5. La memoria de la anciana #3
Chisa recordó que la anciana le había dado algo a la bibliotecaria antes de salir, pero jamás imaginó que fuera para ella.
—Me pidió que te la diera como una felicitación por tu nuevo comienzo.
—¿Qué contiene? —preguntó Chisa, suponiendo que la bibliotecaria había inspeccionado el contenido de la carta.
—Es una carta privada, así que no la he leído —contestó, para sorpresa suya, que no comprendía por qué la Abuela querría entregarle una carta cuyo contenido ni siquiera la bibliotecaria conocía. «¿Qué será?», se preguntaba, sin figurarse de qué podría tratarse.
—No estoy segura de que pueda leerla una vez que salga de la biblioteca. ¿Podría hacerlo ahora? —solicitó.
—Adelante —concedió la bibliotecaria.
Chisa abrió la carta.
Para Chisa:
Estuve todo el tiempo esperándote. No había nadie afín a mí hasta que llegaste tú. Recibir esta carta te habrá sorprendido y supongo que en este momento ya habrás terminado de leer mi autobiografía, El fin del mundo , ¿verdad? ¿Te diste cuenta de lo abrupto que era el final?
En efecto, la autobiografía de la Abuela finalizaba justo cuando la pequeña protagonista de trece años se decidía a dormir en el sótano. A Chisa le había parecido curioso que la bibliotecaria consintiera un final así, a tan temprana edad.
Lo que leíste en mi autobiografía fue, en efecto, toda mi vida. Se suponía que debía dormir, despertar y encontrarme con que todo ya había pasado y que los demás estaban bien y se despertaban conmigo.
Pero fui la única que despertó y, al hacerlo, descubrí que todo mi cuerpo estaba así, como ahora. Mi rostro y mis manos estaban cubiertos de arrugas; mis brazos y mis piernas eran tan delgados como ramas secas, y apenas podía ver. Me sentía confundida y no recordaba nada con claridad.
Aunque seguía viva, me pregunté si mi sistema de soporte vital estaba averiado, porque mi cuerpo parecía haber envejecido mientras dormía. Busqué supervivientes, pero no encontré ninguno, ni en nuestra casa ni en las vecinas.
«¿Sistema de soporte vital?». La mirada de Chisa releyó esa expresión y se detuvo en ella, incapaz de comprender su significado. ¿Qué quería decir con ello? ¿Estaba hablando de un hospital? Pero no encajaba del todo. Chisa estaba confusa.
Entonces apareció un gato negro que me preguntó: «¿Es este el peor día de tu vida?
». Le respondí que sí y terminé en esta biblioteca.
Tal vez, a estas alturas, lo que vaya a contarte no te sirva de nada, pero deseo hacerlo de todos modos, porque, una vez que salga de aquí, todos estos recuerdos se habrán perdido.
Quizá te preguntes, Chisa, por qué me dirijo a ti. Porque la era Reiwa, en la que vives, y mi época se superponen un poco. Me hago una cierta idea de los periodos históricos gracias a los videojuegos. De las otras personas calculo que me separan entre diez y treinta años.
Chisa siguió leyendo con la respiración contenida.
Si las cosas siguen así, Chisa, tu presente acabará conectándose con este futuro desde el que te escribo, pero aún puedes corregir el rumbo.
Aunque cada uno de nosotros sea débil individualmente, si de verdad lo deseamos, sin duda podemos cambiar el porvenir.
Vimos cómo el mundo se desmoronaba, pero no hicimos nada.
Seguimos dejando que fueran otros quienes actuaran, pensando que alguien se ocuparía de arreglar las cosas. Y así fue cómo llegamos a este futuro.
He intentado contar esto a las distintas personas que he conocido en la biblioteca, pero lo único que he encontrado en ellas ha sido desesperación ante un futuro que, según ellos, sería inevitable.
Estaban destrozados ante la idea. Una persona no pudo soportar la idea de que su hija se viera envuelta en esto y todavía deambula por la biblioteca. Fue culpa mía ser tan directa…
Chisa escuchaba los latidos de su corazón con tal intensidad que el sonido parecía proceder de algún lugar ajeno a ella.
Es probable que yo sea el último ser humano en una Tierra devastada.
Y si me voy de aquí, de esta biblioteca, lo más seguro es que me espere una muerte solitaria.
Por eso, quería transmitirle a alguien lo que sé; a poder ser, a alguien lo más cercano posible a mi época y lo bastante fuerte como para afrontar el porvenir, aun conociendo la verdad del futuro que quizá le espera.
