Capítulo 6 — El coleccionista sin recibo
Esteban Nocedal vivía a las afueras de Valleverde, en una casa sin verja y sin rótulo.
Eso, pensó Clara al bajar del coche de Aranda, era una forma bastante refinada de anunciar que uno no quería visitas.
La vivienda se levantaba al final de una carretera secundaria, entre pinos bajos y campos que en verano debían de ser amarillos y en aquel momento parecían simplemente cansados.
Era una construcción amplia, de líneas sencillas, con muros blancos, persianas color arena y un porche cubierto por una parra.
No tenía el aspecto ostentoso que Pilar había imaginado durante el trayecto.
—Esperaba almenas —murmuró ella.
—¿Por qué? —preguntó Clara.
—Porque tiene una colección privada de cuadros y una relación sospechosa con una heredera elegante. Me parecía que las almenas eran lo mínimo.
Aranda cerró la puerta del coche.
—Recordad que venimos a hablar. No a registrar nada.
—Lo sabemos —dijo Clara.
—Y no acuséis a nadie de nada.
—También lo sabemos.
Pilar lo miró.
—¿Por qué nos ha traído, entonces?
El inspector se ajustó la chaqueta.
—Porque Nocedal ha accedido a recibirnos con Irene Casalduero, que entiende de pintura, y con Clara, que fue quien detectó el problema. Tú vienes porque Clara se niega a moverse por Valleverde sin alguien que le recuerde cuándo está a punto de hacer una pregunta imprudente.
Pilar pareció satisfecha.
—Es una responsabilidad importante.
—Lo es —dijo Aranda—. Intenta ejercerla.
Clara habría protestado si no estuviera pensando en otra cosa.
Durante toda la mañana, después de que Aranda volviera a llamar a Esteban Nocedal y le explicara que conocían la visita a casa de los Alboray y la existencia de una reparación en el reverso de Marea baja en Valleverde , el coleccionista había mantenido una posición incómoda: no admitía poseer el cuadro, pero aceptaba hablar sobre la obra.
No era exactamente una confesión.
Tampoco era una negativa limpia.
Irene las esperaba junto a la entrada. Llevaba una carpeta grande, una cámara pequeña y una bolsa de tela con guantes de algodón.
—No voy a tocar nada —dijo antes de que nadie le preguntara—. Solo quiero comparar detalles si nos permite verlo.
—Si nos permite verlo —repitió Pilar.
—Es importante conservar la esperanza —respondió Irene, pero no sonaba esperanzada.
La puerta se abrió.
Esteban Nocedal tenía el pelo blanco, cortado con precisión, y unas gafas de montura fina que le daban el aspecto de un profesor severo al que no le gustaban especialmente los alumnos.
Vestía pantalón oscuro, camisa azul claro y un jersey gris sin una sola arruga.
Tendría unos sesenta y tantos años, pero se movía con lentitud deliberada, no con fragilidad.
Miró a Aranda. Luego a Irene. Después a Clara y Pilar.
—Inspector.
—Señor Nocedal.
—No esperaba una delegación.
—No son una delegación. Son personas relacionadas con la identificación de la obra.
Nocedal miró a Clara.
—La señora del gato.
—Clara Medina.
—Ah, sí. La propietaria del Café Aurora.
—También.
—Valleverde es un sitio pequeño. Las historias llegan antes que la gente.
Pilar sonrió.
—Eso depende de la historia.
Nocedal no pareció considerar que mereciera respuesta. Se hizo a un lado.
—Pasen.
El interior de la casa era sobrio y luminoso. No había acumulación de objetos ni vitrinas llenas de porcelanas. Había cuadros, por supuesto, pero colgados con una discreción calculada: un bodegón pequeño sobre una consola, un paisaje de mar en el recibidor, dos grabados antiguos en el pasillo.
Nada tenía cartela.
Nada parecía estar allí para impresionar a quien entraba.
Y, sin embargo, todo estaba demasiado bien colocado como para ser casual.
—Tiene una colección importante —dijo Irene, casi sin poder evitarlo.
Nocedal la miró de reojo.
—Tengo una colección privada.
—No es lo mismo.
—Para mí sí.
Los condujo hasta una sala con ventanales que daban al jardín. Había una mesa baja, dos sofás color crema y una estantería con libros de arte. En un rincón, junto a una lámpara de pie, descansaba un marco vacío apoyado contra la pared.
Clara se fijó en él antes de poder impedirlo.
Era grande, dorado en los bordes, con una moldura más sobria de lo que esperaba. No parecía el marco que había visto en el Centro Cultural, aunque podía haber pertenecido a otro cuadro.
Nocedal siguió su mirada.
—Está pendiente de restauración.
—¿Es de un Miralba? —preguntó Irene.
—Es un marco.
—Eso no responde.
—No todas las preguntas merecen una respuesta inmediata.
Pilar se sentó en el borde de uno de los sofás.
—Eso debería estar impreso en las tazas de café.
Aranda permaneció de pie.
—Señor Nocedal, le agradecería que empezáramos por lo sencillo. ¿Conoce Marea baja en Valleverde ?
Nocedal se sirvió agua de una jarra situada sobre una bandeja. No ofreció a nadie.
—Conozco la obra.
—¿La ha visto?
—Sí.
—¿Cuándo?
—En exposiciones. En reproducciones. En casa de Mercedes Alboray, hace años.
—¿La posee actualmente?
Nocedal dejó el vaso sobre la bandeja.
—No.
La respuesta llegó demasiado rápida.
Clara miró a Irene. La comisaria no movió un músculo, pero sus ojos fueron hacia el marco vacío y volvieron a Nocedal.
