Capítulo 4 — La restauradora que no restauró nada
En Valleverde, las cosas importantes rara vez se anunciaban con su nombre verdadero.
Cuando el Centro Cultural cerró al público “por una revisión técnica”, nadie creyó que se tratara de una revisión técnica. La frase apareció en la puerta a primera hora de la mañana, impresa en una hoja demasiado pequeña y pegada con cinta adhesiva en un cristal que reflejaba la plaza.
A las diez, ya había tres versiones circulando.
Según la primera, el techo de la sala principal amenazaba con desprenderse sobre los cuadros.
Según la segunda, alguien había derramado vino tinto sobre un paisaje de Miralba.
Según la tercera, que Doña Amparo transmitió al Café Aurora con una mezcla de desaprobación y orgullo, el ayuntamiento había descubierto que una de las obras expuestas pertenecía en realidad a un casino de Murcia.
—¿Y quién ha dicho eso? —preguntó Clara, mientras colocaba unas tostadas sobre un plato.
—Berta Luján.
—Berta no ha dicho eso —replicó Pilar—. Berta ha dicho que le han contado que había un problema con una procedencia.
Doña Amparo se sentó junto a la ventana.
—Pues eso. Murcia.
—La procedencia no es Murcia.
—Todavía —dijo Doña Amparo.
Clara dejó el plato frente a ella.
—No sabemos qué es.
—Sabemos que donde antes había una cuerda, ahora hay un gato.
—Sabemos que una fotografía de 1990 muestra una cuerda.
—Y que el gato de ahora se llama Migas y lleva cuatro años viviendo en el Café Aurora. A mí me parece que ya son bastantes datos para dejar de fingir que todo puede explicarse por la iluminación.
Pilar apoyó los codos en la barra.
—¿Y qué le parece a usted que ha pasado?
Doña Amparo removió el café.
—Que alguien ha hecho algo que no quería que mirasen de cerca. La mayoría de los problemas serios empiezan así.
Clara quiso responder, pero el teléfono vibró en el bolsillo de su delantal.
Era Aranda.
—Estoy en el Centro Cultural —dijo el inspector al otro lado de la línea—. Necesito que me traigáis café para seis personas.
—¿Eso es una invitación oficial?
—Es una petición desesperada.
—¿Quiénes son las seis personas?
—Bruno Castañal, Irene Casalduero, Mercedes Alboray, Hugo Saldueña, Alda Sariego y yo.
Clara miró a Pilar.
—¿Alda está ahí?
—Acaba de llegar. Y antes de que preguntes, sí: quiero que habléis con ella. No durante la reunión. Después, si podéis.
—¿Por qué?
—Porque tiene la sensación de que la obra no debería estar expuesta, pero no quiere explicarlo delante de Mercedes.
Clara notó cómo se le tensaban los hombros.
—¿Y qué está haciendo Mercedes?
—Manteniendo una calma muy trabajada.
—Eso suena peligroso.
—También es mi impresión. Traed el café, por favor. Y, Clara…
—¿Sí?
—No llevéis a Migas.
Clara miró al gato, que dormía sobre la silla junto al folleto guardado en su funda transparente.
—No pensaba hacerlo.
—Me alegro de que haya una cosa en este caso en la que podamos confiar.
Pilar ya estaba llenando los termos.
—¿Seis cafés?
—Seis cafés —dijo Clara—. Y lleva algo de comer.
—¿Por qué?
—Porque Bruno Castañal no habrá desayunado.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque Bruno Castañal tiene cara de haber pasado la mañana intentando convencer a alguien de que una exposición no se puede cerrar por culpa de un gato.
Pilar abrió una caja de bizcochos.
—Qué bonito. El título del próximo folleto turístico de Valleverde.
Antes de salir, Clara se volvió hacia Migas.
El gato abrió un ojo.
—No te muevas.
Migas cerró el ojo de nuevo.
—Es muy obediente —dijo Doña Amparo.
—Está dormido.
—A veces es lo mismo.
El Centro Cultural tenía una quietud distinta a la del día anterior. No era el silencio agradable de un edificio vacío, sino el de un lugar donde varias personas habían decidido no levantar la voz para no admitir que estaban discutiendo.
Bruno las recibió en el vestíbulo. Llevaba la camisa arrugada, la corbata mal anudada y una carpeta bajo el brazo que parecía haberse convertido en una extensión de su cuerpo.
—Gracias por venir tan rápido.
—Aranda ha dicho que estabais desesperados —dijo Pilar.
Bruno miró hacia el pasillo.
—No ha usado exactamente esa palabra.
—Lo conocemos bastante.
—Bueno. —Bruno se pasó una mano por el pelo—. Agradezco mucho el café.
Clara le entregó uno de los termos.
—¿Dónde está el cuadro?
—En la sala de conservación. Bueno, en la sala de reuniones. No tenemos sala de conservación.
—Eso parece importante.
—Ahora mismo, todo me parece importante.
La sala de reuniones se encontraba al final del pasillo, lejos de la exposición.
Era una habitación amplia, con una mesa rectangular, sillas de madera clara y una ventana que daba a un patio interior lleno de macetas.
En lugar de carteles y carpetas, el centro de la mesa estaba ocupado por Marea baja en Valleverde .
El lienzo descansaba boca arriba sobre unas mantas limpias. La parte pintada quedaba oculta bajo una tela blanca. Solo se veía el reverso: el bastidor de madera, la cubierta de papel protector y los bordes del marco.
