El gato que no podía estar en el cuadro Capítulo 6 — El coleccionista sin recibo #2
72%

Capítulo 6 — El coleccionista sin recibo #2

Nocedal tardó en responder.

—Ayer. Cuando me llamó.

—¿Y por qué mencionó la reparación?

—Porque pensé que estabais intentando identificar si la obra expuesta era la misma.

—¿Y no le pareció importante decir que el original estaba aquí?

Nocedal apretó los labios.

—Me pareció que, si lo decía, la conversación dejaría de estar bajo mi control.

—Eso no es una razón válida.

—Es una razón humana.

Clara vio cómo Irene giraba la carpeta entre las manos.

—Mercedes dijo que el cuadro no había sido vendido —dijo la comisaria.

—Mercedes ha tenido siete años para acostumbrarse a decirlo.

—¿Y usted ha tenido siete años para ayudarla a que nadie descubra lo contrario?

Nocedal levantó la mirada.

—Acepté discreción. No una falsificación.

—La discreción permitió que fuera posible.

El coleccionista no respondió.

Aquella fue, pensó Clara, la primera grieta real en el hombre. No una confesión completa ni un arrepentimiento, sino el reconocimiento de que el silencio que había comprado junto al cuadro no era tan inocente como le había gustado pensar.

Aranda guardó la fotografía en la mesa, exactamente donde estaba.

—Necesito ver la obra.

Nocedal se quedó inmóvil.

—No tiene una orden.

—No. Pero usted acaba de admitir que posee un cuadro cuya ausencia está directamente relacionada con una posible declaración falsa de propiedad y con una obra asegurada como auténtica.

—La venta fue legal.

—Puede ser. No estoy cuestionando la compra. Estoy investigando el uso de una copia para sustituirlo.

—Y yo no he utilizado ninguna copia.

—Entonces le conviene que quede claro.

Nocedal miró a Clara.

—¿Y tú? ¿También crees que me conviene?

Clara no esperaba que la pregunta fuera para ella.

—Creo que si el original está aquí y no tiene gato, será más difícil que Mercedes diga que todo es un error.

—No tiene gato —dijo Nocedal.

Su voz fue muy baja.

Pilar exhaló.

Irene cerró la carpeta.

Aranda no dijo nada.

Nocedal se levantó.

—Esperad aquí.

Se dirigió hacia un pasillo lateral. Clara oyó el sonido de una llave, luego el de una puerta pesada abriéndose. Pasaron unos minutos. Nadie habló.

Pilar miró el marco vacío.

—¿Por qué tiene ahí el marco?

—No lo sé —dijo Clara.

—Porque es un hombre que cree que no enseñar algo es distinto de esconderlo.

Irene la miró.

—Es una buena frase.

—Puedes usarla en la cartela de la próxima exposición.

Nocedal regresó.

No llevaba el cuadro.

—Venid.

La habitación estaba al final del pasillo.

No era una galería ni un sótano secreto.

Era una estancia pequeña, con las persianas bajadas a medias y una temperatura ligeramente más fría que el resto de la casa.

Había dos armarios metálicos, una mesa de trabajo, cajas de conservación y un deshumidificador que zumbaba con discreción.

En la pared del fondo, cubierto por una tela gris, colgaba un cuadro.

Clara sintió un golpe leve en el pecho.

No porque fuera especialmente grande ni porque el lugar tuviera algo teatral. Era justo lo contrario. Todo era tan sencillo que la importancia de la escena resultaba más difícil de negar.

Nocedal retiró la tela.

Marea baja en Valleverde apareció ante ellos.

El puerto era el mismo y no era el mismo.

Las barcas verdes se inclinaban sobre la arena. Los almacenes bajos se extendían al fondo. La iglesia seguía recortada contra un cielo de cobre oscuro. Había dos figuras junto a unas cajas, pintadas con manchas breves de azul y gris.

Pero en la esquina inferior derecha no había un gato naranja.

Había una cuerda enrollada.

Clara no necesitó acercarse para verla.

Era gruesa, irregular, en tonos de tierra. El extremo más claro subía hacia la barca, justo como en la diapositiva de Marta Rodeles. No había una oreja mellada. No había una pata clara. No había una cola incompleta.

No había Migas.

El espacio vacío de gato resultaba, de pronto, más elocuente que cualquier prueba.

Irene se llevó una mano a la boca.

—Es el original.

No sonó como una afirmación científica. Sonó como una persona que acababa de reconocer algo que debería haber sabido proteger.

—¿Puede asegurarlo? —preguntó Aranda.

Irene dio un paso hacia el lienzo, sin tocarlo.

—No de manera definitiva sin un examen técnico completo. Pero la composición coincide con las fotografías de 1990. La cuerda está donde debía. El bastidor es el que aparece en la ficha antigua. Y el marco…

Se inclinó un poco.

—El marco es el de las imágenes históricas.

Nocedal se acercó a la parte posterior.

—La reparación está aquí.

