El gato que no podía estar en el cuadro Capítulo 3 — La diapositiva del puerto #3
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Capítulo 3 — La diapositiva del puerto #3

—¿Y las otras muestran lo mismo?

Marta la miró por encima de las gafas.

—La cuerda no se movió.

Clara llamó a Aranda.

El inspector contestó al cuarto tono.

—Dime que no has descubierto un segundo gato.

—He descubierto una cuerda.

—Eso, sin contexto, tampoco me tranquiliza.

—Tenemos una diapositiva de 1990. Marta Rodeles fotografió el cuadro en su primera exposición en Valleverde.

—¿Y?

—En la esquina donde ahora está Migas había una cuerda enrollada.

Al otro lado de la línea hubo silencio.

Clara podía imaginarlo, sentado ante su mesa o dentro del coche, con esa expresión de cansancio que adquiría cuando un asunto empezaba a ser exactamente tan raro como temía.

—¿La diapositiva está fechada? —preguntó.

—Sí. Y hay hojas de contacto, notas de archivo y una copia de prensa.

—¿Marta puede confirmar que la hizo ella?

—Está aquí.

—No mováis nada. Voy para allá.

—¿Crees que debemos avisar al Centro Cultural?

—No todavía. No sin hablar con Irene y sin comprobar qué documentación acompaña a la obra. Si se trata de una sustitución, quien haya hecho el cambio puede intentar moverla.

Clara miró la diapositiva.

—El cuadro está expuesto.

—Lo sé.

—Hay visitas esta tarde.

—Lo sé, Clara.

El tono no era de reproche. Era el de alguien que acababa de aceptar que un pequeño detalle podía convertirse en un problema muy grande.

Aranda llegó veinte minutos después. Subió las escaleras con prisa, aunque no parecía una persona que admitiera tenerla. Llevaba la misma chaqueta oscura de la víspera y una carpeta bajo el brazo.

Marta abrió la puerta antes de que llamara.

—Inspector Aranda —dijo—. Te recuerdo más alto.

—Eso suele significar que hace mucho que no nos vemos.

—O que la gente empeora con los años.

Aranda sonrió apenas.

—También.

Clara le explicó lo ocurrido mientras Marta colocaba otra vez la diapositiva sobre la mesa de luz. El inspector escuchó sin interrumpir. Miró la fotografía del folleto. Miró a Migas en la pantalla del teléfono de Clara. Miró la transparencia de 1990.

Pidió la lupa.

Nadie habló mientras examinaba el detalle.

—La cuerda está clara —dijo al fin.

—Eso llevo diciendo una hora —contestó Pilar.

—No me cabe duda.

Aranda pidió ver el sobre. Marta se lo entregó, pero mantuvo una mano sobre la mesa hasta que él lo dejó exactamente donde estaba.

—Fecha, lugar, anotación de la autora —murmuró el inspector—. Y hay copias de contacto.

—También puedo enseñarte el recorte publicado en el antiguo periódico local —dijo Marta—. No se ve tan bien, pero la fecha está impresa.

—Lo agradecería.

Marta se dirigió a otra estantería sin protestar. Clara sospechó que, pese a su actitud, estaba disfrutando de volver a convertir una fotografía antigua en algo importante.

Aranda se volvió hacia Clara.

—Esto cambia las cosas.

—¿Vas a retirar el cuadro?

—No puedo decidirlo sin hablar con el Centro Cultural y sin verificar la documentación de la obra. Pero sí puedo pedir que no se mueva y solicitar una revisión técnica.

—Mercedes Alboray se enterará.

—Probablemente.

Pilar cruzó los brazos.

—¿Y si intenta llevárselo antes?

—Por eso iremos primero.

El inspector guardó su libreta en la carpeta.

—Ahora ya no estamos ante un parecido extraño entre dos gatos. Tenemos una discrepancia documentada en una obra presentada como histórica.

Clara miró de nuevo la diapositiva. La cuerda enrollada ocupaba apenas un rincón, una parte insignificante de un puerto entero. Sin embargo, había bastado para abrir una grieta en todo lo demás.

Marta regresó con un recorte de periódico protegido por una funda de papel.

—Aquí está —dijo—. Diecisiete de febrero de 1990. Mira la firma. Mía.

Aranda tomó el recorte con cuidado.

En la fotografía publicada, el cuadro se veía peor que en la diapositiva, pero no había duda: junto a la barca verde, la cuerda formaba una espiral oscura.

No había gato.

No había Migas.

No había ninguna razón inocente para que lo hubiera.

—Gracias, Marta —dijo Aranda.

Ella se encogió de hombros.

—No me des las gracias todavía. Las fotografías solo te dicen dónde mirar. Lo desagradable suele empezar después.

Aranda asintió.

—Eso también lo sé.

Cuando el inspector salió al pasillo para hacer una llamada, Clara permaneció junto a la mesa de luz. Pilar se acercó a su lado.

—¿Estás bien?

Clara pensó en Mercedes Alboray, en su vestido color arena, en la forma en que había dicho que el gato se llamaba Niebla.

Pensó en Irene, convencida de que tenía bajo su responsabilidad una obra valiosa.

Pensó en Alda Sariego y en Hugo Saldueña, ambos relacionados con un cuadro que ahora parecía no ser el mismo cuadro de 1990.

—No sé —dijo—. Creía que iba a resultar absurdo.

—Aún puede resultar absurdo.

—No de la manera que esperaba.

Pilar miró la diapositiva.

—Por lo menos Migas ha dejado de parecer culpable.

Clara sonrió, pese a todo.

—Nunca ha dejado de parecer culpable.

En la mesa de luz, bajo el cristal, la cuerda antigua seguía enrollada junto a la barca verde.

En el Centro Cultural, a pocas calles de allí, un gato naranja ocupaba su lugar.