El gato que no podía estar en el cuadro Capítulo 5 — La familia que nunca lo vendió
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Capítulo 5 — La familia que nunca lo vendió

Las casas guardaban las mentiras de otra manera que las personas.

Las personas cambiaban de versión, se ponían nerviosas, olvidaban fechas o hablaban demasiado. Las casas, en cambio, no decían nada. Se limitaban a conservar el lugar donde había colgado un cuadro, la marca más clara en una pared, el hueco exacto de una vida que alguien había decidido retirar.

Clara pensó en ello mientras veía a Migas dormir sobre el mostrador del Café Aurora, ajeno a que su retrato había convertido una exposición municipal en una posible investigación por fraude.

Pilar lo miró.

—Tiene aspecto de saber que ha destruido una dinastía artística.

—Tiene aspecto de haberse comido media loncha de pavo.

—No son cosas incompatibles.

La mañana había empezado con tres llamadas, dos clientes preguntando por qué estaba cerrado el Centro Cultural y una mujer de la plaza que aseguró haber visto entrar a la policía con “una especie de caja funeraria”.

—Era una caja de embalaje —dijo Clara.

—Eso le he dicho yo —añadió Pilar—. Pero, si lo piensas, una caja funeraria para cuadros tiene bastante sentido.

—No lo pienses.

La exposición de Miralba seguía oficialmente suspendida por una revisión técnica. Bruno Castañal había enviado un mensaje a los medios locales hablando de “un ajuste preventivo en las condiciones de conservación”. Nadie mencionaba a Migas. De momento.

Clara sospechaba que aquella reserva no duraría mucho.

El inspector Aranda había pasado la mañana con Alda Sariego, recogiendo documentos, fotografías de proceso y registros del encargo de la reproducción.

Según el último mensaje que le había enviado, los papeles confirmaban varias cosas que ya resultaban difíciles de negar: Alda había pintado la copia; Mercedes Alboray había aprobado el presupuesto; la obra entregada estaba identificada como reproducción de estudio.

Lo que no sabían era dónde estaba el original.

O, más exactamente, quién lo tenía.

El teléfono de Clara vibró sobre la barra.

—Es Aranda —dijo Pilar, que había leído el nombre en la pantalla antes de que Clara pudiera descolgar.

—No hace falta anunciarlo como si fuese una visita real.

—A estas alturas, todo lo relacionado con ese cuadro parece una visita real.

Clara aceptó la llamada.

—Dime.

—Mercedes Alboray ha accedido a que vayamos a su casa.

Clara se quedó quieta.

—¿A enseñarte el original?

—Eso afirma.

—¿Y tú la crees?

—No he llamado para discutir lo que creo. He llamado porque ha insistido en que estén Irene Casalduero y tú.

—¿Yo?

—Dice que la persona que vio el gato debería ver dónde ha estado siempre el cuadro.

Pilar levantó las cejas.

Clara se apartó un poco de la barra.

—Eso es una invitación extraña.

—Lo es.

—¿Quieres que vaya?

—Quiero que vayas si entiendes que no va a ser una visita amistosa. No necesito que la acuses de nada. Necesito que observes.

Clara miró a Migas, que había cambiado de postura sin despertar.

—Eso se me da mejor.

—Lo sé. Estaremos allí a las cinco.

—¿Solo nosotros?

—Mercedes estará con su abogado. Hugo Saldueña también irá, porque puede aportar información sobre el traslado. Bruno ha dicho que no puede dejar el Centro Cultural.

—¿No puede o no quiere?

—Las dos cosas pueden ser ciertas.

Aranda colgó.

Pilar se apoyó en la barra.

—¿Vamos a la casa de la heredera?

—Vamos.

—¿Y qué hacemos con Migas?

Clara miró al gato.

—Lo dejamos donde está.

—Yo también. No quiero que encuentre una segunda obra falsa en el salón.

La casa de los Alboray se alzaba en una calle tranquila de la parte alta de Valleverde, detrás de una verja de hierro negro y un jardín pequeño que parecía haber sido diseñado para no resultar nunca demasiado alegre.

Era una construcción de dos plantas, con persianas verde oscuro, balcones estrechos y una fachada de piedra pálida oscurecida en algunas zonas por el tiempo.

No era una mansión.

Eso fue lo primero que pensó Clara.

Era una casa grande, antigua y cuidadosamente mantenida, pero no tenía nada de espectacular. No había columnas ni estatuas ni coches excesivos junto a la entrada. Había una buganvilla sin flores, dos macetas de barro y un buzón de latón con el apellido ALBORAY grabado en letras gastadas.

Pilar, que la acompañaba porque Aranda había dicho que no veía inconveniente y porque dejarla en el Café Aurora habría sido inútil, examinó la verja.

—No parece la clase de casa que se salva vendiendo un cuadro.

—No sabemos que se vendiera.

—Clara.

—Sé lo que parece.

—Entonces no me obligues a hablar como si fuéramos dos agentes de seguros.

El abogado de Mercedes abrió la puerta antes de que llamaran. Era un hombre de unos cincuenta años, de pelo gris cuidadosamente peinado y traje azul oscuro. No se presentó con entusiasmo.

—Señora Medina. Señorita Pilar.

—Pilar basta —dijo Pilar.

Él pareció valorar si aquello merecía respuesta.

—La señora Alboray les espera en el salón.

El interior de la casa olía a madera encerada, flores secas y algo más tenue, quizá humedad vieja.

