El gato que no podía estar en el cuadro Capítulo 5 — La familia que nunca lo vendió #2
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Capítulo 5 — La familia que nunca lo vendió #2

—¿Puede mostrarme el espacio donde estaba el original? —preguntó Clara.

El abogado abrió la boca, pero Mercedes levantó una mano.

—Claro.

Se puso de pie y las condujo por un pasillo ancho. Aranda las siguió. Hugo se quedó unos pasos atrás, como si no quisiera invadir una casa que ya conocía por motivos profesionales y prefería no recordar.

Mercedes abrió una puerta al final del corredor.

Era una habitación más pequeña que el salón, con una mesa de despacho, una lámpara de pie y estanterías llenas de libros de arte. Sobre una pared vacía, entre dos ventanas estrechas, había un rectángulo de color ligeramente distinto.

Clara se detuvo.

Allí había colgado un cuadro durante mucho tiempo.

La marca era clara: la pared protegida por el marco tenía un tono más pálido. También había dos agujeros antiguos, a una altura considerable, y una línea tenue de polvo cerca del borde inferior.

—Aquí estaba —dijo Mercedes.

—¿Cuándo lo retiraron? —preguntó Aranda.

—Cuando decidí trasladarlo al depósito.

—¿Qué año?

—No recuerdo la fecha exacta.

—¿Hace meses? ¿Años?

Mercedes apretó los labios.

—Años.

Clara se acercó un poco a la pared. No tocó nada. Miró los agujeros, las líneas de color y el espacio vacío.

—El cuadro expuesto en el Centro Cultural mide ciento veinticuatro centímetros de ancho —dijo Hugo desde la puerta—. Con el marco, algo más.

Mercedes se volvió hacia él.

—¿Y?

—Este hueco es más ancho.

No era una diferencia enorme. Clara la habría pasado por alto de no haber visto el marco de Marea baja la víspera, antes de que lo descolgaran. Pero el rectángulo de la pared se extendía varios centímetros más hacia cada lado.

—Tal vez hubo otro marco —dijo el abogado.

—Puede ser —admitió Hugo—. Pero la ficha histórica del cuadro también indica una medida distinta.

Mercedes cruzó los brazos.

—Los cuadros se enmarcan de nuevo.

—Sí —dijo Clara—. ¿Cuándo cambió el marco?

Mercedes tardó apenas un instante.

—No lo sé. Mi tío lo cambió muchas veces.

—¿Y cuándo vio usted el lienzo sin marco por última vez?

La pregunta hizo que Mercedes levantara la vista.

Clara sintió que Aranda la miraba, pero no dijo nada.

—No entiendo qué importancia tiene eso.

—La tiene —dijo Clara—. Usted nos ha dicho que el cuadro estaba en esta casa y que después fue al depósito. Si lo vio sin marco durante ese tiempo, quizá recuerde la reparación de la que habla Marta Rodeles.

Mercedes no respondió.

—Una deformación pequeña en la parte trasera —continuó Clara—. Cerca del borde inferior.

—No soy restauradora.

—No. Pero es el cuadro de su tío.

Mercedes se acercó a la ventana. Afuera, una rama de la buganvilla golpeaba muy despacio contra el cristal.

—Mi tío no hablaba de reparaciones —dijo al fin—. Hablaba de pintura.

—¿Entonces no sabe si el cuadro tenía una?

—No he dicho eso.

—¿La tenía?

Mercedes se volvió.

—No voy a responder a preguntas técnicas formuladas para atraparme en una contradicción.

—No intento atraparla.

—Claro que lo intentas.

La frase no iba acompañada de ira. Fue peor: llevaba una tristeza seca, una especie de cansancio que Clara no supo si creer.

Mercedes miró el espacio vacío de la pared.

—¿Sabes lo que ocurre cuando una familia tiene una obra que todo el mundo considera importante?

Que nadie pregunta quién ha pagado el tejado de la casa mientras el cuadro estaba dentro.

Nadie pregunta qué ocurre con las deudas, con los impuestos, con los años malos.

Solo preguntan si sigue ahí, como si un cuadro pudiera mantener una casa por sí solo.

Clara no respondió.

Ella no desconocía lo que significaba sostener un lugar al que los demás atribuían un valor emocional.

El Café Aurora era suyo, pero también era de la gente que esperaba encontrar la misma mesa libre y el mismo café de siempre.

Había heredado más de una vez una responsabilidad que venía disfrazada de afecto.

Pero una cosa era vender algo para conservar una casa.

Y otra, muy distinta, era fingir que no lo habías vendido.

—Nadie le está reprochando una dificultad económica —dijo Clara.

Mercedes sonrió sin alegría.

—Todavía.

—Le estamos preguntando por qué una copia marcada como copia terminó expuesta como original.

—Y yo les he dicho que no la autoricé.

—¿Quién la autorizó, entonces?

—Eso deberían averiguarlo ustedes.

Aranda intervino antes de que Clara pudiera seguir.

—Señora Alboray, voy a solicitar formalmente la documentación del depósito: contrato, fecha de entrada, póliza y cualquier registro de traslado relacionado con Marea baja en Valleverde .

