Capítulo 8 — La dueña que ya no era dueña
Llegaron al Centro Cultural con veintitrés minutos de margen.
Pilar lo supo porque miró el reloj del coche tres veces durante el trayecto y porque, al bajar, anunció:
—Nos quedan veintitrés minutos para impedir que alguien se lleve un cuadro falso con una orden falsa. Me gustaría señalar que no era así como pensaba pasar la tarde.
—Podrías estar sirviendo cafés —dijo Aranda.
—Eso es exactamente lo que estaba haciendo hace cuarenta minutos.
—Entonces técnicamente ha sido una tarde variada.
Pilar cerró la puerta del coche con más fuerza de la necesaria.
El vestíbulo del Centro Cultural estaba vacío. El cartel de la exposición seguía junto a la entrada, pero alguien había cubierto con una hoja blanca el horario de visitas. Desde el pasillo llegaba el sonido de ruedas sobre el suelo de piedra.
Bruno Castañal apareció casi corriendo.
—Menos mal.
Tenía el rostro grisáceo y llevaba la camisa mal metida por un lado. Había dejado de intentar parecer el director tranquilo de una institución cultural y se parecía más a un hombre que acababa de descubrir que los folletos de inauguración no incluían instrucciones para casos de fraude artístico.
—La empresa de transporte ha llamado —dijo—. Están fuera.
—Que esperen —ordenó Aranda.
—Ya están esperando. Pero la orden dice que el traslado es urgente.
Alda extendió la mano.
—Quiero verla.
Bruno le entregó la carpeta.
El documento estaba impreso en papel con un membrete muy parecido al del taller de Alda Sariego. Incluía un logotipo, una dirección, una firma en la parte inferior y varias frases técnicas que Clara no entendió del todo.
Alda lo leyó una vez.
Luego otra.
—Esto no lo he escrito yo.
—Ya lo sabemos —dijo Aranda.
—No. Quiero decir que quien lo ha hecho no sabe bien qué está copiando.
Señaló una línea con el índice.
—“Riesgo de pérdida de estabilidad por apertura de segunda capa de sellado trasero.” Yo nunca escribiría eso.
—¿Por qué? —preguntó Clara.
—Porque no existe una “segunda capa de sellado trasero”. Existe un papel protector. Puede haber dos capas de papel, como en esta copia, pero no es una expresión profesional. Es la forma en que lo describiría alguien que lo ha visto sin entenderlo.
Hugo tomó el documento.
—¿El número de colegiada?
—Antiguo. Y la dirección es la de mi primer taller. Lo dejé hace más de dos años.
—Pero parece auténtico —dijo Bruno.
Alda levantó la vista.
—Ese era el objetivo.
Irene se acercó a leer por encima de su hombro.
—¿Y la firma?
—Es una firma digitalizada. Puede extraerse de cualquier informe que haya enviado antes.
La abogada de Alda, que había ido con ellas desde el Café Aurora, tomó fotografías del papel con el móvil.
—Conservaré copia para la denuncia correspondiente.
Bruno miró a Aranda.
—Entonces no debemos mover el cuadro.
—No —dijo el inspector—. Y nadie entra en la sala donde está guardado sin que yo lo autorice.
—Pero la empresa está aquí.
—Que sigan esperando.
Hugo se acercó a la puerta del vestíbulo y miró hacia la carretera. Una furgoneta blanca estaba aparcada junto al lateral del edificio. No llevaba el logotipo de ninguna de las empresas que Clara había visto en los papeles de la exposición.
—No los conozco —dijo.
—¿Eso significa algo? —preguntó Pilar.
—Significa que no son la empresa que usaría para una obra así.
—¿Y por qué no?
—Porque no tienen control de temperatura visible, ni sistema de sujeción exterior, ni identificación de transporte cultural.
Pilar observó la furgoneta.
—Parece una furgoneta que transporta sofás.
—Probablemente transporte sofás —dijo Hugo.
—Y ahora quería transportar una mentira —dijo Clara.
Aranda se volvió hacia Bruno.
—¿Dónde está la copia?
—En la sala de reuniones. La hemos dejado sobre las mantas de conservación, como dijo Hugo.
—Bien. Se queda allí.
—¿Y si la orden era falsa pero alguien realmente cree que hay un riesgo? —preguntó Bruno.
Alda lo miró con cansancio.
—Bruno, esa obra no corre ningún riesgo que no haya corrido desde que salió de mi taller. Lo único urgente aquí es que alguien quiere retirarla antes de que se termine de documentar.
La frase hizo que Bruno bajara la vista.
Irene apoyó una mano sobre su brazo.
—Lo siento.
Bruno no se apartó, pero tampoco respondió.
Clara caminó hasta la puerta de la sala de reuniones.
No entró. Desde el umbral, vio el cuadro cubierto por la tela blanca, sobre la mesa grande.
Era extraño pensar que, debajo de aquella tela, estaba la copia que había puesto en marcha todo: una obra moderna, pintada con cuidado, convertida en fraude por una decisión ajena y condenada por un gato naranja que ignoraba por completo su papel en la historia.
A su espalda, Pilar habló en voz baja.
—No lo entiendo.
—¿Qué?
—Si ya sabemos que es una copia y el original ha aparecido, ¿por qué alguien se arriesgaría a retirarla con una orden falsa?
Clara miró la tela.
—Porque la copia todavía cuenta una historia.
—¿Qué historia?
