EL GRAN CHOQUE 7 LA CINTA QUE NO ERA SUYA
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7 LA CINTA QUE NO ERA SUYA

Hay lesiones que duelen menos que la gente que las nota.

El tobillo empezó a molestarme en el minuto treinta y dos, después de una disputa con el lateral izquierdo del Paris Saint-Cloud.

No fue una entrada criminal. Ni siquiera fue una entrada bonita.

Fue una de esas acciones feas que no salen en los resúmenes porque no tienen suficiente sangre ni suficiente técnica: balón dividido, choque de cuerpos, mi apoyo derecho clavándose un poco tarde, la bota del otro rozando por fuera, el césped de Marsella decidiendo que esa noche también quería participar.

Sentí el tirón.

Pequeño.

Peligroso precisamente por pequeño.

Hice lo que cualquier futbolista razonable hace cuando nota algo raro en un partido contra París delante de un estadio entero esperando señales de debilidad.

Lo ignoré con entusiasmo profesional.

El grand stade de Michelet rugía como si alguien hubiera metido el Mediterráneo debajo de las gradas y le hubiera enseñado a cantar.

Los virages estaban encendidos desde el calentamiento.

Banderas azules y blancas, humo en la previa, silbidos cada vez que un parisino respiraba con demasiada confianza.

Mi nombre había bajado desde la curva un par de veces, no como cariño tranquilo, sino como exigencia.

Mansouri.

Mansouri.

Mansouri.

En Marsella, pertenecer se parecía mucho a que te pidieran una prueba de amor cada cuatro minutos.

Así que seguí corriendo.

En el minuto cuarenta, recibí abierto a la derecha, encaré a su lateral y cambié por dentro. El tobillo protestó. No fuerte. Lo justo para que mi cuerpo, traidor pequeño burgués, cargara peso en la izquierda al salir del regate. Perdí media décima. El central llegó a cubrir. Tuve que soltar atrás.

Desde el carril interior, Romain Moreau me miró.

No al balón.

A mi pie.

Qué cabrón.

Qué cabrón con ojos de análisis médico gratuito.

Yo le enseñé los dientes.

Él no cambió la cara.

Por supuesto que no. Romain Moreau podía ver un incendio y probablemente preguntaría por la normativa de evacuación antes de toser.

—¿Qué miras, Parisien? —le solté cuando pasé cerca tras la jugada.

—Tu apoyo.

—Mi apoyo está muy solicitado, pero no acepta entrevistas.

—Está llegando tarde.

—Lo tuyo con la puntualidad ya es fetiche.

—Lo tuyo con fingir que no te duele es poco original.

Me reí porque si no le habría dicho algo más peligroso.

El árbitro nos separó con una mirada.

Era Le Choc. El primero grande desde aquella noche de Lyon.

Desde la habitación que no era una cita.

Desde la frase ridícula de “no se repetirá”, que había sobrevivido exactamente nueve días antes de romperse en una concentración, luego en un hotel de aeropuerto, luego en una llamada que ninguno de los dos había admitido que era una llamada.

No teníamos una relación. Teníamos un expediente sin nombre, dos ciudades, demasiados horarios y una capacidad ofensiva preocupante para mentirnos con precisión.

En público, éramos enemigos útiles.

Eso nos salía mejor.

Al descanso, íbamos uno a uno. Yo había dado una asistencia.

Romain había marcado llegando desde segunda línea con esa manera suya de parecer inevitable sin sudar mérito.

En el túnel, camino de vestuarios, nuestras aficiones se gritaban por encima de las barreras y los auxiliares intentaban fingir que controlaban algo.

Romain pasó a mi lado sin mirarme.

—No fuerces hacia fuera —dijo.

Ni hola. Ni buen partido. Ni ¿te duele? Claro que no. Eso habría sido demasiado humano y podría haber causado un derrumbe institucional.

—Gracias, doctor Moreau. ¿La consulta incluye piruleta?

—Incluye sentido común. Lo estás dosificando mal.

—Marsella no dosifica.

—Por eso vuestros fisios tienen ojeras.

Lo odié.

Un poco.

Con cariño inflamable.