—Mi abogado se ocupará.

—También necesitaré una declaración por escrito sobre la copia que salió de esta casa y sobre el préstamo a la exposición.

Mercedes asintió.

—La tendrá.

—Y le recomiendo que no intente mover ninguna obra, documento o archivo relacionado con este asunto.

Por primera vez, Mercedes dejó de mirar a Clara.

—Inspector, no soy una delincuente.

Aranda sostuvo su mirada.

—Eso es lo que estamos intentando aclarar.

Regresaron al salón. El abogado se quedó hablando con Mercedes en voz baja. Hugo revisó de nuevo sus papeles, esta vez con la atención de quien buscaba no haber cometido una negligencia que ya intuía. Aranda se apartó al recibidor para hacer una llamada.

Irene permaneció junto a la mesa de centro, fingiendo ordenar unos documentos que ya estaban ordenados.

Clara se acercó.

—¿Estás bien?

Irene soltó una pequeña risa.

—No. Pero es una pregunta amable.

—¿Quieres contarme qué ha querido decir Mercedes?

Irene levantó los ojos.

—Que yo vi señales y decidí no verlas.

Clara no dijo nada.

—Cuando Mercedes aceptó prestar el cuadro, pedí una cadena de procedencia completa. Era una exposición importante. Había que asegurar la obra y justificar el préstamo. Me mandó fotografías, una ficha antigua, el supuesto informe de Alda y una declaración de propiedad.

—Pero faltaban siete años.

Irene asintió.

—Exacto.

—¿Se lo dijiste?

—Sí. Me dijo que la obra había estado en un depósito de seguridad durante una etapa delicada para la familia. No era raro. Muchos coleccionistas evitan dejar rastro de dónde guardan las cosas valiosas.

—¿Y lo aceptaste?

—Quería aceptar.

La sinceridad de la frase hizo que Clara bajara la vista.

—¿Por la exposición?

—Por la exposición. Por el proyecto del archivo Miralba. Por el patrocinio. Por demostrar que Valleverde podía organizar algo serio sin que todo se quedara en una sala municipal con carteles torcidos.

—Los carteles estaban bastante rectos.

Irene sonrió apenas.

—Gracias.

Luego abrió la carpeta y sacó una impresión.

—Hay otra cosa.

Era un correo electrónico. En la parte superior figuraba el nombre de Alda Sariego y una fecha de dos meses antes de la inauguración.

Irene señaló una línea.

—Me lo envió después de que viéramos las fotografías promocionales.

Clara leyó:

Irene, necesito que confirmes por escrito la denominación exacta que aparecerá en cartelas y materiales. El trabajo que salió de mi taller fue entregado como reproducción de estudio y no puede presentarse con otra condición.

Abajo había una respuesta de Irene, corta y cautelosa:

Gracias, Alda. Mercedes me ha asegurado que la situación de la obra está regularizada. Lo revisaré con ella.

—¿Qué hiciste después? —preguntó Clara.

Irene guardó silencio.

—Nada —respondió al fin—. Mercedes me llamó. Dijo que Alda estaba confundida, que la reproducción era para documentación y que el original estaba ya preparado para la exposición. Me pidió que no alimentase un malentendido profesional.

—Y la creíste.

—Quise creerla.

Clara devolvió el correo.

—No eres la única.

Irene la miró.

—Pero yo tenía la obligación de no hacerlo.

No había mucho que responder a eso.

Pilar se acercó desde el otro extremo del salón. Había permanecido callada más tiempo del habitual, lo cual Clara sabía interpretar como una señal de que estaba observando con especial atención.

—He visto una fotografía interesante —dijo en voz baja.

—¿Dónde?

Pilar señaló una vitrina junto a la chimenea. Entre varias fotos familiares había una imagen en blanco y negro de una cena. Se veía una mesa larga, unas copas, tres personas sonriendo a la cámara y, al fondo, apenas distinguible, una pared llena de cuadros.

—No se ve el cuadro —dijo Clara.

—No. Pero se ve que la pared del despacho no estaba vacía entonces.

Clara miró mejor.

La fotografía debía de tener varios años. En el fondo, la pared entre las dos ventanas aparecía ocupada por un rectángulo grande. No podía saberse qué pintura contenía, pero las dimensiones coincidían con la marca más ancha que acababan de ver.

—¿Hay fecha?

Pilar levantó con cuidado el marco, sin sacarlo de la vitrina.

—Dos mil diecinueve.

Siete años.

Clara sintió que la cifra se colocaba sola en su cabeza.

El mismo vacío en la procedencia de la obra.

La misma época que Mercedes no recordaba con precisión.

Antes de que pudiera decir algo, Aranda regresó.

—Tenemos que irnos.

Mercedes apareció en la puerta del pasillo. Su rostro volvía a estar compuesto.

—Espero que hayan visto lo que necesitaban.

Clara pensó en la pared vacía, en las medidas que no coincidían y en la manera en que Mercedes había hablado de un depósito sin decir nunca dónde estaba.