EL GRAN CHOQUE 5 LA PREGUNTA DEL PASILLO #3
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5 LA PREGUNTA DEL PASILLO #3

Lo fácil habría sido enfadarme. Acusarlo de empujar, de convertir una frase funcional en provocación. Pero no había empujado. Había dejado la puerta exactamente donde yo la había puesto.

Saqué una tarjeta del bolsillo interior. La había escrito antes de la gala. Nombre del hotel. Número de habitación. Nada más.

Ridículo.

Preciso.

Imperdonable.

Se la di sin rozarle los dedos.

—No vengas antes de veinte minutos.

Yanis guardó la tarjeta en el bolsillo del traje.

—Treinta —dijo—. Para que puedas ordenar el pánico por categorías.

—Veinte.

Su sonrisa volvió, más baja.

—Sí, míster.

La habitación estaba en el cuarto piso de un hotel pequeño cerca de Perrache, discreto sin intentar parecer clandestino.

Cama doble, escritorio, cortinas pesadas, baño con toallas blancas, una ventana que daba a un patio interior y un minibar con tres botellas minúsculas colocadas según una lógica ofensiva.

Las ordené. Después me odié por hacerlo.

Me quité la chaqueta. La colgué. Aflojé la corbata. Volví a apretarla. La aflojé otra vez.

Esto no significaba nada.

Era una frase útil si uno no la examinaba demasiado.

Cuando Yanis llamó, no fue con los nudillos. Tocó la puerta con una sola falange, dos golpes suaves. No era su estilo habitual. Eso me alteró más que si hubiera entrado anunciando la revolución del sur.

Abrí.

Entró con una sonrisa preparada, pero la bajó al ver mi cara.

—Has pagado en efectivo, ¿verdad?

—Eso no es asunto tuyo.

—Dios. Sí. Lo has hecho. —Soltó una risa breve y cerró la puerta despacio—. Romain Moreau, criminal financiero de baja intensidad.

—Baja la voz.

La bajó.

De inmediato.

Sin bromear.

Eso me hizo algo en el pecho que no estaba dispuesto a clasificar.

Se quedó junto a la puerta, sin avanzar. Llevaba el abrigo abierto, la camisa un poco arrugada por la noche, el pelo menos perfecto. Parecía real de una forma peligrosa.

—¿Seguro? —preguntó.

La palabra no era teatral. No era una provocación. Era una salida.

Yo miré la cerradura. La cadena. La luz bajo la puerta. La esquina del techo, sin cámara. El móvil sobre la mesa, boca abajo. Las toallas en el baño. El tren de las seis y dieciocho. París. Marsella. Una semana de silencio. Una boca que no había podido archivar.

—Nadie lo sabrá —dije.

Yanis no se movió.

—Vale.

—No se repetirá.

Su mandíbula trabajó apenas.

—Vale.

—No significa nada.

Ahí sí sonrió.

No de alegría. No del todo.

—Entonces no tiembles como si estuvieras cambiando de país.

Me miré las manos.

Estaban quietas.

No lo estaban.

—Cállate —dije.

—Puedo intentarlo.

—Hazlo mejor que en el campo.

—En el campo me pagas con atención.

Di un paso.

Él no.

Otro.

Tampoco.

Al tercer paso, quedé lo bastante cerca para notar su respiración.

No había cámaras. No había sponsor wall.

No había música de gala ni directivos ni periodistas.

Solo una habitación que yo había elegido, una regla que yo había dicho y un hombre que, por primera vez desde que lo conocía, estaba esperando sin ocupar el espacio por mí.

Lo besé.

Esta vez no fue un accidente breve en un pasillo.

Tampoco fue limpio. Fue una rendición organizada, lo cual era casi peor.

Yanis exhaló contra mi boca y levantó las manos despacio, como si pidiera permiso incluso después de tenerlo.

Le cogí las muñecas y las puse en mi cintura porque necesitaba decidir algo concreto antes de deshacerme.

—Así —dije.

Sus dedos se cerraron en la tela de mi camisa.

—Sí.

La palabra me atravesó.

No hubo prisa al principio. Después sí. Después el cuerpo recordó que llevaba años traduciendo rivalidad en distancia y que la distancia, si se eliminaba, dejaba demasiada verdad sin supervisión.

Nos movimos torpemente hacia la cama, chocando con la esquina del escritorio.

