Capítulo 3 — La diapositiva del puerto
A Clara le pareció que la noticia había envejecido mal durante la noche.
A la mañana siguiente, la fotografía seguía encima de la barra.
Migas también.
El gato se había instalado junto al folleto como si reconociera su propia imagen impresa y hubiese decidido protegerla de manipulaciones ajenas. Tenía una pata recogida bajo el pecho, la otra extendida hacia delante y la misma expresión de autoridad inútil que mostraba en la foto.
Pilar lo señaló mientras retiraba unas tazas limpias del lavavajillas.
—Si vuelves a mirarlo así, va a acabar pidiéndote derechos de imagen.
—No estoy mirando a Migas.
—Claro.
Clara se apartó el pelo de la cara y volvió a revisar el reverso del folleto.
La fecha estaba impresa junto al logotipo de la Asociación de Comerciantes de Valleverde: mayo del año anterior.
No era una anotación a lápiz ni una memoria poco fiable.
Estaba ahí, en tinta verde y gris, con una lista de negocios que podía confirmar su existencia.
El Café Aurora. La librería Montesa. La floristería de la calle del Arco. La panadería La Espiga Clara.
Catorce meses.
—¿Has dormido algo? —preguntó Pilar.
—Un poco.
—Eso significa que no.
—He pensado en la restauración.
—Yo también. —Pilar se secó las manos en el delantal—. Si el cuadro fuera auténtico y alguien hubiese añadido el gato después, seguiría siendo una barbaridad, ¿no?
—Dependería de quién lo hubiese hecho y de cómo. Pero sí.
—Entonces la restauradora tendría que haberlo visto.
—Alda Sariego hizo un informe antes de la exposición.
—Y Hugo Saldueña dijo que era buena.
—Hugo Saldueña habla de todo como si fuera una caja que no debes tocar.
—Eso no invalida su criterio profesional.
Clara tomó el folleto y lo guardó en una funda transparente que había sacado de un cajón. No porque el papel tuviera un valor especial, sino porque, desde la noche anterior, le molestaba verlo expuesto entre los azucarillos y las cartas de pago.
—Voy a llamar a la Asociación de Comerciantes.
—¿Y qué les vas a decir?
—La verdad, pero por partes.
—Eso suena sospechosamente a una técnica de interrogatorio.
—No voy a interrogar a nadie.
—Todavía.
Clara marcó el número de la asociación. Contestó una mujer que se presentó como Inés y que, al principio, pareció desconcertada por la pregunta.
—¿La campaña Valleverde a mano ? Sí, claro. La organizamos el año pasado.
—¿Conserváis el material de la campaña?
—¿Los carteles?
—Las fotografías originales, sobre todo.
—Creo que sí. Las hizo una chica que trabajaba con nosotros. ¿Ha ocurrido algo con la imagen del Café Aurora?
Clara miró a Migas.
—No exactamente.
—¿Hay algún problema con la impresión?
—No. Todo está bien impreso. Solo quería confirmar la fecha de la sesión de fotos.
La mujer buscó algo al otro lado de la línea. Clara oyó papeles, el ruido de un cajón y una breve conversación con alguien a quien Inés llamó “Marcos”.
—Fue el doce de mayo —dijo finalmente—. Lo tengo aquí. Hicimos todas las fotos entre el doce y el catorce. La del Café Aurora fue el primer día, porque la fotógrafa quería aprovechar la luz de la mañana.
Clara apretó el teléfono.
—¿Y tenéis los archivos?
—Sí. Están en una carpeta compartida y en un disco externo. ¿Los necesitáis para algo?
—Puede que sí.
—¿Ha usado alguien la foto sin permiso?
—No lo sé todavía.
Inés guardó silencio un segundo.
—Eso suena bastante peor que “no exactamente”.
—Te llamaré cuando sepa más.
—Por favor, hazlo. Y si alguien ha utilizado una fotografía de vuestro gato sin autorización, que sepas que la asociación no firmó nada.
Clara no tuvo tiempo de explicarle que el problema no era que hubieran usado a Migas sin permiso, sino el lugar donde alguien parecía haberlo usado.
Colgó.
Pilar la esperaba con los brazos cruzados.
—Doce de mayo —dijo Clara.
—Catorce meses y cinco días.
—No hacía falta que lo calcularas.
—Me parecía importante que la imposibilidad tuviera precisión.
La campanilla de la puerta sonó. Doña Amparo entró con una bolsa de tela bajo el brazo, el pañuelo azul anudado al cuello y una expresión de haber venido a comprobar que el mundo seguía funcionando sin ella.
—Buenos días —dijo—. Quiero café y una respuesta a una pregunta.
—Buenos días, Doña Amparo —dijo Clara—. ¿Qué pregunta?
—¿Por qué hay una foto de Migas en una funda de plástico sobre la barra? Parece que vais a presentar una denuncia contra él.
Pilar dejó escapar una risa.
—No contra él. A su favor.
Doña Amparo se sentó en su mesa habitual, junto a la ventana. Clara le llevó el café y, sin saber muy bien por qué, le explicó el asunto.
No con todos los detalles. No habló de fraude ni de falsificaciones ni de las respuestas de Mercedes Alboray.
Solo le contó que en la exposición de Leandro Miralba había un cuadro fechado en 1989, con un gato en una esquina que se parecía demasiado a Migas, y que la fotografía del folleto demostraba que el animal real no existía entonces.
Doña Amparo escuchó sin interrumpirla.
