Capítulo 4 — La restauradora que no restauró nada #3
—Puedo pedir su preservación mientras se esclarece la posible comisión de un delito.
—¿Delito? —repitió Bruno, pálido.
—Todavía no voy a calificarlo.
—Yo sí puedo —dijo Irene, mirando a Mercedes—. Si esto es lo que parece, has utilizado a este centro para exhibir una falsificación.
Mercedes giró hacia ella.
—No sabes si es una falsificación.
Alda señaló la inscripción.
—La hice yo.
—Podrías haberla escrito esta mañana.
Alda palideció.
Por un momento, Clara creyó que la restauradora iba a perder la calma. Pero se limitó a recoger su carpeta.
—Puedo aportar la factura, las fotografías de proceso, los pigmentos utilizados y los archivos del encargo. También puedo demostrar que la copia se terminó el veintisiete de junio del año pasado.
Aranda la miró con atención.
—¿Conservas todo eso?
—Sí.
—Necesitaré verlo.
—Lo tendrás.
Mercedes tomó su bolso.
—Esto es una emboscada.
—No —dijo Clara, antes de poder contenerse—. Una emboscada habría sido que el cuadro siguiera colgado y nadie mirase la esquina.
Mercedes la observó.
No hubo gritos. No hubo amenazas. Solo una frialdad absoluta en sus ojos.
—No tienes idea de en qué te has metido, señora Medina.
—No —dijo Clara—. Pero usted sí parece tenerla.
Aranda dio un paso entre ambas.
—Basta.
Mercedes miró al inspector.
—Quiero hablar con un abogado.
—Está en su derecho.
—Y quiero que conste que no autorizo ninguna intervención en mi propiedad.
—Constará.
—Y que esta mujer —señaló a Alda— está intentando salvar su reputación a costa de la mía.
Alda no respondió.
Mercedes salió de la sala con pasos tranquilos. La puerta se cerró tras ella sin un golpe, pero Clara tuvo la sensación de que la habitación había quedado más fría.
Durante unos segundos, nadie se movió.
Luego Bruno alcanzó una taza de café con la mano temblorosa.
—¿Esto significa que la exposición se termina?
Irene miró el lienzo cubierto.
—Significa que hay que retirar la obra principal.
—La prensa va a devorarnos.
—La prensa no es lo primero —dijo Aranda.
—Para usted, quizá.
—Para nadie debería serlo.
Pilar se acercó a la bandeja y le ofreció a Bruno un bizcocho.
—Coma algo.
Bruno la miró como si no entendiera qué era un bizcocho ni qué se hacía con él.
—No puedo.
—Eso dice la gente antes de desmayarse.
Hugo volvió a cubrir la inscripción con el papel, sin pegarlo esta vez. Sus movimientos seguían siendo precisos, pero ahora parecían más lentos.
—Necesito material de embalaje —dijo—. Si la obra se queda aquí, debe quedar en una sala cerrada y estable. No en una mesa de reuniones.
—Haz lo que necesites —dijo Irene.
Alda se quedó junto a la ventana. Clara se acercó a ella, sin saber si aquello era una buena idea.
—¿Estás bien?
La restauradora la miró.
—No lo sé todavía.
—Podrías haber avisado antes.
Alda bajó la vista.
—Sí.
No fue una defensa. Fue una admisión.
—¿Por qué no lo hiciste?
—Porque sospechar no es lo mismo que saber. Porque trabajas muchos años para que tu nombre signifique algo y una acusación falsa puede dejarlo reducido a nada. Porque pensé que la marca bastaría para impedir que la copia saliera de una colección privada.
—Y no bastó.
—No.
Clara entendió el miedo, aunque no compartiera la decisión. Había conocido a demasiada gente que decía no querer problemas cuando, en realidad, quería evitar perder algo que le había costado mucho construir.
—¿Sabes dónde está el original? —preguntó.
Alda tardó un momento en responder.
—No.
—¿Nunca lo viste?
—Nunca.
—Pero Mercedes dijo que era suyo.
—Mercedes dijo muchas cosas.
Aranda se acercó con su carpeta.
—Alda, voy a necesitar una declaración completa. Y los documentos del encargo.
—Los traeré esta tarde.
—No. Vamos a recogerlos contigo.
La restauradora asintió.
Antes de salir, se volvió hacia Clara.
—El gato fue una fecha. Nada más.
Clara pensó en Migas, dormido en el Café Aurora, ajeno a que alguien había utilizado su oreja mellada y su forma absurda de sentarse para impedir un fraude.
—Las fechas suelen ser más importantes de lo que parecen —dijo.
Alda la miró con una tristeza breve.
—Sí. Sobre todo cuando alguien cree que puede borrarlas.
Cuando Clara y Pilar regresaron al Café Aurora, Migas seguía en la misma silla. Se desperezó con lentitud al oír la puerta y caminó hacia ellas, esperando comida, disculpas o ambas cosas.
Pilar se agachó para acariciarlo.
—Has resuelto la primera parte.
Migas se apartó con dignidad.
—No le des méritos que no ha pedido —dijo Clara.
Pilar se sentó junto a la barra.
—La copia existe. Alda la hizo. La marca está detrás. El gato fue una trampa.
—Sí.
—Y Mercedes parece haber mentido sobre casi todo.
Clara dejó el bolso sobre el mostrador.
—No sabemos eso todavía.
—Clara.
—Sabemos que entregó documentación que no era la que decía ser. Sabemos que la obra expuesta no es la que se presenta. No sabemos dónde está el original ni quién decidió cambiar una cosa por otra.
Pilar la observó un momento.
—Te preocupa que sea peor.
Clara miró hacia la ventana. El sol empezaba a caer sobre la calle, y por un instante el cristal reflejó el interior del café sobre la plaza vacía.
—Me preocupa que haya sido fácil.
—¿Fácil?
—Un cuadro importante colgado en una institución pública. Papeles mal leídos. Una propietaria que habla con seguridad. Una copia hecha por alguien competente. Y ha bastado un gato en una esquina para que todo empiece a deshacerse.
Pilar apoyó la mano en la barra.
—Entonces menos mal que tenemos gato.
Migas saltó al alféizar y se sentó frente a la calle, con una pata recogida bajo el pecho y la otra extendida hacia delante.
Clara lo miró.
En una obra falsa, aquel gesto había sido una advertencia.
En el Café Aurora, era solo Migas esperando que alguien cometiera el error de abrir una lata.