Capítulo 7
E lizabeth dejó la taza de café sobre la mesa y apoyó los pies en el puf que había obligado a Jake a comprar en IKEA.
En la televisión ponían la cobertura de la BBC de la boda real.
Uno de los días más emocionantes del calendario real.
El acontecimiento que todo el mundo había estado esperando, y a ella le parecía fantástico.
La cobertura hasta el momento había sido espectacular y, de algún modo, habían dotado de glamur cada aspecto de este día tan especial, incluso las partes aburridas.
Había estado enganchada desde el mismo principio, transfigurada ante los entresijos de las celebraciones y el nivel de detalle que se compartía.
Pero aún quedaba una pregunta: ¿qué llevaría la novia?
¿Quién lo habría diseñado? ¿Llevaría tiara? ¿Velo? ¿Cómo sería de largo?
Preguntas para las que ella, y todos los demás espectadores del mundo entero, estaban ansiosos por encontrar respuesta.
Aquella larga charla le recordó el día de su boda.
El día que nunca olvidaría. El día en que se casó con el hombre de sus sueños: el de su pasado, su presente y su futuro.
El día en que pudo parecer una mezcla de ángel y princesa.
Sintió un hormigueo de emoción en los brazos que el recuerdo le provocaba.
Se los acarició y luego miró a Maisie, sentada a su lado, jugando con el iPad.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó.
—Jugando al Angry Birds, mamá.
—¿No quieres ver esto en su lugar?
Maisie levantó brevemente la vista de la pequeña pantalla hacia el televisor. Su atención duró menos de un segundo antes de que, inevitablemente, regresara al iPad.
—Esto es parte de la historia, Mais. La Familia Real ha estado ahí durante siglos. ¿Es que no habéis estudiado nada sobre ellos en el colegio?
Maisie o bien no la oyó o bien prefirió ignorarla. Elizabeth puso los ojos en blanco, incapaz de concebir la brecha generacional que había entre ella y su hija.
Había sido una seguidora de la Familia Real desde que descubrió que su madre había sido invitada a la boda de Diana y Carlos en los años ochenta, y después de ver las imágenes en vídeo.
Su madre era asesora del Gobierno por aquel entonces y defendía muchas de las organizaciones benéficas en países del Tercer Mundo que la pareja apoyaba.
Pero aquel día, Elizabeth nunca se había sentido más orgullosa de su madre; a sus ojos, estaba más radiante que la propia princesa Diana.
Elizabeth volvió a coger su café, dio un sorbo y se acomodó de nuevo en el sofá. Se llevó las piernas al pecho y apoyó la taza sobre la rodilla.
—Maisie…
—¿Sí?
—¿Crees que podremos ver a papá?