9. Nuevas Voces
No tengo depresión. Tengo un fregadero. Lleva lleno desde el jueves. Técnicamente, eso no soy yo. Eso es el fregadero. Yo estoy fenomenal.
—Estás haciendo respiración cuadrada —dijo una voz a su lado—. Se nota. Parece que te estuviera estrangulando muy despacio un hombre muy educado.
Era un cómico llamado Dev, alto y delgado, con una chaqueta de un amarillo chillón.
Actuaba en cuarto lugar y ya había vomitado en la papelera del camerino.
Seis de ellos habían pasado el corte de Nuevas Voces.
Alex los había conocido esa tarde, en el ensayo técnico, y le habían caído bien todos al instante, lo cual era un problema, porque solo uno podía ganar.
—Estoy bien —dijo Alex.
—Claro —dijo Dev, dando saltitos de puntillas—. ¿Sabes qué voy a hacer? El cuarenta por ciento de mi número es un gag sobre los reposabrazos de los aviones. Renata ha dicho que nada de aeropuertos. Yo le he contestado que no es un aeropuerto, es el aire. Me ha mirado como si hubiera pisado algo.
—Es un gag buenísimo.
—Es un gag horrible. Voy a morir delante de Renata Cole —sonrió con los ojos desencajados—. Pero moriré con una chaqueta muy bonita.
Alex se rio. Hacerlo le costó algo, y notaba lo que le costaba.
Tenía las manos frías. Había escrito el número en tres fichas, en mayúsculas de imprenta, y las llevaba húmedas en el bolsillo.
En la primera ponía NEUMÁTICOS. En la segunda, FREGADERO / COPIAS / GUS. En la tercera, una sola palabra: DANNY.
Nada más. Había escrito esa palabra tres veces en su vida y ni una sola vez había conseguido escribir nada debajo.
* * *
Él iba quinto. Dev iba cuarto y salió con la chaqueta amarilla entre un trueno de aplausos nerviosos, e hizo su gag de los reposabrazos durante seis minutos.
No arrasó. Tampoco se hundió. Quedó en algún punto intermedio, como un avión que aterriza en un maizal.
Dev salió de escena, recibió una palmada en la espalda del regidor y le lanzó a Alex una mirada que decía: Estoy vivo, estoy vivo, estoy vivo.
Entonces una mujer con auriculares le tocó el codo, las luces del escenario cambiaron y una voz desde la cabina de sonido dijo:
—Demos la bienvenida a Alex Kowalski.
El camino eran doce pasos. Los había contado en el ensayo. Al cuarto paso se dio cuenta de que no sentía los pies.
La luz le dio de lleno, un muro blanco. Más allá, la sala era una oscuridad que respiraba. Alcanzaba a ver la primera fila y nada más: unos cuantos rostros iluminados desde abajo por el resplandor del escenario, óvalos difusos, como personas en el fondo de una piscina.
Maya estaba en la primera fila, con el cuaderno de dibujo abierto sobre las rodillas.
—Hola —dijo—. Soy Alex. Estoy muy cómodo aquí arriba y a mis rodillas les han ordenado que ignoren todo lo que digo.
Un rumor de risas. Cálido. Su cuerpo se permitió media respiración.
—Trabajo en una imprenta —dijo—. En el Strip. Me paso el día haciendo copias de cosas. Que es también como mi familia gestiona los sentimientos. Hacemos una copia, la archivamos y nadie lee nunca el original.
Se rieron. Una carcajada grande, de sala entera, de esas que se sostienen solas. Cogió el ritmo y, durante los cuatro primeros minutos, el número salió exactamente como en la ducha, en el autobús, en la cámara frigorífica.
—Imprimo recordatorios funerarios —dijo—. Es un trabajo honrado. La gente viene el peor día de su vida y lo primero que pregunta es: «¿Puede ser en cartulina crema?». Y yo tengo que decir: «La crema cuesta aparte». El duelo cuesta aparte. Eso no lo pone en el folleto.
La carcajada volvió, más grande. Dejó que corriera.
—Y todos quieren una paloma. Una vez le pregunté a una señora: «¿Por qué una paloma?». Me dijo: «Es pacífica». Señora. Yo vivo en Pittsburgh. He visto pájaros. Pacífica no es la primera palabra. La primera es atraco.
Un hombre del anfiteatro lo jaleó. Alex dio dos pasos a la izquierda y el foco lo siguió, un pequeño imprevisto que hizo que toda la sala se sintiera partícipe de un secreto.
—Cojo el autobús 54 para ir a trabajar. Pasa cada doce minutos. Lo sé porque mi jefe lo consultó. No me preguntó por qué llegaba tarde. Se limitó a leerme el horario, como un fiscal. El 54 pasa cada doce minutos, Alex. —Abrió las manos—. Señor. Ya lo sé. Yo vivo en los otros once.
Después llegaron los neumáticos. El manómetro.
Su padre con una rodilla en el asfalto de una calle de Brookline.
Treinta y dos delante. Treinta y cuatro detrás.
Encontró las pausas por puro instinto. Una mujer de la tercera fila lloraba de risa.
En algún lugar de la oscuridad, al llegar el remate, un hombre dijo:
—Anda, venga ya.
Era el mayor cumplido que puede hacer un reventador.
—No tengo depresión —dijo, y dejó que calara—. Tengo un fregadero.
Un compás de silencio. Vio al público debatirse sobre si aquello era seguro.
