EL GRAN CHOQUE 4 FOCOS DE RIVALIDAD
14%

4 FOCOS DE RIVALIDAD

En una campaña institucional, incluso el odio lleva maquillaje.

Lo descubrí a las nueve y doce de la mañana, en un estudio cerca de Porte de Saint-Cloud, mientras una mujer con auriculares me aplicaba polvos translúcidos en la frente y un asistente de producción intentaba decidir si mi camiseta del Paris Saint-Cloud debía parecer recién planchada o “ligeramente de vestuario”.

Dijo esa frase tres veces. Ligeramente de vestuario.

Como si el vestuario fuese una textura decorativa y no un lugar donde diecinueve hombres sudan, mienten, se vendan tobillos y aprenden a no mirar demasiado.

—No frunzas —me dijo la maquilladora.

—No estoy frunciendo.

—Entonces tienes una cara muy concentrada.

—Eso me han dicho.

—No era un cumplido.

No respondí. Es una regla útil en rodajes: nunca discutas con la persona que puede hacerte parecer agotado en 4K.

La campaña se llamaba La Nouvelle Génération.

La nueva generación del fútbol francés. Seis clubes, ocho jugadores, tres piezas audiovisuales, fotos oficiales, teaser para redes, entrevistas cortas, frases sobre futuro, pasión y respeto.

Todo perfectamente inocente. Todo cuidadosamente diseñado para vender tensión sin admitir que la tensión es el producto.

En mi hoja de citación, el bloque de las once decía: “Romain Moreau / Yanis Mansouri — face-à-face rivalité”.

Habían escrito rivalité en cursiva.

No sabía si me ofendía más el concepto o la tipografía.

—Moreau.

Reconocí la voz antes de verlo en el espejo.

Yanis Mansouri estaba en la entrada del camerino colectivo con la camiseta azul oscuro del Olympique Phocéen, una chaqueta colgada del hombro y esa expresión de hombre que nunca entra en una habitación: la ocupa por adelantado.

Tenía veintiuno ya, no dieciocho. Más hombro, más mandíbula, más seguridad pública.

La misma incapacidad de quedarse quieto.

No lo veía de cerca desde una concentración de selección en marzo.

En partido sí. En túneles, también. Con distancia, árbitros, cámaras, insultos aceptables.

En un estudio cerrado, con luces blancas y una maquilladora observando mi frente como si fuera un problema técnico, su presencia tenía menos reglas.

—Mansouri —dije.

Él miró a la maquilladora.

—¿También le están quitando el brillo o intentando encontrarlo?

La mujer sonrió.

—El brillo está controlado.

—Qué pena. Marsella cree en el brillo con libertad sindical.

—Marsella cree en muchas cosas ruidosas —dije.

Yanis se apoyó en el marco.

—Y París en fingir que no escucha.

La maquilladora bajó la brocha. Sus ojos pasaron de él a mí con un interés profesional que no me gustó.

—Listo —dijo—. Intenta no sudar.

—No suelo hacerlo por encargo.

Yanis soltó una risa breve.

No miré su boca.

Eso cuenta como victoria si nadie exige pruebas.

El primer set era un sponsor wall enorme con el logo de la Ligue, los clubes en alternancia y una iluminación que hacía que cualquier gesto mínimo pareciera una declaración de guerra.

Nos colocaron espalda contra espalda primero.

Luego de frente. Luego separados por un balón en el suelo, como si el balón mediara un conflicto diplomático.

El fotógrafo era un hombre pequeño, rápido, con camisa negra y entusiasmo de persona que lleva demasiadas horas viviendo de ordenar cuerpos ajenos.

—Más cerca —dijo.

Di medio paso.

—Más.

Yanis lo dio también.

La distancia quedó incorrecta.

Técnicamente seguía siendo segura: suficiente para una foto, insuficiente para que nuestras respiraciones se mezclaran.

Pero mi cuerpo no trabajaba con términos técnicos cuando Yanis estaba a menos de treinta centímetros.

Trabajaba con memoria. Clairefontaine. Una botella.

Una carrera interior. Un golpe en el pecho que no fue abrazo.

—Mirada a cámara —ordenó el fotógrafo—. No sonrían. Esto es Le Choc de demain. Futuro, rivalidad, electricidad.

—¿También hacemos la factura de la luz? —murmuró Yanis.

—Silencio —dije.

—Me echabas de menos.

—Como se echa de menos una lesión mal diagnosticada.

—Eso en tu idioma es poesía.

El flash saltó.

El fotógrafo bajó la cámara.

—Bien, bien. Pero necesito más odio en los ojos.

