6. Mi libro blanco #3
—No, no es exactamente eso —replicó la madre—. Hace mucho tiempo tuve una muy buena amiga… No recuerdo si fue en primaria o en secundaria, pero la quería más que a nadie en el mundo. Se llamaba Chisa, y pensé que, si alguna vez tenía una hija, me gustaría que se llamara como ella.
—Ah… ¿Y cómo era aquella Chisa?
La madre permaneció unos instantes pensativa y, a continuación, se llevó la mano a la frente.
—Esto de hacerse mayor es una lata —suspiró—. Con el tiempo, algunos recuerdos se van diluyendo, pero, en fin… Solíamos ir a la biblioteca a leer, paseábamos por lugares apartados y nos gustaba comer dulces juntas. En clase nos enviábamos mensajes así, para que la maestra no nos viera.
Dicho esto, arrugó un trozo de papel e hizo el gesto de lanzárselo a su hija.
—Me pregunto dónde estará ahora y qué estará haciendo —murmuró con los ojos llenos de nostalgia.
Durante su estancia en casa de su madre, la policía informó a Chisa de que el ladrón había sido detenido.
De todos modos, había hecho bien en cambiar las cerraduras, porque nunca recuperó el dinero que llevaba en la cartera y el ladrón utilizó sus tarjetas para comprar nada menos que ¡un reloj Rolex!
Por fortuna, gracias a la denuncia policial presentada, el importe le sería devuelto en su cuenta bancaria una vez confirmados todos los detalles.
Por otro lado, le enviaron de inmediato una nueva tarjeta de crédito.
Ya se había acostumbrado a vivir con la escayola y, puesto que se le había acumulado trabajo en la oficina, decidió que era el momento de volver a su apartamento. Su madre, luciendo unas llamativas gafas ovaladas y un poco ridículas —aunque en realidad le quedaban muy bien—, la llevó en coche.
Chisa se apeó del vehículo apoyando el peso sobre la pierna no escayolada.
—Gracias por todo, mamá.
Su madre se despidió con la mano y, sin un segundo que perder, arrancó el coche, pero de repente se detuvo en seco.
—¡Chisa! —Se asomó por la ventana del vehículo.
Ella se volvió. Su madre la miraba con las gafas levantadas sobre el flequillo, a modo de diadema.
—¿Sí?
Ambas se miraron en silencio. Si la intención de su madre había sido decirle algo, debía haberlo olvidado.
—Llámame si vuelves a estar en un apuro —dijo por fin desde el coche— y nos tomamos un té juntas.
—Gracias, mamá.
A Chisa le inquietaba que el ladrón supiera dónde vivía. Como ya había planeado mudarse con motivo de la boda, decidió cambiar de domicilio. El exmarido de Tachibana también contrató los servicios de un abogado, de modo que se avecinaban días de ajetreo y de consultas mutuas sobre el pleito.
En el trabajo, se mostraron preocupados por la evolución del ligamento roto, pero, por encima de todo, Chisa agradeció el trato cordial, como si nada hubiera ocurrido.
Su jefe, obviando su inicial renuncia debido al enlace, le pidió que se quedara y ella aceptó gustosa.
Le deprimía la perspectiva de tener que buscar un nuevo trabajo.
A la hora del almuerzo, sus compañeros tuvieron la discreción de no preguntarle por la cancelación de la boda.
Nadie la acribilló con preguntas del tipo «¿Cómo pudo pasar algo así?
» o «¿Qué sucedió exactamente?». No es que se hubieran puesto de acuerdo para evitar tocar el tema, sino que cundía un clima de respeto, de no ahondar en la herida de una compañera.
Chisa se sintió inmensamente agradecida por ello.
También se reunió con el exmarido de Tachibana, acompañados de sus respectivos abogados.
Cuando lo conoció en su boda con su examiga, concluyó que era un tipo intratable.
No se había equivocado. Entre insultos y palabras soeces, dijo que se sentía furioso y que jamás le perdonaría a Tachibana la traición.
