El Gran Paseo (DC Jake Tanner 14) Capítulo 9
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Capítulo 9

L a pequeña pantalla del terminal se quedó en negro cuando Toby Enfield apagó el mando a distancia.

La última imagen que había visto era hermosa.

Alice Pridden, la recién ungida duquesa de Essex, yacía muerta en la escalinata oeste, rodeada por su marido y miles de monárquicos presas del pánico.

Majestuosa. El chorro de sangre saliendo disparado por la parte posterior de su cabeza quedaría grabado para siempre en su mente.

Desde que había depositado el dron en el tejado de la tienda de recuerdos, Toby se había deshecho de la bolsa de deporte, había comprado una mochila más pequeña en una tienda similar y se había desplazado a Horton, a ocho kilómetros del castillo, a las afueras del acertadamente bautizado embalse Queen Mother.

La vasta extensión de agua alcanzaba un kilómetro de diámetro y albergaba una letanía de veleros y nadadores que desafiaban las bajas temperaturas.

El embalse estaba en la ubicación perfecta: justo en los límites exteriores del alcance del dron y en medio de ninguna parte.

Colgándose la mochila a los hombros, se levantó del banco que había encontrado a la orilla del embalse y se dirigió hacia el este. Necesitaba alejarse lo más rápido posible del castillo de Windsor y de la capilla de San Jorge. Las próximas horas serían cruciales para su éxito.

Los aviones surcaban el aire a pocos kilómetros de distancia mientras despegaban del aeropuerto de Heathrow.

Los veleros del club náutico local, en el lado opuesto del embalse, adornaban la orilla de las aguas tranquilas.

Los observó mientras sacaba el teléfono de usar y tirar del bolsillo, bajándose más la gorra sobre la cara.

Navegó por la agenda hasta encontrar el número de teléfono de su contacto.

Pulsó llamar.

Respondieron a la llamada al segundo tono.

—Está hecho —dijo él, a escasos centímetros de la orilla.

—Bien. Deshazte del mando. —La voz era profunda, enmascarada por un dispositivo que distorsionaba las ondas. Solo que Toby se había reunido con esa persona cara a cara y sabía cómo sonaba en realidad.

—¿Por qué? —preguntó, aminorando el paso—. Habías dicho que no se podía rastrear. Prometiste que no habría ningún vínculo conmigo.

—No prometí tal cosa. Pero no podemos fiarnos de la empresa a la que se lo compramos. Así que haz lo que te digo y deshazte de él.

Toby suspiró, se detuvo y miró a su alrededor. No había nadie a la vista.

—¿Dónde?

—En el embalse que tienes al lado.

De repente, Toby se sintió muy vulnerable y aislado. Como si vigilaran cada uno de sus movimientos. Como si no pudiera respirar sin que alguien, en algún lugar, estuviera sentado frente a un ordenador observándolo.

—¿Cómo has...?

—Eso no importa. Limítate a destruirlo.

—¿Y qué pasa con el dinero?

—Los otros cincuenta mil se transferirán a tu cuenta en cuanto sigas mis instrucciones. Tu tiempo con nosotros aún no ha terminado.

—Sí que ha terminado. Acordamos cincuenta antes y cincuenta después. Y ahora ella está muerta, así que envíame mi dinero.

—Mira dónde estás, Toby. Echa un vistazo a tu alrededor.

Toby no sabía por qué, pero hizo lo que se le ordenaba.

—¿Qué ves? —preguntó el hombre.

—N... n... nada.

—Exacto. No ves a nadie, ¿verdad? Y nadie te ve a ti.

Ni siquiera esa gente que está en el agua.

¿Qué crees que pasará cuando te encuentren muerto junto a un embalse con el mando a distancia en una mano y una pistola en la otra?

¿Asesinato? ¿Magnicidio? ¿O suicidio? Porque así es como haremos que parezca.

Hubo una pausa al otro lado; se oían conversaciones distantes de fondo. —Olvidas tu posición en toda esta operación, Toby. Eres una pistola. Eres un dedo en el gatillo. Se te puede sustituir.

Toby abrió la boca para hablar, pero lo interrumpieron al instante.

—Tira el mando al embalse.

—¿Y luego qué?

—Ve a esta dirección. Te la enviaré por mensaje. No se lo digas a nadie. Y espera. Nos aseguraremos de que estés a salvo. Nadie te encontrará allí. Mantén el teléfono encendido y espera nuevas instrucciones.

—¿Y si digo que no? —Toby sabía que estaba jugando con fuego, pero estaba harto de que esa gente anduviera con juegos.

—No serás el único que sufra. ¿De verdad pensabas que no usaríamos a tu mujer como garantía? ¿A tu hija? De hecho, puedes hablar con ellas ahora mismo si quieres.

—Si les haces daño, te haré sufrir.

—Nadie te creerá. Piensa en quién eres tú y piensa en quiénes somos nosotros. Nada conduce a nosotros. Deja de ir de héroe y cumple con tu parte.

La llamada se cortó. El brazo de Toby colgaba inerte a su costado.

Miró al frente. Ausente. Abatido. La dinámica de su día había cambiado.

Habían amenazado a su familia. No iba a tolerarlo.

No podía . Se suponía que debía llegar, dejar el dron en posición, guiarlo hasta la altura adecuada y disparar la bala.

Eso era todo. Cien mil libras. Dos transferencias bancarias.

Luego se mezclaría con la oscuridad y se desvanecería en la nada.

Pero ahora las cosas habían cambiado, y tenía que asegurarse de cubrir todos los frentes.

Fue entonces cuando se dio cuenta de que él era un cabo suelto que inevitablemente acabarían atando.

Toby no podía permitir que eso ocurriera.

Accedió, sacó el mando de la mochila y lo sostuvo en sus manos, contemplativo. Antes de arrojarlo al agua, echó un último vistazo al embalse Queen Mother, satisfecho de que no hubiera nadie cerca y de que los más próximos estuvieran mirando en otra dirección.

Toby lanzó el mando al agua.

Entonces su teléfono vibró, distrayéndolo de las ondas que bañaban sus pies impulsadas por la brisa. Leyó el mensaje de texto, anotó la dirección y se puso en marcha.