5. La memoria de la anciana #4
—¿Eh? Si tienes algo que contarnos —intervino Alice, con gesto de desconcierto—, ¿por qué no nos lo dices ahora y así terminamos antes?
—No. Es mejor que lo haga por carta. Irá dirigida a ti, Alice, y también a Madame T. Esperad a que me vaya para leerla.
Chisa se volcó en cuerpo y alma en la carta.
En realidad, lo que dijera en ella tendría que llegar a muchas personas.
Siempre había detestado escribir, así que le sorprendió la soltura con la que lo hizo, tal vez gracias a la práctica adquirida durante su estancia en la biblioteca.
Consciente de que estaba aprovechando su única oportunidad antes de abandonar el lugar, se concentró al máximo en sus capacidades, tratando de plasmar de la mejor manera lo que la anciana había sabido transmitir.
—Alice, Madame T, tengo algo que pediros —añadió—. Por favor, ayudadme a difundir el contenido de esta carta entre la mayor cantidad de personas posible.
A quienes lean esta carta:
¿Han leído la autobiografía de la Abuela, la que se titula El fin del mundo ? Si no lo han hecho, les ruego que la lean. Su historia no trata sobre la Segunda Guerra Mundial, sino sobre los acontecimientos que ocurrirán en el siglo xxii .
En una carta personal, la anciana me contaba: «Tenía tanto por vivir…
Deseaba correr por los campos bajo un cielo azul, respirar el aire fresco del exterior, experimentar el amor.
Pero nada de eso fue ni será posible en este futuro en el que me encuentro.
Este es el último peor día de mi vida». Y añadía: «Es probable que yo sea el último ser humano en una Tierra devastada».
Después de leer esta carta, por favor, difundan su contenido entre la mayor cantidad de gente posible. Escriban más cartas y divúlguenlas para crear conciencia sobre el tipo de futuro que nos aguarda a todos si no lo remediamos. Por favor, escriban, escriban y escriban.
La anciana terminaba su carta con un ruego para que elijamos bien, «para que todos podamos vivir y sonreír bajo un cielo azul. Por favor».
No olvidemos que cada una de nuestras decisiones nos conduce a un futuro distinto.
En esta biblioteca, me he hecho consciente del gran poder de la escritura y he llegado a la convicción de que, aunque una sola persona y una simple carta no cambien nada, aunque lo olvidemos todo una vez que salgamos de aquí, una cadena de cartas puede hacer que el cambio se produzca, poco a poco, algún día.
Así que ¡llenemos esta biblioteca con miles, decenas de miles, cientos de millones de cartas!
Tras haber vivido el peor día de nuestra vida, quienes hemos venido a esta biblioteca comprendemos, sin duda, el dolor de perder a los seres queridos, la injusticia de que la vida no salga como esperábamos o cualquier otro tipo de sufrimiento, propio o ajeno.
En el futuro en el que vivía la Abuela, caían cientos de bombas del cielo. Debemos usar nuestra fuerza para transformar esas bombas en otra cosa, en algo maravilloso que nos traiga paz en vez de dolor. Por ejemplo, en más cartas.
Unamos nuestras fuerzas para asegurarnos un futuro en el que todos podamos vivir en paz y sonreír bajo un cielo azul.
Con las manos temblorosas, Chisa dobló la carta y se la entregó a Alice.
—Leedla juntas, por favor —dijo.
Alice asintió y se guardó la carta en un bolsillo.
La bibliotecaria volvió a señalar la puerta, que permanecía flotando en el mismo lugar, con su contorno dorado aún visible. Al girar el pomo casi transparente, Chisa sintió su resistencia al movimiento y el frío tacto del metal.
Más allá de la puerta, se abría una densa extensión de niebla, la misma que quienes habían salido antes ya habían cruzado.
Chisa se volvía ya para dirigir unas últimas palabras de despedida a Madame T y a Alice cuando esta última corrió hacia ella y la abrazó.
Chisa notó que la blusa se empapaba de la calidez de las lágrimas de Alice, quien, aferrada a sus hombros, lloraba desconsolada.
Chisa le acarició con suavidad el cabello.
—Veámonos allá fuera. —Chisa trataba de confortarla—. Quedemos para tomar el té, como aquí. Prepararé un buen té negro y Madame T se unirá a nosotras.
Lo dijo a sabiendas de que era poco probable que se vieran de nuevo.
Pertenecían a épocas diferentes y no existía ninguna garantía de que recordaran nada de lo que habían vivido en la biblioteca, de que se encontraran y, ni siquiera, de que se reconocieran en caso de coincidir. Pero admitirlo era demasiado doloroso.
—Sí, sí. Yo también escribiré mi autobiografía y saldré —replicó Alice, secándose los ojos.
—Nos veremos entonces —dijo Chisa, que se dispuso a dar un paso al frente.
—¡Chisa, recuerda mi nombre! ¡Me llamo Mari, Mari Morisaki!
La voz de Alice, casi como un eco, sobresaltó a Chisa, que trató de retroceder, pero aquella niebla insondable ya tiraba de ella y la arrastraba hacia el fondo… irremediablemente.
Caía y caía…
Y el eco de la voz de Alice resonaba en sus oídos. «Mari…, Mari Morisaki», estaba segura de haberla oído decir.
¿Qué significaba aquello?
¿Qué sentido tenía que le mencionara ese nombre?
Ese nombre…