Hugo Saldueña estaba de pie junto a una pared, con los brazos cruzados. Irene Casalduero permanecía cerca de la ventana, pálida y muy recta. Mercedes Alboray estaba sentada al extremo de la mesa, con el bolso sobre el regazo y la mandíbula tan tensa que parecía dolerle.
Aranda levantó la vista al ver entrar a Clara y Pilar.
—Perfecto. Dejadlo ahí.
Pilar colocó las tazas, los termos y una bandeja de bizcocho sobre una mesa auxiliar. Nadie se movió hacia el café.
—¿Cómo estáis? —preguntó Clara.
Bruno soltó una risa breve, sin humor.
—Estamos cerrados por una revisión técnica.
—Ya lo hemos visto.
—Es lo único que se me ha ocurrido. La alternativa era colgar un cartel que dijera “posible problema de autenticidad en la obra principal”, y me pareció poco recomendable.
Mercedes levantó la mirada.
—No hay ningún problema de autenticidad.
La frase fue dicha con suavidad, pero ocupó la habitación entera.
Aranda se apoyó en el respaldo de una silla.
—Hay una discrepancia documentada entre la obra expuesta y una fotografía de 1990 tomada por Marta Rodeles.
—Una fotografía antigua no es un peritaje —dijo Mercedes.
—No. Pero basta para justificar una comprobación.
—¿Y cerrar una exposición?
—Cerrar una exposición durante unas horas.
—La noticia ya está circulando.
—La noticia siempre circula —dijo Bruno, casi para sí mismo—. Antes de que ocurra, incluso.
Irene intervino.
—Mercedes, nadie está afirmando nada todavía. Solo queremos entender qué ha pasado.
—Yo sé perfectamente lo que ha pasado. Una mujer ha decidido que un gato se parece al suyo y, de pronto, todos tratáis una obra de mi tío como si fuera un objeto sospechoso.
Clara notó que Hugo miraba el marco, no a Mercedes.
—La fotografía de 1990 no muestra un gato —dijo Irene con cuidado—. Muestra una cuerda.
Mercedes giró la cabeza hacia ella.
—Las fotografías de esa época no muestran muchas cosas.
—Esta sí.
Nadie dijo nada durante unos segundos.
Clara había visto a Mercedes en la inauguración: elegante, serena, capaz de hacer que una respuesta imprecisa sonara como una observación generosa.
Allí, con el cuadro boca abajo sobre la mesa, parecía otra persona.
No porque hubiera perdido el control, sino porque estaba empleando demasiado esfuerzo en no perderlo.
La puerta se abrió.
Alda Sariego entró con una carpeta negra bajo el brazo y un bolso cruzado sobre el hombro.
Era más joven de lo que Clara había imaginado.
Tendría poco más de treinta años. Llevaba el pelo castaño recogido en una coleta baja, vaqueros oscuros y una camisa gris cubierta por una chaqueta de lino.
Sus manos eran largas y delgadas; en los dedos tenía pequeñas manchas de pigmento azul que no parecían recientes.
Se detuvo al ver el cuadro sobre la mesa.
—¿Lo habéis desmontado ya?
Hugo negó con la cabeza.
—Solo lo hemos descolgado.
Alda dejó la carpeta junto a una silla.
—Bien.
Mercedes se puso de pie.
—Alda, me alegra que hayas venido. Quizá puedas aclararles que este lienzo pasó por tus manos antes de la exposición.
Alda la miró.
No hubo hostilidad visible en su gesto. Solo cansancio.
—Puedo aclarar exactamente qué pasó por mis manos.
El silencio de la habitación se volvió más estrecho.
Aranda señaló una silla.
—Siéntate, por favor.
—Prefiero estar de pie.
—Como quieras.
Alda se acercó al cuadro, pero no levantó la tela. Observó el reverso, el papel protector, los bordes del bastidor. Luego miró a Hugo.
—¿Quién ha quitado los clavos de la parte superior?
—Yo. Los que sujetaban el marco a la pared.
—No me refiero al cuadro. Me refiero al papel.
Hugo frunció el ceño.
—Nadie ha tocado el papel.
Alda se inclinó.
Clara no sabía qué estaba viendo. La cubierta protectora parecía vieja, de un tono beige apagado, con un sello de una galería en una esquina y varias marcas oscuras que podían ser polvo, humedad o ambas cosas. Pero Alda señaló un punto cerca del borde inferior.
—Aquí hay una abertura.
Mercedes dio un paso hacia la mesa.
—Eso puede ser antiguo.
—No. —Alda habló sin alzar la voz—. No es antiguo.
Irene se acercó también.
—¿Qué es?
Alda rozó el borde con la yema del dedo, sin levantarlo.
—Alguien ha despegado y vuelto a pegar esta parte.
—¿Para qué? —preguntó Bruno.
Alda no respondió.
Aranda se volvió hacia Hugo.
—¿Puedes retirar el papel protector sin dañarlo?
Hugo se acercó despacio.
—Puedo, pero necesito saber que tenemos autorización.
Mercedes se irguió.
—No autorizo que se toque la obra.
Irene abrió el expediente del préstamo.
—El contrato que firmaste autoriza al Centro Cultural a examinar el embalaje y el estado material de la obra ante cualquier incidencia de conservación o autenticidad.
Mercedes apretó los labios.
—La obra es mía.
—Y sigue bajo la responsabilidad del centro mientras dure el préstamo —dijo Aranda—. Hugo retirará únicamente el papel protector, documentará cada paso y se detendrá si encuentra resistencia o riesgo para el lienzo.
Clara pensó que la palabra “precisamente” empezaba a tener demasiados significados en aquella investigación.