Yanis ladeó apenas la cabeza, sin dejar de mirarme.

—Eso no es odio.

No lo dijo alto. No lo suficiente para el fotógrafo. Sí para mí.

Se me tensó la mano izquierda.

Había cámaras. Había asistentes. Había un balón entre nosotros y doce logos detrás. La frase no significaba nada si uno no quería que significara algo. Yo no quería. Querer era una palabra peligrosa incluso cuando no se pronunciaba.

—Entonces actúa mejor —respondí.

Su sonrisa apareció despacio.

—Tú siempre tan generoso con las indicaciones.

—Alguien tiene que compensar tu relación creativa con la disciplina.

—Mi relación con la disciplina es preciosa. Solo no somos exclusivos.

El fotógrafo hizo otro disparo justo cuando una comisura de mi boca amenazaba con moverse.

Fantástico. Ahora habría una foto donde parecería divertido.

El club preguntaría por qué. La Ligue la elegiría porque “humaniza”.

El departamento de comunicación de Paris Saint-Cloud me enviaría un correo con tres signos de exclamación, prueba inequívoca de que alguien había perdido el control de su vida.

—Corte —dijo una voz femenina—. Antes de que convirtáis esto en una comedia de divorcio.

Me giré.

Clémence Dumas estaba junto al monitor, tablet en mano, traje gris, zapatillas blancas, pelo recogido sin esfuerzo visible y la clase de mirada que hacía inventario de una habitación en tres segundos.

La conocía de nombre. Comunicación de la Ligue.

Reputación de resolver crisis antes de que los jugadores aprendieran a pronunciarlas.

—Moreau —dijo—. Mansouri. Soy Clémence. Hoy mando yo en todo lo que no sea vuestra autoestima.

—La mía viene sin garantía —dijo Yanis.

—Se nota. Habla demasiado alto para ser un producto de calidad.

Yanis se llevó una mano al pecho.

—Me han herido en institución.

—Sobrevivirás. —Clémence miró el monitor—. La tensión funciona. Demasiado. Vamos al set del túnel.

Demasiado.

Esa palabra se quedó conmigo mientras nos llevaban al decorado siguiente: un túnel falso construido con paneles grises, luces frías, una línea de salida pintada en el suelo y humo bajo para dar “atmósfera de gran noche europea”, según un asistente.

No era un túnel. Era la idea que tiene la gente de marketing de un túnel: limpio, controlado, sin olor a tacos, linimento ni miedo.

Nos pusieron uno al lado del otro.

Luego uno detrás del otro.

Luego Yanis detrás de mí.

—Mansouri, colócate un poco más cerca de Moreau —pidió el director—. Como si fueras a adelantarlo al salir.

—Eso hago siempre —dijo Yanis.

—En tus sueños tácticos —respondí.

—Tengo sueños más interesantes que tú.

—Lo dudo. Duermes poco porque hablas incluso inconsciente.

Noté su risa en mi nuca antes de oírla.

Eso fue un problema.

—Yanis —dijo el director—, gira un poco hacia él. Romain, mira al frente. No a cámara todavía. Es tensión antes del choque.

Yanis se movió.

Su mano apareció junto a mi hombro.

—No, no —dijo el fotógrafo—. La línea queda rara. Mansouri, ajústale un poco la posición, solo la cabeza.

—No hace falta —dije.

Demasiado rápido.

Clémence levantó la mirada de la tablet.

Yanis no tocó de inmediato. Ese segundo de espera fue peor que el contacto. Podría haber hecho una broma. Podría haber aprovechado la orden para empujar, invadir, convertirlo en espectáculo. No lo hizo.

Apoyó dos dedos en mi nuca.

Solo dos.

La presión mínima, debajo del nacimiento del pelo, para girarme un grado a la izquierda.

Perdí la toma.

No de manera dramática. No hice nada visible salvo cerrar los ojos medio segundo de más. Pero en un rodaje medio segundo cuesta dinero, y en mi vida medio segundo podía costar mucho más.

—Corte —dijo el director—. Romain, no cierres.

—Perdón.

La palabra salió perfecta. Educada. Sin temblor.

Yanis retiró la mano.

—Mi culpa —dijo—. Tengo dedos emocionalmente irresponsables.

Alguien se rió. El director también. Clémence no.

Ella miraba el monitor, no a nosotros. Eso era más inquietante.

Repetimos la toma. Esta vez no fallé. Yanis mantuvo las manos donde podían verse. Yo miré al frente. Los focos nos convirtieron en dos rivales perfectamente vendibles: París limpio, Marsella encendido; disciplina contra caos; futuro contra futuro.

La campaña iba a funcionar.