Yanis maldijo en voz baja. Yo casi me reí.

Él me besó el borde de la mandíbula como si hubiera oído la risa y quisiera guardarla antes de que yo la retirara.

—Esto no cambia nada —repetí, contra su boca.

—Claro.

—Lo digo en serio.

—Yo también estoy fingiendo que te creo.

Me aparté para mirarlo.

Yanis no sonreía.

Eso fue lo que me hizo volver a besarlo.

La noche perdió orden en fragmentos: mi corbata sobre la silla, su chaqueta en el suelo, el sonido de una respiración contenida para no atravesar paredes, sus dedos preguntando antes de tocar piel, mi mano en su nuca justo donde en París él había colocado dos dedos y me había roto una toma.

Hubo cuidado. Hubo hambre. Hubo un silencio tan denso que cualquier palabra habría sido una imprudencia.

Cuando la intimidad dejó de ser avance y se convirtió en después, me quedé mirando el techo con el corazón demasiado alto y el cuerpo demasiado tranquilo.

Eso no era justo.

Yanis estaba a mi lado, boca arriba, un brazo sobre los ojos. No dijo nada. Por primera vez desde que lo conocía, no intentó ganar la habitación.

Me levanté.

—¿Romain?

—Tengo que ducharme.

—Vale.

No preguntó si estaba bien.

No preguntó qué significaba.

No hizo la broma que seguramente tenía lista para salvarse.

En el baño, abrí el agua fría primero. Luego caliente. Me lavé como si pudiera devolverme a una versión anterior del día. Gala. Aplausos. Tren. Habitación para dormir. Error cerrado. La piel, traidora, conservaba otra versión.

Cuando salí, Yanis estaba sentado en el borde de la cama, ya con la camisa puesta, descalzo, el pelo húmedo de sudor y algo en la cara que no reconocí.

Ternura habría sido una palabra demasiado peligrosa.

Yo recogí las toallas usadas.

Una del suelo. Otra del lavabo. Otra junto a la ducha.

Las doblé.

Primero por la mitad. Luego en tercios. Bordes alineados.

No hacía falta. El personal del hotel iba a deshacerlo todo al día siguiente. Lo sabía. Aun así, seguí doblando hasta que las manos dejaron de parecer ajenas.

Yanis me observó en silencio.

Eso era nuevo.

Normalmente habría dicho algo. Sobre mi relación enfermiza con la lavandería. Sobre París exportando neurosis a Lyon. Sobre mi capacidad de convertir una habitación postguerra en catálogo de hotel.

No dijo nada.

Y ese silencio me dejó más expuesto que el deseo.

—No me mires así —dije.

—No sé cómo te estoy mirando.

—Sí lo sabes.

Bajó la vista a sus manos.

—Vale.

Me odié un poco por haberlo corregido incluso entonces.

Dejé las toallas sobre la repisa. Perfectas. Absurdas. Incriminatorias de una forma que ninguna cámara podría usar.

—Tienes que irte —dije.

Yanis asintió.

—Lo sé.

Se puso los zapatos. Cogió la chaqueta. En la puerta, se detuvo solo un segundo.

—Tren a las seis y dieciocho, ¿no?

No le había dicho la hora.

Quizá lo había visto en la hoja de la gala. Quizá lo había deducido. Quizá yo había hablado demasiado sin darme cuenta. Cualquiera de las opciones me resultaba intolerable.

—Sí.

—Duerme algo.

—No necesito que me digas qué hacer.

—Ya lo sé.

Y esa fue la frase que casi me rompió.

Porque no sonó como burla. Ni como derrota. Sonó como si hubiera entendido la regla exacta: no decidir por mí. No empujar. No quedarse si yo no pedía. No convertir mi miedo en una prueba de amor que todavía no existía y, por tanto, no podía fallar.

Abrió la puerta.

Miró el pasillo antes de salir.

Por primera vez, vi a Yanis Mansouri medir cámaras que no estaban.

—Buenas noches, Romain.

No dijo Parisien.

Cerró.

Me quedé en la habitación con las toallas dobladas, la cama deshecha y una calma que no debería haber sentido. Alivio, sí. Vergüenza, también. Una vergüenza limpia y vieja, pegada a algo más cálido que no sabía nombrar sin hacerlo peligroso.

No se repetirá, pensé.

La frase sonó perfecta.

Casi creíble.