En el vestuario, Arnaud Ségura golpeó la pizarra con el rotulador y nos pidió atacar la espalda de su lateral porque estaba cargado de amarilla. Hugo Martin, sentado a mi derecha, me dio un codazo.

—¿Todo bien?

—Perfecto.

—Tu “perfecto” tiene cara de tobillo cabreado.

—Mi tobillo está emocionado por el ambiente.

—Tu tobillo va a pedir el cambio y custodia compartida.

—Céntrate en no mandar el próximo centro a Argel.

—Fue un pase al segundo palo.

—El segundo palo estaba en otra región administrativa.

Hugo se rió, pero no apartó los ojos de mi pierna. Eso era lo malo de los amigos: se reían para no parecer preocupados y luego se quedaban mirando igual.

La segunda parte fue más sucia.

París adelantó líneas. Nosotros empezamos a salir más directo. Cada balón largo se convirtió en una pelea aérea, cada disputa en un debate filosófico con tacos. En el minuto sesenta y uno, recibí de espaldas cerca de banda y sentí a Romain venir desde mi izquierda.

Lo conocía.

Por supuesto que lo conocía. La presión de Romain no era violenta.

Era peor. Era exacta. Te cerraba una opción antes de que te dieras cuenta de que la querías.

Te obligaba a recibir donde a él le convenía.

En circunstancias normales, yo habría protegido, pisado, girado hacia fuera y provocado la falta o la ovación.

Pero el giro hacia fuera necesitaba el tobillo derecho.

Y él lo sabía.

Llegó.

Pudo entrar fuerte.

Durante una décima, vi la jugada entera: su cuerpo encimándome, mi apoyo torcido, la grada gritando, el árbitro dudando, mi orgullo intentando levantarse antes que mi ligamento.

Romain frenó.

No se detuvo del todo. Eso habría sido evidente. Cambió el ángulo. Metió el cuerpo sin buscar mi tobillo, bloqueó la línea de pase y dejó que yo tuviera que soltar atrás.

El estadio pitó.

Mis compañeros protestaron porque parecía que me había encerrado. Un comentarista, si lo había, seguro que diría que Moreau había llegado tarde a la presión.

Yo supe que había llegado justo a tiempo para no hacer daño.

La rabia me subió por el cuello.

Porque una cosa era que me deseara en habitaciones con cortinas cerradas. Otra, que me cuidara delante de setenta mil personas sin tocarme, como si tuviera derecho a conocer mi cuerpo mejor que mi grada.

Dos minutos después, choqué con él en medio campo.

—¿Ahora me tratas como porcelana? —murmuré, sonriendo para que la cámara lejana leyera insulto, no temblor.

Romain ni parpadeó.

—Te necesito entero para odiarte bien.

La frase me entró por debajo de las costillas.

Bruta.

Seca.

Estúpida.

Casi perfecta.

—Podrías odiarme cojo. Sería más heroico.

—Sería menos eficiente.

—Tu corazón es una oficina sin ventanas.

—Y aun así vienes a llamar.

Esta vez fui yo quien no respondió.

Error grave. En un partido contra París, el silencio también cuenta como pérdida.

Terminamos dos a dos. Un empate con sabor a pelea no resuelta, que era el sabor oficial de todos los Marsella-París desde que alguien inventó la mala leche con calendario.

Al pitido final, saludos rápidos, empujones suaves, jugadores mirando a la grada para no mirar al rival.

Romain me dio la mano durante menos de un segundo.

—Fisio —dijo.

—Capitán, sí, capitán.

—Yanis.

Ahí.

Mi nombre.

No Mansouri. No provocación. No fútbol.

Solo Yanis, con la voz baja y la cara todavía puesta para el estadio.

Solté su mano.

—Ocúpate de tus parisinos.

—Ocúpate de tu apoyo derecho.

Me fui antes de que la frase me hiciera algo visible.

La zona mixta era una trampa con luces. Contesté sobre el empate, sobre la intensidad, sobre el orgullo de la ciudad, sobre la falta en el setenta y ocho que, por supuesto, había sido falta aunque el árbitro hubiese decidido seguir una carrera artística basada en el error.

