El gato que no podía estar en el cuadro Capítulo 7 — La copia de seguridad #2
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Capítulo 7 — La copia de seguridad #2

Fue una respuesta breve, pero Clara la entendió. En los últimos días había visto cómo demasiadas personas habían aceptado cosas que no les gustaban porque resultaba más cómodo hacerlo. Hugo no había impedido el traslado. No había denunciado nada. Pero, al menos, había guardado los papeles.

A veces una prueba nacía de alguien que no se había atrevido a actuar del todo.

Irene tomó su carpeta azul.

—Yo también tengo que añadir algo.

No miró a nadie al decirlo.

Sacó una serie de correos impresos. No los dejó sobre la mesa de inmediato. Los sostuvo un momento entre las manos.

—Alda me escribió dos meses antes de la inauguración. Ya se lo enseñé a Clara, pero no al completo.

Alda no levantó la vista.

Irene leyó una de las líneas:

Necesito que confirmes que la cartela y toda la comunicación pública identificarán el lienzo como reproducción de estudio. No aceptaré ninguna denominación que sugiera que es un original de 1989.

Pilar soltó una respiración lenta.

—No era ambiguo.

—No —dijo Irene.

—¿Qué contestaste? —preguntó Aranda.

Irene pasó a la página siguiente.

Mercedes me ha indicado que la situación está regularizada. Hablaré con ella antes de cerrar los materiales.

—Y después hablé con Mercedes —continuó Irene—. Me dijo que Alda había confundido documentos preparatorios con la obra final. Dijo que el original había salido ya de conservación y que la restauradora estaba alterada porque quería que la exposición reconociera su trabajo.

—¿Y lo aceptaste? —preguntó Clara.

—Sí.

—¿Por qué?

Irene levantó los ojos. Tenía el rostro tenso, pero no evitó la pregunta.

—Porque el cuadro era la pieza principal. Porque Bruno llevaba meses intentando conseguir patrocinio para digitalizar el archivo Miralba. Porque yo quería hacer una exposición importante. Porque la explicación de Mercedes era conveniente.

—Conveniente para todos —dijo Aranda.

—Sí.

La palabra quedó sobre la mesa con más peso que las demás.

Alda tomó por fin el café y bebió un sorbo frío.

—Cuando vi que la exposición se anunciaba como “el regreso de Marea baja en Valleverde ”, llamé a Mercedes.

—¿Qué le dijiste? —preguntó Aranda.

—Que tenía que retirar la copia. Que no podía utilizarla así. Que había una marca y un gato que la harían imposible de defender.

—¿Y ella?

Alda giró la taza entre las manos.

—Me dijo que no sabía de qué hablaba. Luego dijo que si insistía, afirmaría que yo había falsificado una obra de Miralba por mi cuenta y usado su nombre para venderle una reproducción fraudulenta.

Pilar se inclinó hacia delante.

—¿Podía hacerlo?

—Podía intentarlo. —Alda miró a Clara—. Yo tenía los documentos, pero ella tenía dinero, contactos y una versión más sencilla para quien no quisiera escuchar demasiado.

—Por eso desapareciste —dijo Clara.

Alda asintió.

—Me fui unos días a casa de mi hermana. Apagué el móvil. Hablé con mi abogada. No fue una decisión valiente.

—Pero volviste —dijo Clara.

La restauradora la miró. Parecía a punto de agradecerle la frase, pero decidió no hacerlo.

—Volví porque vuestro gato hizo lo que yo no me atreví a hacer.

Migas abrió un ojo desde el alféizar, se lamió una pata y volvió a dormirse.

Pilar sonrió.

—No dejes que lo oiga. Ya le cuesta convivir con nosotros.

Aranda reunió los papeles en tres montones: el encargo de Alda, los correos de Irene y el traslado de Hugo.

—Tenemos una secuencia clara —dijo—. Mercedes encargó una reproducción.

Alda la identificó como tal. Irene recibió una advertencia directa.

Hugo trasladó la copia desde la casa de Mercedes, con medidas que no coinciden con la ficha histórica y sin el informe habitual.

Después, Mercedes firmó un préstamo que la presentaba como original.

—Eso no prueba que ella quitara o cubriera la inscripción —dijo la abogada de Alda por primera vez.

—No —respondió Aranda—. Pero prueba que sabía que existía una copia y que tenía interés en que se utilizara de otra manera.

—¿Y ahora qué? —preguntó Pilar.

Aranda miró los documentos.

—Ahora se comparan las declaraciones, se solicita el análisis técnico y se prepara una relación completa de hechos.

—Eso suena lento.

—La investigación debe ser lenta si quiere resistir a alguien que tiene abogados.

Pilar miró hacia la puerta.

—Los abogados son como las cucharillas. Cuando hacen falta, nunca hay suficientes.

Su comentario habría provocado una respuesta de Clara en cualquier otro momento. Esta vez nadie dijo nada.

El teléfono de Aranda vibró.

Leyó el mensaje. Su rostro cambió tan poco que Clara solo se dio cuenta porque lo conocía.

—¿Qué pasa? —preguntó.

El inspector guardó el móvil.

—Tenemos que ir al Centro Cultural.

—¿Por qué? —preguntó Irene.

—Ha llegado una orden de retirada urgente para la copia.

Alda dejó la taza sobre el plato.

—¿Qué orden?

—Una solicitud de intervención preventiva. Dice que el cuadro presenta un riesgo de deterioro en la trasera y que debe regresar de inmediato a tu taller para ser estabilizado.

Alda palideció.

—Yo no he enviado eso.

—Lo sé.

—¿Cómo?

—Porque la solicitud lleva tu firma y tu membrete, pero está dirigida a un taller que no es el tuyo.

Alda se puso de pie.

—¿Qué pone?

Aranda le mostró la pantalla.

Alda leyó en silencio. Luego tomó aire.

—Ese no es mi número de colegiada. Es antiguo. Lo cambié hace dos años.

—¿Y la firma? —preguntó Clara.

—Es una copia de una firma digitalizada.

La abogada de Alda se acercó a mirar.

—Esto es una falsificación documental.

—Sí —dijo Aranda—. Y alguien ha intentado usarla para sacar el cuadro del Centro Cultural antes del examen técnico.

Hugo cerró su carpeta.

—¿Quién puede recogerlo?

—La solicitud habla de una empresa de transporte no identificada —respondió Aranda—. Pero el director del centro ha recibido instrucciones de tener la obra preparada a las seis.

Irene miró el reloj.

Eran las cinco y veinte.

—Bruno va a obedecer —dijo.

—Bruno no sabe que la orden es falsa —dijo Aranda.

—Bruno sabe que hay un problema y quiere que desaparezca antes de que haya prensa en la puerta.

Pilar se puso de pie.

—Entonces no tenemos tiempo para un segundo café.

Clara miró los papeles sobre la mesa. La copia había empezado siendo una obra hecha para no engañar a nadie. Alda había dejado dos advertencias dentro de ella: una inscripción oculta y un gato imposible.

Mercedes, o alguien que trabajaba para ella, había cubierto una de las marcas.

Ahora intentaban retirar el cuadro antes de que la otra pudiera hablar por completo.

Aranda cogió su chaqueta.

—Vamos.

Migas se despertó al oír el movimiento de las sillas. Se desperezó sobre el alféizar y miró a Clara con la serenidad irritante de quien no entiende por qué los humanos tardaban tanto en actuar.

En la pared del Centro Cultural, treinta años antes de que él naciera, su retrato había revelado una mentira.

Y esa mentira acababa de intentar salir por la puerta de servicio.