5 LA PREGUNTA DEL PASILLO #2
—Qué bonito. Nuestro álbum de recuerdos será una pizarra táctica y una denuncia por soberbia compartida.
Su boca se movió.
Casi sonrisa.
Me agarré a eso como a un balón dividido.
—Romain.
Usé su nombre.
Fue trampa.
No lo hacía casi nunca. Moreau era más seguro. Parisien era armadura. Romain sonaba a pasillo vacío, a luces de hotel, a algo que no podía gritarse desde una grada.
Él lo notó.
—No —dijo.
Pero no se movió.
—Vale.
Mi respuesta lo sorprendió. Bien. A mí también.
Levanté las manos, despacio, como si el árbitro acabara de avisarme de que la siguiente falta era amarilla.
—No voy a avanzar.
La frase cayó entre los dos.
Romain tragó saliva.
No se supone que uno note esas cosas. No a esa distancia. No con tanto cuidado. Pero yo llevaba años leyendo defensas, porteros, apoyos mal cargados, dudas en el primer control. Y Romain, esa noche, dudaba con todo el cuerpo excepto con los pies.
—Yanis —dijo.
También era la primera vez en mucho tiempo que decía mi nombre sin apellido.
Me hizo daño de una forma estúpida.
—Estoy aquí —respondí—. Tú decides si eso es un problema.
Sus ojos fueron a la cámara del ascensor. Después a la salida de emergencia. Después a mi boca.
No mucho.
Lo suficiente para que el mundo cambiara de formación.
Dio un paso.
Uno.
No grande. No teatral. No como alguien que se rinde. Como alguien que firma un documento sabiendo que quizá lo queme después.
Yo no me moví.
La distancia se redujo a casi nada. Su perfume era limpio, discreto, irritantemente suyo. Tenía una arruga mínima en la chaqueta, cerca del hombro. Mis manos seguían levantadas, absurdas, inútiles, porque si las bajaba quizá tocaba y si tocaba quizá él desaparecía antes de tiempo.
—Mirar no es el problema —repitió.
Esta vez entendí.
O creí entender.
Romain me besó.
No fue largo. Ni perfecto. Ni de película, salvo que las películas aprendieran a dejar espacio al miedo.
Su boca tocó la mía con una precisión temblorosa, como si incluso cruzando la línea intentara hacerlo sin romper nada.
Un segundo, quizá dos. Calor. Respiración contenida.
La tela de su chaqueta rozando mi camiseta sin que ninguno de los dos moviera las manos.
Yo no tomé nada.
No empujé. No agarré. No convertí su decisión en mi victoria.
Solo esperé.
Y, por primera vez desde que lo conocía, Romain Moreau perdió el control sin que nadie pudiera confundirlo con una derrota.
Luego se apartó.
Demasiado rápido.
La culpa llegó a su cara antes que el aire.
—No —dijo.
No a mí.
A sí mismo.
—Romain—
—No.
Esta vez sí dio un paso atrás. Después otro. Se pasó una mano por la boca, no para limpiarse. Peor: para comprobar que había pasado. Para medir el daño.
—Esto no ha ocurrido.
Ahí estaba.
La frase más vieja del mundo después de un acto imposible.
Quise bromear. Quise decirle que, si no había ocurrido, podía ocurrir otra vez con mejor iluminación. Quise hacer cualquier cosa que le quitara esa expresión de supervivencia cerrándose a golpes.
No lo hice.
—Vale —dije.
Me miró como si el vale le doliera más que una protesta.
—Tengo que irme.
—El parking está bloqueado.
—Entonces buscaré a producción.
—Romain.
Se detuvo, pero no volvió del todo la cara.
—Tú has dado el paso —dije, bajo—. No voy a usarlo contra ti.
La frase le llegó. Lo vi en los hombros. En cómo se quedaron quietos un segundo antes de tensarse otra vez.
—No sabes lo que estás diciendo.
—Sí lo sé.
—No.
Ahora sí me miró.
No había desprecio. Ni arrepentimiento simple. Había miedo, cálculo, deseo y una tristeza tan ordenada que me dieron ganas de romper algo que no fuera él.
—No lo sabes —repitió—. Y yo no puedo permitirme enseñártelo aquí.
Se fue hacia el ascensor de servicio aunque acababan de decirnos que no lo usáramos. A medio camino, cambió de dirección con una precisión casi cómica y tomó el pasillo hacia recepción interna. Hasta huyendo respetaba la señalética.
Me quedé solo junto a la ventana del patio.
La cámara seguía en su esquina.
La acreditación seguía colgada de mi cuello.
Mi boca seguía sabiendo a una decisión que no era mía y, precisamente por eso, me importaba más.
Al cabo de un minuto, el móvil vibró.
Hugo: ¿Dónde estás? Producción dice que nos bajan en grupos. No te metas en líos, estrella.
Miré el mensaje.
Luego el pasillo por donde Romain había desaparecido.
Respondí: Tarde.
Y por primera vez en la noche, la broma no me salvó de nada.
6NO ERA UNA CITA
Reservé la habitación a las dieciséis cuarenta y dos.
No porque fuese a necesitarla. Técnicamente, el tren a París salía a las seis y dieciocho de la mañana, la gala terminaba antes de medianoche y el club habría podido gestionar una habitación en el hotel oficial sin que yo moviera un dedo.
También habría podido volver en coche con el delegado de comunicación de Paris Saint-Cloud, que llevaba dos días repitiendo que “Lyon en invierno tiene una humedad que se mete en los huesos”, frase que no aportaba nada a la logística salvo tristeza.