Había retratos familiares en el vestíbulo: hombres con bigote, mujeres de vestido oscuro, una niña con un lazo enorme en el pelo.

En una consola descansaban varios catálogos de arte y un cuenco con llaves.

Clara observó las paredes mientras seguían al abogado.

Algunas estaban cubiertas por cuadros pequeños: bodegones, paisajes, retratos de casas que no reconocía. Otras tenían rectángulos más claros, como si hubieran permanecido cubiertas durante años y alguien hubiese retirado de pronto lo que las protegía del sol.

El salón era amplio, con dos ventanas que daban al jardín. Mercedes Alboray estaba de pie junto a una chimenea apagada. Vestía de negro, sin joyas visibles, salvo un reloj fino en la muñeca izquierda.

Irene Casalduero ocupaba un sillón cerca de la ventana. Tenía una carpeta sobre las rodillas y el mismo gesto agotado que había llevado desde que se descubrió la inscripción de Alda.

Aranda estaba de pie junto a una mesa baja. Hugo Saldueña permanecía cerca de la puerta, con una carpeta de transporte bajo el brazo.

Mercedes miró a Clara y a Pilar.

—Gracias por venir.

—Ha insistido usted —dijo Clara.

—Sí.

No había hostilidad en su tono, pero tampoco cordialidad. Parecía haber tomado una decisión durante las últimas horas y estar preparada para sostenerla hasta el final.

—Quería que vieras esta casa —continuó—. Que entendieras que no todo lo que se dice sobre una familia, un cuadro o una herencia cabe en un informe policial.

—No creo que nadie haya dicho eso.

—No hace falta decirlo para pensarlo.

Aranda se aclaró la garganta.

—Señora Alboray, estamos aquí para comprobar su afirmación de que el original de Marea baja en Valleverde permanece bajo su control.

Mercedes asintió.

—Permanece bajo mi control.

—¿Dónde?

—En un depósito de seguridad.

Pilar miró a Clara de reojo.

Aranda no modificó la expresión.

—¿Desde cuándo?

—Desde hace años.

—¿Qué depósito?

Mercedes miró un instante a su abogado. Él dio un paso hacia delante.

—Mi clienta está dispuesta a aportar la documentación pertinente cuando se aclare la situación jurídica creada por las acusaciones de la señora Sariego.

—No estamos ante una acusación privada —dijo Aranda—. Estamos ante una obra expuesta como original que contiene una identificación expresa de reproducción.

—Una identificación cuya aparición ha sido explicada por la propia autora de la copia.

—Exactamente.

—Mi clienta sostiene que encargó una reproducción para fines privados. No sostiene que autorizase su exhibición como obra original.

Irene levantó la cabeza.

—El préstamo se formalizó con la firma de Mercedes.

—El préstamo se formalizó con documentos preparados por el Centro Cultural —respondió el abogado.

—Con documentos que ella firmó —dijo Aranda.

Mercedes seguía mirando a Clara.

—Nunca pedí que se utilizase la copia en la exposición.

Clara tardó un segundo en responder.

—Pero la copia salió de esta casa.

Hugo abrió su carpeta.

—La recogimos aquí —dijo—. En esta dirección. Estaba embalada y sellada.

—La recogieron donde se nos indicó —replicó Mercedes—. Yo no supervisé la carga.

—No fue una recogida ordinaria —dijo Hugo—. La orden venía con sus datos de contacto. Usted confirmó el horario.

—Mi asistente confirmó el horario.

—No consta ningún asistente en la ficha.

El abogado intervino.

—Señor Saldueña, no transforme una gestión de transporte en una declaración de culpabilidad.

—No lo hago. Solo explico cómo funcionó el traslado.

Mercedes se sentó en uno de los sillones. Parecía cansada, pero Clara no tenía claro si aquella fatiga era real o una parte más de la escena que estaba construyendo.

—Mi tío murió hace más de treinta años —dijo Mercedes—.

Desde entonces, todo el mundo ha hablado de sus cuadros como si fueran parte de Valleverde.

Como si pertenecieran a cualquiera que pudiera reconocer un tejado o una barca.

Pero eran de mi familia. Los cuidamos. Los aseguramos.

Pagamos reparaciones. Mantuve esta casa cuando ya nadie más quiso hacerlo.

—Nadie discute que la obra perteneciera a la familia —dijo Aranda.

—Eso no es lo que parece.

—Lo que parece —intervino Irene, muy baja— es que la exposición se organizó sobre una información que no era cierta.

Mercedes giró hacia ella.

—La exposición se organizó porque tú la propusiste.

Irene palideció.

—La propuse porque creí que era importante.

—La propusiste porque sabías que podía darte visibilidad.

—No niego eso.

—Entonces no pretendas mirarme como si fueras ajena a lo ocurrido.

El silencio posterior fue incómodo. Clara vio a Irene bajar la vista hacia su carpeta.

Mercedes había tocado algo verdadero. No suficiente para explicar la copia, ni para borrar la firma del préstamo, pero verdadero.

Bruno necesitaba una exposición importante. Irene necesitaba una pieza que la hiciera relevante. El ayuntamiento necesitaba visitantes y fotografías. Mercedes necesitaba que Valleverde siguiera creyendo que era la guardiana del legado familiar.

Todos habían querido que Marea baja en Valleverde regresara.

Y por eso nadie preguntó demasiado.