El Gran Paseo (DC Jake Tanner 14) Capítulo 5
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Capítulo 5

T oby Enfield avanzaba a toda prisa por las calles, abriéndose paso a empujones entre la bulliciosa multitud.

Había demasiada gente y, aunque era la tapadera perfecta, el camuflaje ideal, no le gustaba.

Demasiada gente, demasiados testigos. Demasiada gente, demasiados retrasos.

Pero el anonimato que ofrecían compensaba con creces los inconvenientes, convirtiéndolo en un mal necesario que tendría que soportar.

A su lado llevaba una bolsa de deporte negra, cuyo contenido nadie llegaría a descubrir ni a comprender del todo.

Lo mismo podía decirse de su identidad.

En su trayecto hacia Windsor, había evitado a toda costa los trenes y cualquier otra forma de transporte público.

Había puestos de seguridad por todas partes, escaneando bolsas y otros objetos personales en cada oportunidad, y no podía permitirse que lo abordara algún oficial uniformado con aires de grandeza.

Si eso ocurría, toda la operación se iría a la mierda.

No podía permitirlo.

Sus empleadores no podían permitirlo.

Toby se detuvo ante un semáforo, se bajó la gorra hasta los ojos y mantuvo la cabeza gacha, esperando a que cesara el ruido del tráfico y se activara la señal de cruce.

Caminó.

Pasar desapercibido en su entorno siempre había sido uno de sus mayores logros.

Un miembro más de la población general, nada atípico, alguien en quien nadie se fijaba.

Ayudaba el hecho de que midiera un metro setenta y ocho y fuera de complexión media.

No destacaría en una multitud, ni en una investigación por asesinato. Y así era como a él le gustaba.

Toby pasó por delante de una cafetería y una tienda de licores a su derecha.

A su izquierda se alzaban los muros fortificados del Castillo de Windsor, que se elevaban quince metros en el aire.

Apenas les prestó atención. No tenían nada de magnífico para él.

En su opinión, no eran más que una serie de ladrillos colocados con minuciosidad.

Nada de lo que entusiasmarse. Él había construido casas en los árboles más espectaculares que aquella en el jardín para que jugara su hija Callie.

Además, no podía permitirse el lujo de perder el tiempo haciendo de turista; tenía un trabajo que hacer.

Quizás, cuando todo se calmara, podría traerse también a su mujer, Rose.

Como familia, podrían pasear por los terrenos y empaparse de la herencia y la cultura de aquel edificio milenario.

Pero eso tendría que esperar.

Toby llegó a la curva de la carretera. Pasó por una plétora de restaurantes, cafeterías y locales de desayuno, ignorando los aromas, y siguió el trazado de la calle hasta que se detuvo frente a una tienda de recuerdos que, según la placa de la pared, estaba allí desde 1901.

Más de cien años vendiendo mierdas a gente que jamás volvería a usarlas.

Banderas de la Union Jack adornaban la fachada, cubriendo el escaparate de esquina a esquina.

Carteles de los futuros duques de Essex colgaban de la mampostería vieja y decrépita, ondeando suavemente al viento de mediados de primavera.

Sus rostros estaban plasmados en cualquier otro tipo de recuerdo imaginable: cojines, postales, bolsos, mochilas, tazas, platos, posavasos, botellas, juegos, libros, DVD.

Para él, era como mirar una película de terror.

Pero para el mercado al que iba dirigido —el monárquico purista y el turista—, era como contemplar Disney World.

Justo cuando Toby entraba en la tienda, salió una mujer asiática, radiante de emoción y hablando frenéticamente con su marido en su lengua materna. Llevaba en brazos dos bolsas de plástico llenas hasta los topes de recuerdos.

Puede que todo parezca una mierda, pero a veces la mierda se vende.

Y la muerte también.

Al cruzar el umbral, una pequeña campana sujeta a la puerta sonó sobre su cabeza, alertando al dueño de la tienda de su presencia.

El interior del local estaba más concurrido que el exterior.

Multitud de personas merodeaban ante expositores giratorios y paredes llenas de postales y regalos, mientras pequeños grupos compartían sus compras con sus seres queridos por videollamada al fondo del establecimiento.