Con mucho cuidado, giró un pequeño foco portátil que iluminaba el reverso.

Clara no entendía de bastidores, pero distinguió enseguida la zona señalada: una reparación antigua, irregular, cerca del borde inferior.

La tela tenía allí un pequeño hundimiento protegido por un parche más claro, cosido y reforzado desde atrás.

Era la marca que Marta había descrito.

La que Mercedes no quiso reconocer.

La que la copia no tenía.

Aranda observó el reverso durante unos segundos.

—¿Cuándo se hizo esa reparación?

—Antes de que comprara el cuadro —dijo Nocedal—. Mercedes me dijo que había sido por una humedad antigua.

—¿Conserva documentos de la venta?

—Sí.

—¿Y el informe de estado?

—También.

—Los necesitaré.

Nocedal asintió.

—Lo sé.

Clara seguía mirando el cuadro.

El original no era más bonito que la copia. O no de una forma que ella pudiera medir con facilidad. Tenía otros colores, más apagados quizá. La luz sobre el puerto era menos limpia. El cielo contenía una sombra que la versión expuesta en el Centro Cultural no había logrado reproducir del todo.

Pero había una diferencia que no tenía que ver con la técnica.

El original no fingía ser otra cosa.

Pilar se acercó a Clara.

—Es raro verlo sin él.

Clara no necesitó preguntar quién era él.

—Sí.

—Ahora el gato parece más real en el cuadro falso que en el café.

—No digas eso delante de Migas.

—Él no entendería la ofensa.

Nocedal escuchó el comentario y, por primera vez, sonrió de verdad.

—¿El gato vive en el café?

—Sí.

—Entonces tiene mejor vida que la mayoría de los coleccionistas.

Aranda cerró su libreta.

—Señor Nocedal, la obra debe ser puesta a disposición de la investigación para su peritaje y para comparar los documentos de procedencia. Puede entregarla voluntariamente o solicitar que se formalice la diligencia.

El coleccionista volvió la vista hacia el cuadro.

—No quiero que se exhiba.

—No es lo que le he pedido.

—No quiero que se convierta en una atracción.

—Tampoco es lo que le he pedido.

Nocedal permaneció callado.

Irene habló con cuidado.

—Nadie tiene derecho a hacer de esto un espectáculo. Pero el Centro Cultural expuso una copia en su lugar. La ciudad tiene derecho a saber qué pasó.

—La ciudad tiene derecho a saber muchas cosas —respondió él—. No siempre mejora cuando las sabe.

—Eso no le corresponde decidirlo a usted —dijo Clara.

Nocedal la miró.

Clara no apartó los ojos.

—Tampoco le correspondía a Mercedes decidir que podía vender el cuadro y seguir diciéndoles a todos que seguía siendo suyo. Y tampoco le correspondía a nadie colgar una copia para que pareciera que nada había cambiado.

El hombre mayor bajó la vista.

—No sabes lo que es perder una casa.

—No —dijo Clara—. Pero sé lo que es seguir dentro de un lugar y descubrir que las cosas importantes ya no están donde creías.

Nocedal tardó unos segundos en responder.

—La compré legalmente.

—No he dicho que no.

—Entonces no soy el culpable.

—No. Pero tampoco eres ajeno.

La frase quedó entre ellos, sin necesidad de insistir.

Aranda se dirigió hacia la puerta.

—Prepararemos el traslado con todas las garantías. Hugo Saldueña puede encargarse, si acepta.

Nocedal asintió.

—Que me llame.

Cuando salieron de la sala, Clara se volvió una última vez.

La cuerda del cuadro ocupaba una esquina mínima. Una pequeña espiral de pintura junto a una barca verde. Nada que un visitante distraído tuviera que mirar dos veces.

Pero el gato había nacido en el lugar de aquella cuerda.

Y, al hacerlo, había señalado una ausencia que nadie más quiso nombrar.

En el coche de vuelta, Aranda condujo sin poner la radio.

Irene llevaba en las rodillas una carpeta con copias de las fotografías antiguas y los datos de la obra original. Pilar miraba por la ventanilla, aunque Clara sospechaba que estaba ordenando mentalmente todo lo que acababan de descubrir.

—Entonces ya está —dijo Pilar al fin—. Mercedes vendió el original. Después encargó una copia. Luego la prestó como si nada hubiera ocurrido.

—Eso parece —dijo Aranda.

—¿Y Alda?

—Alda hizo una reproducción y dejó marcas para impedir que se confundiera con el original.

—¿Y por qué no nos lo contó desde el principio?

Aranda miró a Clara por el espejo retrovisor.

—Eso tendremos que preguntárselo.

Clara pensó en la restauradora, en su carpeta negra, en la frase escrita bajo el papel protector: NO CERTIFICAR COMO ORIGINAL .

Alda no había pintado mal un cuadro que Mercedes aún poseía.

Había trabajado para una mujer que ya no era dueña de lo que pretendía copiar.

Y, en una esquina del puerto, había dejado un gato para que la mentira no pudiera durar para siempre.