Capítulo 7 — La copia de seguridad
La noticia de que Marea baja en Valleverde no estaba donde todo el mundo creía que estaba tardó menos de una mañana en convertirse en otra cosa.
En el Café Aurora, a nadie le interesaba demasiado la diferencia entre una reproducción de estudio, una falsificación, una venta privada o una declaración de propiedad engañosa. Las personas preguntaban cosas más simples.
—¿Entonces el cuadro del Centro Cultural era falso? —preguntó el señor Beltrán.
—Era una copia —dijo Clara.
—¿Y eso no es falso?
—Depende de para qué se use.
El señor Beltrán meditó la respuesta mientras removía su café.
—Pues a mí me parece que una copia que se hace pasar por otra cosa es falsa.
Pilar, detrás de la barra, levantó una mano.
—La filosofía del señor Beltrán, servida antes de las diez.
—No hace falta burlarse de la lógica —dijo él.
—Jamás. Solo de las personas que la descubren mientras comen tostadas.
El hombre volvió a su periódico. Clara sabía que la noticia aún no había aparecido en ninguna parte, al menos no de forma oficial.
El Centro Cultural seguía hablando de una suspensión preventiva.
El ayuntamiento, de una revisión documental.
Pero Valleverde llevaba días viendo coches de policía, cajas de embalaje, restauradores y personas que entraban en casas privadas con carpetas bajo el brazo.
La palabra “cuadro” empezaba a circular demasiado.
Migas dormitaba junto a la ventana, ajeno a que su oreja derecha se había convertido en una cuestión de interés público. Cada vez que alguien mencionaba la exposición, Clara sentía el impulso absurdo de taparle la cabeza con una servilleta.
Pilar puso una taza limpia frente a ella.
—Aranda ha mandado un mensaje.
—¿Qué dice?
—Que Alda viene a las once. Con una abogada.
—¿Al café?
—Parece que las comisarías no tienen bizcocho de limón.
Clara leyó el mensaje en su móvil. El inspector quería hablar con Alda de manera más completa antes de que su declaración formal quedara incorporada al expediente.
Irene también acudiría. Hugo Saldueña llevaría documentación sobre el traslado.
Aranda no explicó por qué escogía el Café Aurora, pero Clara no necesitó preguntarlo.
El café tenía algo que las salas oficiales no conseguían: nadie podía sentarse allí sin pedir algo, y pedir algo obligaba a recordar que la conversación no era lo único que existía en el mundo.
A las once menos cinco, Clara apartó las dos mesas grandes junto a la pared y dejó una jarra de agua, tazas y un plato de bizcocho en el centro.
—¿Crees que vendrá Mercedes? —preguntó Pilar.
—No.
—Yo tampoco. Pero sería más entretenido.
—Pilar.
—No digo que queramos verla. Digo que una reunión con la persona que ha hecho la copia y la persona que la ha colgado como original tendría una estructura narrativa excelente.
Clara se volvió hacia ella.
—Te estás tomando esto demasiado en serio.
—Tú estás convirtiendo la postura de un gato en prueba patrimonial. No vengas a hablarme de seriedad.
La campanilla sonó.
Alda Sariego entró acompañada por una mujer de pelo corto, traje claro y una carpeta de cuero bajo el brazo. La abogada no se presentó más allá de su nombre, que Clara olvidó casi de inmediato; su presencia decía todo lo necesario.
Alda parecía distinta de la restauradora que había llegado al Centro Cultural con las manos manchadas de pigmento y la expresión de quien llevaba demasiado tiempo intentando decidir si hablar o callar.
Seguía cansada.
Pero ahora parecía haber dejado de esconderlo.
—Gracias por recibirnos —dijo.
—Es su café —respondió Clara—. Quiero decir, no es suyo. Pero puede usarlo.
Pilar la miró.
—Ha sido una frase rarísima.
—Lo sé.
Alda sonrió apenas, como si agradeciera que alguien dijera algo torpe y cotidiano en vez de hablar inmediatamente del cuadro.
Aranda llegó un minuto después, con Irene Casalduero y Hugo Saldueña.
Irene llevaba una carpeta azul. Hugo, una negra.
Clara tuvo la impresión de que, si alguien quería descubrir la verdad de un asunto artístico, podía empezar por pedir a todo el mundo que dejara las carpetas sobre una mesa y observar quién la protegía más.
Hugo dejó la suya junto a la taza.
Irene mantuvo la mano sobre la suya.
Alda se sentó lejos de las ventanas.
Aranda ocupó una silla desde la que podía ver la puerta.
—No estamos celebrando una reunión formal —dijo—, pero lo que se diga aquí puede ayudar a ordenar las declaraciones posteriores. Quiero que volvamos a la secuencia completa. Sin interpretaciones primero. Fechas, documentos y decisiones.
Pilar apareció con una cafetera.
—Y café.
—Eso también —admitió Aranda.
Alda tomó la taza que Clara le ofrecía, pero no bebió.
—Terminé la reproducción el veintisiete de junio del año pasado —empezó—. Tenía fotografías del cuadro, medidas aproximadas y una ficha técnica parcial. No vi nunca el original.
—¿Por qué no? —preguntó Irene.
—Porque Mercedes dijo que estaba en un lugar seguro y no convenía moverlo. Aseguró que la copia se utilizaría como apoyo visual para inventariar parte del archivo familiar.
