— que hubieran llamado a ese mismo número de móvil.
El único problema era que llevaría tiempo.
Mucho tiempo. Y cuando Jake volvió a pulsar Enter, descubrió exactamente cuánto: diez minutos.
Demasiado tiempo, a su parecer.
Suspirando, Jake se reclinó en la silla y se resignó a la espera. Mientras estaba allí sentado, sopesando qué beber mientras tanto, su teléfono vibró.
—Habla el detective Tanner —respondió.
—Tengo lo que pediste.
Jake comprobó la hora en la esquina inferior derecha de la pantalla del ordenador. —Y con un minuto de margen.
—Sigue comportándote como un capullo sarcástico y no te daré nada —siseó Danny.
La sonrisa de Jake desapareció. —Perdona. No pretendía ofenderte. ¿Qué tienes para mí?
—Solo he podido conseguir las transacciones bancarias.
—Está bien. Dime lo que tienes y yo me encargaré del resto.
Danny se aclaró la garganta antes de hablar. —Hace aproximadamente una semana, tu hombre, Toby Enfield, recibió un ingreso en su cuenta bancaria.
—¿De cuánto?
—De la módica suma de cincuenta mil libras.
—Me cago en todo —dijo Jake, escribiendo en un papel el dígito cinco seguido de varios ceros. La misma cantidad que Andri Gunnarsson. ¿Hay algún rastro del dinero?
—Absolutamente ninguno. Apareció de la nada, como por arte de magia.
No es lo único que aparece de la nada , pensó Jake.
Primero el número de serie del dron y ahora esto.
—Gracias por tu ayuda, Albert —dijo—. Si necesito algo más, volveré a llamar.
—No lo hagas. Tu voz me aburre.
Jake se esforzó por sonreír ante la broma mientras dejaba el teléfono sobre la mesa e intentaba encajar las piezas del rompecabezas.
Ambos hombres, Andri Gunnarsson y Toby Enfield, habían recibido grandes sumas de dinero.
No había rastro de su origen en ninguno de los dos casos, lo que significaba que quienquiera que estuviera orquestando todo esto sabía exactamente lo que hacía.
Toby Enfield había logrado escabullirse y a Andri Gunnarsson le habían dejado cargar con la culpa.
Pero ¿qué papel desempeñaba Alice Pridden en todo esto? Jake volvió al principio. A los fundamentos.
Se preguntó: ¿por qué era ella el objetivo y no el duque? ¿O la reina? ¿Por qué la mataron con un arma que había fabricado la empresa de su padre? ¿A menos que todo fuera una estratagema, la patética idea de ironía de alguien?
Jake no lo sabía. Tenía la mente demasiado aturdida para asimilar los pensamientos que le zumbaban entre las orejas.
Entonces centró su atención en la búsqueda de ubicación que había introducido en el sistema.
Quedaban otros cinco minutos hasta que localizara, potencialmente, el móvil de Toby Enfield.
Para matar el tiempo, decidió ir a por una bebida.
Cuando se puso en marcha hacia la cocina, la puerta de la Sala 1430 se abrió y entró el comisario Ian Starling dando palmas.
El sonido de sus manos al chocar entre sí hizo que toda la sala se pusiera firme por la sorpresa.
Sonó como si se hubiera disparado un arma.
—¡Sección Especial! —bramó. Sus ojos se clavaron en los de Jake nada más entrar en la habitación. Atención, por favor.
Se adentró más en la sala, ignorando a sus subordinados al pasar.
—Solo quería darles las gracias personalmente por todo su arduo trabajo y determinación.
Algunos de ustedes se han superado a sí mismos, y sin su apoyo y diligencia, no habríamos podido zanjar este asunto.
Vengo ahora mismo de CObrA, y todos los participantes han quedado profundamente impresionados.
Están encantados de ver que nos hemos ocupado tan bien de ello y con tanta rapidez.
El primer ministro y la reina van a hacer un anuncio de forma inminente.
¿Para qué? A Jake no le gustó cómo sonaba aquello. Ian estaba demasiado contento, demasiado seguro de sí mismo. Parecía que todos estaban olvidando que alguien había perdido la vida. Justo cuando Jake iba a coger el teléfono para llamar a Tyler, el comisario volvió a hablar.
—Hace cinco minutos, el detective Tyler Stuart ha acusado de asesinato a Andri Gunnarsson. Gracias a su esfuerzo e ingenio, hemos logrado obtener una confesión completa. Ya está pasando por el sistema.
El resto de la sala estalló en una ronda de aplausos decididos. Un gesto de unidad absoluta. Solidaridad sin límites. Un ejemplo demasiado poco frecuente de su cohesión como equipo.
Y Jake detestó cada segundo.