El gato negro y la biblioteca de los recuerdos 6. Mi libro blanco
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6. Mi libro blanco

Mi libro blanco

—¡Ay!

Sintió un aguijonazo de dolor al apoyar el tobillo.

Suponía que seguía el camino correcto para volver a casa…

¿o no? Estaba desconcertada. Nada parecía real, pero la punzada que le había atravesado el tobillo sí lo era.

Ah, acababan de robarle el bolso. La conmoción del robo parecía haberla aturdido.

—¡Ay, ay, ay, ay, ay!

El dolor se intensificó. Chisa tuvo que agacharse y apoyarse contra la pared.

—¿Estás bien? —le preguntó una mujer de mediana edad que pasaba por allí. No la conocía.

—Creo que me he torcido el tobillo y… y… y me han robado el bolso con todo dentro… Ahora mismo voy a la comisaría a poner una denuncia.

Sorprendida por lo que acababa de escuchar y sin tiempo que perder, la mujer llamó a la policía, que no tardó en llegar.

Chisa quiso retribuirla, en agradecimiento, pero sin el bolso no tenía dinero. Le preguntó por alguna manera de ponerse en contacto con ella.

—No se preocupe. Me alegro de que esté bien —dijo la mujer, y se marchó apresurada.

La policía trasladó a Chisa al hospital, donde la atendieron en urgencias por un esguince de tobillo.

Después la sometieron a una buena cantidad de preguntas.

Puesto que en el bolso robado, además de las llaves de su casa, llevaba el carnet de conducir, en el que figuraba la dirección de su domicilio, los agentes le recomendaron que acudiera de inmediato a la comisaría.

Le pidieron también que avisara a sus padres o a otra persona de confianza, y de pronto se quedó paralizada.

Su padre había formado una nueva familia, así que le resultaba muy incómodo llamarlo así como así.

Y con su madre no se llevaba bien. Tampoco tenía ningún amigo cercano a quien recurrir en caso de emergencia, así que, a regañadientes, acabó llamando a su madre.

De todos modos, sin la lista de contactos del móvil, el único número que recordaba de memoria era el fijo de la casa de su madre. Lo marcó.

—¿Sí? —dijo la voz al otro lado de la línea.

El tono de recelo en la voz de su madre seguramente se debía a que desconocía el número de la llamada entrante.

—Mamá, eh…, soy yo, Chisa. Verás, me han robado el bolso… y me he torcido el tobillo. Seguro que estás muy liada, pero ¿podrías venir a la comisaría? Ahora te digo dónde está.

Chisa esperaba un no tajante o un «tengo muchas cosas que hacer».

—¿Estás bien? —preguntó.

—Sí. Solo me he hecho daño en el tobillo, pero las llaves las tenía en el bolso y mi dirección también está ahí, en el carnet de conducir. Así que la policía dice que es peligroso que vaya a casa y que sería mejor que alguien viniera a recogerme.

—De acuerdo. Voy para allá.

Lo dijo con tal decisión que Chisa le dio la dirección de la comisaría sin la menor vacilación.

Su madre vivía a una hora en coche de donde se encontraba.

Trabajaba en la industria del diseño de moda y recientemente la habían ascendido a jefa de departamento en la empresa.

Priorizaba el trabajo por encima de todo y, cuando Chisa iba a la guardería, siempre era la última en recogerla.

Nunca participó en las clases conjuntas de arte para padres e hijos, así que, en una ocasión, no le quedó más remedio que dibujar la cara de la maestra.

En cuanto a la casa, la tenía hecha un desastre, y a menudo extraviaba los deberes escolares de su hija entre el desorden.

Luego era Chisa la que se llevaba la bronca de la profesora por no llevarlos al colegio.

Cuando el trabajo era más intenso, era un manojo de nervios y no se podía hablar con ella; con frecuencia desahogaba en Chisa sus frustraciones laborales.

Chisa sabía que eran fechas de gran actividad, ya que coincidían con los preparativos de la colección de primavera-verano que tendría que estar lista para medio año más tarde.

Por esto, estaba convencida de que su madre se negaría a hacer nada que la distrajese del trabajo, por más que la distracción proviniera de una llamada de socorro de su hija.

Incluso había sido su padre quien, a petición de Chisa, había organizado la reunión entre los padres del novio y los de la novia, y solo había avisado a su madre una vez que se habían definido los detalles.

Más tarde, oyó un sonido de tacones altos acercarse a la puerta de la sala donde se encontraba y supo de inmediato que se trataba de su madre, a pesar de que hacía mucho tiempo que no se veían.

Llevaba un atuendo llamativo, un brazalete plateado y el cabello más gris que antes, sin teñir, en contraste con la ropa negra.

Su eterno aspecto juvenil se había atenuado ante algunas líneas de arrugas que, sin embargo, le conferían un aire de extraña dignidad.

El tiempo que llevaban distanciadas hacía que la situación resultara incómoda, pero Chisa trató de no pensar en eso. Tras una breve explicación por parte de uno de los agentes, su madre extrajo un ordenador portátil del bolso.

