El gato que no podía estar en el cuadro Capítulo 1 — El gato de la esquina #3
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Capítulo 1 — El gato de la esquina #3

—¿Qué significa que parece de verdad?

—Que no parece el paisaje de una consulta de dentista.

Clara casi sonrió, pero entonces vio el gato.

Estaba en la esquina inferior derecha del lienzo, junto a una barca verde inclinada. Era pequeño; tan pequeño que alguien que mirara el puerto no tendría por qué reparar en él. Un trazo naranja, una mancha cálida sobre la arena y dos líneas más oscuras para las orejas.

Pilar lo vio en el mismo instante.

—Mira —susurró—. Hasta Miralba tenía gato.

Clara no respondió.

El animal pintado estaba sentado con una pata bajo el pecho y la otra adelantada. Tenía el cuerpo ligeramente vencido hacia un lado. La cola no formaba una curva completa: se detenía antes, como una coma mal cerrada.

Bajo el banco, Migas permanecía en la misma postura.

Pilar se inclinó hacia ella.

—¿No se parece?

Clara seguía mirando el cuadro.

—Todos los gatos naranjas se parecen un poco.

—Eso no es verdad. Hay gatos naranjas con cara de funcionario y gatos naranjas con cara de haber robado una bicicleta.

—Migas tiene cara de haber robado algo más importante.

—Por eso digo.

Una mujer situada delante de ellas levantó el teléfono para hacer una fotografía del lienzo. Al apartarse un poco, Clara pudo ver mejor la esquina.

El gato tenía una muesca irregular en la oreja derecha.

Se le secó la boca.

No era una mancha casual. No era el borde de una pincelada. La oreja estaba dibujada con claridad, corta y abierta en un punto preciso.

Clara bajó la mirada.

Migas, vivo, presente e innecesariamente tranquilo, alzó una oreja.

La derecha tenía una pequeña muesca cerca de la punta, consecuencia de una pelea de antes de que ella lo conociera.

Nunca había sabido con qué gato, con qué verja o con qué decisión imprudente había adquirido aquella señal. Solo sabía que estaba ahí.

—Pilar.

—¿Qué?

—Mira la oreja.

Pilar observó el cuadro, luego al gato bajo el banco.

—Es un gato.

—La oreja derecha.

—Clara, hay un montón de gatos con las orejas hechas polvo.

—No tantos.

—Bastantes.

Clara no contestó. El gato pintado tenía además una zona más clara en la pata delantera izquierda, un corte de luz en el pelaje que se parecía demasiado a la mancha crema de Migas.

Y estaba sentado con esa torpeza levemente inclinada que él adoptaba cuando quería fingir que no estaba esperando comida.

La gente se acercaba al cuadro. Algunas personas comentaban los barcos. Otras hablaban del cielo, de la forma en que la luz se reflejaba en la arena. Nadie parecía haber reparado en el gato.

Irene se situó a un lado del lienzo, respondiendo preguntas.

—¿Es una vista exacta del puerto? —preguntó alguien.

—No del todo —respondió ella—. Miralba trabajaba a partir de apuntes y memoria. Reconocemos el lugar, pero él lo modificaba. Es una interpretación.

Clara dio un paso hacia delante.

—¿Ha dicho que es de 1989?

Irene se volvió.

—Sí. De 1989.

—¿Está segura?

La comisaria pareció sorprendida por la pregunta.

—La fecha consta en el catálogo razonado y en la cartela. Es una de las últimas obras de esa serie.

Mercedes, que conversaba con una pareja junto al estrado, levantó la vista al oírla. Su sonrisa no desapareció, pero se quedó quieta en su rostro, como si hubiese olvidado continuar.

—¿Por qué lo pregunta? —dijo Irene.

Clara miró de nuevo el lienzo.

—Por nada.

Pilar la observó de reojo. La conocía demasiado bien para creerle.

Aquel gato. La pata. La oreja. La cola. La postura absurda, ligeramente torcida, como si el mundo estuviera hecho para que él se sentara de lado y juzgara su organización.

La imagen le resultaba conocida de una forma más concreta que la mera convivencia. No solo porque Migas estuviera a dos metros, bajo el banco. Era otra cosa.

Un destello de papel satinado.

El escaparate del Café Aurora.

Una mañana de verano, el sol entrando de frente y una chica de la asociación de comerciantes pidiéndoles que se apartaran un poco.

Pilar protestando porque no quería salir en una foto con delantal.

Migas sentado en el alféizar, con una pata recogida bajo el pecho, mirando a la calle como si el barrio le debiera explicaciones.

La campaña se llamaba “Saborea Valleverde”. Habían repartido folletos por todas las tiendas. A Clara le habían dado un puñado y ella había guardado uno, sin saber por qué, en el cajón donde guardaba los recibos de proveedores y las cosas que no quería tirar.

La foto tenía catorce meses.

—Clara —dijo Pilar, en voz baja—. ¿Qué pasa?

Clara no apartó los ojos del cuadro.

—El gato de ahí no se parece a Migas.

Pilar miró primero el lienzo y después bajo el banco.

—Pues yo diría que bastante.

—No. —Clara tragó saliva—. Es Migas.

Pilar se quedó en silencio.

Desde el pequeño estrado, Bruno Castañal pidió un aplauso para Mercedes Alboray. Las manos comenzaron a sonar alrededor de ellas. Migas se sobresaltó apenas y salió de debajo del banco para sentarse a los pies de Clara.

En la esquina inferior derecha de Marea baja en Valleverde , treinta años antes de que él naciera, el gato seguía sentado exactamente igual.