Sonreí. Hice una broma. Dije que París defendía como si tuviera miedo al ruido.

Los periodistas rieron. Buen material. Buena máscara.

Luego, en vez de ir directo al vestuario, tomé el túnel de servicio que conectaba con la sala médica. Había menos cámaras allí, más olor a goma, carros de material, cajas de botellas, un seguridad con cara de haber nacido cansado. Caminaba bien. Más o menos. Lo suficiente.

Romain apareció desde una puerta lateral como si el estadio lo hubiera escupido en mi ruta.

—No —dije.

—Qué respuesta tan completa.

—No sé qué vas a decir, pero no.

—Dile a tu fisio que revise el ligamento lateral y el peroneo. Y que valore vendaje funcional con estribo, no solo una vuelta bonita para la foto.

Lo miré.

—¿Perdón?

—No te estoy tratando. Te estoy diciendo qué pedirle al profesional que sí puede tocarte el tobillo sin que te vuelvas insoportable.

—Yo soy encantador lesionado.

—Eres insoportable hidratado.

—Me espías el apoyo y ahora insultas mi carisma. Qué noche para el romance institucional.

Romain miró hacia el extremo del túnel. Dos auxiliares pasaron empujando un baúl. Bajó la voz.

—No lo tapes por orgullo.

Eso no fue una orden.

Ojalá lo hubiera sido. Habría sido más fácil responder con fuego.

Sonó como preocupación con uniforme táctico.

—No tienes derecho —dije.

—Lo sé.

Demasiado rápido.

Me dejó sin aire un segundo.

Romain mantuvo la distancia. Ni un paso de más. Ni una mano. Ni ese gesto de la nuca que ya no podía recordar sin que el cuerpo se me desordenara.

—Entonces no lo hagas —murmuré.

—No estoy haciendo nada.

—Me estás viendo.

Su cara cambió poco.

Pero cambió.

—Eso no sé dejar de hacerlo.

El túnel se quedó pequeño.

No por deseo. O no solo. Por algo peor. Algo que parecía cuidado sin permiso y, a la vez, una clase de cuidado que no me quitaba el balón.

No me estaba diciendo “sal”. No me estaba escondiendo información para tenerme.

No estaba decidiendo por mí. Me estaba entregando una lectura y dejándome elegir si la llevaba a mi fisio o a la basura.

Lo odié por eso.

Por hacerlo bien.

—Te estás ablandando, Moreau.

—Tú estás cargando mal.

—Casi prefiero cuando solo me besas.

La frase salió antes de que yo pudiera ponerle casco.

Romain se quedó quieto.

Yo también.

Al fondo, una puerta se abrió. Voces. Pasos. Mundo.

Romain volvió a ponerse su cara de rival.

—Fisio —repitió.

—Vete al autobús.

—Eso intento desde hace cinco minutos.

—Pues corre. Antes de que Marsella te adopte y te enseñe a vivir.

—Marsella debería empezar por enseñar a sus extremos a pedir hielo.

Se fue.

No huyó.

Eso fue lo raro.

No salió disparado como en París. No se cerró como en Lyon después de las toallas. Simplemente se fue cuando tenía que irse, dejándome con un tobillo tocado, una recomendación prudente y una frase clavada en alguna parte que no era el ligamento.

En la sala médica, nuestro fisio, Baptiste, me señaló la camilla con dos dedos.

—Si dices que estás perfecto, te vendo al rugby.

—Estoy casi perfecto.

—Peor. Subasta.

Me senté. Me quitó la bota y la media. El tobillo tenía una hinchazón leve, nada espectacular. Lo bastante para molestar. Lo bastante para que yo hubiera mentido tres días si nadie me había visto.

—Quiero que revises lateral y peroneo —dije, intentando sonar casual—. Y quizá vendaje funcional con estribo si no hay nada serio.

Baptiste levantó la vista.

—Mira qué vocabulario. ¿Has leído un folleto en el túnel?

—Soy un hombre profundo.

—Eres un extremo con Google y miedo.

—No uso Google para mis tobillos. Tengo dignidad.

