El gato que no podía estar en el cuadro Capítulo 1 — El gato de la esquina #2
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Capítulo 1 — El gato de la esquina #2

—Es material de apoyo —respondió él—. Y la esquina sigue existiendo aunque el cuadro ya esté colgado.

Hugo Saldueña tenía una forma de hablar seca, práctica, que hacía que cualquier comentario sonara a una instrucción útil. Clara lo vio comprobar el cierre de una caja, intercambiar unas palabras con Bruno y retirar con delicadeza una funda de tela que no parecía pesar nada.

Pilar se inclinó hacia Clara.

—Ese hombre no ha parpadeado desde que hemos llegado.

—Puede que esté trabajando.

—Puede que sea una estatua muy eficiente.

La llegada de los invitados fue llenando el vestíbulo de abrigos ligeros, perfumes y opiniones preventivas.

Había profesores jubilados, comerciantes, dos concejales, una pareja que Clara conocía de verlos pasear cada domingo por la plaza y varias personas que, por la manera de sostener la copa antes de que les sirvieran nada, parecían convencidas de que aquella noche les pertenecía un poco.

Doña Amparo apareció diez minutos después, con un pañuelo azul anudado al cuello.

—Me han dicho que hay sillas —anunció, a modo de saludo.

—Hay bancos —dijo Clara.

—¿Con respaldo?

—No.

Doña Amparo miró hacia la sala principal como si estuviera calculando la distancia hasta una traición.

—Entonces me quedaré de pie y lo recordaré.

Fue Pilar quien encontró a Migas.

Estaba agachada junto a la mesa del café, buscando una caja de azúcar que juraría haber traído, cuando vio dos ojos ámbar entre las patas del carro.

—Clara.

El tono bastó para que Clara dejara de atender a un señor que preguntaba si el té era ecológico.

—¿Qué pasa?

Pilar señaló bajo la mesa.

Migas, muy cómodo entre una caja de servilletas y un paño blanco, bostezó.

—No puede ser —dijo Clara.

—Puede. Está siendo ahora mismo.

El gato salió despacio, estirando primero las patas delanteras y luego el lomo, como si hubiera decidido que el Centro Cultural era una ampliación razonable de su territorio. Antes de que Clara pudiera atraparlo, atravesó el vestíbulo con paso seguro y entró en la sala principal.

—Migas —susurró ella.

Naturalmente, Migas no volvió.

—No grites —dijo Pilar—. Hay gente mirando cuadros.

—Precisamente.

Clara dejó la taza que estaba preparando y lo siguió entre los invitados. El gato se deslizó bajo uno de los bancos colocados frente a la pared central y se instaló allí, protegido por la sombra, con la tranquilidad de alguien que acababa de encontrar el mejor asiento de la sala.

Clara se agachó.

—Vuelve.

Migas parpadeó.

—No negocies —aconsejó Pilar, a su espalda—. En cuanto huelan debilidad, los gatos se organizan.

Clara habría intentado alcanzarlo si no hubiera sonado un golpecito en el micrófono. Bruno Castañal había subido a un pequeño estrado improvisado, junto a la tela gris que cubría el cuadro principal. El concejal, a su lado, comprobaba el nudo de su corbata con una concentración poco municipal.

La gente empezó a reunirse.

—Déjalo —murmuró Pilar—. No puede ir muy lejos.

Clara miró bajo el banco. Migas se había sentado, con una pata recogida bajo el pecho y la otra estirada delante de él. Parecía dispuesto a escuchar el discurso.

—Eso es exactamente lo que me preocupa.

Bruno habló primero. Dio las gracias al ayuntamiento, a la familia Alboray, a Irene Casalduero, a la empresa de transporte y, de forma tan amplia que parecía temer olvidar a alguien, a todas las personas que habían hecho posible aquella tarde.

El concejal habló después durante cuatro minutos y medio, lo que a Clara le pareció una victoria modesta para Bruno.

Luego Irene tomó el micrófono.

No tenía la voz solemne de los discursos oficiales. Hablaba como quien quiere que algo le importe también a los demás.

—Leandro Miralba pintó Valleverde durante décadas —dijo—, pero nunca como un lugar quieto.

Sus puertos, sus plazas, sus tejados, incluso sus días nublados están llenos de movimiento.

Miralba entendía que los pueblos no se conservan por parecerse a sí mismos, sino por cambiar sin dejar de reconocerse.

Clara miró a Pilar. Pilar tenía la boca apretada, intentando no sonreír.

—Eso ha sido bonito —murmuró.

—Sí.

—No como lo del concejal.

—No.

Irene continuó hablando de los últimos años del pintor, de su vuelta a la costa y de la serie que había dedicado a los puertos pequeños. Luego se volvió hacia Mercedes.

—Y tenemos el privilegio de mostrar, por primera vez en Valleverde desde 1990, una de sus obras más queridas: Marea baja en Valleverde , de 1989.

Mercedes se acercó a la tela.

—Mi tío decía que los lugares no nos pertenecen —dijo—. Nosotros les pertenecemos a ellos. Esta obra ha estado conmigo muchos años, pero siempre tuve la sensación de que debía volver aquí, aunque fuera durante un tiempo.

Tiró suavemente del cordón.

La tela gris cayó.

Durante unos segundos, nadie habló.

El cuadro ocupaba casi toda la pared. Mostraba el antiguo puerto de Valleverde a última hora de la tarde: las barcas verdes varadas sobre una franja de arena húmeda, los almacenes bajos, el perfil de la iglesia al fondo y un cielo color cobre que parecía iluminarse desde dentro.

Era una escena conocida y extraña a la vez.

Clara reconoció la curva de la bahía, pero no el modo en que Miralba había convertido los edificios en manchas de luz.

El silencio de la sala se rompió con un murmullo bajo, satisfecho.

—Bueno —dijo Pilar—. Este sí parece de verdad.