El gato que no podía estar en el cuadro Capítulo 8 — La dueña que ya no era dueña #2
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Capítulo 8 — La dueña que ya no era dueña #2

—¿De verdad? ¿Entiendes lo que es heredar una casa que se cae, un nombre que todos creen suyo y una obra que se supone que debes guardar para quienes ni siquiera ayudaron a conservarla?

Clara recordó el rectángulo más claro en la pared del despacho. La casa que Mercedes había intentado sostener. Las deudas que quizá nadie conocía. El día en que debió de sentarse frente a Esteban Nocedal y decidir que vender era preferible a perderlo todo.

No le costaba imaginarlo.

Lo que le costaba era aceptar el resto.

—Puede que haya sido una decisión imposible —dijo—. Pero vender no era el problema.

Mercedes no dijo nada.

—El problema empezó cuando quiso que todos creyéramos que no había vendido.

Irene, que había permanecido callada, habló entonces.

—Y cuando aprovechaste que yo quería creerlo.

Mercedes giró lentamente hacia ella.

—Tú también querías la exposición.

—Sí.

—Bruno también.

Bruno levantó la cabeza, como si no esperara ser llamado.

—Yo quería que el Centro Cultural siguiera abierto el año que viene —dijo con voz cansada—. No que colgáramos una copia.

—No lo sabías —replicó Mercedes.

—No quise saberlo —dijo Bruno.

Aquella admisión dejó un silencio distinto al anterior. No era una acusación. Era algo más incómodo: una persona aceptando una parte de la responsabilidad sin que nadie se la hubiera arrancado.

Mercedes miró hacia la sala de reuniones.

—Quiero ver el cuadro.

Aranda volvió a entrar por completo en el vestíbulo.

—No.

—Es mío.

—Está bajo preservación.

—No puede prohibirme verlo.

—Puedo impedir que se acerque a una prueba que alguien acaba de intentar retirar mediante una orden falsa.

El abogado de Mercedes levantó una mano.

—Inspector, no hay ninguna evidencia de que mi clienta haya tenido participación en esa orden.

—No he dicho que la haya.

—Pero lo insinúa.

—No necesito insinuar nada. El documento será analizado.

Mercedes permaneció inmóvil.

Luego miró a Alda.

—¿De verdad crees que ese gato te protege?

Alda tardó un momento en responder.

—No me protege a mí.

—Entonces, ¿a quién?

Alda miró la puerta de cristal, el cartel cubierto de la exposición y la furgoneta que esperaba fuera sin saber qué hacer.

—A la verdad.

Mercedes soltó una risa breve.

No había humor en ella.

—La verdad es una cosa muy cómoda cuando no tienes que pagar por ella.

Alda no apartó la mirada.

—No. La verdad suele llegar cuando ya es demasiado tarde para que sea cómoda.

Aranda se dirigió hacia los transportistas y les hizo un gesto. Los hombres subieron a la furgoneta. Esta arrancó despacio y se alejó por la calle lateral sin llevarse nada.

Clara la vio desaparecer a través de la puerta de cristal, blanca y vacía.

Mercedes siguió el movimiento con los ojos.

Cuando la furgoneta dobló la esquina, su serenidad pareció desprenderse de ella por un instante. No del todo. Solo lo bastante para que Clara comprendiera que aquella retirada había importado mucho más de lo que Mercedes estaba dispuesta a admitir.

El abogado recogió su maletín.

—Nos iremos. Toda comunicación futura será por los cauces correspondientes.

—Será lo mejor —dijo Aranda.

Mercedes se encaminó hacia la salida. Al pasar junto a Clara, se detuvo.

—Tu gato ha tenido suerte —dijo.

Clara no entendió.

—¿Por qué?

—Porque nadie espera que conserve nada. Ni una casa, ni un apellido, ni una historia entera.

Después salió sin esperar respuesta.

La puerta se cerró tras ella.

Durante unos segundos, nadie se movió.

Bruno fue el primero en romper el silencio.

—¿Qué hacemos ahora?

Aranda miró hacia la sala de reuniones.

—Terminamos de documentar la copia. Se compara con el original. Se incorporan los correos, el contrato de venta y la orden falsa. Y mañana hablaremos todos juntos.

—¿Todos? —preguntó Pilar.

—Mercedes, Alda, Irene, Hugo, Bruno. Nocedal si acepta venir. No para hacer una escena. Para que cada cual escuche la secuencia completa.

Irene asintió despacio.

—La exposición merece al menos una versión correcta de lo que ha sido.

—La exposición está suspendida —dijo Bruno.

—No para siempre —respondió Irene.

Hugo cerró su carpeta.

—El cuadro auténtico puede exhibirse algún día. Con un informe real y una cartela que no mienta.

Pilar miró a Clara.

—Y sin gato.

Clara sonrió apenas.

—Sin gato.

Alda se quedó frente a la puerta de la sala de reuniones. No entró. No parecía querer mirar la copia otra vez.

—Lo hice bien —dijo de pronto.

Nadie respondió.

—No digo que hiciera bien al callarme. No hice bien en eso. Pero la copia está bien hecha. El problema no era la pintura.

Clara se acercó a ella.

—Lo sé.

—No quería que se destruyera.

—No se destruirá.

Alda miró la tela blanca que cubría el lienzo.

—Ojalá.

Más tarde, cuando Clara y Pilar volvieron al Café Aurora, Migas estaba sentado sobre el alféizar, vigilando la calle con la concentración de un funcionario mal pagado.

Pilar dejó las llaves sobre la barra.

—Mañana se termina.

Clara observó al gato.

—Mañana se entiende.

—¿No es lo mismo?

Clara pensó en Mercedes, en la pared vacía de la casa Alboray, en Esteban Nocedal guardando el original detrás de una puerta y en Alda pintando un detalle imposible porque no confiaba en que nadie escuchara su palabra.

—No —dijo—. Terminar es más fácil.

Migas se acomodó sobre sus patas. Afuera, Valleverde seguía hablando de un cuadro que no podía verse y de un gato que no podía estar allí.

Por la mañana, alguien tendría que explicar por qué.