El gato que no podía estar en el cuadro Capítulo 9 — El gato sí tenía que estar
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Capítulo 9 — El gato sí tenía que estar

No había ningún gato en el Centro Cultural aquella mañana.

Clara lo agradeció.

Pilar había llevado café, por supuesto.

—Si van a confesar delitos, por lo menos que no lo hagan con el estómago vacío —dijo mientras alineaba las tazas en una mesa auxiliar.

—No sabemos si alguien va a confesar nada —respondió Clara.

—Entonces habrá más café para nosotros.

La sala lateral del Centro Cultural no se parecía a una sala de interrogatorios. Tenía paredes blancas, dos ventanas altas y un retrato municipal de algún antiguo alcalde que parecía observar con desconfianza cualquier iniciativa cultural posterior a su mandato.

En el centro, Aranda había dispuesto una mesa rectangular con varias carpetas, fotografías y dos atriles vacíos.

Sobre uno descansaba una reproducción ampliada de la fotografía de Marta Rodeles de 1990. En ella, Marea baja en Valleverde aparecía colgado en la antigua Sala de la Aduana. La imagen mostraba el puerto, las barcas verdes y, en la esquina inferior derecha, la cuerda enrollada.

Sobre el otro había una fotografía reciente de la copia expuesta en el Centro Cultural.

En el mismo lugar, Migas.

El original había sido trasladado esa misma mañana a custodia provisional para su examen técnico. La copia seguía guardada en la sala de reuniones, con el reverso documentado y protegido. No podían ver los dos lienzos frente a frente, pero Clara pensó que no hacía falta.

La diferencia ya no cabía en una habitación.

Mercedes Alboray llegó acompañada de su abogado. Llevaba un traje gris oscuro, el pelo recogido y una expresión de cansancio que no parecía fingida. Se sentó en un extremo de la mesa sin mirar las fotografías.

Alda Sariego ocupó una silla junto a su abogada. Irene Casalduero se sentó cerca de ella, con las manos cruzadas sobre una carpeta azul. Bruno Castañal eligió una silla algo apartada, como si esperase que dejar espacio físico entre él y los demás pudiera reducir su participación en lo ocurrido.

Hugo Saldueña permaneció de pie hasta que Aranda le indicó una silla.

Esteban Nocedal fue el último en entrar.

No había llevado abogado. Vestía el mismo jersey gris de la visita a su casa y sostenía una carpeta de cuero envejecido. Al ver a Mercedes, inclinó apenas la cabeza. Ella no le devolvió el gesto.

Aranda esperó a que todos se sentaran.

—Gracias por venir. No estamos aquí para sustituir diligencias oficiales ni para resolver en una hora las responsabilidades que deberán determinarse por los cauces correspondientes.

Estamos aquí porque el caso ha llegado a un punto en que todas las personas implicadas conocen una parte de los hechos y nadie conoce, o admite conocer, el conjunto.

Mercedes habló sin mirar al inspector.

—Mi abogado ya ha explicado que mi presencia no equivale a aceptar ninguna acusación.

—Lo sé —dijo Aranda—. Y mi obligación tampoco depende de que usted las acepte.

Pilar dejó una taza de café delante de él.

—¿Solo? —preguntó Aranda.

—Sí.

—Gracias.

—No se acostumbre.

Aranda abrió la primera carpeta.

—Empezaremos por algo que no está en discusión. La obra expuesta en el Centro Cultural no es el original de Marea baja en Valleverde pintado por Leandro Miralba en 1989.

Miró a Irene.

La comisaria asintió.

—La comparación con la fotografía de Marta Rodeles, el bastidor, las medidas y la reparación del reverso del lienzo original lo confirman. El original tiene una deformación reparada cerca del borde inferior. La obra expuesta no la tiene. Y, naturalmente, el original no contiene la figura del gato.

Bruno miró las dos fotografías.

—No puedo creer que nadie lo viera antes.

—Alguien lo vio —dijo Clara.

Todos la miraron.

Clara no había previsto hablar tan pronto. Pero la frase ya estaba en el aire.

—Alda lo vio. O al menos vio el riesgo de que ocurriera. Por eso pintó a Migas.

Alda respiró despacio.

Aranda asintió.

—Señora Medina, si quiere explicar cómo llegó a esa conclusión, adelante.

Clara miró primero la fotografía de 1990. Después, la de Migas.

—La copia no nació como una falsificación. Alda recibió un encargo para reproducir Marea baja a partir de fotografías. No vio el original. Las referencias que le dieron dejaban sin mostrar una parte del borde inferior derecho.

Alda asintió.

—Era una zona perdida en la mayoría de las reproducciones disponibles. El marco tapaba parte del lienzo, y las fotografías de prensa no servían para reconstruir cada detalle.

—Así que tenía que completar ese borde —continuó Clara—. Podía haber inventado arena, una sombra, una cuerda distinta. Pero para entonces ya sospechaba que Mercedes no quería una copia para estudiar o guardar en una casa. Sospechaba que quería una copia capaz de ocupar el lugar del original.

Mercedes levantó la mirada.

—Eso es una interpretación.

—No —dijo Alda—. Es lo que te dije cuando entregué el cuadro.

—Tú dijiste que habías añadido un detalle.

—Dije que no podía certificarlo como original.

—No tenías derecho a decidir qué hacía yo con una obra que había pagado.

Alda se quedó inmóvil.