Al terminar, puso dos sobres de azúcar junto al platillo, perfectamente paralelos.
—¿Y qué queréis hacer?
—Encontrar una fotografía antigua del cuadro —dijo Clara—. Una de antes de que naciera Migas.
—Eso no debería ser difícil.
—No sabemos dónde buscar.
Doña Amparo levantó la vista.
—Marta Rodeles.
Pilar, que limpiaba la cafetera, giró la cabeza.
—¿La fotógrafa?
—La fotógrafa no. La que hacía fotografías cuando en este pueblo todavía había periódicos que pagaban por ellas. Marta ha guardado más negativos de Valleverde que el archivo municipal. Si Miralba expuso aquí, ella estuvo.
Clara conocía el nombre. Todo el mundo en Valleverde conocía el nombre de Marta Rodeles, aunque muchos no la hubieran visto nunca.
Había trabajado durante décadas para el antiguo periódico local, que cerró antes de que las noticias empezaran a circular principalmente por pantallas.
Sus fotos aparecían en exposiciones, folletos turísticos y calendarios del ayuntamiento.
También había una imagen suya del puerto viejo en la pared del bar del mercado.
—¿Sabes dónde vive? —preguntó Clara.
—En la calle del Faro. Encima de la antigua tienda de fotografía. No llaméis antes. Si la avisáis, tendrá tiempo de decir que no está.
—Eso no parece muy amable.
—Marta no ha sido amable desde 1978, y no le ha ido mal.
Pilar se acercó a la mesa con el folleto.
—¿Cree que tendrá una foto concreta de un cuadro de hace más de treinta años?
Doña Amparo miró la imagen de Migas.
—Si no la tiene, sabrá quién la tiene. Y si tampoco lo sabe, os dirá algo desagradable, que siempre es mejor que volver de vacío.
Clara se quedó pensando en ello mientras atendía el resto de la mañana.
A las doce, Aranda llamó.
—He comprobado la fecha de la campaña —dijo sin preámbulos—. La asociación conserva el registro y las imágenes originales.
—Yo también he hablado con ellos.
—Lo suponía.
—¿Es malo que lo haya hecho?
—No. Me ahorra una llamada.
Clara apoyó la espalda contra la pared del almacén. Desde fuera llegaba el ruido de la máquina de café y la voz de Pilar atendiendo a un cliente que quería saber por qué los cruasanes costaban más los domingos.
—¿Y ahora qué?
—Ahora tenemos una fotografía de Migas tomada el doce de mayo del año pasado. Eso demuestra que Migas estaba en Valleverde ese día, lo cual no es una revelación judicial, pero también demuestra que la fotografía es anterior a la exposición.
—Y que el gato del cuadro no puede ser una coincidencia.
—Eso aún no lo demuestra. Puede ser una coincidencia extraordinaria. Puede ser una intervención posterior. Puede haber una explicación que no sea delictiva.
—No lo crees.
Hubo un silencio breve.
—Creo que necesitamos saber cómo era ese cuadro antes de mayo del año pasado.
Clara miró hacia la sala.
—Doña Amparo nos ha dicho que hablemos con Marta Rodeles.
—Buena idea. Yo tenía pensado consultar el archivo de prensa, pero Marta probablemente será más rápida.
—¿Quieres venir?
—No de momento. Si vais a hacer una visita informal, prefiero que sea una visita informal. Y, Clara…
—¿Sí?
—No hables todavía con Mercedes Alboray de la fotografía.
—Ya hablé con ella.
—Me refiero a que no le enseñes el folleto.
Clara no respondió.
—No sabemos qué significa —continuó Aranda—. Si la obra ha sido manipulada, si se trata de una copia o si hay un error en la procedencia, no conviene avisar a quien pueda tener interés en controlar la información.
—Entendido.
—Y no conviertas esto en tema de conversación del Café Aurora.
Clara miró la puerta del almacén. Pilar estaba atendiendo a dos señoras que probablemente serían capaces de enterarse de una cosa secreta antes de que terminara de ocurrir.
—Haré lo que pueda.
—Eso no me tranquiliza.
—A mí tampoco.
A las cuatro y media, Pilar cerró el local con una excusa razonable escrita en el cartel de la puerta: CERRADO POR GESTIONES.
—¿Qué gestiones? —preguntó Doña Amparo, que había vuelto para tomar un segundo café y parecía ofendida por no haber sido consultada.
—Una visita.
—¿A Marta?
Clara asintió.
Doña Amparo se levantó con una rapidez que no parecía compatible con las quejas que formulaba cada vez que encontraba una silla sin respaldo.
—Os acompaño.
—No hace falta.
—No he dicho que haga falta. He dicho que os acompaño.
Pilar se puso el bolso.
—Me parece bien. Si Marta nos recibe mal, podremos dejar que ustedes discutan entre sí mientras Clara y yo buscamos las fotos.
Doña Amparo la miró con dignidad.
—Marta me recibe perfectamente.
—¿Hace cuánto que no se ven?
—Doce años.
—Entonces será precioso.
La calle del Faro subía desde el puerto en una pendiente estrecha, entre fachadas antiguas de piedra clara y balcones con macetas demasiado pequeñas para las plantas que intentaban contener.
La antigua tienda de fotografía estaba cerrada desde hacía años.
El rótulo, FOTO RODELES , seguía sobre el escaparate, aunque algunas letras habían perdido color.
En el interior se distinguían, tras el cristal, una cámara grande sobre un trípode, varias fotografías enmarcadas y una vitrina con cajas de carretes vacías.