El gato negro y la biblioteca de los recuerdos 5. La memoria de la anciana #2
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5. La memoria de la anciana #2

Chisa y su madre pertenecían a generaciones que no vivieron la guerra.

También la mayoría de la generación de sus abuelos había nacido ya en los años inmediatos de la posguerra.

Por lo tanto, no presenciaron los episodios de desolación y destrucción.

Por más que las películas antiguas trataran de recrear la guerra, con esas muertes teatralizadas hasta límites absurdos, sus escenas tenían poco que ver con la realidad.

En verdad, en la guerra no había guion, solo muerte.

Una luz descendió del cielo oscuro, lo cubrió todo y, de un soplo, devastó lo que habíamos construido poco a poco. Lo envolvió todo en llamas: las vidas y los lugares llenos de recuerdos. Aquella luz era paradójicamente hermosa.

Era aterrador leer que sus vecinos, sus amigos y sus familiares iban muriendo a medida que se sucedían los bombardeos. Al oír los rumores de que en pocos días lanzarían un nuevo tipo de bomba, la Abuela decidió refugiarse en el sótano de su casa.

Aquí, en este sótano, duerme mi yo de trece años. Espero que, cuando abra los ojos, todo haya terminado y pueda vivir feliz.

La autobiografía de la anciana, El fin del mundo , terminaba con la rotundidad de esa descripción de cuando tenía solo trece años.

Chisa había oído que, con la edad, los recuerdos del pasado se vuelven más nítidos, mientras que los recientes se tornan vagos e imprecisos.

La bibliotecaria había leído y revisado el texto con pulcra minuciosidad antes de aprobarlo.

En otras circunstancias, si hubiera estado incompleto, sin duda le habría dicho a la anciana: «Esto es insuficiente.

Por favor, termínelo». No obstante, un dolor así vivido, de semejante magnitud, debió de hacer que la bibliotecaria asumiera una actitud compasiva y reconsiderara su criterio habitual.

Quizá la memoria de la anciana se había cristalizado en aquella tierna edad de trece años y no pudo retener todo lo que llegó a partir de entonces.

En tal caso, a Chisa le habría gustado leer más historias de su infancia, de sus juegos, de los entretenimientos de su generación, como el origami o el otedama .

A pesar de lo dicho, nunca olvidaba el nombre de Chisa, lo cual no dejaba de ser curioso. ¿Cómo habría vivido la Abuela desde los trece años hasta sus noventa y tantos? Nunca lo sabría. La anciana ya había abandonado la biblioteca.

A menudo, quienes habían vivido la guerra evitaban hablar de ella por el dolor inherente. En su misma situación, Chisa quizá tampoco podría hablar de ello ni contárselo a sus nietos. Una experiencia tan dura resultaba abrumadora de recordar.

Cuando le llegó a Alice el turno de leer el libro de la anciana, se oían de vez en cuando sus desconsolados suspiros.

«Había oído hablar de la guerra, pero nunca imaginé que hubiera sido tan terrible…

», le dijo a Chisa. Pensaba en aquel mundo en el que los ciudadanos fueron expulsados de sus hogares y tuvieron que vérselas cada día con la muerte, y en cómo la anciana, de alguna manera, logró sobrevivir.

—Me pregunto qué edad tiene ahora la Abuela. Debería habérselo preguntado —dijo Alice, considerando que, habiendo vivido la guerra, tenía que ser muy vieja.

—Aparentaba ochenta —estimó Madame T.

Chisa pensó que debían de ser unos cuantos años más, pero no dijo nada.

Le pesaba como una losa la imagen de una niña que ve cómo sus familiares y conocidos mueren, uno tras otro, ante sus propios ojos y a manos de una fuerza inaprensible.

No habría peor momento en su vida que aquel.

Su reticencia a regresar tal vez se debía al dolor de esas vivencias.

En apariencia, la abuela vivía en un limbo de desmemoria, pero en su interior mantenía incrustados los recuerdos de la guerra.

Sumergida en tales pensamientos, se preguntó si el hecho de que la memoria se volviera difusa con la edad era necesariamente malo. Si sus recuerdos de la guerra se hubieran difuminado, al menos no la habrían atormentado con su imponente viveza.

