Capítulo 6
L as carreteras colindantes al Castillo de Windsor se habían inundado de gente, como si hubieran vertido una masa de melaza sobre un pueblo en miniatura que ahora supurara por las calles. Lenta y concienzudamente, cubriendo cada rendija.
Jake había sido reubicado en Thames Street, la calle que rodeaba la Torre del Toque de Queda, y estaba apostado frente a un restaurante Nando’s.
El olor a pollo piri-piri recién hecho flotaba en el aire cada vez que la puerta principal se abría y se cerraba.
Aquella tentación hacía que tuviera un hambre infinitamente superior a la que ya sentía, y el estómago le rugió mientras permanecía apoyado de espaldas contra un contenedor cercano.
Una voz sonó en su oído.
—Control a Juliet-Tango-Cuatro-Cinco. ¿Recibido?
—Recibido —susurró Jake. El minúsculo micrófono de su solapa captaba cada una de sus sílabas.
—¿Cuál es tu estado?
Jake consultó su reloj: las 11:35. La boda no sería hasta dentro de una hora y media. Y pasarían otras dos horas hasta que el mundo entero viera a los duques de Essex salir de la capilla de San Jorge convertidos en marido y mujer.
—Todo despejado por ahora —respondió—. Sin señales de actividad ni de ninguna amenaza. A decir verdad, todo el mundo parece muy feliz y emocionado.
—Puaj. Me pone enfermo. Cuando yo me case, sea cuando sea, invitaré a mi mascota y ya está.
Y quizá a mi madre. —La voz que le hablaba al oído era la de Connor Diphook, un hombre de treinta años que tenía el temperamento y las opiniones de un viejo cascarrabias.
Nada le satisfacía —ni las mujeres, ni su carrera, ni sus perspectivas, ni sus relaciones, ni sus amistades— y nada lo haría jamás. Eran Connor y su gato contra el mundo.
—Espera a que termine la boda —repuso Jake—. Entonces podrás irte a casa y olvidarte de lo felices que son los demás.
—Hablando de felicidad... me alegro de que el comisario nos soltara ese discurso patriótico a esas horas tan intempestivas esta mañana. Al menos me puso en situación para el evento. Y desde luego que ha merecido la pena despertarme una hora antes por ello.
Jake había sido uno de los afortunados que habían podido sintonizarlo a través de una retransmisión de vídeo en directo desde la comodidad de su coche, de camino al Long Walk.
El mensaje había sido breve: asegurar que la jornada de hoy fuera un éxito.
Para todos los implicados. Y eso era lo que Jake haría.
Aunque admitía que se podría haber dicho en un correo electrónico, así que comprendía el punto de vista de Connor.
—Podría ser peor —dijo él.
—¿Ah, sí? ¿Cómo?
—Podrías estar casado con él.
—Mi historial de relaciones no es tan desolador como para tener que recurrir a acostarme con él . Hace veinte años, quizá...
Jake dejó de escuchar.
Algo le había llamado la atención.
Un hombre que llevaba una mochila, con una gorra de béisbol calada hasta la cara y gafas de sol que protegían sus ojos de la vista.
Vestía un abrigo grueso, lo que hizo que saltaran todas las alarmas en la mente de Jake; era mediados de primavera, final de la mañana, y la temperatura ya rozaba unos inusuales veintiún grados.
Para confirmar sus sospechas, nadie más en las inmediaciones llevaba abrigo.
—Jake, ¿estás ahí?
Ignoró la voz en su cabeza y empezó a seguir a aquel individuo.
—¿Jake? Informa.
—Individuo sospechoso con mochila, totalmente cubierto. Caucásico. Gafas de sol. Chaqueta North Face. Gorra de béisbol Nike. Vaqueros azul oscuro. Acaba de pasar por delante del Nando’s. Confirma cuando lo tengas en visual.
Jake esperó a que Connor buscara las imágenes en directo de las cámaras de seguridad de Thames Street. Pasaron unos segundos antes de que respondiera.
—Visual confirmada. Iniciando comprobaciones. Mantén la distancia, pero no dejes que haga nada fuera de lo normal.
