6. Borradores
Vivo encima de una lavandería. Es la única relación que tengo en la que me dan calor los calcetines mojados de otro.
El primer borrador trataba de aeropuertos y era malo.
Lo escribió un domingo por la noche en la mesa de la cocina, bajo la bombilla que zumbaba cuando la mirabas, con la lavandería funcionando bajo sus pies con su rugido lento y cálido.
Once chistes. Los leyó una vez y sintió que algo en el pecho se le desinflaba, como una rueda en mitad de una carretera larga.
Estaban bien. Eran chistes con forma de chiste, con un arranque, una curva y un sitio donde tenía que entrar la risa.
Podría haberlos escrito un hombre que jamás hubiera pasado una noche en un aeropuerto.
Podría haberlos escrito un hombre que nunca hubiera estado vivo.
«Búscalos donde estaban los neumáticos», le había dicho Renata Cole.
Borró el documento. Abrió uno nuevo, escribió Nuevas voces — Actuación (2) y se quedó mirando el cursor.
Parpadeaba. Era un cursor muy paciente. Tenía el aire de un camarero al final de la noche.
El miércoles ya tenía cinco borradores. El viernes, nueve.
Estaban en una carpeta del escritorio, cada uno con un nombre que parecía una pequeña disculpa: actuación_v3_FINAL.
actuación_v4_FINAL_DE_VERDAD. actuación_v6_no.
Había repasado la estantería de material que llevaba en la cabeza como quien registra el armario buscando un traje, y todos los trajes se los había puesto ya.
El fregadero. El Corolla. Las copias. El número de los puentes que había fracasado tan estrepitosamente la noche que conoció a Walt.
Intentó darles forma de hilo conductor: un hombre y una serie de salas.
Lo probó como una historia sobre el trabajo.
Lo probó como una historia sobre estar soltero.
Lo probó como la historia de un hombre que vive encima de un sitio donde otros lavan la ropa y que se preguntaba cada noche qué significaba aquello.
Cada borrador duraba once minutos si hacía las pausas.
Cada borrador tenía el mismo defecto, que notaba sin ser capaz de nombrarlo, igual que se nota una muela partida que todavía no duele.
Eran todos muy cautelosos.
* * *
—Alexander.
Llamaron a la puerta a las 9:40 del sábado por la mañana: tres golpes secos y luego, tras una pausa, un cuarto, como una mujer que se corrige.
Abrió la puerta. La señora Lombardi estaba en el rellano, con una mano apoyada en la barandilla y la otra sosteniendo contra la cadera un plato cubierto de papel de aluminio.
Tenía ochenta y un años, medía un metro cuarenta y siete, llevaba una bata acolchada y unas zapatillas de hombre, el pelo blanco recogido y pegado a la cabeza, y la cara de una nuez que había visto mucho mundo.
Era la dueña del edificio. Y de la lavandería Spin Cycle, la de abajo, que había regentado cuarenta y seis años, los últimos once sola, desde que murió su marido.
Se sabía de memoria las escaleras, los veintidós escalones, y los subía a regañadientes, como un peaje.
—No has bajado a pagar el alquiler —dijo.
—Iba a hacerlo. El lunes. Gus paga los viernes y el cheque...
—Yo no he dicho ni una palabra del alquiler. —Pasó a su lado y entró en la cocina—. He dicho que no has bajado. No es lo mismo. Una persona puede pagar o una persona puede bajar. Me pongo nerviosa cuando no hace ninguna de las dos cosas.
Dejó el plato sobre la mesa, apartó el portátil diez centímetros hacia la izquierda sin decir nada y miró la pantalla. Él lo cerró.
—Pierogis —dijo—. De patata y queso. He hecho demasiados. Siempre hago demasiados.
—Todo el mundo hace demasiados —dijo Alex.
—Porque a todos nos criaron mujeres que pensaban que una mesa era una promesa. —Fue bajando hasta la silla con el movimiento largo y cuidadoso de una mujer que cambia un dolor por otro—. Siéntate. Pareces un hombre que lleva un buen rato hablando solo.
Se sentó. Levantó el papel de aluminio. Subió el olor a mantequilla y cebolla, y su estómago, que llevaba comiendo cereales secos desde el martes, hizo un ruido como un trombón.
—Ahí está —dijo la señora Lombardi, satisfecha—. Come.
* * *
Le informó de que llevaba escuchándolo desde agosto.
—El suelo es un tambor —dijo—. Yo estoy al fondo, con las máquinas, y todas las noches, a las diez, cruzas el techo andando.
De un lado a otro, de un lado a otro, de un lado a otro.
Y luego, a hablar. Haces el mismo chiste once veces y a la duodécima cambias una palabra.
—Cortó un pierogi por la mitad con el canto del tenedor—.
No oigo las palabras. Oigo la música. Sé cuándo funciona. Al final sube.
—Casi nunca funciona.
—Ya lo sé. Por eso he subido. —Masticó—. Cuéntame uno.