Baptiste palpó, movió, preguntó dolor, hizo esa cara de fisio que significa “no es grave, pero eres idiota”. Dictamen: esguince leve, control de inflamación, hielo, compresión, revisión al día siguiente. Nada de heroicidades. Nada de esconder. Vendaje funcional si entrenaba, pero con carga medida.

Prudente.

Romain había sido prudente.

Eso casi me ofendió más.

Cuando Baptiste salió a buscar material, Hugo entró con dos botellas de agua y un paquete de galletas de arroz robadas del buffet.

—Traigo cena de campeón y cartón triste —dijo—. ¿Qué te han dicho?

—Que sobreviviré para seguir humillándote en los rondos.

—Eso es una mala noticia para el deporte.

Me lanzó una botella. Luego miró la cinta que Baptiste había dejado junto a la camilla.

—¿Vendaje con estribo?

—Ajá.

Hugo estrechó los ojos.

Peligro.

—¿Quién te ha dicho eso?

—Baptiste.

—Baptiste acaba de ir a por la cinta después de que tú lo pidieras.

—Lo vi en un vídeo.

—Tú no ves vídeos de tobillos. Ves goles tuyos y entrevistas donde sales con buen perfil.

—Mentira. También veo goles míos con mal perfil por compromiso histórico.

Hugo no se rió.

Maldito.

—Yanis.

—¿Qué?

—¿Quién?

Demasiado directo.

Me puse la media sobre la otra pierna, aunque no hacía falta. Gran estrategia: textil defensivo.

—Un fisio de la selección me lo dijo una vez.

—¿Cuándo?

—En… una concentración.

—¿Cuál?

—La de… Francia.

Hugo me miró como si acabara de intentar regatear una pared.

—Brillante. Muy específico. Casi llamo a la Academia Francesa.

—¿Quieres dejar de interrogarme? Estoy herido.

—Estás mintiendo.

—Estoy lesionado y mintiendo. Puedo hacer dos cosas a la vez. Soy internacional.

Hugo se apoyó en la camilla de al lado.

—¿Tiene que ver con Moreau?

Mi corazón hizo algo completamente inaceptable.

Mi boca, por suerte, llegó primero.

—¿Romain? ¿Ese archivador con botas? Claro. Me ha mandado un burofax desde el autobús: “Estimado enemigo, adjunto instrucciones para su tobillo y mi superioridad moral”.

Hugo siguió mirándome.

—Has dicho Romain.

Mierda.

—Se llama así.

—Tú lo llamas Parisien incluso cuando no está.

—Estoy madurando.

—Eso sí que no te lo cree nadie.

Baptiste volvió antes de que Hugo pudiera abrirme en canal con una ceja. Me vendó el tobillo con manos rápidas y cero poesía. Yo aguanté el tirón sin quejarme porque tenía orgullo, público y un amigo demasiado atento al lado.

Cuando terminé, Hugo me ofreció las galletas de arroz.

—Come. Saben a pared, pero una pared nutritiva.

Cogí una.

—Qué detallazo. Marsella llora ante tu ternura.

—Marsella quiere saber quién te está enseñando vocabulario médico.

—Marsella debería meterse en sus asuntos.

—Marsella nunca ha hecho eso.

Tenía razón.

Por desgracia, Marsella solía tener razón cuando más ruido hacía.

Esa noche, ya en casa, con el tobillo elevado y el hielo envuelto en una toalla, abrí el móvil. El chat de Romain estaba sin nombre especial, sin foto, sin nada que pudiera explicar demasiado si alguien miraba. Solo un número guardado de manera aburrida.

Escribí: Mi fisio dice que vives para dar órdenes incluso a distancia.

Borré.

Escribí: No era nada grave.

Borré.

Escribí: Entero para odiarme bien, entonces.

Lo envié.

La respuesta llegó diez minutos después.

Romain: Solo si obedeces al fisio.

Miré la pantalla hasta que se apagó.

Después sonreí como un idiota, solo, en mi salón, con un tobillo vendado y la certeza horrible de que ser visto por Romain Moreau no siempre se parecía a estar descubierto.

A veces se parecía a no tener que lesionarme para demostrar que pertenecía.

Eso sí que era peligroso.