Reservé la habitación porque era prudente dormir antes del tren.
Eso escribí en mi cabeza.
Dormir antes del tren.
Una frase funcional, limpia, casi admirable.
Luego pagué en efectivo.
El recepcionista del hotel no levantó una ceja.
Eso hablaba bien de su formación o mal de su imaginación.
Me entregó una tarjeta magnética, indicó el ascensor con un gesto discreto y me deseó buena estancia.
No usé la cuenta del club. No di el correo de mi agente.
No pedí factura nominativa. Si alguien preguntaba, yo había reservado una habitación sencilla en Lyon por cansancio, no por el recuerdo de una boca en un pasillo de París.
Una semana debería bastar para cerrar un error.
Siete días son suficientes para recuperar una sobrecarga leve, preparar un partido, limpiar botas después de dos entrenamientos con lluvia y olvidar la temperatura exacta de unos labios si uno tiene disciplina.
Mi disciplina, por lo visto, tenía grietas.
La gala de la Ligue se celebraba en un edificio de cristal junto al río, demasiado iluminado para permitir errores humanos.
Había jugadores jóvenes, directivos, entrenadores, patrocinadores, periodistas con copa en la mano y esa música de fondo que solo existe para recordarte que estás obligado a sonreír sin bailar.
Premios a revelación, mejor cantera, gesto técnico, promesa profesional.
Todo el fútbol francés intentando fingir que no se mide a sí mismo incluso cuando aplaude.
Yo llevaba traje oscuro y una corbata que mi madre habría aprobado.
Yanis llevaba un traje que ninguna madre sensata habría aprobado sin rezar antes.
Azul profundo, camisa abierta un botón más de lo estrictamente necesario, sonrisa de hombre que no había pasado la semana diseccionando un beso en silencio.
Lo vi desde el otro lado del sponsor wall, hablando con un periodista de La Tribune du Foot, una mano en el bolsillo, la otra dibujando algo en el aire.
Probablemente exageraba una anécdota. Marsella en miniatura: ruido, manos, brillo, todo convertido en pertenencia.
Me vio.
No cambió de expresión.
Eso fue peor que una sonrisa.
La primera hora transcurrió con normalidad aceptable. Respondí tres preguntas sobre la nueva generación francesa, dos sobre mi progresión en Paris Saint-Cloud y una sobre si la rivalidad con el Olympique Phocéen era “tan intensa fuera del campo”.
—La rivalidad pertenece al campo —dije.
Respuesta correcta.
Mentira parcial.
Yanis ganó un premio por mejor jugada ofensiva joven.
Subió al escenario como si el trayecto desde la mesa fuese una banda derecha abierta solo para él.
Agradeció al club, a sus compañeros, a su familia, a Marsella “por no dejarme nunca creer que corro lo suficiente” y al fútbol “por seguir dando excusas a la gente que habla demasiado”. La sala rió.
Yo no.
Casi.
Después, en el cóctel, apareció a mi lado junto a una bandeja de canapés que nadie con partido el domingo debería tocar.
—Moreau.
—Mansouri.
—Has aplaudido con el entusiasmo de un notario en ayunas.
—Aplaudí lo necesario.
—Qué alivio. Temía que mi premio hubiera provocado una emoción espontánea y tu club tuviera que emitir comunicado.
—La jugada era buena.
Su mirada se detuvo en mí.
—Eso casi ha sido bonito.
—No te acostumbres.
—No lo haré. Me preocupa tu salud si produces dos cumplidos en el mismo trimestre.
Un directivo pasó cerca. Ambos miramos hacia la sala. Distancia correcta. Copas en manos ajenas. Cámaras al fondo. Ningún gesto fuera de lugar. Una conversación entre rivales con suficiente filo para que cualquiera la archivara como marca comercial.
—Te fuiste rápido en París —dijo.
La frase cayó debajo de la música.
—Había retrasos.
—Eso no responde.
—No era una pregunta.
Yanis bebió un sorbo de agua. Agua. No champán. Lo noté y me molestó notarlo.
—¿Vas a seguir fingiendo que no pasó?
—No es el lugar.
—Nunca es el lugar contigo.
—Eso debería indicarte algo.
Sonrió, pero sin espectáculo.
—Me indica que eliges habitaciones antes de admitir que quieres entrar en una.
La copa casi se me resbaló.
No había forma racional de que lo supiera. Había reservado en otro hotel, sin cuenta del club. Había entrado solo. No había mencionado nada. Pero Yanis no necesitaba saber para disparar cerca. Era una de sus peores virtudes.
—No sabes de qué hablas —dije.
—Eso es lo que dices cuando sí sé.
—Eso es lo que digo cuando hablas por deporte.
—Hablo por arte. El deporte es lo que hago para pagarme los trajes.
Miré hacia el sponsor wall. Dos fotógrafos se habían girado hacia un entrenador del Rhodanien. Nadie nos miraba. Nadie de forma útil.
—Tengo una habitación —dije.
Yanis dejó de sonreír.
No mucho. Lo suficiente para que el gesto se le quedara sin público.
—¿Aquí?
—En otro hotel.
—Claro. Porque incluso tus errores hacen desplazamiento corto.
—Para dormir antes del tren.
—Por supuesto.
El tono podría haber sido burla. No lo fue del todo.
—No es una invitación —dije.
Yanis me miró la boca.
Solo un segundo.
—Entonces no me des la dirección.
Ahí estaba la línea.