Capítulo 2 — Catorce meses
El problema de los misterios, pensó Clara Medina al abrir el Café Aurora a la mañana siguiente, era que tenían muy poca consideración por el horario comercial.
A las ocho y diez, con la persiana a medio subir y una caja de panecillos todavía sobre el mostrador, ya había revisado dos veces el cajón donde guardaba los recibos de proveedores, las tarjetas de visita y los papeles que no quería tirar porque, alguna vez, podían resultar útiles.
No había encontrado el folleto.
—No puedes desordenar el cajón y llamarlo investigar —dijo Pilar desde la máquina de café.
—No lo he desordenado.
Pilar miró el mostrador. Había facturas de leche, una cinta azul, tres catálogos de distribuidores, un cupón de descuento de una ferretería y una postal de Lisboa que nadie recordaba haber dejado allí.
—Claro.
Clara sacó el contenido del cajón y lo ordenó por grupos. Era una maniobra que llevaba años utilizando: convertir el caos en categorías para fingir que no estaba preocupada. La postal fue a un lado. Las facturas, a otro. Los recibos de proveedores, al montón más alto.
Migas, instalado sobre una de las sillas junto a la ventana, observaba el proceso con un interés moderado.
La inauguración de la víspera no parecía haberle causado ningún trauma.
Había vuelto al Café Aurora escondido otra vez en la caja de servilletas, había cenado con entusiasmo y se había dormido en el rincón más cálido del almacén.
Clara, en cambio, no había dormido especialmente bien.
Cada vez que cerraba los ojos veía el cuadro: el puerto de 1989, las barcas verdes, la luz de cobre sobre la arena y aquella figura naranja en la esquina inferior derecha.
No era posible.
Y, sin embargo, se parecía demasiado a Migas.
—¿Has llamado a la asociación? —preguntó Pilar.
—Todavía no.
—¿Por qué?
—Porque no sé muy bien qué voy a preguntar.
—“Hola, buenos días. ¿Recuerdan ustedes haber fotografiado a mi gato para que luego alguien lo colocase en un óleo de hace treinta años?”
—Exacto.
Pilar dejó dos tazas limpias sobre el escurridor.
—Bueno, dicho así, quizás convenga esperar a haber encontrado el folleto.
Clara siguió ordenando. Recordaba perfectamente la campaña.
La Asociación de Comerciantes de Valleverde había organizado, catorce meses antes, una promoción para animar las compras de primavera.
Habían fotografiado escaparates, cafeterías, librerías, una floristería y la tienda de lanas de la plaza.
Durante un par de semanas, los comercios participantes repartieron unos pequeños folletos impresos en papel satinado, con descuentos por un lado y fotografías del barrio por el otro.
El Café Aurora había aparecido en la última página.
Clara recordaba que no le gustó la primera foto porque salía de perfil, con una bandeja en la mano y una expresión de estar calculando cuánto tiempo tardaría alguien en pedir algo complicado.
La segunda le gustó más: la ventana abierta, las tazas en el alféizar y Migas sentado frente al cristal, mirando la calle como si hubiera diseñado él mismo la campaña.
La imagen le había hecho gracia. Pilar, en cambio, dijo que el gato parecía el propietario del local y Clara su empleada más cansada.
Había guardado un folleto.
Estaba segura.
—¿Y si no aparece? —preguntó Pilar.
—Aparecerá.
—Eso tampoco es investigar.
—Es conocer mis cajones.
La campanilla de la puerta sonó. Entró el señor Beltrán, que acudía al Café Aurora cada mañana a las ocho y cuarto, pedía café solo y leía el periódico con la atención de quien espera encontrar en él una ofensa personal.
—Buenos días —dijo Clara, apartando una pila de papeles.
—¿Ha pasado algo?
Clara siguió su mirada hasta el mostrador.
—No. Solo estoy buscando una cosa.
El señor Beltrán se sentó junto a la barra.
—Las cosas que se buscan son las que más tardan en aparecer.
—Gracias. Me tranquiliza muchísimo.
—Mi mujer perdió una vez un pendiente durante seis meses. Lo encontró dentro de una maceta cuando cambió la tierra.
Pilar encendió la máquina.
—¿Y qué hizo con el pendiente?
—Ponérselo. No era una persona que tolerase que los objetos le llevaran la contraria.
Clara sirvió el café mientras pensaba que, si aquel folleto aparecía en una maceta, tendría que reconsiderar muchas cosas sobre el almacenamiento del Café Aurora.
Durante la siguiente hora llegaron clientes suficientes para impedirle seguir buscando y no tantos como para distraerla de verdad.
Hizo cafés, tostadas y dos infusiones de manzanilla.
Escuchó una discusión sobre el precio de los tomates, respondió a una señora que quería saber si el bizcocho contenía frutos secos y evitó que Migas se acomodara sobre la mochila de un niño.
Pero el cuadro seguía ahí, en algún lugar de su cabeza.
A las nueve y media, Pilar encontró el folleto.
No fue una revelación elegante. No apareció entre documentos secretos ni cayó de una caja olvidada. Estaba metido dentro de un libro de recetas que Clara había utilizado una sola vez y que luego había dejado en el estante más alto, detrás de una lata de cacao.
Pilar lo sacó con dos dedos.
—¿Esto?