Su furia fue creciendo hasta que llegó a golpear la mesa, lo que dejó a la gente alrededor en la más absoluta perplejidad y en el más completo mutismo.
Chisa, un tanto abrumada por tanta ira, acabó sintiéndose mal.
—¿Cómo puedes estar tan tranquila? —le preguntó el exmarido de Tachibana. Podía notar el reproche en su tono. Aun así, ella no entró en el juego y no le dio la razón con las frases que seguramente esperaba: «¿Verdad? ¡Lo que nos han hecho es imperdonable! ¡Se merecen una buena paliza!».
Lo curioso era que Chisa no sentía rabia hacia ellos y se preguntaba por qué.
Debería estar enojada, enfurecida, encolerizada hasta los huesos, pero, por algún motivo que no llegaba a explicarse, se sentía distante de todo aquello.
Claro que lucharía por que pagaran los gastos de cancelación del lugar de la boda y por la compensación correspondiente, pero, una vez que lo consiguiera, creía que…
pasaría página. Tampoco ella los había perdonado, pero había entrado en una zona en la que ya no existía la línea divisoria entre el amor y el odio; era una zona de simple indiferencia.
Estaba segura de que el exmarido de Tachibana pondría todos los medios a su alcance para hacerles daño y que no pararía hasta quedar satisfecho.
Yoshiki tal vez estuviera metido de lleno en el drama de su situación y no fuera muy consciente de lo que podía venírsele encima, pero el exmarido de Tachibana parecía el tipo de persona que causa muchos dolores de cabeza a quien ose convertirse en su enemigo.
Chisa esperaba, en cualquier caso, que les fuera bien.
Se despojó del anillo que llevaba en el dedo anular y contempló la marca que le había dejado, que fue desvaneciéndose poco a poco.
En cierta ocasión, se despertó llorando en mitad de la noche.
Raro en ella, decidió escribir sus sentimientos en un trozo de papel que tenía a mano.
No supo por qué lo había hecho, pero llenar la hoja con su propia letra le hizo sentir alivio.
Había dejado plasmados sus malos sentimientos en palabras.
Ni siquiera releyó lo escrito; arrugó el papel y lo tiró a la basura diciendo adiós.
Y, así como las olas se calman tras el paso de un barco, se sintió mejor, más en paz consigo misma.
Otro día, mientras almorzaba con sus compañeros, pasó por la calle una furgoneta de un partido político en plena campaña electoral, con voces chillonas que gritaban nombres una y otra vez desde los altavoces que llevaba instalados.
Un compañero de trabajo mucho más joven que Chisa frunció el ceño y afirmó no haber votado nunca.
—Que yo vote o no vote no va a hacer que nada cambie —explicó mientras los demás asentían, otorgándole la razón.
—Yo tampoco voto —dijo otro.
—Ni yo —añadió un tercero.
Chisa experimentó entonces una punzada inexplicable de dolor.
—No. Deberíais ir a votar, sin duda alguna.
No comprendía qué le había impulsado a decir eso.
Nunca, de hecho, había expresado una opinión demasiado personal durante la hora del almuerzo.
Se limitaba a asentir con vaguedad porque no creía que fuera el momento más oportuno para discusiones serias, pero en aquella ocasión no pudo quedarse callada.
Todos la miraron con una expresión de desconcierto. Ella, sin embargo, ya no pudo contenerse.
—Cada voto cuenta. Yo sí voy a votar. Lo digo con toda seguridad, porque debemos hacernos oír. Si no alzamos la voz, aunque sea un poco, las cosas podrían ir… por mal camino… Por muy mal camino.
—¿Ir por mal camino?
Chisa entró en pánico. Se le había hecho un nudo en la garganta y unas imágenes ominosas le atravesaban la cabeza: una bomba que explotaba y lo envolvía todo en llamas; un mar negro y estancado, sin rastro de vida, con peces muertos arrastrados hasta la orilla; las palabras «La última…
» y «Deseaba correr por los campos bajo un cielo azul… ».