—La de quien la encargó. La de quien ignoró las advertencias. La de quien cubrió la marca de Alda y la envió al Centro Cultural como si fuera otra cosa.
Pilar guardó silencio.
—El original prueba que Mercedes lo vendió —continuó Clara—. Pero la copia prueba que sabía que no podía sustituirlo.
Antes de que Pilar respondiera, la puerta principal se abrió.
Mercedes Alboray entró acompañada de su abogado.
No iba deprisa. No miró la furgoneta ni a los hombres que esperaban dentro de ella. Llevaba un abrigo color marfil, el bolso negro y esa misma serenidad elegante que Clara había visto en la inauguración.
Solo que ahora la serenidad parecía más dura.
—Inspector —dijo—. Me alegra que estén todos aquí. Me han informado de que una orden de conservación atribuida a Alda ha llegado al Centro Cultural.
Alda dio un paso hacia delante.
—No la he enviado.
Mercedes se volvió hacia ella.
—Eso dices.
—Es falso. La firma está copiada, el número de colegiada no es el mío y la dirección del taller lleva dos años sin existir.
El abogado de Mercedes intervino antes de que ella pudiera responder.
—Mi clienta tampoco ha enviado esa orden. Ha venido precisamente porque le preocupa que se esté utilizando el nombre de la señora Sariego para gestionar una obra que, no lo olvidemos, pertenece a la señora Alboray.
Aranda cruzó los brazos.
—La titularidad de la copia y el uso que se ha hecho de ella están bajo investigación.
—La obra fue encargada y pagada por mi clienta.
—Como reproducción de estudio.
—Eso sostiene la señora Sariego.
Alda levantó la carpeta que llevaba consigo.
—Eso dicen el presupuesto, la factura, la entrega firmada y la inscripción que estaba bajo el papel protector hasta que Mercedes decidió cubrirla.
Mercedes no apartó la mirada de ella.
—No he decidido cubrir nada.
—Entonces alguien entró en su casa, desmontó el reverso de la reproducción que yo le había entregado, colocó una segunda capa de papel y la embaló para la exposición sin que usted se diera cuenta.
El abogado de Mercedes dio un paso hacia Alda.
—Le recomiendo que no convierta su interpretación en una acusación.
—No es una interpretación —dijo Hugo.
Todos se volvieron hacia él.
El transportista tenía la carpeta abierta en las manos.
—Cuando recogimos la obra, el reverso ya tenía el papel colocado de nuevo. El sellado estaba reciente, pero no original. Llevaba cinta y cola actuales.
Mercedes frunció el ceño.
—¿Y por qué no lo dijo antes?
—Lo dije. Pregunté por qué el informe de condición no podía acompañar al traslado.
—Eso no prueba que mi clienta manipulara nada —dijo el abogado.
—No —admitió Hugo—. Prueba que la obra salió de su casa preparada para no ser examinada.
La quietud del vestíbulo se rompió con el sonido de la furgoneta cerrando una puerta exterior. Los dos hombres que estaban junto a ella se miraron entre sí, incómodos, como personas que habían aceptado un servicio por teléfono y empezaban a sospechar que no les habían contado todo.
Aranda salió un momento a hablar con ellos.
Clara no pudo oír la conversación, pero vio el cambio en sus posturas. El inspector les mostró el documento. Uno de los hombres se rascó la nuca. El otro señaló la furgoneta y negó varias veces.
Al regresar, Aranda guardó el papel falso en una funda.
—La empresa recibió una solicitud de recogida esta mañana. Pago por adelantado. El encargo decía que debían presentarse a las seis y transportar una obra enmarcada al antiguo taller de Alda Sariego.
—¿Quién hizo la solicitud? —preguntó Irene.
—Un correo electrónico. Con el nombre de la señora Sariego.
Alda cerró los ojos.
—No fui yo.
—Lo sabemos.
Mercedes dio un paso hacia Aranda.
—Entonces es evidente que hay otra persona implicada.
—Puede ser —dijo el inspector.
—Y mientras tanto, se está tratando a mi familia como si hubiese cometido un delito probado.
Clara sintió que aquella frase no iba dirigida a Aranda. Iba dirigida a ella.
—Su familia no está siendo investigada por vender un cuadro —dijo—. Está siendo investigada por fingir que no lo vendió.
Mercedes la miró.
—Hablas como si supieras algo de nuestra vida.
—No sé casi nada.
—Entonces no juzgues.
—No la juzgo por necesitar dinero.
La frase salió con más suavidad de la que Clara esperaba.
Mercedes pareció desconcertada.
—La juzgo porque había otras maneras de decir la verdad.
El rostro de la heredera se alteró apenas. Una sombra, no más.
—¿Verdad? —repitió—. Valleverde no quería la verdad. Valleverde quería que el cuadro volviera. Que siguiera en nuestra casa. Que saliera en los carteles. Que demostrara que aquí todavía importaba algo.
—Eso no le daba derecho a colgar una copia.
—¿Y a Nocedal le da derecho a guardarlo detrás de una puerta?
Clara pensó en la sala fría de la casa del coleccionista, en la cuerda pintada, en el cuadro auténtico oculto sin orgullo.
—No —dijo—. Pero él no pidió a nadie que lo aplaudiera como suyo.
El abogado de Mercedes se acercó a ella.
—No conviene continuar esta conversación.
—Claro que conviene —dijo Mercedes, sin apartar los ojos de Clara—. Lleváis días reuniendo trozos de una historia y creéis que por eso entendéis el conjunto.
—Entendemos suficiente.