—No tenía derecho a presentarla como tu tío.

La frase fue baja, pero nadie tuvo dificultad en oírla.

Clara siguió.

—Alda puso a Migas porque lo había visto en un folleto del Café Aurora. La fotografía tenía fecha. Cualquiera podía comprobar cuándo se había tomado. El gato no era una decoración. Era una fecha escondida a la vista de todos.

Pilar miró las imágenes.

—Una fecha con patas.

—Exactamente —dijo Clara.

—No es exactamente una expresión técnica.

—Pero funciona.

Aranda cerró los ojos un segundo, como si aceptara que ya no podía impedir que una explicación de fraude artístico incluyera aquella clase de frase.

Clara señaló la copia ampliada.

—Migas no podía estar ahí. No solo porque se pareciera a un gato naranja cualquiera. Tenía la muesca en la oreja, la mancha clara de la pata y la misma postura de la fotografía. Era una prueba de que esa parte de la pintura se había hecho después del doce de mayo del año pasado.

—Y la inscripción de la trasera confirmaba la intención de Alda —dijo Aranda—. Reproducción de estudio. No certificar como original.

Mercedes apoyó ambas manos sobre la mesa.

—Esa inscripción fue colocada por la propia restauradora.

—Sí —dijo Alda.

—Y demuestra que ella estaba dispuesta a manipular una imagen atribuida a Miralba.

—Demuestra que no estaba dispuesta a permitir que se confundiera con Miralba.

—Podría haber rechazado el encargo.

Alda bajó la vista.

—Podría haberlo hecho. Y debería haber preguntado más. Pero no soy quien la presentó como auténtica ante el Centro Cultural.

Mercedes no respondió.

Aranda sacó una hoja de la carpeta.

—El presupuesto de Alda Sariego, la factura y el documento de entrega indican que se encargó una reproducción de estudio. La firma de recepción corresponde a la señora Alboray. La transferencia inicial salió de una cuenta vinculada a la casa Alboray.

El abogado de Mercedes se inclinó hacia ella y le habló en voz baja. Mercedes no apartó los ojos del documento.

—Eso demuestra que encargué una copia —dijo al fin—. No que decidiera exponerla.

Irene cerró la carpeta azul que tenía delante.

—Yo recibí un correo de Alda dos meses antes de la inauguración. Pedía que la obra se identificara exactamente como reproducción de estudio. No lo interpreté. No lo comprobé. Preferí aceptar tu explicación.

Mercedes se volvió hacia ella.

—Porque querías la exposición.

—Sí.

—Porque sabías que sin Marea baja no conseguirías el patrocinio.

—Sí.

—Y porque Bruno quería visitantes.

Bruno se removió en su silla.

—Yo quería financiación para el Centro Cultural.

—No cambia lo que he dicho.

—No. —Bruno tragó saliva—. Pero tampoco cambia que tú firmaste el préstamo.

El silencio se extendió por la sala.

Mercedes miró a Bruno con una dureza casi tranquila.

—Todos queríais que el cuadro estuviera aquí.

—Queríamos el cuadro —dijo Irene—. No queríamos una mentira.

—¿De verdad? —preguntó Mercedes—. Porque la mentira os vino muy bien hasta que dejó de ser cómoda.

Irene palideció, pero no apartó la mirada.

—Sí. Y por eso entregaré todos los correos, incluso los que me dejan mal.

Clara comprendió entonces que aquello era lo que hacía difícil el caso. Mercedes no estaba equivocada en todo. Nadie de los que se sentaban allí había sido completamente inocente de sus propias ambiciones, de sus silencios o de sus ganas de que una historia resultara más bonita que los documentos.

Pero alguien había decidido usar esa debilidad.

Y esa persona había sido ella.

Aranda dejó otra hoja sobre la mesa.

—Señor Saldueña.

Hugo abrió su carpeta.

—La copia salió de casa de Mercedes Alboray. Ya estaba montada, embalada y con el reverso vuelto a sellar. Las medidas correspondían al bastidor moderno. No coincidían con las registradas en la ficha histórica.

—¿Preguntó por la diferencia? —dijo Aranda.

—Sí.

—¿Y qué le dijeron?

—Que el original había sido rebastado durante una restauración.

Mercedes habló enseguida.

—Eso me lo explicó Alda.

Alda negó lentamente.

—Nunca vi el original. Nunca hablé de un rebastido suyo.

—Entonces alguien me informó mal.

—No —dijo Hugo—. Usted pidió que no se adjuntara mi informe de condición al traslado. Dijo que la documentación de restauración bastaba.

—Porque creía que bastaba.

—¿También creía que bastaba cuando entregó a Irene un informe de reproducción como si fuera un informe de conservación?

Mercedes apretó los labios.

El abogado intervino.

—Señor Saldueña, tenga cuidado con sus conclusiones.

Hugo lo miró.

—No son conclusiones. Son correos y formularios.

Aranda dejó que el silencio hiciera el resto.

Luego se volvió hacia Esteban Nocedal.

—Señor Nocedal, usted ha aportado el contrato de compraventa del original, los comprobantes bancarios y el informe de estado con la reparación antigua.

Nocedal abrió su carpeta de cuero.

—La venta fue legal.

—No estamos discutiendo eso.

—Deberían. Parece que todos hablan de ella como si hubiese robado el cuadro.

Mercedes soltó una risa breve.

—No hace falta que me defiendas ahora.

Nocedal no la miró.