—Ayer le mencionó al inspector una reparación visible en la parte trasera —dijo Aranda—. ¿Cómo sabe que existe?
Nocedal no pareció sorprendido.
—Porque vi el cuadro de cerca.
—¿En una exposición?
—En casa de Mercedes.
—¿Cuándo?
—No recuerdo.
—¿Antes o después de que ella afirmara haberlo trasladado a un depósito de seguridad?
—Inspector, no llevo un diario de mis visitas a casas ajenas.
—Pero recuerda una reparación concreta.
Nocedal tomó el vaso de agua y bebió un sorbo.
—La reparación era llamativa.
—No para alguien que solo hubiese visto el cuadro colgado.
—La obra estaba desmontada en aquel momento.
Clara notó que Aranda no cambió de expresión, pero sí de tono.
—¿Por qué estaba desmontada?
—No lo sé.
—¿Quién se la mostró?
—Mercedes.
—¿Y por qué?
Nocedal sostuvo la mirada del inspector.
—Porque era su cuadro.
La frase fue dicha con una precisión que hizo que Clara sintiera una pequeña punzada de algo parecido a anticipación.
Era su cuadro.
No “es”.
No “lo era”.
Era.
Pilar debió de oírlo también. Se removió en el sofá, pero no dijo nada.
Irene abrió su carpeta.
—Tengo la ficha de la obra expuesta en el Centro Cultural. También tengo fotografías de 1990 y el informe de Alda Sariego sobre la reproducción de estudio. Si usted conserva alguna imagen de Marea baja , podría ayudarnos a establecer cuándo dejó de estar en posesión de la familia Alboray.
Nocedal sonrió apenas.
—La comisaria empieza a hablar como una policía.
—La comisaria ha aprendido que debería haber hecho algunas preguntas antes.
Por primera vez, el coleccionista pareció observarla con algo parecido al respeto.
—Eso también es una lección cara.
Irene no apartó la mirada.
—No tanto como un Miralba.
Nocedal caminó hasta una estantería. Entre varios libros había una fotografía enmarcada, no mayor que un cuaderno. La tomó y la dejó sobre la mesa.
—Esta es una imagen de una cena en mi casa, hace cuatro años.
Clara se inclinó.
En la fotografía aparecían seis personas alrededor de una mesa larga. Nocedal estaba al fondo, más joven pero reconocible. Había copas, una lámpara baja y, detrás de los comensales, una pared con dos cuadros.
El de la derecha estaba parcialmente oculto por una planta alta, pero Clara reconoció de inmediato la línea inclinada de las barcas verdes.
Irene se acercó tanto que casi tocó el cristal.
—Es Marea baja .
Nocedal no respondió.
—Se ve la iglesia del fondo —dijo Irene—. Y la barca de la derecha.
—Se ve una parte de una barca.
—Se ve el cuadro.
Aranda tomó la fotografía con cuidado.
—¿Quiere seguir negando que lo posee?
Nocedal se sentó frente a ellos por primera vez.
—No os preocupéis —dijo—. La obra no está en peligro.
—No hemos dicho que lo esté.
—No hace falta. Estáis aquí porque creéis que un cuadro privado se ha convertido en parte de un delito público.
Clara habló antes de que Aranda pudiera hacerlo.
—No es el cuadro privado lo que nos preocupa. Es la copia que ha ocupado su lugar.
Nocedal la miró.
—¿Y qué sabes tú de cuadros privados?
—Lo suficiente para saber que, si algo se presenta como auténtico cuando no lo es, da igual dónde esté el original. Sigue siendo una mentira.
El coleccionista dejó escapar el aire despacio.
—Las mentiras no empiezan donde vosotros queréis que empiecen.
—Entonces ayúdenos a encontrar el principio —dijo Aranda.
Nocedal bajó la vista hacia la fotografía de la cena.
Durante unos segundos, Clara creyó que iba a negarse otra vez.
Parecía un hombre acostumbrado a tener el control de lo que enseñaba y de lo que no enseñaba.
La casa entera estaba organizada alrededor de esa idea: nada fuera de sitio, nada expuesto por accidente, ningún cuadro acompañado de una explicación que no hubiese sido solicitada.
Pero la fotografía seguía sobre la mesa.
Y el marco vacío seguía apoyado en la pared.
—Compré Marea baja en Valleverde hace siete años —dijo al fin.
Irene cerró los ojos.
Pilar se cruzó de brazos.
Aranda no pareció sorprendido.
—¿A Mercedes Alboray?
—Sí.
—¿Hubo contrato?
—Sí.
—¿Pago?
—Transferencia bancaria.
—¿Y por qué lo ha negado?
Nocedal miró hacia la ventana.
—Porque la venta fue confidencial.
—La confidencialidad no le autoriza a ocultar información relevante en una investigación.
—No estaba ocultando información. Estaba protegiendo un acuerdo.
—Eso suele ser la forma elegante de decir lo mismo.
Nocedal se volvió hacia él.
—Mercedes necesitaba dinero. La casa tenía deudas. No todas las familias antiguas son ricas, inspector. Algunas solo tienen habitaciones grandes y problemas muy viejos.
Clara pensó en Mercedes, frente a la pared vacía, hablando de tejados, impuestos y años malos. Era fácil imaginar que esa parte de la historia fuese cierta.
—¿Sabía usted que ella iba a presentar una copia como original? —preguntó Aranda.
—No.
—¿No vio publicidad de la exposición?
—Vi el anuncio general. No leí cada cartela.
—¿Y cuando se enteró de que el cuadro principal era Marea baja ?