Toby los ignoró y se abrió camino por la tienda, manteniendo la cabeza baja pero inspeccionando todo cuanto tenía a la vista. Había cámaras de CCTV por todas partes y necesitaba ocultar su identidad el mayor tiempo posible. Años de entrenamiento le habían enseñado a perfeccionar ese arte.

En mitad de la tienda, Toby cruzó la mirada con el dueño, que estaba apostado tras la caja registradora.

Al principio, el hombre pareció sorprendido de verle, pero luego le dedicó un breve asentimiento con la cabeza.

Ninguno de los dos se conocía antes de hoy.

Y ninguno de los dos necesitaba decir nada.

Los nombres y las presentaciones no eran necesarios.

Los detalles más nimios ya habían sido acordados de antemano.

A los pocos segundos de estar allí, Toby descubrió que la tienda era como la TARDIS, pues se extendía hacia atrás mucho más de lo que esperaba. Le habían entregado un plano de antemano y lo había estudiado escrupulosamente, pero o bien estaba desactualizado o no estaba a escala.

No obstante, buscó la entrada que le interesaba.

Allí.

Un aseo fuera de servicio. El cartel escrito a mano había sido pegado a la puerta con celo, y se había arrugado por las esquinas del roce de la gente al pasar.

Toby se quedó a cierta distancia un momento, observando la puerta.

No había pomo —al menos, ninguno visible— y no se veía a nadie entrar ni salir.

Con un ápice de anticipación, Toby se acercó a la puerta, introdujo la mano tras la estantería que había al lado, tanteó hasta encontrar un asidero y tiró. La puerta se abrió. Antes de entrar, echó un último vistazo a las cámaras de CCTV del edificio: ninguna lo estaba enfocando.

El dueño había hecho su trabajo y había cumplido su parte del trato.

Satisfecho, Toby entró.

La puerta falsa daba a un hueco de escalera.

Los peldaños del interior eran empinados y el aire estaba viciado y frío.

Le recordó al desván de sus abuelos. Aquel en el que se escondía cada vez que quería escapar de los puños de su abuelo.

Al igual que el silencio y el aislamiento habían sido sus aliados entonces, lo serían también ahora.

Toby se puso manos a la obra. Los tablones del suelo crujían bajo sus pies. Las escaleras giraban a la derecha en una espiral cerrada y luego, al llegar a un pequeño rellano, a la izquierda. Contó treinta y ocho.

Trece más que en casa del abuelo y la abuela.

Se detuvo en un desván, en un lugar que dudaba que nadie más que él y el dueño supieran que existía. El polvo y las telarañas cubrían las paredes a ambos lados. El techo era bajo y se vio obligado a permanecer agachado para no golpearse la cabeza y romper alguna de las maderas podridas.

Posó la bolsa en el centro del desván. El polvo y los escombros se levantaron en el aire. Contuvo el aliento.

Al abrir la bolsa, Toby reveló una caja grande y anodina.

Era blanca, sin marcas ni insignias. Levantó la tapa y sacó el contenido.

Dentro había un dron. Fabricado a medida.

Con un diseño personalizado. Único en su género; no había otro dron igual en el mundo.

La máquina tenía seis palas rotatorias y, en la parte superior, un rifle de francotirador.

Un Barrett único que medía la mitad que el original pero era igual de potente.

En la recámara había una sola bala, con varias más en el cargador inferior.

Pero una sola bala era todo lo que necesitaba.

Colocó el dron en el suelo, apuntando directamente a una pequeña ventana circular incrustada en la pared al otro lado del desván. El dron había sido medido para pasar por ella a la perfección.

Entonces Toby volvió a centrar su atención en la caja.

En el fondo, bajo una discreta capa de cartón, estaba el mando a distancia del dron.

Le recordó a una lancha teledirigida que había tenido de niño, o al mando que había usado para ayudar a desactivar bombas en Afganistán durante las dos misiones en las que había servido.

Pequeño, sencillo, pero sumamente sofisticado.

Tras meter el mando a distancia en su bolsa, cerró la cremallera y abandonó el desván.

En cuatro horas habría completado su misión y podría escabullirse en la oscuridad sin ser visto, sin que se supiera de él y para no volver a salir a la superficie jamás.