El gato que no podía estar en el cuadro Capítulo 2 — Catorce meses #2
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Capítulo 2 — Catorce meses #2

Clara guardó el folleto en su bolso, junto a las llaves y la libreta donde apuntaba pedidos. Cerró el local dejando un cartel en la puerta: VOLVEMOS A LAS CINCO.

Valleverde a esa hora tenía el ritmo perezoso de los días calurosos.

Las persianas de algunos comercios estaban ya bajadas.

En la plaza, una niña perseguía palomas con una perseverancia que las palomas, por desgracia, no parecían tomar como un juego.

El mercado olía a fruta madura y a pescado.

Dos turistas consultaban un mapa en voz tan alta que Clara pudo oír que buscaban el puerto antiguo.

—Está bien señalizado —comentó Pilar.

—Para alguien que mire los carteles.

—Eso ya es pedir demasiado.

El Centro Cultural estaba abierto, aunque la inauguración de la víspera había dejado tras de sí una sensación extraña de edificio cansado.

No había música, no había grupos junto a las paredes y los vasos de la recepción habían desaparecido.

Solo quedaba el cartel de Miralba, las flores blancas y un silencio que hacía parecer más grande el vestíbulo.

Bruno Castañal salía de una oficina con una carpeta bajo el brazo. Al verlas, pareció tener que recordar quiénes eran antes de relajarse.

—Ah, el Café Aurora. Las tazas están en la sala de apoyo. Muchas gracias por lo de ayer. Todo salió… muy bien.

La pausa antes de “muy bien” no le pasó desapercibida a Clara.

—¿Ha pasado algo?

—No, no. Nada grave. Solo han llamado del ayuntamiento para pedir el número de asistentes.

—Eso parece normal.

—No si lo preguntan tres veces antes de las once de la mañana.

Pilar sonrió.

—¿Y cuánta gente vino?

Bruno abrió la carpeta.

—Ciento noventa y dos.

—Ciento noventa y dos personas y un gato —dijo Clara.

Bruno parpadeó.

—¿Un gato?

—Migas. El nuestro. Se coló bajo un banco.

La expresión de Bruno pasó por varias etapas: sorpresa, preocupación y una búsqueda rápida de información en el techo.

—No vi ningún gato.

—Estaba siendo discreto —dijo Pilar.

—¿Discreto?

—Lo intentó.

Bruno cerró la carpeta con cuidado.

—Bueno. Mientras no se acercase a las obras…

—No se acercó —dijo Clara.

No era exactamente una mentira. Migas había permanecido a una distancia respetuosa del lienzo. Más respetuosa que la que Clara deseaba tener ella misma.

—Venimos a recoger el material —añadió—. Y, si no le importa, nos gustaría hablar un momento con Irene Casalduero.

Bruno señaló el pasillo.

—Está en la sala. Preparando la visita de esta tarde. Pero os agradecería que no la entretuvieseis demasiado; tenemos un colegio a las cinco y unos profesores de secundaria pueden ser más peligrosos que un gato.

—Lo tendremos en cuenta.

La sala principal se veía distinta sin invitados. Clara pudo caminar despacio hasta el fondo, sin tener que esquivar copas ni hombros ni comentarios pronunciados en tono de experto. Los cuadros recibían la luz de los focos con una quietud casi severa.

Marea baja en Valleverde seguía en la pared central.

De cerca, el puerto parecía menos acogedor.

Los barcos tenían manchas oscuras en los bordes.

La arena no era realmente arena, sino capas de pinceladas ásperas, grises, ocres y azules.

El cielo, que la noche anterior había parecido luminoso, tenía ahora algo turbio, como si el atardecer estuviera a punto de convertirse en tormenta.

Y el gato seguía ahí.

Pequeño.

Naranja.

Imposible.

Clara se quedó frente al cuadro sin darse cuenta de que Irene Casalduero se acercaba por su izquierda.

—No os había oído entrar —dijo la comisaria.

Llevaba el mismo cuaderno de la víspera, aunque esa vez iba vestida con vaqueros oscuros y una camisa blanca arremangada. Sin el vestido de inauguración ni el micrófono en la mano, parecía menos una especialista en arte y más una persona que había pasado demasiadas horas comprobando listas.

—Bruno nos ha dicho que podíamos recoger las tazas —dijo Pilar—. No se preocupe, no venimos a criticar los cuadros.

Irene sonrió.

—Eso es lo que dicen todos antes de hacerlo.

Clara dio un paso hacia ella.

—Quería preguntarle algo sobre este.

Irene miró el lienzo.

—Claro.

—El gato.

La comisaria tardó un segundo en localizarlo. Después inclinó la cabeza.

—¿El gato?

—La figura de la esquina.

—Ah. Sí. Es curioso que lo menciones. Ayer varias personas dijeron que no lo habían visto hasta la segunda vuelta.

—¿Sabe quién era?

Irene la miró con interés profesional.

—¿El gato?

—Sí.

—No con certeza. Miralba incorporaba animales en algunos paisajes. Pájaros, perros, gatos. No les daba mucha importancia en sus notas.

—¿No hay una referencia?

—No que yo haya encontrado. En ocasiones eran animales que veía por la calle. O que recordaba. En un puerto, un gato no es precisamente una rareza.

Pilar asintió.

—Eso es justo lo que yo llevo intentando decir desde esta mañana.

Clara no la miró.

—¿Y el cuadro se pintó entero en 1989?

Irene frunció levemente el ceño.

—Sí.

—¿No tuvo restauraciones posteriores?

La pregunta quedó suspendida en el aire un poco más de lo que Clara esperaba.

