El gato que no podía estar en el cuadro Capítulo 2 — Catorce meses #3
24%

Capítulo 2 — Catorce meses #3

Mercedes miró hacia la esquina del lienzo.

—Mi tío lo llamaba Niebla.

—¿Era suyo?

—No. Era uno de los gatos del muelle. Al menos, eso decía. Le dejaban restos de pescado detrás de la lonja y aparecía siempre por allí.

—¿Lo pintó del natural?

Mercedes ladeó la cabeza.

—Supongo. Leandro pintaba lo que tenía delante. Aunque también pintaba lo que recordaba haber tenido delante. Era difícil saber dónde acababa una cosa y empezaba la otra.

Clara observó el cuadro mientras Mercedes hablaba. La explicación no resultaba imposible. Un gato del muelle podía tener una mancha clara en la pata. Podía tener una oreja mellada. Podía sentarse de lado. Podía incluso, por pura casualidad, recordar a Migas.

Pero la suma de las cosas seguía siendo demasiado precisa.

—¿Conserva fotografías de ese gato? —preguntó.

Esta vez Mercedes no disimuló del todo la sorpresa.

—¿Fotografías?

—De la época. Del puerto, de su tío trabajando.

—Hay bastantes fotos de Miralba, sí. Algunas están en el archivo familiar. Pero no sé si hay una de Niebla en particular.

—¿Por qué?

—Por curiosidad.

Mercedes sostuvo su mirada un instante.

—La curiosidad es una cualidad muy útil, señora Medina. Pero también puede cansar mucho a las personas que tienen que responderla.

No había reproche en el tono. Precisamente por eso, Clara entendió que sí lo había.

Pilar intervino con una sonrisa amistosa.

—Es su defecto más rentable. Los clientes se sienten escuchados.

Mercedes soltó una risa breve.

—Entonces os dejaré trabajar. He venido a hablar con Irene sobre la visita de esta tarde.

Antes de alejarse, se volvió hacia el cuadro.

—Siempre me ha hecho gracia ese gato —dijo—. Es tan pequeño que uno tarda en verlo. Y, una vez que lo ha visto, ya no puede dejar de buscarlo.

Clara no respondió.

Mercedes se fue con Irene hacia el otro extremo de la sala. Hablaron en voz baja, revisando una carpeta. Clara creyó oír algo sobre los horarios de la próxima semana y la seguridad de la obra, pero no pudo distinguir el resto.

Pilar esperó a que estuvieran lejos.

—No le ha gustado.

—¿A quién?

—A Mercedes. Que preguntes tanto por el gato.

—No he preguntado tanto.

—Clara, acabas de pedir fotografías de un felino muerto hace casi cuarenta años.

—No sabemos que esté muerto.

Pilar la miró.

—No me hagas defender a Mercedes. Lo detesto.

Clara abrió el bolso. Sacó el folleto y lo sostuvo sin desplegarlo.

—No puedo enseñarle esto todavía.

—No.

—Porque si estoy equivocada…

—Te habrás preocupado por un gato parecido a Migas en un cuadro antiguo.

—Y si no estoy equivocada…

Pilar miró hacia la pared del fondo.

—Entonces alguien tiene que explicarte por qué un cuadro de 1989 contiene una copia exacta de una fotografía tomada el año pasado.

Salieron de la sala de exposición para recoger las tazas. Bruno les indicó una habitación de apoyo donde había quedado parte del servicio de la víspera. Allí encontraron platos, cucharillas y tres termos vacíos cuidadosamente alineados sobre una mesa.

Hugo Saldueña estaba revisando una lista junto a unas cajas de embalaje.

Al verlas entrar, levantó la vista.

—¿Venís por esto?

—Sí —dijo Clara—. Intentaremos no alterar nada de valor histórico.

Hugo observó las tazas.

—Os lo agradezco.

Pilar se puso a recoger cucharillas.

—¿Usted trajo el cuadro?

—Lo recogí y lo instalé, sí.

—Debe de ser un trabajo delicado.

—Lo es.

No parecía alguien dispuesto a ampliar aquella respuesta, pero Clara se arriesgó.

—¿Venía de la casa de Mercedes Alboray?

Hugo volvió a mirar su lista.

—Venía de una colección particular.

—¿La de ella?

—Los datos de recogida son confidenciales.

La forma en que lo dijo no fue hostil. Fue tan profesional que Clara entendió que podría preguntarle veinte veces y recibir la misma frase con idéntica calma.

—Solo me interesaba porque ayer habló del traslado —dijo.

—El traslado fue correcto.

—¿Y el estado del cuadro?

Hugo levantó los ojos.

—¿Hay algún problema con el estado del cuadro?

—No. Ninguno.

—Entonces, ¿por qué pregunta?

Clara se preguntó si todo el mundo de Valleverde había decidido esa mañana devolverle las preguntas.

—Porque vi que trabajaba con mucho cuidado.

Hugo la estudió durante un segundo. Luego dobló una hoja de la lista y la guardó en su carpeta.

—En mi trabajo, el cuidado no es un mérito. Es el mínimo.

Pilar dejó una taza en la caja con algo más de ruido del necesario.

—Eso debería estar escrito en muchos sitios.

Hugo pareció casi sonreír.

—La restauradora, Alda Sariego, revisó la obra antes de que saliera de la colección. El informe era correcto. El embalaje también. No hubo incidencias.

—¿Usted conoce a Alda Sariego? —preguntó Clara.

—La conozco de trabajar. Es buena.

—¿Podría localizarla?

Él se quedó inmóvil.

—¿Para qué?

Clara apretó los labios.

Pilar intervino otra vez.

—Tenemos una duda muy pequeña sobre un detalle del cuadro. No queremos molestarla si no es necesario.

—Entonces no la molestéis —dijo Hugo.

No hubo brusquedad en sus palabras, pero tampoco invitación a continuar.

Hugo cerró su carpeta y se dirigió hacia la puerta.

—Las tazas son vuestras. La exposición abre de nuevo a las cinco.

Cuando salió, Pilar esperó unos segundos antes de hablar.

—Es un hombre encantador.

—No ha sido maleducado.

—No. Solo parece que su infancia consistió en vigilar que nadie tocara cosas.

—Probablemente le pagan por eso.

—Eso no explica el pelo.

Clara siguió recogiendo platos, aunque ya no prestaba atención a lo que hacía. Alda Sariego. Una restauradora. Un informe de conservación. Una obra trasladada desde una colección privada. Un gato que, según Mercedes, había pertenecido al puerto y respondía al nombre de Niebla.

Demasiadas piezas para un asunto que, técnicamente, no era asunto suyo.

Y sin embargo.