El gato que no podía estar en el cuadro Capítulo 4 — La restauradora que no restauró nada #2
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Capítulo 4 — La restauradora que no restauró nada #2

Alda abrió su carpeta. Sacó varias hojas protegidas por fundas transparentes y las colocó sobre la mesa auxiliar, lejos de los termos de café.

—Este es el documento que elaboré hace once meses —dijo—. No es un informe de restauración de Marea baja en Valleverde .

Irene se acercó a leerlo.

—Pero este es el documento que Mercedes nos entregó.

—No entero.

Mercedes giró hacia ella.

—No sabes de qué estás hablando.

Alda no levantó la voz.

—Sé exactamente de qué estoy hablando. Ese texto corresponde a una reproducción de estudio. Lo indica en la primera página y en el apartado de observaciones.

Aranda tomó una de las hojas.

—“Reproducción al óleo basada en documentación fotográfica. No apta para certificación de autenticidad.” —Levantó la vista—. ¿Esto lo redactaste tú?

—Sí.

—¿Y por qué aparece como informe de conservación en el dossier de la exposición?

Alda miró a Mercedes.

—Eso tendrá que responderlo la persona que entregó el dossier.

Mercedes no respondió de inmediato. Cuando lo hizo, su tono fue impecable.

—La documentación la organizó mi gestor. Yo di por hecho que incluía el informe correcto.

—El informe correcto no existe —dijo Alda.

Irene se volvió muy despacio hacia Mercedes.

—¿Qué quieres decir?

Alda respiró hondo.

—Quiero decir que nunca restauré el original de Leandro Miralba. Nunca lo examiné. Nunca certificé que esta obra fuese un Miralba de 1989.

Bruno dejó de mirar la bandeja de bizcocho.

—Pero la exposición se organizó sobre esa base.

—Lo sé.

—Y nadie lo dijo.

—No a mí.

Clara sintió que Pilar se acercaba un poco a su lado. No se tocaron, pero la presencia de Pilar le resultó de pronto útil.

Aranda apoyó una mano sobre el respaldo de una silla.

—Alda, necesito que nos expliques qué trabajo realizaste.

La restauradora miró el lienzo boca abajo.

—Hace algo más de un año recibí un encargo para realizar una copia de estudio de Marea baja en Valleverde .

Me entregaron fotografías de referencia, medidas y una descripción técnica.

Se me dijo que la reproducción iba a permanecer en una colección privada, como apoyo para una catalogación familiar.

—¿Quién hizo el encargo? —preguntó Aranda.

Alda tardó demasiado en responder.

—Una persona que decía representar a los herederos.

—¿Nombre?

—Mercedes Alboray.

La habitación se quedó inmóvil.

Mercedes soltó una risa tan baja que casi no fue una risa.

—Eso es absurdo.

—No lo es.

—Nunca te encargué una copia.

—Me reuní con usted dos veces.

—Conmigo no.

Alda abrió la carpeta y sacó una impresión. La dejó sobre la mesa.

—Esta es una confirmación de presupuesto. Está enviada desde su dirección de correo.

Mercedes no tocó el papel.

—Cualquiera puede enviar un correo desde una dirección.

—También pagaste la primera mitad por transferencia.

—No he pagado nada.

—La cuenta de origen figura en la factura.

Aranda miró a Mercedes.

—¿Quieres revisarlo?

—No tengo por qué responder a acusaciones improvisadas en una sala municipal.

—No son acusaciones improvisadas —dijo Alda—. Son documentos.

Irene se llevó una mano a la frente.

—Mercedes… ¿qué es esto?

La pregunta no llevaba rabia. Llevaba algo peor: la necesidad de que otra persona negara una realidad que ya empezaba a ser demasiado evidente.

Mercedes se sentó de nuevo. Esta vez dejó el bolso sobre la mesa.

—No sé qué pretende Alda Sariego —dijo—. Pero sé que este cuadro ha pertenecido a mi familia desde la muerte de mi tío. Ha estado en mi casa durante años. Ha sido fotografiado, catalogado y asegurado. No voy a permitir que una restauradora resentida convierta una exposición en un escándalo.

Alda la miró con una tranquilidad que no parecía resentimiento.

—No estoy resentida.

—Entonces, ¿por qué hiciste una copia?

La restauradora bajó la vista hacia sus manos.

—Porque es mi trabajo.

—¿Y por qué colocarías a un gato moderno en ella?

La pregunta llegó con una precisión tan brusca que Clara tardó un instante en comprender que Mercedes estaba hablando de Migas.

Alda levantó la cabeza.

Por primera vez desde que había entrado, perdió un poco el control del rostro.

No mucho.

Solo lo suficiente.

—¿Sabes que hay un gato moderno? —preguntó Aranda.

Mercedes se volvió hacia él.

—Todo Valleverde lo sabe ya.

—El Centro Cultural lleva cerrado desde esta mañana.

—La señora Medina habló de ello durante la inauguración.

Clara recordó su conversación, las preguntas sobre Niebla, la manera en que Mercedes había dicho que el gato siempre había estado allí.

—No le enseñé la fotografía —dijo Clara.

Mercedes la miró.

—No hacía falta. Me preguntaste si conservaba fotos de un gato del muelle. No era difícil deducir que tu interés no era puramente artístico.

—Pero sí era difícil saber que el gato de la foto tenía catorce meses.

La respuesta de Clara sonó más firme de lo que esperaba.

Mercedes no apartó los ojos de ella.

Alda cerró la carpeta.

—Yo puse el gato.

La frase fue tan sencilla que nadie respondió enseguida.