Irene no pareció ofendida, pero su tono cambió. Seguía siendo amable, aunque ahora tenía la cautela de quien está hablando de algo bajo su responsabilidad.

—Todas las obras antiguas tienen alguna intervención de conservación —respondió—. Esta pasó por una revisión antes de venir a la exposición. Limpieza superficial, revisión del barniz, comprobación del bastidor. Nada excepcional.

—¿Quién la revisó?

—Alda Sariego.

El nombre no le dijo nada a Clara, pero Irene lo pronunció con confianza.

—Es restauradora. Trabaja con varias colecciones privadas y tiene muy buena reputación. No alteró la pintura. Solo elaboró el informe de conservación y recomendó una limpieza muy ligera.

—¿Podría haberse añadido algo después de 1989? —preguntó Clara.

Pilar soltó una respiración casi imperceptible. No de reproche, sino de aviso.

Irene siguió mirando el cuadro.

—Técnicamente, pueden hacerse muchas cosas a un lienzo con el tiempo. Pero no tengo ningún motivo para pensar que haya ocurrido aquí.

—No estoy diciendo que haya ocurrido.

—Entonces, ¿por qué lo preguntas?

Clara se encontró con que no tenía una respuesta razonable.

Podía sacar el folleto de su bolso. Podía desplegarlo sobre una mesa y señalar la foto de Migas.

Podía explicar la muesca de la oreja y la mancha clara de la pata.

Podía decir que el gato del cuadro estaba sentado exactamente igual que un gato nacido más de tres décadas después de la fecha escrita en la cartela.

Pero, al decirlo en voz alta, todo sonaba peor.

—Porque se parece mucho a mi gato —dijo al final.

Irene la observó durante un instante.

—¿Al que se coló ayer?

—Sí.

—Bueno —dijo la comisaria, y su seriedad se relajó apenas—. Eso sí que no lo esperaba.

Pilar se acercó.

—No es una semejanza de color. Tiene una marca en la pata y una muesca en la oreja.

Irene volvió a mirar la esquina inferior derecha.

—La verdad es que el detalle de la oreja está bastante definido.

—Y la postura —dijo Clara.

—Los gatos tienen posturas muy reconocibles.

—No esa.

Irene no respondió enseguida. Se acercó un poco al cuadro, sin cruzar la fina línea de seguridad marcada en el suelo. Entrecerró los ojos.

—Supongo que, si uno conoce a un animal, encuentra cosas que los demás no ven.

Era una respuesta sensata. También era una forma elegante de terminar una conversación que no prometía ir a ninguna parte.

Clara se obligó a asentir.

—Probablemente.

—Si queréis, puedo enseñaros el catálogo de la exposición —ofreció Irene—. Hay una reproducción de esta obra, aunque se tomó para preparar la muestra. A lo mejor nos ayuda a precisar cuándo estaba ya allí el gato.

Pilar miró a Clara.

—Eso sería útil.

Irene las condujo hasta una mesa auxiliar situada junto a la pared lateral. Sobre ella había ejemplares del catálogo nuevo, con una cubierta azul grisácea y el título de la muestra estampado en letras blancas. Irene abrió uno por la sección dedicada a los paisajes costeros.

Marea baja en Valleverde ocupaba una página completa.

La fotografía estaba bien iluminada, pero no era idéntica al cuadro. La esquina inferior derecha quedaba parcialmente ocultada por el pliegue interior del libro.

Clara se inclinó.

—¿Hay otra reproducción?

—En el catálogo razonado de 2004, quizá. Pero está en mi despacho. Este es el que hemos preparado para la exposición.

El gato apenas se veía. Una mancha naranja, sin detalles suficientes para distinguir una oreja, una pata o una cola.

Pilar también lo comprobó.

—Está.

—Sí —dijo Irene—. Como mínimo, el gato ya estaba cuando se fotografió la obra para este catálogo.

Clara notó cómo una parte de la tensión se desplazaba, pero no desaparecía. Como aquel era el catálogo nuevo, la fotografía no demostraba que el gato formara parte del lienzo en 2004, ni mucho menos en 1989. Y, con la esquina casi perdida en el pliegue, tampoco servía para comparar sus detalles.

—¿Puedo ver el catálogo razonado? —preguntó.

Irene cerró el libro despacio.

—Claro. Pero no ahora. Tengo que revisar unas fichas antes de la visita y lo guardo en el despacho. Si vuelves mañana por la mañana, te lo enseño sin problema.

—Volveremos —dijo Pilar antes de que Clara pudiera disculparse por su insistencia.

Irene sonrió.

—Perfecto. Siempre viene bien que alguien mire los cuadros de verdad.

Una voz femenina llegó desde la entrada de la sala.

—¿Interrumpo?

Mercedes Alboray estaba allí, con un vestido color arena y un bolso pequeño colgado del brazo. No llevaba el aspecto ceremonioso de la víspera, pero mantenía la misma pulcritud tranquila. Su mirada pasó del cuadro a Clara, Pilar e Irene.

—No, en absoluto —dijo la comisaria—. Estábamos hablando del gato de Marea baja .

Mercedes se acercó.

—¿Del gato?

—Clara cree que se parece muchísimo al suyo.

La expresión de Mercedes cambió apenas. Fue un gesto pequeño, un pestañeo más lento de lo normal. Después volvió a sonreír.

—Los gatos tienen esa cualidad. Parecen repetirse de una vida a otra.

Clara no supo si aquello le gustaba o si le parecía una respuesta ensayada.

—¿Sabe algo de él? —preguntó.