El gato que no podía estar en el cuadro Capítulo 1 — El gato de la esquina
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El gato que no podía estar en el cuadro

El gato que no podía estar en el cuadro

Por Mateo Cendral

© inepub.com

Capítulo 1 — El gato de la esquina

A las cinco y veinte de la tarde, Clara Medina llevaba ya tres intentos de convencer a Migas de que una caja de servilletas no era un medio de transporte.

—No vas al Centro Cultural —dijo, levantando la tapa de cartón.

El gato naranja la miró con la paciencia ofensiva de quien ha escuchado una norma absurda y espera que la persona responsable se dé cuenta por sí sola.

Pilar, que ordenaba unas bandejas de bizcocho sobre el mostrador del Café Aurora, ni siquiera levantó la vista.

—Depende de adónde vaya la caja.

—La caja va a una inauguración.

—Entonces Migas tiene razón. Es un acto social. Le corresponde estar.

Clara retiró al gato con ambas manos y lo dejó sobre una silla. Migas permaneció allí exactamente dos segundos antes de saltar al suelo y dirigirse hacia el almacén con una dignidad herida.

El Café Aurora olía a café recién molido, a ralladura de limón y al pan tostado que un cliente de la mesa junto a la ventana había pedido sin hambre y estaba comiendo con evidente desgana.

Afuera, Valleverde tenía esa luz de última hora que hacía que las fachadas parecieran recién pintadas y que las conversaciones de la plaza llegaran hasta el local como si todo el mundo estuviera hablando un poco más alto de lo necesario.

En la pared, junto a la pizarra del menú, habían colgado un cartel del Centro Cultural.

LEANDRO MIRALBA: LA LUZ ANTES DEL PUERTO Inauguración, 19:00 h

Clara lo había leído tantas veces durante la semana que ya no veía las letras, sino la lista de cosas que podían salir mal: el café insuficiente, las tazas desparejadas, el concejal queriendo leche sin espuma y las personas que pedían una copa de vino cuando se les había dicho, con una claridad casi insultante, que el Café Aurora se ocupaba del café.

—¿Has contado los vasos? —preguntó.

—Cuatro veces.

—¿Y los termos?

—Tres.

—¿Y las cucharillas?

Pilar levantó una ceja.

—Clara. Si vuelves a preguntar por las cucharillas, voy a esconder una en tu bolso y tendrás que resolver el misterio de su desaparición tú sola.

Clara se acercó a revisar las bandejas. No porque desconfiara de Pilar, que era excelente en su trabajo y lo sabía, sino porque las inauguraciones tenían una capacidad particular para convertir a los adultos en criaturas incapaces de alimentarse sin dejar migas en lugares insospechados.

—No es una inauguración cualquiera —dijo.

—Eso dicen siempre de las inauguraciones.

—Es un Miralba.

—También dicen siempre eso de los cuadros.

La campanilla de la puerta sonó. Doña Amparo entró con el bolso colgado del brazo y una expresión de cautela, como si sospechara que el mundo hubiese organizado algo sin consultarla.

—¿Ya os vais? —preguntó.

—Dentro de diez minutos —dijo Clara.

—Bien. Así todavía puedo tomarme un café como Dios manda antes de que empecéis a servirlo en vasos de cartón a gente que fingirá que distingue una avellana de una almendra.

Pilar señaló las tazas apiladas junto a la máquina.

—No habrá vasos de cartón.

Doña Amparo pareció decepcionada.

—Entonces tendré que criticar otra cosa.

Se instaló en su mesa habitual, junto a la ventana. Migas salió del almacén y se acercó a ella, quizá esperando que una mujer de su experiencia entendiera que las cajas de servilletas podían ser, perfectamente, vehículos.

—Tú tampoco vas —le informó Doña Amparo, acariciándole el lomo—. Los sitios con discursos son peligrosos. Nadie sabe nunca cuándo va a terminar uno.

Clara habría querido dejar a Migas encerrado en el cuarto del fondo mientras iban al Centro Cultural, pero el gato tenía una habilidad extraordinaria para convertir cualquier puerta cerrada en una cuestión de principios.

Además, solo estarían a tres calles. Prepararían el café, ayudarían durante la inauguración y volverían antes de que el barrio tuviera tiempo de inventar una versión exagerada de su ausencia.

O eso se dijo.

Cuando llegó el momento de cargar las cajas, Migas había desaparecido.

—No me gusta —murmuró Clara, mirando detrás de la barra.

—Eso significa que está cerca —dijo Pilar.

—Eso significa que está tramando algo.

—También.

No había tiempo para una búsqueda meticulosa. Clara revisó bajo las mesas, detrás de las macetas y en el rincón donde el gato se escondía cuando alguien sacaba la aspiradora. Nada. Desde la puerta, Pilar hizo sonar las llaves.

—Vamos, que Bruno Castañal nos ha pedido que estemos allí a las seis y media con exactitud administrativa.

—No existe la exactitud administrativa.

—Él cree que sí.

Clara salió la última y echó una mirada hacia el local. El Café Aurora quedó en silencio, con las sillas bien colocadas, la luz encendida sobre la barra y el cartel de la exposición mirándola desde la pared.

No vio el extremo de una cola naranja que desaparecía dentro de la caja de servilletas que Pilar acababa de subir al carro.