—¿No te pareció extraño? —preguntó Aranda.
—Un poco. No lo suficiente al principio. Hay familias que encargan copias por motivos de conservación, de estudio o simplemente porque no quieren tener un original expuesto todos los días. No es habitual, pero tampoco es ilegal.
Hugo asintió.
—En transporte vemos cosas más raras.
Pilar lo miró.
—¿Como qué?
Hugo pareció sopesar la respuesta.
—Como personas que pagan por llevar un cuadro de una habitación a otra y piden que nadie mire hacia dónde está orientado.
Pilar aceptó aquella explicación como si fuera perfectamente normal.
Alda abrió una funda transparente y sacó varias fotografías impresas.
—Estas fueron las referencias que me entregaron. La mayor parte son antiguas. Algunas proceden de catálogos, otras de fotografías de prensa. Ninguna mostraba con claridad la esquina inferior derecha.
Clara miró las imágenes.
Reconoció la composición: el puerto, las barcas, el cielo. Pero todas cortaban el borde inferior. En una, el marco tapaba una franja de pintura. En otra, una sombra cubría la zona de la cuerda. En una tercera, la reproducción acababa justo antes de la barca verde.
—No sabías qué había ahí —dijo Clara.
—No con certeza.
—¿Y lo inventaste?
Alda levantó la vista.
—Reconstruí una parte del borde. Es lo que hace una reproducción cuando no existe acceso directo a una zona de referencia. La diferencia es que yo no tenía intención de que se presentase como original.
—Pero pusiste a Migas —dijo Irene.
Alda asintió.
—Lo puse después.
El Café Aurora estaba abierto, aunque Pilar había colgado un cartel de RESERVADO sobre las mesas cercanas. Aun así, desde la barra llegaban ruidos de platos y el murmullo bajo de dos clientes que fingían no escuchar.
Alda continuó.
—Fui al Café Aurora porque Mercedes había pedido revisar unos últimos detalles. Llegó tarde. Había un folleto de la campaña de comercios sobre la barra. Vi la fotografía del gato.
Clara señaló el lugar donde Migas dormía.
—Ese gato.
—Ese gato.
—¿Y decidiste usarlo como una fecha?
—Decidí usarlo como una prueba que no dependiera de mi palabra.
Alda bajó los ojos hacia su café.
—Ya entonces sospechaba que Mercedes no quería una reproducción doméstica. Había preguntado demasiado por el marco, por el envejecimiento de los materiales y por lo convincente que sería la superficie a cierta distancia. No eran preguntas de alguien que quería un apoyo para inventario.
—¿Le dijiste que no? —preguntó Aranda.
—No en ese momento.
—¿Por qué?
Alda respiró hondo.
—Porque una sospecha no es una prueba. Porque yo ya había aceptado el trabajo y no quería destruir una obra que había hecho de buena fe.
Y porque, si acusaba a una heredera conocida de Valleverde de querer cometer un fraude, ella podía responder que una restauradora joven había intentado usar su nombre para justificar una copia mal hecha.
No sonaba a excusa. Sonaba a algo que Alda había repetido tantas veces para sí misma que cada palabra le resultaba desagradable.
—Así que añadiste el gato —dijo Clara.
—Y escribí la advertencia en la trasera. Reproducción de estudio. No certificar como original. Pensé que eran dos salvaguardas. Una visible para quien mirase bien. Otra física, por si alguien necesitaba una prueba clara.
Pilar apoyó una mano sobre la mesa.
—¿Y después la entregaste?
—Sí. A la dirección de Mercedes. El cuadro salió de mi taller correctamente identificado. Ella firmó la recepción.
Hugo abrió su carpeta.
—Aquí entra mi parte.
Sacó varias hojas, un albarán y dos fotografías impresas de mala calidad. Las colocó junto a los papeles de Alda.
—Mi empresa recogió la obra en casa de Mercedes seis semanas antes de la inauguración. La caja ya estaba preparada, y el cuadro iba montado. Las medidas correspondían a un bastidor reciente: ciento veinticuatro por noventa y dos.
Irene buscó algo en su carpeta.
—La ficha histórica de Marea baja indica ciento diecinueve por ochenta y nueve.
—Exacto —dijo Hugo—. Se lo comuniqué a Mercedes. Me dijo que la obra había sido rebastada durante una intervención reciente y que no necesitaba comparación adicional.
—¿Y la creíste? —preguntó Aranda.
—No me gustó. Pero no me correspondía discutir con la propietaria una restauración que, según ella, estaba documentada.
—¿No preparas informes de condición? —preguntó Clara.
—Siempre. Sobre todo para una obra de ese valor.
Hugo sacó otra hoja.
—Este es el formulario que enviamos antes de la recogida. Incluye un apartado de comparación con medidas previas, fotografías del reverso y descripción de intervenciones visibles.
—¿Y qué pasó? —preguntó Pilar.
—Mercedes pidió que no se adjuntara al expediente del traslado. Dijo que el informe de Alda era suficiente.
—El informe de Alda decía que era una reproducción —dijo Irene.
Hugo no respondió.
No hacía falta.
—¿Guardaste una copia? —preguntó Aranda.
—Sí.
—¿Por qué?
Hugo miró los documentos.
—Porque no me gustó.