—Señora Lombardi...
—Tengo ochenta y un años. No tengo tiempo para que me lo hagan pedir dos veces. Cuéntame el que haces de las lavadoras.
Le contó el de las lavadoras.
—Todos los calcetines de Estados Unidos son veteranos de guerra —dijo—.
Piénsalo. Metes dos. Vuelve uno. Y nadie pregunta dónde ha quedado el otro.
Simplemente decimos «Ah, se lo ha comido la secadora», como si eso fuera una frase normal.
En algún sitio hay una pared llena de calcetines sin pareja, en una habitación oscura, y no hablan del tema. Allí hicieron lo que tenían que hacer.
Era un número de su tercer año. Ella escuchó con las manos entrelazadas. Se rio una vez, al final, con un ladrido corto, como un perro que hubiera decidido ser educado.
—Tiene gracia —dijo—. No es tuyo.
—Es mío. Lo escribí yo.
—Tiene la gracia que tienen los chistes de los curas. Lo cuentas, todo el mundo se ríe y nadie se acuerda de él en el coche. —Hizo un gesto con la mano—. Cuéntame otro.
Le contó otro. Le contó cuatro. Fue dictando sus veredictos con una monotonía seca y plana, como una agente de aduanas: «Ese está limpio.
Esa idea es robada; la vi en la tele. Por ese pagaría».
El número por el que pagaría era el del columpio.
El que le hizo soltar el tenedor fue el de su padre y los neumáticos.
—Otra vez —dijo ella.
Lo hizo de nuevo. Hizo la voz, el manómetro, el treinta y dos, no treinta, y cuando llegó al final ella lo miraba, inmóvil, con la cara cambiada.
—¿Por qué termina ahí?
—Es el remate. «Mi padre lo dice con un manómetro». Ese es el broche.
—No. Me refiero a la historia —dijo con el ceño fruncido—. El padre deja de hablar y tú te paras. Estás en la entrada de casa. Él tiene el manómetro en la mano. Te está mirando. Y tú dices: «Así es como mi padre me dice que me quiere», y te vas a casa.
Apoyó la palma en la mesa.
—¿Y qué dijo después?
—Nada. Esa es la cuestión.
—¿Ah, sí?
Abrió la boca. Y descubrió que la tenía vacía.
—Mi Sal —dijo la señora Lombardi— fue barbero cuarenta y un años en una barbería de la Quinta Avenida.
Contaba chistes. Nunca le oí contar ninguno sobre su padre.
¿Sabes por qué? Porque aquel hombre murió en la guerra y no le dejó más que un sombrero.
No era capaz de decir nada gracioso sobre eso.
Y un día, ya casi al final, se sentó en su silla, al fondo de mi lavandería, la misma silla que ves ahí ahora, tapada con la sábana, y me contó un chiste sobre aquel sombrero.
Miró hacia la ventana.
—Era muy gracioso. Fue lo más gracioso que le oí decir en la vida. Y yo no me reí. Lloré como una Magdalena. Y él dijo: «Bien. Así es como tiene que ser».
El zumbido de las secadoras vibraba en el suelo. Fuera, en la calle, un camión de reparto daba marcha atrás con su alegre aviso, bip, bip, bip.
—No digo nada —dijo la señora Lombardi—. Tengo ochenta y un años. Solo soy una mujer con un plato.
Se puso en pie. Le costó dos intentos. Se alisó la bata sobre la cadera y golpeó la mesa una vez con los nudillos, como quien golpea un melón.
—Baja esta noche —dijo—. A las nueve. Las máquinas están calladas. Haré café.
* * *
A las nueve, el Spin Cycle era una caja iluminada en una calle oscura, doce metros de linóleo y acero zumbante.
Filas de lavadoras a lo largo de una pared, filas de secadoras a lo largo de la otra, cada una con su puerta redonda de cristal, como el ojo de buey de un submarino pequeño.
Un tubo fluorescente parpadeaba sobre un tablón de anuncios.
DÓBLELA USTED. NADA DE TINTES. NADA DE GATOS.
Un cartel escrito con la letra inclinada de la señora Lombardi decía: «La dirección no se hace responsable de sus calcetines, sus pecados ni sus hijos».
Había colocado una silla plegable al fondo, junto a la silla de barbero tapada con su sábana blanca, y se había sentado en la silla de barbero, lo que a él le sorprendió. Solo había levantado la sábana hasta el reposabrazos. Tenía un termo. Había traído dos vasos de papel.
—Ponte ahí —dijo, señalando con la cabeza el espacio libre entre las lavadoras—. Ese es el escenario. Yo seré la sala.
—Señora Lombardi, esto es una lavandería.
—He oído locales peores.
Se quedó de pie entre las lavadoras, con las manos en los bolsillos. El fluorescente zumbaba. Una sola secadora giraba en un rincón, con los vaqueros de alguien dando vueltas y vueltas tras el cristal, y el pequeño golpe brillante de un botón contra el metal.
