El gato que no podía estar en el cuadro Capítulo 3 — La diapositiva del puerto #2
36%

Capítulo 3 — La diapositiva del puerto #2

—¿Vive ahí arriba? —preguntó Clara.

—Sí —dijo Doña Amparo—. Y si no abre, llamáis al timbre tres veces. Una vez es alguien que se equivoca. Dos veces es un repartidor. Tres veces significa que tiene que levantarse.

El portal olía a piedra húmeda, a jabón y a algo parecido a revelador fotográfico, aunque Clara no sabía si aquello era posible después de tanto tiempo. Subieron un tramo de escaleras. Doña Amparo pulsó el timbre tres veces, con intervalos exactos.

Nada ocurrió.

Pilar miró a Clara.

—Quizá es repartidora.

Doña Amparo volvió a llamar.

Esta vez se oyó un arrastre al otro lado de la puerta y, después, una voz seca.

—Si es el gas, no quiero nada. Si es el ayuntamiento, tampoco.

—Soy Amparo —dijo Doña Amparo.

Hubo un silencio.

—Eso no descarta ninguna de las dos cosas.

La puerta se abrió.

Marta Rodeles era una mujer alta, incluso ligeramente encorvada, con el pelo blanco cortado muy corto y unas gafas de montura negra que le daban una expresión aún más severa.

Llevaba pantalones de lino, zapatillas de casa y una camisa azul con las mangas remangadas. Tenía en la mano un paño de algodón.

Miró a Doña Amparo, a Clara y a Pilar.

—No me digas que habéis venido las tres a venderme algo.

—No vendemos nada —dijo Doña Amparo—. Necesitamos tus archivos.

Marta abrió más la puerta.

—Eso es casi peor.

El salón parecía una prolongación de la tienda de abajo, pero más cálida.

Había estanterías llenas de cajas etiquetadas, archivadores metálicos, álbumes gruesos y cámaras antiguas.

En una pared, varias fotografías en blanco y negro mostraban Valleverde en distintos años: pescadores descargando cajas, niños jugando en una plaza sin pavimentar, una mujer con paraguas frente al mar, el puerto cubierto de niebla.

No eran imágenes nostálgicas. Tenían algo directo, casi obstinado. Como si Marta hubiera fotografiado el pueblo para impedir que alguien lo explicara mal más adelante.

—Sentaos —dijo—. Pero no toquéis nada que no tenga cara de silla.

Pilar miró un taburete de madera.

—¿Tiene cara de silla?

—Hoy sí.

Doña Amparo se instaló junto a la ventana como si estuviera en su propia casa. Clara y Pilar se sentaron en el borde del sofá.

Marta dejó el paño sobre una mesa y cruzó los brazos.

—Hablad.

Clara sacó el folleto de la funda transparente.

—Buscamos fotografías de Marea baja en Valleverde , de Leandro Miralba. De antes del año pasado.

Marta frunció el ceño.

—¿El de la exposición del Centro Cultural?

—Sí.

—¿Qué le pasa?

Clara desplegó el folleto.

—Este es Migas.

Marta miró la fotografía.

—Ya veo que es Migas. No soy ciega.

—En el cuadro hay un gato igual.

—¿Igual de naranja o igual de gato?

—Igual de Migas.

Marta tomó el folleto sin pedir permiso. Lo sostuvo cerca de la ventana y examinó la imagen durante unos segundos.

—La oreja —dijo.

Clara y Pilar se miraron.

—¿Qué pasa con la oreja? —preguntó Clara.

—Que tiene una muesca muy particular. Y la pata delantera, esa mancha clara. —Marta levantó la vista—. No sé si en el cuadro es el mismo gato, pero entiendo por qué habéis venido.

Doña Amparo sonrió con la satisfacción de quien había tenido razón desde el principio y no necesitaba recordar que la tenía.

—¿Fotografiaste a Miralba? —preguntó Clara.

—Durante años. A él y a media costa. Era difícil fotografiarlo bien porque siempre parecía enfadado con algo que no estaba en la habitación.

—¿Estuviste en la primera exposición de Marea baja ?

Marta no respondió enseguida. Caminó hasta una estantería baja y pasó el dedo por varias etiquetas.

—Mil novecientos noventa —dijo por fin—. Sala de la Aduana. Una colectiva de invierno. Miralba expuso tres cuadros.

Sacó una caja gris de cartón rígido.

En la tapa había escrito con rotulador negro: MIRALBA / 1988–1992 .

—¿Guardas todo así? —preguntó Pilar.

—No. Solo lo que quiero encontrar después.

Marta llevó la caja a la mesa. Dentro había sobres de papel fotográfico, tiras de negativos protegidas por fundas y pequeñas cajas de diapositivas. Clara vio fechas, lugares y nombres escritos a mano: Puerto, tormenta, 1989. Escuela vieja, reforma. Miralba, Aduana.

Marta sacó un sobre.

—Aquí.

Abrió el cierre con un cuidado casi ceremonial. Dentro había varias copias de contacto: imágenes pequeñas, agrupadas en una hoja, donde se veía a un hombre delgado de abrigo oscuro, a visitantes con copas en la mano y a tres lienzos colgados contra una pared de piedra.