Jake reprimió un suspiro audible de desesperación. No necesitaba que le dijeran cómo hacer su trabajo. Llevaba el tiempo suficiente haciéndolo como para saber qué decisiones tomar por su cuenta, cuándo sobrepasar el límite y cuándo activar el oído selectivo.
Jake se centró en el objetivo y lo persiguió con un sentimiento de determinación acrecentado.
Cinco metros los separaban en todo momento y, a medida que se acercaban al McDonald’s en el centro de la curva de la carretera, el hombre se quedó paralizado, se coló por un hueco entre la multitud y se detuvo junto a las barreras del bordillo.
Las sospechas y el temor de Jake se multiplicaron.
—Enviad apoyo uniformado. McDonald’s. Thames Street. El objetivo se ha detenido entre la multitud. Está...
Justo cuando Jake iba a explicar qué estaba haciendo el hombre, el individuo se agachó y depositó su mochila en el cemento, junto a un bolardo metálico.
—Entrega. Ha hecho una entrega. La mochila está ahora en el suelo —dijo Jake, manteniendo la calma y un tono neutral. Si alzaba la voz, sin duda despertaría sospechas. Y en una operación como esta, cuanto menos supiera la gente, mejor.
—El apoyo está en camino. Mantente en alerta máxima por si se mueve. No lo pierdas de vista.
Antes de que Jake pudiera hacer nada, el hombre empezó a caminar hacia él. Jake bajó un poco la mirada al suelo, sacó su teléfono y fingió estar usándolo mientras el hombre pasaba a su lado.
—Jake. ¿Qué está pasando?
—La mochila —dijo, con la boca funcionando más rápido que el cerebro.
—¿Qué pasa con ella?
—Sigue... sigue ahí. Y ahora él está corriendo. ¡Joder!
Jake se movió, pero Connor lo frenó al instante por el pinganillo: —No hagas nada todavía, Jake. Primero estamos intentando evaluar nuestras opciones.
—A la mierda con eso. Si se aleja lo suficiente, podría hacerla detonar.
—Eso suponiendo que haya un IED dentro de la mochila. Aún no sabemos quién es. No aparece en ninguna de nuestras bases de datos ni en las listas de sospechosos. Puede que haya dejado la mochila allí por accidente.
«Menudo accidente de los cojones».
—Prefiero no dejarlo al azar —dijo Jake.
Tenía que tomar una decisión. Iba en contra de todo lo que le habían dicho y de todo lo que le habían enseñado. Pero tenía que proteger a esa gente, hubiera o no un IED dentro de la mochila.
Calculó por un momento. Valoró la difícil decisión que sabía que, de ser incorrecta, recaería sobre él —y sobre sus posibilidades de ascenso— con dureza.
—Jake, hagas lo que hagas, no te acerques a la mochila —le instruyó Connor—. Solo necesitamos hacer unas cuantas comprobaciones más. Los uniformados están en camino. Van a cortarle el paso por el otro lado. Si ves que vuelve corriendo hacia ti, redúcelo. ¿Entendido?
Jake no respondió. Lo había entendido bien —muy bien, de hecho—, pero no estaba de acuerdo.
Escaneó la mochila, que yacía allí, ladeada mientras el contenido se inclinaba hacia el centro de la Tierra.
Si el sospechoso lograba alejarse a una distancia segura y detonaba el artefacto, él, junto con docenas de personas más, probablemente moriría.
Cuanto más se alejara, mayor sería el riesgo. Jake necesitaba minimizar ese riesgo.
Se puso manos a la obra.
Mientras avanzaba hacia la mochila, Jake se abrió paso entre los hombres, mujeres y niños que lo rodeaban, y se agachó para recogerla.
El contenido se sentía pesado, como si hubiera un ladrillo dentro dándole peso.
Agarrando la bolsa por el asa superior, Jake se dio la vuelta y persiguió al objetivo.
—¡Perdone! —le gritó—. ¡Perdone, creo que se le ha caído esto!