Empezó con el del columpio, para calentar, y salió bien.
Hizo el de los neumáticos, y también salió bien.
Y entonces, porque ella lo miraba por encima del borde del vaso con sus ojos pequeños y fijos, y porque no había nadie más en el mundo y no había nada en juego, hizo algo que no había hecho nunca delante de nadie.
Hizo el de los neumáticos y siguió adelante.
—Y estoy en la entrada de casa —dijo, y su propia voz le sonó extraña en aquella sala de acero—. Él tiene el manómetro. Y me mira, y sé que está a punto de decir algo. Abre la boca. Pone esa cara, como el que está en lo alto del trampolín. Y yo pienso: «Hazlo. Dilo». Y mira el neumático.
Una pausa.
—Y yo le dejo. Porque tampoco quiero que lo diga. Si lo dice, entonces es algo que ya se ha dicho. Y luego tengo que contestar algo. Y yo no... no tengo nada. No tengo nada que contestar. Tengo treinta y dos.
La secadora dio un golpe. Los vaqueros siguieron dando vueltas.
—Así que los dos nos quedamos ahí plantados. Dos hombres hechos y derechos. Mirando un neumático, como si fuera a decírnoslo él.
Se detuvo. El corazón le latía con fuerza. No era un número. No sabía qué era. Era una historia que había contado por primera vez, sin una sola risa dentro, y había sido, pensó, el único minuto de material verdadero que había escrito en dos semanas.
La señora Lombardi sirvió café despacio en el segundo vaso y se lo tendió.
—Ahí lo tienes —dijo—. Ese es uno.
—Eso no es un chiste.
—No. Es lo que hay debajo del chiste. Vuelves a poner el chiste encima y entonces es las dos cosas.
Señaló el vaso con la cabeza hasta que él lo cogió.
—Mi Sal decía que todo buen chiste tiene un sótano. La gente se ríe en la planta baja, pero se queda por el sótano.
Bebió el café. Estaba asqueroso. Tenía exactamente la temperatura de un ser humano.
—No se me da bien el sótano —dijo.
—A nadie. Por eso se llama así.
Se acomodó en la silla de barbero y entrelazó las manos.
—Hazlo otra vez. Esta vez dilo más despacio.
* * *
Siguieron hasta las once menos cuarto.
Hizo lo de la entrada tres veces. Le dijo que iba con prisa, que se encogía, que miraba al techo al llegar cerca de la mitad. Le dijo que no mirara al techo.
—Mírame —dijo—. Cuéntamelo a mí. Soy el padre de alguien. Estoy de pie en una entrada.
Y a la tercera lo hizo, y vio aquella cara pequeña y vieja con la luz encima y el pelo blanco, y oyó su propia voz salir de él y volver, un poco cambiada, y por primera vez desde la noche en que Renata se había plantado en la imprenta con su abrigo negro y su tubo, sintió un suelo bajo los pies.
Cuando terminó, se quedó de pie con el vaso de papel vacío, en medio del zumbido.
—¿Tienes doce minutos de esto? —preguntó ella.
—Tengo seis. Puede que seis y medio. —Se rio, cansado—. Necesito veinte.
—Entonces te faltan.
—Me faltan catorce.
—Entonces ya sabes dónde buscar. —Se levantó con una mano en el brazo del sillón; la cadera mala se le trabó y esperó a que pasara con la paciencia de la costumbre—.
Catorce minutos son muchos. Catorce minutos son toda la vida de un hombre.
Pero lo tienes. Se te nota. Caminas por mi techo como alguien que lo lleva encima.
Él no respondió.
Ella le dio dos palmaditas en el brazo.
—Vete a la cama, Alexander. Y paga el alquiler el lunes, o se lo digo a tu casero.
—Tú eres mi casera.
—Entonces se pondrá muy dura contigo —dijo la señora Lombardi.
Se fue al fondo y apagó el tubo fluorescente, con una mano en la pared, en la oscuridad entre las secadoras.
Alex se quedó un momento bajo el resplandor residual del cartel de encima de la puerta.
Los vaqueros habían dejado de dar vueltas.
El cristal estaba empañado por dentro y, en el vaho, como si alguien hubiera pasado un dedo por él, había un pequeño corazón dibujado, una sola inicial y una fecha de mucho tiempo atrás.
Subió los veintidós escalones de uno en uno. No llevaba nada. Pero era como si cargara con algo.
En la mesa abrió un documento nuevo y escribió set_v10.
Debajo escribió, con dos dedos, despacio, sin ningún chiste, la frase del manómetro, y luego la siguiente, y la siguiente.
No escribió aquello que le daba miedo. Escribió un chico y un columpio.
Escribió una entrada. Escribió un hombre incapaz de decir una palabra.
Después escribió, debajo de la línea, en mayúsculas, y lo miró largo rato, y no lo borró:
¿QUÉ DIJO DESPUÉS?