EL GRAN CHOQUE 5 LA PREGUNTA DEL PASILLO
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5 LA PREGUNTA DEL PASILLO

Hay hoteles que tienen una manera muy particular de mentirte.

Parecen hoteles normales: moqueta beige, lámparas demasiado educadas, cuadros abstractos que nadie ha elegido con amor y empleados que sonríen como si no hubieran visto a tres futbolistas discutir por un cargador de móvil en recepción.

Pero no son hoteles normales. Son hoteles de producción, con extensiones del rodaje.

Pasillos con gente acreditada. Ascensores reservados.

Cámaras junto a las salidas de servicio.

Seguridad privada haciendo como que no mira mientras lo mira todo.

Un sitio donde puedes llevar chándal y aun así sentir que estás dentro de un contrato.

Yo estaba en el séptimo piso, apoyado contra una pared, con la acreditación todavía colgada del cuello y una bolsa de ropa en la mano, esperando a que alguien decidiera si podíamos bajar al parking o si una amenaza indeterminada en la entrada principal iba a convertirnos en mobiliario caro.

—Retraso de seguridad —había dicho un auxiliar con pinganillo.

Luego desapareció.

Muy francés todo: una frase grave, cero explicación, y el resto a interpretar el apocalipsis con calma administrativa.

Al fondo del pasillo, dos jugadores de Fontvieille estaban sentados en el suelo, jugando a algo en el móvil.

Una extremo del equipo femenino de Lyon hablaba por teléfono junto a una máquina de hielo.

Un fotógrafo subía y bajaba carpetas por el ascensor de servicio con cara de haber perdido la fe en la humanidad y quizá también una lente.

Y Romain Moreau estaba a tres metros de mí, leyendo una hoja de horarios como si el papel pudiera salvarlo de mí.

Llevaba ropa de calle: pantalón oscuro, camiseta blanca, chaqueta azul marino.

Nada extraordinario. Nada pensado para hacer daño.

Ese era el problema con él. Otros hombres se ponían guapos como quien enciende fuegos artificiales.

Romain se vestía como si hubiera cumplido una norma y, aun así, a mi cerebro le daba por comportarse como un perro sin adiestrar.

—¿Qué pone? —pregunté.

No levantó la vista.

—Que el traslado al parking era a las veintiuna cuarenta.

Miré el reloj.

—Son las veintidós diez.

—Gracias. No sabía interpretar el tiempo sin intervención marsellesa.

—Para eso estoy. Fútbol, luz, orientación básica para parisinos extraviados.

—Soy de Tours.

—Y yo soy paciente. Ambos exageramos.

Una de las chicas de Lyon se rió por lo bajo antes de alejarse hacia la esquina. Romain dobló la hoja con precisión criminal y la guardó en el bolsillo interior de la chaqueta.

—No deberías llevar aún la acreditación —dijo.

Miré la tarjeta contra mi pecho.

—¿Por qué? ¿Me resta misterio?

—Porque tiene tu código de acceso visible.

—Qué romántico. Otros me miran los ojos.

—Tus ojos no abren zonas restringidas.

—Depende de la noche.

Ahí sí me miró.

No mucho.

Romain tenía esa costumbre insoportable: provocaba, contestaba, te pinchaba justo donde sabía que ibas a saltar, y después retiraba la mirada como si no hubiera pasado nada. Como si no dejara cosas encendidas detrás.

Me separé de la pared.

—¿Por qué haces eso?

—¿Ser razonable?

—No. Eso no lo haces. Solo lo vendes bien.

—Entonces especifica.

El pasillo empezó a vaciarse poco a poco.

Los de Fontvieille se levantaron cuando un coordinador les hizo una señal.

La jugadora de Lyon desapareció por una puerta lateral.

El fotógrafo entró en el ascensor de servicio con sus carpetas y una expresión que decía: si esto se cae, me dejo caer con ello.

Nos quedamos casi solos.

Casi era la peor palabra del mundo.

Había cámaras en los extremos del pasillo. Una junto al ascensor principal. Otra cerca de la salida de emergencia. No nos apuntaban de frente, pero existían. Todo existía. En el fútbol profesional, hasta una pared tenía potencial narrativo si alguien la grababa en el ángulo adecuado.

—¿Por qué nunca miras después de provocar? —pregunté.

La frase salió más baja de lo previsto.

Romain no respondió enseguida.

Se giró un poco hacia mí, no del todo. Su perfil quedó recortado por la luz amarilla del pasillo: nariz recta, mandíbula quieta, boca educada incluso cuando no decía nada. Parecía tranquilo. Yo ya había aprendido que eso no significaba lo que los demás creían.

—Mirar no es el problema —dijo al fin.

La nuca se me calentó.

Ridículo. Teníamos veintiuno, un día largo encima, una campaña entera fingiendo odio en alta definición y un retraso de seguridad reteniéndonos en un hotel. No era una confesión. No era nada.

Pero su voz había bajado medio tono.

Y yo, que vivía de detectar cambios de ritmo, lo oí.

—¿Entonces cuál es el problema?

Romain miró la cámara del ascensor.

Yo también.

Claro.

Siempre había un objeto entre nosotros. Un balón. Un fotógrafo. Un entrenador. Un logo de la Ligue. Una cámara con luz roja apagada que quizá grababa igual. Un pasillo donde las decisiones no podían moverse sin dejar rastro.

—Que tú esperas que todo sea una carrera —dijo.