Eso era lo peligroso.

Porque la cámara no sabía diferenciar entre odio y otra cosa cuando ambos se parecían tanto desde fuera.

Durante la pausa del mediodía, me refugié en un pasillo lateral junto a una mesa de catering. Había café, fruta, botellas de agua ordenadas sin criterio y sándwiches envueltos en plástico. Coloqué las botellas por tamaño antes de darme cuenta.

Primero las grandes.

Luego las medianas.

Luego las pequeñas.

El gesto me resultó tan familiar que me irritó.

—Sigues haciéndolo.

No me giré.

—Tú sigues apareciendo en sitios donde no has sido invitado.

Yanis se colocó a mi lado, apoyando la cadera en la mesa.

—Estoy en la misma campaña.

—Me refería a mi campo visual.

—Qué fino. Casi parece que lo has ensayado delante de un espejo triste.

Cogió una botella pequeña, justo de la fila que acababa de ordenar. La abrió. Bebió. Me la devolvió a otro lugar, entre las medianas.

Lo miré.

Él sonrió.

—¿Sigues ordenando las botellas por tamaño?

—Tú sigues hablando para no quedarte quieto.

La sonrisa se le movió un milímetro.

No desapareció. Yanis era demasiado competente en sobrevivir detrás de ella. Pero algo debajo cambió de apoyo.

—Touché, Parisien.

—Tours.

—Ya. Pero Parisien te queda mejor cuando finges que no tienes pulso.

—Tengo pulso. Por eso me dan contrato.

—Y por los pases.

—También.

—Y por esa cara de santo que acaba de descubrir impuestos.

Miré hacia el pasillo. Un asistente pasó cargando cables. Al fondo, dos jugadoras de otro club grababan una entrevista. Todo el mundo ocupado. Todo el mundo cerca.

—No deberíamos hablar aquí —dije.

—Estamos hablando de botellas.

—Contigo nada se queda en lo que parece.

La frase salió antes de aprobarla.

Yanis dejó de jugar con el tapón. Sus dedos, largos, inquietos, se quedaron quietos contra el plástico.

—Eso casi ha sonado a cumplido.

—Era una advertencia.

—A veces en tu boca son lo mismo.

Me obligué a mirar las botellas, no su mano.

—No te equivoques, Mansouri.

—Llevo años equivocándome contigo y mira, todavía me convocan.

—La Ligue convoca rivalidad. No inteligencia.

—Entonces tú eres un fallo de casting.

Habría respondido si Clémence no hubiera aparecido al final del pasillo con su tablet contra el pecho.

No se acercó del todo. Profesionales como ella sabían que la distancia también era una herramienta.

—En cinco minutos retomamos —dijo—. Y una sugerencia gratuita: si vais a tener conversaciones que parezcan subtexto, no las tengáis junto al catering. Siempre hay alguien fingiendo buscar uvas.

Yanis miró la bandeja de fruta.

—¿Las uvas trabajan para la Ligue?

—Las uvas no firman confidencialidad —respondió Clémence.

Después me miró a mí. No con acusación. Con cálculo.

—Moreau, la campaña necesita intensidad. No necesita accidente.

Asentí.

—Entendido.

Yanis no dijo nada hasta que ella se fue.

—Me cae bien.

—A ti te cae bien cualquiera que te insulte con precisión.

—No. Contigo tardé.

Me giré hacia él.

Error.

Estaba demasiado cerca otra vez, aunque no se había movido. O quizá era yo quien había dejado de medir bien. Tenía el pelo un poco despeinado por el rodaje, una marca roja leve en el cuello donde la camiseta le rozaba, los ojos oscuros atentos de esa forma que nunca usaba cuando había micrófonos.

—Mansouri —dije.

No sé qué iba a añadir.

Probablemente algo correcto. Algo útil. Una línea clara entre rodaje y recuerdo, entre rivalidad y esa cosa que llevaba tres años esperando un nombre solo para que yo pudiera negárselo con mayor eficiencia.

El asistente gritó nuestros apellidos desde el set.

Yanis se apartó primero.

No mucho.

Lo suficiente para salvarnos de nada y condenarnos a repetirlo.

—Vamos, Parisien —dijo, volviendo a ponerse la sonrisa—. Aparentemente tenemos que odiarnos en alta definición.

Entré detrás de él en el túnel falso.

Las luces se encendieron.

El director pidió mirada, distancia, electricidad. Yanis ocupó su marca. Yo ocupé la mía. Entre nosotros había treinta centímetros, seis cámaras y una mentira rentable.

—Acción.

Lo miré como me pidieron.

La toma salió perfecta.

Ese fue el problema.