Un sudor frío le recorrió la espalda a Chisa al recordar el temblor en las manos de la anciana en el momento de salir.
Tenía tanto por vivir… Deseaba correr por los campos bajo un cielo azul, respirar el aire fresco del exterior, experimentar el amor. Pero nada de eso fue ni será posible en este futuro en el que me encuentro. Este es el último peor día de mi vida.
Chisa, por favor, elige bien. Para que tu presente no te lleve a este futuro. Para que todos podamos vivir y sonreír bajo un cielo azul. Por favor.
«Por favor…».
«Por favor…».
—Chisa, ¿estás bien?
Mientras volvía en sí, Chisa se dio cuenta de que le temblaba el cuerpo. Alice la sacudió por los hombros.
—¿Qué te pasa? —insistió.
Chisa se había puesto en pie sin percatarse de ello, con la carta en las manos.
—¿Eh? —exclamó, confundida—. ¿Cuánto tiempo llevo así?
—Unos diez segundos o tal vez veinte… —contestó Alice, con una expresión que parecía decir: «Qué pregunta tan rara».
La carta que sostenía se había combado por los bordes, tal vez porque le sudaban las manos.
Se preguntó si debía contarles su contenido.
Si algo le había quedado claro a Chisa, era que ni Alice ni Madame T vivían en la actualidad.
Existía, de hecho, un vacío temporal entre las épocas en las que habían vivido.
Pensándolo bien, había varios detalles que le habían parecido extraños en Madame T.
En primer lugar, el maquillaje y el peinado estaban claramente desfasados.
Es verdad que muchas personas mantienen, a lo largo de su vida, la imagen que adoptaron a la moda durante su juventud, maquillaje incluido, pero Madame T trabajaba de cara al público, dedicada día tras día al servicio de los clientes de su tetería, de modo que era difícil suponer que se hubiera quedado tan anticuada.
En segundo lugar, ese desconcierto de Madame T cuando Chisa pidió tomar té con leche de tapioca…
Y de pronto cayó en la cuenta de que Amargado también estaba pasado de moda en cuanto a las tendencias musicales del momento. Chisa lo había interpretado como una señal de esnobismo por su parte.
Lo mismo ocurría con Alice. Cuando intentó hablar con ella sobre videojuegos, no le siguió la conversación.
Desconocía el significado de la palabra «teletrabajo» y ni siquiera parecía capaz de hacerse una idea de qué podía significar.
Debió de pertenecer a una generación anterior a la llegada de los ordenadores personales, en la que trabajar desde casa era inimaginable.
Y, además, si Alice hubiera pertenecido al presente, la anciana la habría elegido para compartir sus conocimientos.
A Chisa la entristeció que Alice, Madame T y todos los demás pertenecieran a alguna época anterior, en la que ni siquiera habrían podido hacerse la menor idea de lo que la anciana hubiese tratado de contarles.
Miró a Alice. Tan joven y sana, era difícil imaginarla como una anciana.
Sin embargo, envejecería. «La vida es finita», se dijo Chisa.
Las épocas en las que viven las sucesivas generaciones se superponen hasta conformar el presente.
En todo caso, la diferencia generacional entre Alice y Chisa no debía ser tan grande como para notarse a primera vista.
Si a ambas las hubieran separado más de cien años, por ejemplo, Chisa seguramente habría notado que pertenecían a épocas distintas, pero no había sido así.
Era probable que Madame T perteneciera a una generación ligeramente anterior, mientras que la de Alice tal vez fuera aún más antigua.
Ahora bien, el asunto era delicado. Desvelar el futuro que aguardaba a la humanidad —el peor día de su historia, el que parecía inevitable por la marcha de los acontecimientos— solo conduciría a la desesperación. ¿Qué podría hacerse para evitarlo? La anciana no había dicho nada al respecto, pero…
Sin querer, dirigió la mirada a la bibliotecaria. Su rostro permanecía inalterable.
—Muy bien, procede —dijo, señalando la puerta cuyas líneas doradas ya se perfilaban en el espacio, donde hasta un instante antes no había nada.
¿Qué podía hacer en adelante? ¿Organizar una manifestación? ¿Presentarse a unas elecciones? De todos modos, ni siquiera tenía la certeza de que recordara lo ocurrido en aquella biblioteca. Sola, no podría hacer mucho.
—¡Un… un momento! —Chisa había tomado una decisión—. ¡Antes de irme, me gustaría escribir una carta, igual que hizo la Abuela! Siento haber esperado hasta ahora para hacer esta petición, pero, por favor, permítamelo. Tengo algo importante que quisiera dejar por escrito. ¡Se lo ruego!