El gato que no podía estar en el cuadro Capítulo 2 — Catorce meses #4
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Capítulo 2 — Catorce meses #4

Cuando regresaron al Café Aurora, el local estaba vacío.

La luz de la tarde empezaba a entrar inclinada por la ventana, dibujando franjas claras sobre el suelo.

Migas salió del almacén con la ofensa ya olvidada y fue directamente hacia Clara, quizá porque había asociado su regreso con la posibilidad de una merienda.

Ella dejó las cajas junto a la barra y sacó el folleto.

Pilar puso dos cafés sobre una mesa.

—No te vas a sentar, ¿verdad?

—No.

—Eso pensaba.

Clara extendió el folleto junto a la libreta de pedidos. Buscó un lápiz y anotó, en una página limpia, tres palabras:

Marea baja — 1989 Migas — mayo, año anterior Alda Sariego

Se quedó mirando la lista.

—Esto parece muy poco —dijo Pilar.

—Es muy poco.

—Tenemos una foto y una sensación.

—Tenemos una fecha.

—Tenemos una fecha de una foto. No de un cuadro.

Clara asintió.

—Necesitamos una prueba de que la fotografía se tomó cuando dice el folleto.

—Eso será fácil. La campaña fue de la asociación. Habrá carteles, publicaciones, facturas de imprenta.

—Y necesitamos saber si el gato estaba en el cuadro antes de que Migas existiera.

—Eso será más difícil.

—El catálogo razonado.

—Mañana.

Migas saltó a la silla junto a ellas. Clara lo tomó con suavidad, pese a que él intentó zafarse.

—No te muevas.

El gato la miró con desaprobación.

Pilar se inclinó hacia él.

—¿Tú sabes algo?

Migas bostezó.

—Es culpable —dictaminó Pilar.

—De muchas cosas. De esto no.

—No descartes nada.

La campanilla de la puerta sonó antes de que Clara respondiera.

El inspector Aranda entró con la chaqueta doblada sobre el brazo y el cansancio habitual en los ojos. No era una hora extraña para verlo en el Café Aurora; a menudo paraba allí entre una gestión y otra, especialmente cuando necesitaba un café que no procediera de la máquina de la comisaría.

Miró a Clara, a Pilar, al folleto extendido sobre la mesa y al gato retenido contra el respaldo de una silla.

—¿Interrumpo una reunión?

—Depende —dijo Pilar—. ¿Ha venido por algo serio?

Aranda dejó la chaqueta en una silla.

—Eso esperaba averiguar yo.

Clara dudó.

Había pensado en llamarlo varias veces desde la noche anterior y había descartado la idea todas ellas. El inspector tenía delitos reales que atender. Personas reales con problemas reales. No podía arrastrarlo a una exposición de pintura porque un gato le había resultado demasiado familiar.

Pero ahora estaba allí.

Y el folleto seguía abierto sobre la mesa.

—Quiero enseñarte una cosa —dijo.

Aranda se sentó.

—Eso casi nunca termina con un café tranquilo.

Clara puso frente a él el folleto abierto por la fotografía del Café Aurora.

—¿Ves al gato?

El inspector miró la imagen.

—Veo a Migas.

—La foto se tomó el año pasado. En mayo.

—Eso dice el folleto.

—La campaña la organizó la Asociación de Comerciantes. Se repartieron miles.

—De acuerdo.

Clara señaló el dibujo de la oreja y la mancha de la pata.

—Ayer, en la exposición de Miralba, había un gato pintado en Marea baja en Valleverde . Es igual.

Aranda no dijo nada.

—No parecido —añadió Clara—. Igual.

—¿Y cuándo se pintó ese cuadro?

—1989.

El inspector volvió a mirar el folleto. Después miró a Migas, que había conseguido liberar una pata y la apoyaba con visible impaciencia sobre la mesa.

—¿Quieres decirme que un pintor retrató a tu gato treinta años antes de que naciera?

—Quiero decirte que alguien pintó a Migas en un cuadro que se presenta como una obra de 1989.

Pilar añadió:

—Y antes de que digas que todos los gatos naranjas son iguales, observe la oreja.

Aranda miró la oreja.

Luego la fotografía.

Luego el folleto otra vez.

—No diría que todos son iguales —dijo al fin—. Pero tampoco diría todavía que este cuadro es falso.

—Yo tampoco lo he dicho.

—Lo estás pensando.

Clara sostuvo su mirada.

—Sí.

El inspector se apoyó en el respaldo de la silla. No parecía burlarse de ella. Eso, por algún motivo, hizo que Clara se sintiera más seria.

—¿Quién es la propietaria de la obra?

—Mercedes Alboray. Sobrina del pintor.

—¿Y quién la ha revisado?

—Una restauradora llamada Alda Sariego.

Aranda tomó el lápiz de Clara y escribió los dos nombres bajo los que ella ya había anotado.

—¿Has hablado con ellas?

—Con Mercedes y con Irene Casalduero, la comisaria. Mercedes dice que el gato era uno del muelle y que se llamaba Niebla.

—¿Y tú no la crees?

—No sé si la creo. Sé que no me gusta que tenga una respuesta tan preparada.

—Eso tampoco es una prueba.

—No.

El inspector dejó el lápiz sobre la mesa.

—La fecha del folleto se puede comprobar. También se puede comprobar si hay fotografías anteriores de la obra. Y se puede revisar el informe de conservación, si existe un motivo legítimo para hacerlo.

Pilar se inclinó hacia delante.

—¿Eso significa que vas a investigar?

Aranda la miró.

—Significa que voy a tomar un café antes de decidir si estoy ante un fraude artístico, una coincidencia muy molesta o dos mujeres que han pasado demasiadas horas mirando a un gato.

—Las tres opciones pueden ser ciertas —dijo Pilar.

Aranda aceptó la taza que Clara le ofrecía.

—Eso es precisamente lo que me preocupa.

Clara volvió a mirar el folleto. En la fotografía, Migas estaba sentado ante el escaparate del Café Aurora, convencido de que la plaza entera era suya.

En el cuadro de Miralba, el gato ocupaba una esquina mínima de un puerto pintado décadas atrás.

Pero ya no parecía pequeño.