Capítulo 10
E l caos estalló en los alrededores del Claustro de la Herradura.
En cuanto sonó el disparo y Alice Pridden, la duquesa de Essex, se desplomó en el suelo, el personal militar apostado en la entrada escoltó a toda prisa a la Reina y al resto de la Familia Real al interior de la capilla.
Los espectadores y los miembros de la prensa se agacharon y corrieron a ponerse a salvo; muchos se acurrucaron tras los bolardos y las barreras que tenían delante.
Mientras tanto, el duque estaba de rodillas, acunando en sus brazos la cabeza y el cuerpo de su esposa.
Los policías uniformados que rodeaban a la pequeña multitud corrieron hacia el cuerpo, al igual que Jake. Momentos después de saltar la barrera, un agente uniformado que venía rezagado lo placó contra el suelo.
En cuanto el agente terminó de inspeccionar la placa, se quitó de encima de Jake y le ayudó a ponerse en pie.
—Mierda, lo siento —dijo.
—Da igual. Tenemos que acordonar la zona por completo. No se permite la entrada ni la salida de nadie del claustro. Lo mismo para el interior de la capilla. Necesitamos este lugar bajo confinamiento total.
El agente estaba visiblemente alterado. Tenía las pupilas dilatadas y la piel se le había vuelto pálida. Miró a Jake con desolación.
—¿Me ha entendido? —preguntó Jake.
El agente no respondió.
—¿Cómo se llama? —le preguntó.
—T-Terone.
—Bien, Terone, preste puta atención, ¿vale? Necesito que me escuche y haga lo que le digo, porque si no será un puto inútil. ¿Me. Ha. Entendido? —Jake recalcó cada palabra, por si Terone no comprendía algo de lo que decía.
Tras lo que pareció una eternidad, Terone asintió. Y, como un perro que oye un silbato, salió disparado hacia el arco.
—¡Jake! —llamó Connor en su cabeza por primera vez desde que el disparo había conmocionado al mundo—. ¡Jake, ¿puedes oírme?! ¡Informe!
Jake apenas le prestó atención. Había asuntos más urgentes entre manos.
Como intentar restañar la hemorragia, proteger la vida de la duquesa de Essex a toda costa.
Pero entonces vio la verdadera magnitud del daño al acercarse a la escena.
Era irreversible, y le revolvió el estómago.
Sangre, masa encefálica y trozos de cráneo salpicaban el suelo.
El lateral del rostro de Alice se había hundido por el impacto de la bala, y quedaba muy poco de él.
Había entrado por la zona entre los ojos y la oreja, justo por encima del pómulo, y había salido por la parte de atrás.
Entre la sangre y el desastre, Jake estaba seguro de haber visto el ojo de Alice girando hacia el interior de la cabeza.
—Dios mío —dijo sin querer, mientras una oleada de náuseas lo invadía. Luchando contra ellas, se tragó la sensación e intentó estabilizar su respiración.
Inspirar. Espirar.
Inspirar. Espirar.
Su ritmo se vio alterado por el duque de Essex, que gritaba, lloraba y pedía ayuda a voces, inconsolable.
Los agentes que habían formado un pequeño campo de fuerza de protección a su alrededor, usando nada más que sus cuerpos y sus brazos, lo obligaron a ponerse en pie.
El hombre, devastado, luchaba contra ellos y les insultaba, suplicándoles que le dejaran quedarse con su mujer.
Jake intervino.
—Tiene que salir de aquí —dijo, agarrando al duque por las solapas—. No está seguro aquí. Pondremos a Alice a salvo. Se lo prometo. Ella no querría que usted muriera por cometer una estupidez, ¿verdad?
Jake sabía que recurrir a la culpa funcionaría, y parte de él se sentía mal por ello, pero era una necesidad nacida de la propia negativa del hombre a cooperar.
Funcionó, y en cuestión de segundos el hombre se había retirado a un lugar seguro tras las puertas de la capilla.
Una vez seguro de que el hombre estaba a salvo, Jake se detuvo en lo alto de los escalones, observando la escena, empapándose de la misma vista que el duque y la duquesa acababan de admirar.
Justo antes de…
Su mente divagó e imaginó lo que debió de ser para el duque besar a su mujer, y que luego ella desapareciera. En un instante.
Pensó de nuevo en Elizabeth.
Un beso. Y después…
Pum .
Devolviendo su atención al presente, recorrió el claustro con la mirada.
Se había despejado casi por completo en poquísimo tiempo.
A su izquierda, un pelotón de agentes armados se acercaba a los escalones de la zona oeste en formación de triángulo, con las armas en alto, con movimientos metódicos y ensayados.
Al entrar, se desplegaron por toda la anchura del claustro, registrando el área, buscando dispositivos o al responsable del ataque.
Pero Jake sabía que no estaban allí. Sabía que no había nadie allí. Y que nunca lo había habido.
Había visto perfectamente el dron en el cielo. También lo había oído perfectamente. El único problema era que ahora se había ido. No se veía por ninguna parte.
—Juliet-Tango-Cuatro-Cinco: ¿me recibe? —preguntó una voz en su oído. Esta vez no era Connor. Era otro.
Mamadou .
—Estoy aquí, Mam. Estoy aquí.
—¿Qué cojones está pasando ahí abajo? Necesito que me des respuestas claras y concisas. —Las palabras de Mamadou eran nítidas, directas, pero había una sensación de urgencia desesperada en su voz.
—X-ray Dos ha caído. Repito: X-ray Dos ha caído. Disparo en el lateral de la cabeza. Escalones del ala oeste evacuados. X-ray Uno a salvo dentro de la capilla.
—¿Qué hay de un sospechoso?
—Nada. No ha habido tirador.
—¿A qué te refieres?
—Ha sido un disparo de largo alcance. Un francotirador. Un…
—¿Cómo ha podido pasar esto? —dijo Mamadou antes de que Jake pudiera terminar—. Se revisaron las azoteas y los edificios altos previamente. ¿Tienes la zona bajo control?
Jake echó un último vistazo alrededor como para validar su respuesta. —Sí.
—Bien. Entonces pásale el mando al siguiente oficial.
Lilly va de camino hacia allí. Te quiero de vuelta en el cuartel general.
Te necesitamos aquí para ayudarnos a atar cabos con la información.
El comisario y el comisionado adjunto han declarado el estado de emergencia.
Tienes veinte minutos para llegar antes de que el comisionado empiece a dirigirse a todos.