Capítulo 5 — La familia que nunca lo vendió #3
—Hemos visto algunas cosas —respondió.
Mercedes asintió.
—Entonces quizás comprendan que las historias familiares no se reducen a una inscripción bajo un papel.
Clara sostuvo la mirada.
—No. Pero a veces una inscripción explica más que una historia entera.
El regreso al Café Aurora fue silencioso durante los primeros minutos.
Pilar caminaba a su lado por la calle del Faro, con las manos en los bolsillos de la chaqueta. El cielo estaba cubierto y el puerto, al fondo, tenía el mismo color gris azulado del cuadro de Miralba.
—¿Crees que vendió el original? —preguntó al fin.
Clara tardó en responder.
—Creo que esa pared lleva siete años sin el cuadro.
—Eso no es exactamente una respuesta.
—Es lo que sé.
—Vale. ¿Y qué crees?
Clara miró hacia el puerto.
—Creo que Mercedes no quiere que encontremos el depósito porque no existe.
Pilar asintió.
—Yo también.
Al llegar al Café Aurora, Berta Luján estaba sentada en la terraza con un sobre grande sobre la mesa y una expresión de haber esperado exactamente a que ellas volvieran.
—Por fin —dijo—. He estado a punto de pedir un café solo para justificar mi presencia.
—Puedes pedirlo igualmente —dijo Pilar.
—No quiero abusar.
—Eso sí que sería una novedad.
Berta ignoró el comentario y abrió el sobre.
—Doña Amparo me ha contado que habéis ido a casa de Mercedes.
Clara cerró los ojos un instante.
—Claro que lo ha hecho.
—No ha dado detalles. Solo ha dicho que había una pared vacía y una mujer con cara de no haber dormido.
—¿Y tú qué haces aquí?
Berta sacó varios recortes de periódico.
—Buscando una cosa.
Clara se sentó frente a ella. Pilar entró para encender la cafetera.
—¿Qué cosa?
—Fotos de Valleverde de hace siete años. Si un cuadro cambió de manos, alguien pudo haber estado mirando la casa en ese momento. No por el cuadro, necesariamente. Por una visita, una cena, una subasta privada, lo que sea.
—Eso parece mucho trabajo para una hipótesis.
Berta levantó una ceja.
—Tú has cerrado el café tres veces esta semana por un gato.
Clara aceptó el golpe.
Berta extendió uno de los recortes.
Era una página de sociedad del antiguo periódico local. La fotografía principal mostraba la inauguración de una feria benéfica en el jardín de los Alboray. Mercedes aparecía junto a un hombre mayor, de pelo blanco, gafas de montura fina y una sonrisa contenida.
El pie de foto decía:
Mercedes Alboray conversa con el empresario y coleccionista Esteban Nocedal durante la velada organizada para la restauración de la cubierta de la casa familiar.
La fecha correspondía a octubre de siete años antes.
—Nocedal —murmuró Clara.
—Coleccionista privado —dijo Berta—. Tiene casa a las afueras. Compra pintura costera, fotografía antigua y cualquier cosa que pueda guardar sin tener que enseñársela a nadie.
—¿Es conocido?
—Lo bastante como para que todo el mundo sepa que colecciona y nadie sepa exactamente qué.
Pilar volvió con tres cafés.
—¿Y qué tiene que ver con Mercedes?
Berta sacó un segundo recorte.
Esta vez era una noticia más pequeña, publicada dos meses después. Hablaba de una cena organizada por una fundación cultural de la comarca. Nocedal aparecía mencionado entre los donantes y, al fondo de una fotografía, se veía la misma casa de los Alboray.
—No prueba una venta —dijo Clara.
—No —aceptó Berta—. Pero prueba que Nocedal estaba entrando y saliendo de la casa precisamente cuando Mercedes dice que el cuadro fue enviado a un depósito.
Aranda, que había llegado detrás de ellas sin que Clara lo oyera, tomó el recorte.
—Y nos da una persona a la que preguntar.
—¿Vas a hablar con él? —preguntó Clara.
—Primero por teléfono.
El inspector se apartó unos pasos y marcó un número. Pilar dejó el café de Aranda sobre la mesa sin decir nada.
Berta se inclinó hacia Clara.
—¿Crees que lo tiene?
—No lo sé.
—Eso no era lo que te he preguntado.
Clara miró la fotografía de Esteban Nocedal junto a Mercedes. Él sonreía a la cámara con esa expresión de quien se había acostumbrado a que la discreción parezca una forma de elegancia.
—Sí —dijo—. Creo que lo tiene.
Aranda terminó la llamada menos de cinco minutos después.
No parecía sorprendido.
Eso nunca era buena señal.
—Nocedal niega poseer ningún Miralba —dijo.
—Qué rápido —comentó Pilar.
—Demasiado. Le he preguntado si conocía la obra y ha dicho que no tenía ningún cuadro de Mercedes Alboray. Después ha añadido que, en cualquier caso, él nunca compraría una pieza “con una reparación visible en la trasera”.
Clara levantó la vista.
—¿Le has hablado de la reparación?
—No.
Berta dejó de mover la cucharilla.
—¿Y cómo sabe que existe?
Aranda guardó el teléfono.
—Porque ha visto el original.
En la mesa, entre los cafés y los recortes de periódico, la fotografía de la casa de los Alboray parecía mucho más reciente de lo que era.
Siete años antes, Mercedes y Esteban Nocedal habían sonreído juntos ante una cámara.
Y, en algún lugar entre aquella noche y la inauguración del Centro Cultural, Marea baja en Valleverde había dejado de pertenecer a la familia que decía no haberlo vendido nunca.