—Es un fregadero muy lleno. Lleva lleno desde el jueves. Y, técnicamente, quiero dejarlo claro, eso no soy yo. Eso es el fregadero. Yo estoy fenomenal —levantó las manos—. El fregadero necesita ayuda.
Rugieron. Era la risa segura, y la reconoció por lo que era: la calidez suave y luminosa de una sala que acepta dejarse engañar. Recorrió el teatro y le volvió desde el anfiteatro. Era un hombre bajo un foco, bueno en algo, en una sala de terciopelo de una ciudad que antaño fue famosa por el acero.
Y en algún sitio por debajo de todo aquello, el móvil, silenciado en el bolsillo de atrás, apretado contra él. Llevaba toda la noche apretando. Sabía exactamente qué había en el cuaderno. Sabía exactamente qué había escrito.
Retrocedió. Se secó la mano en los vaqueros.
—Quiero hablaros de un amigo mío —dijo.
* * *
La risa se apagó como se apaga la luz en un teatro: primero por el fondo.
Sintió que la sala lo leía. Ochocientas personas guardan un silencio muy particular cuando se dan cuenta de que el cómico ha dejado la comedia a un lado. Hay una presión dentro de ese silencio. Conocía el silencio de una sala a la que no le caía bien. Nunca había estado dentro de este.
—Se llamaba Danny —dijo.
Había pensado hacerlo con una frase de entrada. Un chiste que diera paso. Descubrió que no tenía ninguno.
—Nos conocimos en séptimo. Él estaba en la banda.
Yo tocaba el triángulo. —Un chispazo de risa, baja, de alivio—.
Era la persona más graciosa que he conocido.
Y lo digo técnicamente. Llevo once años trabajando en la comedia y nunca he conocido a nadie más gracioso que un chaval de doce años capaz de susurrar sin mover los labios.
Les habló del almacén. Les habló del cajón de leche, del bajo y del gato al que no se podía tocar.
Hizo el bajo con la boca, un wah-wah y un golpe seco.
Volvieron a reírse, ahora con más cautela: una sala que iba tanteando el camino a oscuras.
Hizo de Danny diciendo: «Suenas como un pato al que le están contando un secreto».
Les encantó. Adoraron a Danny al instante, del mismo modo que se quiere a alguien cuando sabes que van a decirte que lo has perdido.
—Cuando tenía catorce años —dijo—, murió mi madre. Y Danny vino a mi casa con una cazuela y se sentó en mi porche durante tres horas. No dijo ni una palabra. —Tragó saliva—. Es lo mejor que nadie ha hecho nunca por mí.
Oyó un sonido en la oscuridad. Una inspiración suave, como una vela al hincharse.
—Cuando teníamos dieciséis —dijo Alex—, hubo un concurso de talentos en el instituto. Y yo iba a hacer monólogos. Mis primeros cinco minutos. Estaba muerto de miedo.
Las luces eran muy blancas. Mantuvo las manos sueltas a los costados.
—La noche anterior estaba en mi cuarto, ensayando mi número delante del espejo. Y a las nueve y cuarenta me sonó el teléfono. Era Danny. Y me dijo: «¿Puedes venir? Solo quiero hablar».
El teatro estaba en silencio. No se oía ni una tos. Ni el crujido de un programa. El silencio era un ser vivo, con pulso.
—Y yo le dije —continuó Alex—: «No puedo. Estoy hecho un trapo. El concurso es mañana. Tengo que ensayar mi número». —Tomó aire y se le atascó—. Le dije: «¿Mañana?».
Alguien hizo un ruido en la oscuridad. Uno pequeño. Una mano sobre una boca.
—Y él dijo: «Sí. Mañana».
Oyó lo firme que le salía la voz. Ahí estaba el horror. Era una buena voz. La había ensayado en un autobús, en una cámara frigorífica y junto a un poste, a oscuras, y sostenía la frase entera como una mano sujeta un vaso.
—Danny murió aquella noche —dijo—. Se suicidó. Tenía dieciséis años.
Era la primera vez que lo decía en voz alta delante de otra persona.
En la oscuridad alguien lloraba sin disimulo. Un hombre, un hombre mayor, con un sonido parecido al de una bisagra. Una mujer dijo «Ay, cariño», no a Alex, sino a su marido, o al aire.
—Y llevo haciendo esto —dijo Alex— dieciocho años.
—Hizo un gesto, un barrido pequeño y cansado que abarcó las luces, el escenario, los asientos de terciopelo—.
Esto. Los chistes. Porque, si la sala se ríe, no hay silencio.
Y yo no puedo… —Se detuvo. Volvió a empezar—.
No puedo con el silencio. Es en el silencio donde suena el teléfono.
Entonces vio a Ellis, o creyó verlo. Una figura alta en la tercera fila, completamente inmóvil, con un vaso de algo en la mano. Y más allá, en el borrón de luz, una figura más pequeña con gorra y cortavientos que asentía despacio.
—Se llamaba Danny Reyes —dijo Alex—. Era la persona más graciosa que he conocido. Y yo estaba ensayando un número.
Se detuvo.
No dijo gracias. No dijo buenas noches. Se quedó ahí, bajo la luz blanca, con las manos abiertas a los costados, igual que aquella mano de hombre que Maya había dibujado en un juzgado, esperando a que alguien le pusiera algo dentro.
El silencio duró cuatro segundos. Los contó. Entonces alguien se puso en pie en el anfiteatro.
Luego alguien de las primeras filas. Después toda la sala, con un sonido de ola que vuelve rebotada de un muro.
* * *