Clara se volvió tan deprisa que casi dejó caer una jarra de leche.
El folleto estaba algo doblado por las esquinas, pero conservaba los colores vivos.
En la portada decía: VALLEVERDE A MANO. PRIMAVERA EN EL BARRIO.
Debajo, una ilustración de la plaza mostraba la iglesia, las terrazas y unos maceteros que, en la realidad, nadie había conseguido mantener tan floridos durante más de tres días.
—Ese es —dijo Clara.
Pilar lo abrió sobre la barra.
En las páginas centrales aparecían la frutería de la calle Mayor, la librería frente al mercado y una panadería donde, según Pilar, el pan tenía mejor aspecto en fotografía que en persona. La última página mostraba el Café Aurora.
Clara no recordaba todos los detalles de la foto hasta que la vio.
La ventana estaba abierta. Una taza blanca ocupaba el primer plano. El toldo amarillo proyectaba una sombra irregular sobre el marco. Detrás del cristal, Migas se sentaba en el alféizar.
Con una pata recogida bajo el pecho.
La otra adelantada.
El cuerpo inclinado ligeramente hacia la izquierda.
La cola terminando en una curva incompleta.
Y la muesca en la oreja derecha, visible por el modo en que tenía la cabeza girada hacia la plaza.
Durante unos segundos, ninguna de las dos habló.
Pilar tomó el folleto y lo acercó a la luz de la ventana.
—Bueno.
Clara señaló con un dedo la pata delantera.
—Mira la mancha.
—La veo.
—Y la oreja.
—También.
—¿Sigues pensando que es solo un gato naranja?
Pilar no contestó enseguida. Siempre había tenido la capacidad de encontrar una respuesta rápida, incluso cuando no era la respuesta que más convenía. Esta vez volvió a mirar el folleto.
—Sigo pensando que un gato naranja se parece mucho a otro gato naranja —dijo al fin—. Pero ya no me apetece defender esa teoría con la misma energía.
Clara dio la vuelta al papel.
En la contraportada figuraban los logotipos de la asociación, la fecha de la campaña y una lista de comercios participantes. La impresión era clara.
Mayo del año anterior.
Catorce meses.
—No puede ser una coincidencia —dijo Clara.
—Puede ser una coincidencia muy insistente.
—Pilar.
—Estoy intentando no saltar directamente a la conclusión de que alguien ha pintado a Migas en un cuadro antiguo.
—Pero eso es lo que parece.
—Eso es lo que parece desde aquí.
Pilar dejó el folleto sobre la barra y se cruzó de brazos.
—Vamos a decirlo despacio. El cuadro de Miralba se supone que es de 1989.
—Sí.
—El folleto tiene catorce meses.
—Sí.
—Migas tiene, ¿cuánto?, cuatro años.
—Cinco, aproximadamente.
—Entonces el pintor no pudo verlo.
Clara miró al gato. Migas se había bajado de la silla y olfateaba con atención una bolsa de bollería como si acabara de descubrir una posibilidad inédita en el mundo.
—No.
—Y si el gato del cuadro es exactamente Migas…
—Entonces alguien lo pintó después.
Pilar exhaló despacio.
—Eso no convierte automáticamente el cuadro en falso.
—No.
—Podría ser una restauración posterior.
—¿Restaurar una oreja de gato con la cara de otro gato?
—He dicho que no es una teoría brillante.
Clara volvió a desplegar el folleto. Las dos imágenes, la impresa y la recordada de la víspera, se superponían en su cabeza con una precisión incómoda.
—Quiero volver al Centro Cultural.
—Tenemos que recoger las tazas de ayer de todos modos.
—No voy a tocar el cuadro.
—Eso es una frase que nadie había sugerido aún y que, por tanto, no me tranquiliza.
—Solo quiero mirarlo otra vez. Con calma.
—¿Y después?
Clara levantó la vista.
—Después quiero hablar con Irene Casalduero.
Pilar miró la hora.
—Antes tendremos que sobrevivir al turno de mañana.
Como si el Café Aurora hubiese estado esperando aquella observación para demostrar su autoridad, entraron cuatro personas a la vez.
Durante las siguientes dos horas, Clara trabajó con una concentración que no sintió.
Preparó cafés. Dio cambio. Respondió preguntas.
Se rió, incluso, de algo que dijo Doña Amparo sobre las exposiciones y las personas que miraban los cuadros con los brazos cruzados “para que nadie sospechase que no entienden nada”.
Pero el folleto permaneció doblado junto a la caja registradora.
Cada vez que Pilar pasaba cerca, lo miraba.
Cada vez que Clara lo veía, sentía la misma presión leve en el estómago.
A mediodía, cuando el flujo de clientes se calmó y el sol empezó a calentar demasiado la terraza, Pilar cerró la puerta del almacén para dejar a Migas dentro con agua, comida y una caja vacía que, a aquellas alturas, tenía que ser su idea de una amenaza.
—No te enfades —le dijo Clara al gato.
Migas respondió con un maullido corto.
—Solo vamos al Centro Cultural.
Otro maullido.
—No puedes venir.
Migas se volvió de espaldas.
—Está ofendido —dijo Pilar.
—Se le pasará.
—Sí, pero probablemente dentro de veinte años, cuando tengamos que resolver un misterio relacionado con una lata de atún desaparecida.