6. Mi libro blanco #2
—No veo por qué —replicó la madre, sosteniéndole la mirada a Chisa—. No es una cuestión de dinero, pero tampoco estoy dispuesta a rechazar una compensación, por pequeña que sea. Habrá que trabajárselo un poco, digo yo.
—También digo yo que a lo mejor algo de culpa es mía. Que a lo mejor no estaba, o estoy, en condiciones de llevar una vida de casada… Y es posible que Yoshiki viera en mí cosas que no le gustaran y que fueran haciéndole cambiar de opinión poco a poco.
—Si fuera cierto eso de que no estás hecha para la vida matrimonial, te parecerías a mí.
No quiero que suene a excusa, pero cuando todavía era una aprendiz y se me presentó la oportunidad, me agarré a este trabajo con desesperación.
A falta de talento, tuve que sacrificar muchas cosas.
Creo que fui una madre nefasta. A estas alturas, ya no sé si serviría de algo pedirte disculpas…
—reflexionó, apenas en un murmullo, antes de continuar—: Bueno, a lo que íbamos.
Nadie es perfecto, pero una vez que se establece un compromiso de ese calibre, se supone que se conoce lo suficiente a la pareja y que el pacto debe mantenerse.
La madre de Chisa hizo una pausa mientras comenzaba a preparar el té.
—¿Té? No, espera, a ti te va más el café, si no recuerdo mal. Pero solo tengo café instantáneo, un sobre de muestra que me dieron.
Pero, por alguna razón que no acertó a descifrar, a Chisa le apeteció más tomar té.
—Té, por favor —dijo.
—Vaya, qué curioso. Antes no es que te hiciera mucha gracia el té, ¿verdad?
—No sé… Me apetece, de repente.
A su madre siempre le había gustado el té. Solía encargarlo de diferentes procedencias y le encantaba elegir sus tazas con minuciosidad.
—Tengo galletas con chocolate, ¿quieres probarlas? Compro la masa congelada y yo misma las horneo. Están recién hechas.
—Sí, me gustaría probarlas.
El bote de hojas de té tenía impreso un logotipo con la letra T.
—¿De dónde es este té?
—De una tienda llamada Madame Takie, que últimamente me fascina. Solo vende por correo, pero parece muy popular. Sus dulces congelados también están riquísimos. Al parecer, antes tenían una tienda física en el barrio de Meguro. Mira qué folleto tan mono tienen.
La madre le entregó un impreso con ilustraciones hechas de manera tradicional y una descripción de cada variedad de té en una letra muy bonita. Se notaba la pasión de quien lo hubiera hecho. En una esquina, había una pequeña firma: Takie.
—Lo escribió y dibujó la primera dueña de la tienda. La moda de esa época está resurgiendo ahora y tiene un aire muy agradable. ¿Ves? Son como ilustraciones de una revista antigua, ¿no crees? Me recuerdan a la vieja revista Olive .
—Ah, sí…
Chisa leyó con atención el folleto. La verdad es que recreaba el ambiente de una tienda tradicional de té.
—Guardo té de sobra, así que llévate un bote, si quieres —le ofreció su madre, y a Chisa le llevó un rato decidirse por uno, entre el surtido disponible.
Las galletas con chocolate eran sencillas, pero estaban riquísimas. Madre e hija disfrutaron cada sorbo de té y coincidieron en lo delicioso que estaba. Hacía tanto tiempo que no pasaban un rato así, tomando el té juntas, rodeadas de aquel sosiego…
Era probable que una vida de las dos juntas hubiera provocado que sus caracteres chocaran, pero ahora, desde la distancia, Chisa podía contemplar a la mujer tanto como a la madre, y ello le daba lugar a perdonar.
Que ese perdón fuera más bien una forma de resignación era otra cosa. Pero al menos era algo.
—Mamá, ¿te acuerdas de cuando me caí del triciclo? Creo que fue cuando aún vivíamos en el edificio de la empresa de papá —preguntó Chisa. Por alguna razón, aquel incidente le había venido a la memoria de pronto.
Su madre se quedó mirando un punto en el infinito durante unos instantes.
—¿Qué? ¿Cómo puedes acordarte de algo que pasó cuando eras tan pequeña? Debías tener solo tres años. —La madre parecía sorprendida. Se frotó el brazo con un escalofrío y agregó—: Aquella horrible picadura de tábano.
—¿Tábano?
—Justo aquí, en el brazo. Un tábano enorme te picó. —La madre señaló un punto del brazo, por encima del codo. Chisa no lo recordaba.
—¿Un tábano? ¿Como una abeja?
—Sí, es como una abeja amarilla espeluznante o una mosca muy grande. Pican a los animales y a los humanos por igual y les chupan la sangre.
—¿Y me picó?
—Tenías sangre en el brazo y, cuando miré, vi ese bicho enorme pegado… —dijo, resaltando la imagen con una mueca de asco.
—¿Qué hiciste?
—Lo agarré.
Chisa apenas podía creer que su madre hubiera cogido un insecto tan grande, con el asco que le daban. Ni siquiera soportaba las portadas de los cuadernos decoradas con dibujos de insectos.