Bruno se dejó caer en una silla.

Irene cerró los ojos.

Hugo soltó el aire por la nariz, casi sin hacer ruido.

Aranda no cambió de postura.

—Explícalo.

Alda miró la tela blanca que cubría la pintura.

—La copia estaba terminada cuando fui al Café Aurora a reunirme con Mercedes. Ella llegó tarde. Mientras esperaba, vi un folleto en la barra. El gato aparecía sentado junto a la ventana, exactamente como lo haría cualquier gato que se considerase propietario del lugar.

Clara miró a Pilar.

Pilar no dijo nada.

—Por entonces ya tenía dudas —continuó Alda—.

El encargo era extraño. No se me había permitido examinar el original.

Solo recibí fotografías, medidas y un informe de estado demasiado incompleto.

Al principio pensé que la familia quería una copia por razones de conservación o de seguro.

Eso ocurre. Pero después Mercedes empezó a hacer preguntas sobre cómo se vería la reproducción colgada en un marco antiguo.

Preguntó si una persona no experta distinguiría una copia bien hecha de un original.

Mercedes habló al fin.

—Eso no es lo que pregunté.

—Lo preguntaste.

—No puedes probarlo.

—No necesito probarlo para recordar una conversación.

Aranda levantó una mano.

—Sigue, Alda.

La restauradora asintió.

—Añadí el gato antes de entregar la reproducción.

—¿Por qué? —preguntó Irene.

—Porque una marca en el reverso puede ocultarse. Una nota puede desaparecer. Pero un detalle imposible en la imagen obliga a que alguien mire.

Clara sintió un escalofrío que no tenía que ver con el aire acondicionado.

—¿Por qué Migas?

Alda miró hacia ella.

—Porque el folleto tenía fecha. Porque era un animal reconocible. Y porque, si alguien intentaba presentar la copia como una obra de 1989, el gato haría imposible sostener la mentira para siempre.

Pilar habló por fin.

—Es una forma muy particular de dejar una firma.

—No quería firmarla —dijo Alda—. Quería que no pudiera pasar por original.

Mercedes se levantó de golpe.

—Esto es ridículo. ¿Pretendes que creamos que añadiste un detalle deliberado para sabotear tu propio trabajo?

—No sabotearlo. Protegerme.

—¿De qué?

Alda sostuvo su mirada.

—De que alguien utilizase una reproducción de estudio para engañar a otras personas.

Bruno se llevó ambas manos a la cara.

—Dios mío.

—No —dijo Doña Amparo desde la puerta.

Todos se volvieron.

Nadie la había visto entrar.

Doña Amparo estaba allí con un termo vacío en una mano y una bolsa de tela en la otra. Debía de haber subido por el pasillo mientras discutían. Por una vez, su aparición no provocó preguntas; resultaba demasiado natural que hubiese encontrado el modo de estar presente en el momento más importante.

—No invoques a Dios —continuó, entrando en la habitación—. Bastante tiene ya con las gestiones municipales.

Bruno la miró sin saber qué hacer.

—Señora, esta reunión es privada.

—Entonces deberían hablar más bajo.

Pilar se llevó una mano a la boca para ocultar una sonrisa. Clara, pese a la tensión, sintió que el aire volvía a entrarle en los pulmones.

Aranda señaló una silla.

—Doña Amparo, siéntese y no interrumpa.

—No prometo nada.

Hugo se acercó al reverso del cuadro.

—Alda ha dicho que dejó una marca.

—Sí —respondió ella—. Bajo el papel protector. Si no la han retirado.

Mercedes se volvió hacia Hugo.

—No permitas que toquen el cuadro.

Hugo no respondió.

Aranda lo miró.

—Señor Saldueña.

El transportista mantuvo la vista fija en el lienzo.

—Mi empresa fue contratada para trasladar una obra descrita como un Miralba original. Si hay indicios de que no lo es, mi obligación es preservar el objeto y la documentación.

Mercedes dio un paso hacia él.

—Te pagué para transportarlo.

—Me pagaste para transportarlo, no para encubrir una irregularidad.

La frase cayó con un peso inesperado.

Clara observó el rostro de Mercedes. Por primera vez, la mujer dejó que algo parecido a la ira atravesara su serenidad.

—No sabes de qué hablas.

—No —dijo Hugo—. Pero quiero saberlo.

Alda se acercó a la mesa.

—La marca está aquí.

Señaló una zona bajo el borde inferior del papel protector. Hugo cogió una espátula fina de su maletín y trabajó despacio, sin tirar, sin rasgar. El pegamento cedió con un sonido leve, casi imperceptible.

Nadie habló.

Clara vio cómo Hugo levantaba apenas una esquina del papel. Debajo había una segunda capa, más nueva, de color blanco.

Alda cerró los ojos un instante.

—Ahí.

Hugo separó la capa con cuidado.

Apareció una inscripción en lápiz azul, escrita directamente sobre la madera del bastidor.

REPRODUCCIÓN DE ESTUDIO A. SARIEGO NO CERTIFICAR COMO ORIGINAL

Bruno dejó escapar un sonido que no llegó a ser una palabra.

Irene se agarró al borde de la mesa.

Mercedes no se movió.

Clara miró la inscripción. Era pequeña, sobria, casi administrativa. No se parecía a una revelación. Se parecía a una advertencia que alguien había intentado esconder bajo dos capas de papel.

Aranda sacó el teléfono y fotografió el reverso.

—Voy a solicitar una intervención pericial formal —dijo—. Desde este momento, el cuadro no sale del Centro Cultural.

Mercedes recuperó la voz.

—No puedes retener una propiedad privada.