El Centro Cultural de Valleverde ocupaba un antiguo edificio de piedra gris que, durante años, había sido demasiadas cosas para conservar bien alguna: escuela, almacén municipal, sala de baile y oficina provisional de un servicio que nadie recordaba.

Ahora tenía una fachada restaurada, ventanas altas y una placa discreta que anunciaba sus actividades con una solemnidad ligeramente excesiva.

En la entrada habían colocado otro cartel de Miralba, esta vez junto a un atril con flores blancas.

Pilar miró las flores mientras empujaba el carro de las tazas.

—¿Son de verdad?

—Espero que sí.

—No parecen.

—Pilar.

—Solo pregunto. A mí las flores falsas me ponen nerviosa. Son como los cuadros de hoteles: están para que nadie pregunte nada.

Dentro, el vestíbulo olía a cera, pintura reciente y nervios ajenos.

Un hombre bajo, de chaqueta azul y gafas rectangulares, caminaba de un lado a otro con una carpeta pegada al pecho.

Bruno Castañal, director del Centro Cultural, tenía el gesto preocupado de quien había asumido demasiadas responsabilidades pequeñas y ninguna importante.

Al verlas, respiró con alivio.

—Clara. Pilar. Estupendo. Puntualísimas.

—Hemos venido andando —dijo Pilar—. Era difícil llegar antes.

Bruno sonrió sin entender si aquello era una broma.

—La mesa del café está al fondo, junto a las ventanas. Hemos puesto una toma de corriente, aunque me han dicho que no hará falta.

—No hará falta —dijo Clara.

—Perfecto. Y, por favor, si alguien pide algo distinto a café, té o agua, me avisan. No quiero que haya confusiones.

—¿Qué clase de confusión podría haber? —preguntó Pilar.

Bruno miró hacia una sala contigua, donde unas personas colocaban copas sobre una mesa.

—La clase de confusión que termina con alguien convencido de que el ayuntamiento prometió champán.

Clara decidió que no necesitaba saber más.

Mientras organizaban termos, platos y servilletas, la sala principal empezaba a llenarse de una luz dorada que entraba por los ventanales.

Las paredes blancas exhibían paisajes, retratos y escenas portuarias de Leandro Miralba.

Había cuadros pequeños, casi íntimos, y otros de un tamaño que obligaba a mirarlos desde lejos.

En el centro de la pared del fondo, cubierto por una tela gris, esperaba el cuadro que todos habían ido a ver.

Clara no sabía demasiado de pintura, pero reconocía la importancia cuando la veía en la forma en que la gente se movía alrededor de algo.

Nadie levantaba la voz. Nadie se acercaba demasiado.

Incluso los dos operarios que habían pasado la tarde colocando focos hablaban en susurros, como si el lienzo cubierto pudiera oírlos.

—Ese es el famoso —dijo Pilar.

—Supongo.

—¿Qué tiene?

—Está tapado.

—Ya. Pero antes de taparlo.

Clara iba a responder que no lo sabía cuando una mujer de pelo oscuro recogido en un moño bajo se acercó a la mesa del café. Llevaba un vestido verde botella, un collar de perlas pequeñas y una serenidad tan cuidada que parecía parte de su vestuario.

—Buenas tardes —dijo—. Soy Mercedes Alboray.

Clara la reconoció de las fotografías del folleto: sobrina de Miralba, heredera de una parte importante de su obra y, según Bruno les había explicado por teléfono, la persona que había aceptado prestar el cuadro principal de la exposición.

—Clara Medina. Ella es Pilar.

—El Café Aurora —dijo Mercedes, con una sonrisa educada—. Me alegra que colaboréis. Mi tío tenía la costumbre de desayunar en el mismo sitio durante años. Le habría parecido una buena señal que el café de una exposición sobre él viniera de un local con nombre propio.

Pilar miró el cartel del evento.

—¿Y si el café no sale bueno?

Mercedes la observó un segundo, sorprendida. Luego sonrió de verdad.

—Entonces diría que es una señal menos buena.

A Clara le cayó bien por esa respuesta, lo cual le molestó un poco. Había aprendido que las personas agradables podían resultar problemáticas con la misma frecuencia que las desagradables, solo que hacían más difícil decidirlo a tiempo.

Una mujer alta, de gafas redondas y pelo rizado cortado a la altura de la mandíbula, se acercó con rapidez desde la sala. Llevaba un cuaderno lleno de papeles sueltos bajo el brazo.

—Mercedes, el concejal ya ha llegado —anunció—. Y Bruno está intentando convencerle de que no improvisará más de tres minutos.

—Pobre Bruno —dijo Mercedes.

La recién llegada se volvió hacia Clara y Pilar.

—Perdonad. Irene Casalduero, comisaria de la exposición. Gracias por venir. Todo huele estupendamente.

—Todavía no hemos hecho café —dijo Pilar.

Irene miró los termos.

—Entonces tiene mérito.

Antes de que Pilar pudiera decidir si aquello merecía una respuesta, un golpe seco sonó al otro lado del vestíbulo. Los tres se volvieron.

Junto a la puerta de servicio, un hombre alto de pelo entrecano sujetaba un marco grande, envuelto en mantas protectoras. Dos ayudantes lo acompañaban. En la solapa de la camisa llevaba una tarjeta plastificada con el logotipo de una empresa de transporte artístico.

—Con cuidado con la esquina —dijo, sin levantar la voz—. No la giréis todavía.

Irene se llevó una mano al pecho.

—Hugo, eso ya está instalado.