—Voy a cancelar todas las tarjetas —le dijo al agente.

Acto seguido, a un ritmo frenético, se puso en contacto con todos los servicios de pago para realizar la operación de cancelación; buscó la dirección y el número del administrador del edificio; explicó la situación; exportó los datos de los contactos del dispositivo de Chisa al suyo —aprovechando que eran del mismo modelo—; comprobó la información de ubicación; la marcó como desconocida y suspendió temporalmente la línea.

Al movimiento de sus manos, el brazalete plateado brillaba y lanzaba los reflejos de las luces fluorescentes de la comisaría.

La rapidez mental de su madre, siempre ágil para la regañina y el comentario sarcástico, podía resultar irritante en el entorno familiar, pero resultaba muy práctica en emergencias como esa.

Con su lista de contactos recuperada, Chisa llamó a una compañera de trabajo y a su jefe, quien le dio tres días libres y la instó a revisarse el pie, cambiar las cerraduras y realizar varios trámites.

Lo excepcional de la situación la impulsó a contarle lo que más le dolía: «Mi compromiso de boda también se ha cancelado».

Tras una breve pausa, su jefe contestó: «Comprendo.

Intenta descansar y no darle vueltas». Chisa se sintió aliviada de que no indagara en los detalles.

La policía se acercó al edificio del apartamento de Chisa, pero no advirtió ninguna irregularidad. El autor del robo aún no había sido capturado, según le informó un agente, por lo que lo más recomendable era que pasara la noche en casa de su madre. Esta se volvió para mirarla.

—Sin cartera, no vas a poder alojarte en un hotel, así que vente a casa —le dijo.

Apoyada en el hombro de su madre, entre exhalaciones de perfume caro, Chisa caminó con dificultad hasta el aparcamiento de la comisaría.

La madre condujo con impaciencia durante el trayecto a casa. Chisa sintió un poco de miedo en el asiento del acompañante. En todo caso, había conseguido un lugar donde pasar la noche. Con un pie inutilizado y sin dinero, este había sido sin duda su último recurso.

El apartamento materno se había convertido en su refugio particular, sin rastro del lugar que fue el hogar de Chisa durante su infancia.

Sus padres se divorciaron cuando ella tenía quince años, justo cuando terminó la secundaria e iba a empezar el bachillerato.

La incompatibilidad de caracteres había sido el motivo más o menos oficial del divorcio.

La madre recuperó entonces el apellido de soltera y Chisa se fue a vivir con su padre, quedando casi rotos los lazos de contacto entre ambas.

Años más tarde, Chisa consiguió trabajo y se independizó.

Su padre volvió a casarse. Su nueva mujer la trataba muy bien.

Le encantaba cocinar y la invitaba a comer a su casa tan a menudo que Chisa tenía que hacer un esfuerzo para no abusar de su cortesía.

En cuanto a su madre biológica, aparte de las oportunas felicitaciones de cumpleaños, apenas mantenían el contacto.

Ante la desaparición completa del ambiente familiar que ella había conocido en esa casa, Chisa se preguntó qué significado había tenido su nacimiento en la vida de su progenitora.

La madre extendió un futón junto a su cama, en el dormitorio, y, por primera vez en mucho tiempo, Chisa durmió cerca de ella.

¿Cuántos años habían pasado desde la última vez?

Aunque no había experimentado sueño ni en la comisaría ni en el coche, de repente la invadió una somnolencia intensa y le dio la impresión de que su propio ser se disolvía.

Al despertar, se sintió confundida. Durante unos instantes, no acertó a reconocer dónde se encontraba. Eran las diez de la mañana pasadas y se sorprendió de lo bien que había dormido. La cama de su madre estaba vacía.

Tenía hambre. Considerando que su madre debía de haberse ido a trabajar, decidió prepararse el desayuno. Se preguntó si le habría dejado la llave de casa.

Se levantó con cuidado de no dañarse el pie. Oyó entonces una voz.

—¿Has dormido bien?

El sobresalto hizo que Chisa apoyara el pie dolorido.

—¿Mamá? ¿No has ido a trabajar?

—Me he tomado el día libre —dijo con sequedad.

Chisa se dio cuenta de que su madre había hecho lo posible por no despertarla.

—Pero ¿no tienes mucho trabajo? —preguntó.

—Ocupada, sí que he estado ocupada. He pedido cita con el traumatólogo para esta tarde, y también con el abogado y…

—¿Con el abogado?

—Sí, ayer te oí hablar por teléfono con alguien de tu trabajo. Escuché que ya no te casas. Es algo muy serio…

La madre habló con calma, lo que animó a Chisa a contarle lo ocurrido, incluida la traición de su mejor amiga.

De boca de su madre no salió ninguna exclamación del tipo «¡No me lo puedo creer!

» o «¡Qué horror!», sino que escuchó con la impasibilidad de quien recibe un informe de trabajo, algo típico de ella.

—Mamá, no quiero darle tanta importancia. Si armo un escándalo, solo terminaré sintiéndome fatal.