—Porque casi siempre lo es.

—No todo se gana llegando antes.

—Eso lo dicen los que corren menos.

—Eso lo dicen los que saben frenar.

Me reí, pero no me salió del todo.

—¿Me estás dando una charla sobre transición ofensiva o sobre mi personalidad?

—En tu caso, la diferencia es estadísticamente irrelevante.

—Dios, qué ganas de empujarte contra una pizarra y borrar todas las flechas.

Su mirada volvió a mí.

Esta vez no se retiró.

El pasillo se hizo más estrecho, aunque no cambió de tamaño.

Sentí la acreditación contra el pecho, el borde de plástico rozándome la camiseta.

Pensé en Clémence diciendo que las uvas no firmaban confidencialidad.

Pensé en el set del túnel, en sus ojos cerrándose cuando mis dedos tocaron su nuca.

Pensé en Clairefontaine, en el golpe en su pecho después del gol.

Y no avancé.

Eso fue lo más difícil.

Porque mi cuerpo quería convertir la pregunta en distancia eliminada.

Quería hacer lo que siempre hacía en el campo: atacar el espacio antes de que lo cerraran.

Pero Romain no era un carril interior. Romain era Romain.

Y si algo había aprendido de él era que, cuando se sentía empujado, se volvía piedra.

Así que me quedé quieto.

Una puerta de ascensor se abrió con un campanilleo absurdo.

Ambos nos separamos sin habernos tocado.

Magnífico.

Nada había pasado y, aun así, parecía que nos habían pillado cometiendo un delito pequeño.

Del ascensor salió un hombre de seguridad con una tablet, seguido de una asistente cargada de perchas y fundas de traje. El hombre nos miró, miró nuestras acreditaciones, nos reconoció y señaló el pasillo.

—El parking sigue bloqueado. Quedaos en esta planta hasta nuevo aviso. No uséis la escalera de servicio.

—¿Motivo? —preguntó Romain.

Por supuesto que preguntó motivo. Moreau no podía recibir una orden sin intentar archivarla con título y subcarpeta.

—Prensa en el acceso lateral. Están moviendo vallas.

El estómago me hizo una cosa desagradable.

—¿Prensa?

—Dos fotógrafos. Nada grave. Pero producción no quiere salidas mezcladas.

Nada grave. Dos palabras favoritas de quienes nunca salen en la foto.

El hombre siguió andando. La asistente detrás. El ascensor volvió a cerrarse. El pasillo recuperó su zumbido eléctrico.

Romain había cambiado.

No mucho. Un grado. Una contracción en la mandíbula. La mano derecha tocando el bolsillo donde llevaba el móvil. Cálculo. Salidas. Ángulos. Riesgo.

Yo conocía ese tipo de miedo aunque no lo llamara miedo.

En Marsella te enseñaban pronto a pertenecer en público o a prepararte para que el público te lo cobrara.

Yo todavía no era la estrella que sería después, pero ya entendía lo suficiente: una foto podía cambiar de significado según quién la quisiera vender.

Dos jugadores rivales en un pasillo no eran noticia.

Hasta que alguien necesitaba que lo fueran.

—Eh —dije.

—No.

—Solo he dicho eh.

—Ya sé lo que ibas a hacer.

—¿Respirar?

—Minimizarlo.

Me callé.

La réplica estaba lista. Varias, de hecho.

Una sobre su afición a dramatizar pasillos.

Otra sobre cómo París convertía dos fotógrafos en una crisis de Estado.

Pero ninguna habría sido justa, y yo no siempre era justo, pero a veces tenía puntería suficiente para no pegarle a alguien donde ya estaba sujetándose.

Romain caminó hasta la ventana estrecha al final del pasillo. No daba a la calle principal, sino a un patio interior donde se veían tubos de ventilación, una terraza vacía y el reflejo de otras habitaciones. Él miró el cristal sin acercarse demasiado.

—No deberías estar aquí conmigo —dijo.

Me apoyé en la pared opuesta, dejando distancia. Mucha, para lo que mi cuerpo quería. La suficiente para que, si alguien salía del ascensor, viera a dos jugadores esperando. Nada más.

—Estoy en un pasillo de hotel, Moreau. No en tu testamento.

—No hagas eso.

—¿Qué?

—Convertirlo en broma para que no parezca real.

Me quedé sin respuesta.

Qué mala costumbre tenía este hombre de tocar el balón donde nadie más llegaba.

Romain se giró. La luz le marcaba ojeras suaves, cansancio debajo de la corrección. Durante el rodaje había sido París limpio, futuro del fútbol francés, rival serio, cara de póster. Ahora parecía un chico de veintiún años que había aprendido demasiado pronto a medir puertas.

—Si nos ven —empezó.

—No nos están viendo.

—No lo sabes.

—Lo sé bastante.

—No es suficiente.

—Para ti nada es suficiente.

Ahí se cerró.

Lo vi.

El comentario, que en mi cabeza había salido como una broma, le llegó como otra cosa. Como acusación. Como si yo acabara de señalar justo lo que él intentaba esconder debajo de sus horarios, sus botellas ordenadas y sus respuestas limpias.

—No —dije enseguida—. No quería—

—Sí querías.

—Vale. Quizá quería un poco. Pero con cariño deportivo.

—No somos compañeros.

—Lo fuimos.

—Durante tres semanas.

—Y ganamos porque por una vez hiciste caso a mis carreras.

—Ganamos porque por una vez corriste donde debías.