—Me puse de los nervios y le arreé un manotazo al bicho. Pero enseguida voló hacia mí y sin pensarlo lo capturé. —Juntó las manos, en un gesto de haber atrapado algo en el aire—. Se revolvía en mis manos, haciendo un zumbido ensordecedor, y entré en pánico. ¡Pensé que me iba a picar!
—¿Y qué hiciste?
—¡Lo aplasté!
Ambas gritaron.
—¿Tal cual? ¿Con las manos?
—Con las manos. Mi hija se había caído y lloraba, y yo tenía las palmas llenas del insecto espachurrado. Me había quedado congelada del asco, pensando que el bicho aún podía moverse y picarme. Menudo sudor frío me entró.
—¿Y qué pasó?
—Sentí náuseas, corrí al baño del parque, me lavé las manos y luego vomité.
Después te lavé la zona del brazo donde te había picado y te llevé al hospital.
Fue terrible. Iba medio llorando, no me podía quitar de la cabeza la sensación del bicho aplastado en las manos.
Con la fobia que les tengo… Aún me traumatizan.
—¡Madre mía!
—Es de esas cosas que solo se hacen por una hija. Por otra persona, habría sido imposible.
—No hay nada que supere el amor de una madre, ¿verdad?
—Mira, yo no valgo para ser madre. Siento decírtelo así, pero te lo digo tal como lo siento —admitió con firmeza.
En otro momento, no le habría sentado bien a Chisa escuchar esas palabras, pero entonces no le molestó. Al contrario.
Su madre perdió a la suya —la abuela de Chisa— en el parto.
Salvar a la bebé significaba la muerte de la madre, y esta priorizó la vida de su hija.
Durante unos años, su padre mantuvo oculto a su hija lo ocurrido.
Se volvió a casar cuando esta tenía ocho años y hasta cumplir los quince no se lo dijeron.
La madre de Chisa creció sin depender de su madre, tampoco de la nueva.
Existe una idea general, comúnmente compartida, del amor de una madre, del instinto maternal que tienen todas.
Chisa, sin embargo, dudaba de que todas las mujeres estuvieran hechas para la maternidad.
Cada madre ha tenido su propia historia, sus luchas particulares y sus sacrificios indelegables; cada una ha tenido que armarse de valor para asumir la responsabilidad que la maternidad exige.
La suya, desde luego, no había podido asumirla con todas sus consecuencias porque no estaba hecha para ello; no había sido, al menos, la típica madre. Ahora, por fin, Chisa podía aceptarlo.
—Gracias, mamá.
—¿Por lo del tábano?
—Por todo, incluido lo que has hecho por mí esta vez. Cuando te llamé para pedirte ayuda, no imaginé que te encargarías de tantas cosas.
—¿No es lo normal por una hija? Ya ves que se me da bastante bien tomar cartas en el asunto cuando la situación lo requiere, ya sea para machacar un tábano o a quien quiera que nos falte al respeto.
«Qué carácter», pensó Chisa, sintiéndose en buenas manos y protegida a su lado.
Más tarde encendió la televisión. Sonaba una canción algo nostálgica, que, al parecer, había recobrado popularidad recientemente entre los jóvenes en una versión de un disco recopilatorio de varios artistas titulado Mi propia versión .
La canción comenzaba con una letra sobre la búsqueda de algo perdido, pero luego, en un giro narrativo, resultaba que trataba de un marido que estaba a punto de perder a su esposa.
La melodía también era conmovedora y, en conjunto con la letra, daba lugar a una muy buena canción.
No importaba cuántas veces la escuchara; a Chisa siempre le parecía memorable el estribillo «Red Book, Blue Book».
Recordaba haber visto al cantautor original en una entrevista en la que decía que las ideas musicales le venían de forma inesperada.
En alguna ocasión, el miedo a olvidar una idea mientras buscaba un cuaderno donde apuntarla le había llevado a tomar nota en cualquier papel que encontrara a mano, como un recibo de compra.
Así había escrito «Red Book, Blue Book». El recibo que contenía la letra de dicha canción se mostraba a cámara y en él se veía claramente un dibujo de dos libros junto a la letra manuscrita.
—Chisa, puedes quedarte los días que necesites. Yo mañana vuelvo al trabajo, pero intentaré llegar a casa lo antes posible. Podemos usar el coche para lo que haga falta.
Ella aceptó la propuesta y su madre la llevó al hospital.
Resultó que el tobillo estaba en peor estado de lo que había imaginado; una rotura de ligamento la obligaría a llevar una escayola durante un mes.
«¡No puedo creer que hayas podido caminar en este estado!
¡Asombroso!», la elogió el traumatólogo, visiblemente impresionado.
Con la escayola ya colocada, su madre y ella aguardaron en la sala de espera a que las avisaran por recepción. Chisa se sentía extraña con aquel armatoste pegado a la pierna.
Estaba mirando distraídamente la televisión sin volumen en la sala de espera cuando mostraron un ranking de los nombres de bebé más populares.
Lo habitual era que los padres eligieran para sus hijos nombres con significados relacionados con la salud, la felicidad y el amor.
Chisa se preguntó entonces por su propio nombre.
—Mamá, el carácter ma de tu nombre, Mari, significa «diez mil», mientras que el carácter chi del mío, Chisa, significa «mil». Supongo que no es por casualidad… —comentó, como si tal cosa.