—Este es Miralba —dijo Marta, señalando una figura con el pelo revuelto y las manos detrás de la espalda—. Y este, Marea baja .

Clara se inclinó.

La fotografía era en blanco y negro. El cuadro aparecía al fondo, algo ladeado por la perspectiva. Se reconocían los barcos, la línea del puerto y el cielo. La esquina inferior derecha quedaba visible, pero pequeña.

Demasiado pequeña.

—¿Tiene algo mejor? —preguntó.

Marta no pareció ofenderse.

—Tengo una diapositiva.

Sacó una cajita transparente. Dentro había una montura de cartón, amarillenta en los bordes. La colocó sobre una mesa de luz pequeña y encendió el interruptor.

La imagen iluminada no medía más que una uña.

—Necesitamos una lupa —dijo Pilar.

Marta la miró.

—Qué observadora.

Abrió un cajón, sacó una lupa de mango metálico y se la entregó a Clara.

La diapositiva mostraba el cuadro de frente. No había invitados delante. No había reflejos fuertes. Alguien —Marta, seguramente— había fotografiado la obra sola, con una precisión que la diferenciaba de las imágenes de prensa.

Clara acercó la lupa.

La reproducción era antigua, los colores estaban algo desvaídos y el cielo de Miralba parecía más marrón que cobrizo. Pero se distinguía perfectamente la barca verde de la esquina inferior derecha.

Y junto a ella no había un gato.

Clara bajó la lupa. La volvió a acercar.

—Pilar.

Pilar se inclinó sobre la mesa.

—Lo veo.

No era un animal. Era una madeja de cuerda, enrollada sobre la arena, con un extremo más claro que se dirigía hacia la proa de la barca. Una cuerda gruesa, pintada en tonos pardos y amarillos, con sombras cortas debajo.

En el cuadro del Centro Cultural, Migas ocupaba ese espacio.

No se parecía a una cuerda.

No podía confundirse con una cuerda.

Marta miró a Clara.

—¿Eso es lo que queríais comprobar?

Clara tardó un momento en recuperar la voz.

—El gato no estaba.

—No. —Marta se inclinó también sobre la diapositiva—. Había una cuerda.

Doña Amparo, que hasta ese instante había permanecido callada, se levantó despacio y se acercó a la mesa.

—Déjame mirar.

Marta le entregó la lupa sin comentario. Doña Amparo examinó la imagen durante tanto tiempo que Pilar empezó a inquietarse.

—Está clara —dijo al fin—. Esa cuerda tiene hasta un nudo.

—Miralba la pintó varias veces —explicó Marta—. Le gustaban las cosas que parecían inútiles y sujetaban algo de todos modos.

Clara volvió a mirar la diapositiva. El cuadro antiguo estaba allí, fijo en la luz blanca de la mesa. El original, o al menos la obra fotografiada en 1990, mostraba una cuerda junto a la barca.

El cuadro expuesto ahora en el Centro Cultural mostraba a Migas.

El silencio que se instaló en la habitación no tuvo nada de incómodo. Fue más bien un silencio de trabajo, como si las cuatro hubieran llegado a una conclusión que exigía quedarse quieta unos segundos.

Pilar fue la primera en hablar.

—Entonces no estamos locas.

—No saques conclusiones demasiado pronto —dijo Marta.

—¿Qué otra conclusión hay?

—Que el cuadro ha cambiado entre 1990 y ahora.

Clara levantó la vista.

—Eso no es una restauración.

—No parece una restauración —concedió Marta—. Pero tampoco sabemos todavía qué es.

—Alguien sustituyó la cuerda por un gato nacido treinta años después.

—O alguien sustituyó el cuadro entero —dijo Marta.

La frase quedó suspendida en el salón.

Clara sintió un escalofrío, aunque hacía calor.

—¿Una copia?

—No sería la primera vez que un cuadro desaparece mientras sigue colgado en la pared —dijo Marta—. Pero tampoco sería prudente afirmarlo por una diapositiva. Las fotografías cambian colores, pierden detalles, engañan con las sombras.

—No con una cuerda y un gato —dijo Pilar.

Marta volvió a mirar la imagen.

—No. No con una cuerda y un gato.

Clara sacó el teléfono.

—Tengo que llamar a Aranda.

—Primero haz una foto de la diapositiva —dijo Marta—. Con cuidado. No quiero que el inspector se lleve esto sin saber cómo guardarlo.

—No se lo llevará.

—Todos dicen eso.

Clara fotografió la diapositiva sobre la mesa de luz, luego el sobre con la fecha y las copias de contacto. Marta la dejó hacer, aunque seguía cada movimiento con la atención de alguien que habría preferido tener ella misma la cámara.

—¿Por qué hiciste una foto del cuadro sin nadie delante? —preguntó Clara.

Marta volvió a guardar las copias.

—Porque Miralba me lo pidió.

—¿Él?

—Dijo que los periódicos siempre publicaban las obras con una copa tapando una esquina, una señora tapando la otra y el autor con cara de haber sido obligado a existir. Quería una imagen limpia. Para el archivo.

—¿Conservas más?

—De esa exposición, sí. De ese cuadro, dos o tres. Pero esta es la más nítida.