—Jake, ¿qué estás haciendo? ¡Aborta! —gritó Connor en su oído—. Te vas a poner en peligro.
—Sé lo que me hago —susurró Jake, con la paciencia a punto de agotarse. Sentía una aversión natural a que le dijeran lo que tenía que hacer; era algo que le desagradaba más que nada, y siempre hacía que cada día de su trabajo fuera más interesante que el anterior.
—¡Oiga! Perdone —continuó, dirigiéndose al sospechoso que huía.
Más adelante, se abrió un estrecho hueco entre la multitud y Jake trotó tras él, dándole caza rápidamente hasta que le tocó el hombro.
El hombre se dio la vuelta al instante y lo fulminó con la mirada. En cuanto Jake levantó la mochila en el aire, diciéndole que se la había dejado en el suelo, al hombre se le saltaron los ojos. Al fondo, dos agentes uniformados aparecieron en escena.
—No quería que perdiera nada —dijo Jake, fingiendo la sonrisa de un ciudadano preocupado—. Y ya puede guardar eso también.
Jake señaló con la cabeza el teléfono móvil que el hombre tenía en las manos; la pantalla estaba abierta en un contacto de su agenda.
El hombre no reaccionó. Quizá esperaba que fuera fácil. Dejar la mochila e irse. Abrir el teléfono y desatar el caos. Pero no esperaba que Jake lo atrapara. No esperaba ser arrestado. No esperaba pasar el resto del día en una comisaría.
Entonces llegaron los agentes uniformados.
Agarraron al hombre por los hombros y le forzaron los brazos detrás de la espalda.
Ahora que estaba incapacitado, Jake le quitó el teléfono de las manos y lo metió en una bolsa de plástico transparente que guardaba en el bolsillo trasero.
Todos los miembros del SO15 tenían la obligación de llevar una bolsa de intervención: una gorra de policía, guantes y una bolsa de pruebas, entre otras cosas.
Se utilizaba en situaciones de emergencia y era una parte esencial de la respuesta exitosa de un agente ante un atentado terrorista, ya fuera sospechoso o real.
Jake le entregó la bolsa de pruebas al agente uniformado y dijo: —Llévese esto y entrégueselo al SO15. Ellos se encargarán.
El agente gruñó y se dio la vuelta.
—No apruebo esto —dijo Connor una vez que los agentes estuvieron fuera del alcance del oído—. Has ignorado una orden.
—Y he evitado que estalle un IED por el camino. Yo diría que eso es algo bueno. Pero ¿qué sabré yo?
Connor lanzó un suspiro de resignación. —El detective Rudiger ha tenido que ocuparse de algo, así que te saco de ahí y te envío al Claustro de la Herradura.
El Claustro de la Herradura, al otro lado de los muros del castillo. Una parte de él estaba emocionada; podría ver a los nuevos duques saliendo de la capilla. La otra parte deseaba que el atentado terrorista que acababa de frustrar fuera lo peor que se encontrara hoy.
Mientras caminaba hacia la entrada de la capilla, dejando que los agentes uniformados y el equipo de desactivación de explosivos que llegaba se hicieran cargo de la mochila, un hombre salió de una tienda de recuerdos a su derecha. Ninguno de los dos se vio y el hombre chocó con el hombro de Jake.
—Lo lamento muchísimo —dijo con un acento británico por excelencia. Tenía una dicción clara, hablaba bien y se comportaba de una manera que sugería que había tenido una carrera militar.
—No hay problema —dijo Jake, sonriendo sin darle importancia.
Mientras continuaba su camino, Jake echó una mirada hacia atrás.
Aquel hombre era memorable por alguna razón.
Pero no lograba precisar por qué. ¿Aquellos penetrantes ojos verdes?
¿La barba de cinco días encanecida? ¿El cuello grueso y pronunciado y los hombros redondeados?
No lo sabía. El hombre imponía más de lo que sugería su tamaño.
Cuando Jake llegó al Claustro de la Herradura, su atención sobre el hombre se había desvanecido y había vuelto a la boda. Solo unas cuantas horas tediosas más y podría irse a casa.