Todas las personas que había tenido la oportunidad de conocer en la biblioteca constituyeron también una fuente de inspiración para Chisa, que iba escribiendo paso a paso su propia historia. Sobre esas personas escribió:

Cuando llegué aquí, estaba completamente decidida a huir.

Me sorprendió descubrir que no había entrada ni salida ni modo de escapar.

Jamás pensé que llegaría a encariñarme con la gente de aquí tanto como lo he hecho.

Cada persona es diferente, tanto en carácter como en edad y origen, pero a todos nos trajo hasta aquí un mismo sentimiento de frustración ante una circunstancia que puso nuestra vida en un brete.

La vida no siempre es fácil; a menudo está llena de tristeza y dolor.

Hay momentos que dividen la existencia en un antes y un después, situaciones a partir de las cuales no hay vuelta atrás.

A pesar de lo doloroso de las circunstancias que me arrastraron hasta esta biblioteca, debo admitir que conocer a las personas con las que me he encontrado aquí ha sido una experiencia de lo más enriquecedora, un auténtico tesoro para mí.

Justo cuando daba los últimos retoques a su autobiografía, una bola de papel cayó sobre su mesa. «¿Ya terminas?», decía la nota.

«Parece que sí», leyó Alice tras desdoblar el papel que Chisa le había devuelto como respuesta.

«Deberías quedarte más tiempo», escribió ella, sin poder disimular su disgusto.

«Gracias, pero tengo que irme», fue la nueva réplica de Chisa.

Poco tiempo después, puso el punto final al último capítulo de su historia y, con ello, experimentó una extraña satisfacción.

El proceso de escribir incitaba a la reflexión y le servía para escarbar en su conciencia y dar forma precisa a ideas que flotaban errantes en una confusa sopa de recuerdos.

Al releer lo escrito, Chisa reparó en que su caligrafía inicial, cargada de ira, se había ido calmando hasta hacerse más refinada.

La pluma se había convertido en la compañera inseparable de sus dedos, una fiel escudera.

El corazón humano es algo que no llegamos a comprender del todo.

Su forma, su tamaño, lo que nos conmueve, lo que nos repugna…

, no podemos verlo hasta que lo expresamos de algún modo, ya sea a través de la escritura, de la palabra o del arte.

Siguiendo las directrices de la bibliotecaria, Chisa había puesto orden en el maremágnum de sus recuerdos a través de la escritura, pero, obviamente, también había, allá fuera, personas con talento para darle otro tipo de realidad a ese apercibimiento personal; gente con la capacidad creativa de otorgar forma poética, musical o literaria a toda esa cascada de pensamientos vitales que habita el corazón humano.

Aunque, a su llegada a la biblioteca, ese encargo de componer una autobiografía le había parecido una auténtica pérdida de tiempo, la idea había ido ganándose su aprecio.

Por primera vez en su vida, cuidaba de sí misma y se enfrentaba a sus entrañas; ahí estaba el sentido de escribir para sí, no para otro, y de aprender a disfrutar del proceso de escritura.

Empezaba a comprender el propósito de la biblioteca y el sentido mismo de escribir sobre la propia vida.

«Cuando salga, quiero seguir escribiendo y recordar a las personas que he conocido aquí».

Antes de acudir al mostrador con el libro terminado, Chisa se volvió hacia Alice y asintió con la cabeza como para certificar el final de su trabajo. Seguidamente, tras repetir la acción ante Madame T, se acercó a la bibliotecaria y le entregó el libro.

—Gracias por el esfuerzo que ha realizado —dijo esta antes de comenzar a pasar las páginas. Lo hizo con el cuidado habitual al principio, para ir ganando velocidad a medida que avanzaba y alcanzar un ritmo endiablado.

—Muy bien, me hago cargo. ¿Cómo querrías que lo encuadernáramos?

Chisa lo pensó durante un instante y respondió:

—Por favor, deje la cubierta en blanco. Me gusta mucho así, tal cual, blanca. Sobre todo me alegra haber sido capaz de terminar de escribirlo.

La bibliotecaria asintió visiblemente satisfecha.

—¿Y en cuanto al título?

Al oír la pregunta, se quedó en silencio, dubitativa.

Había pensado que el único título que podía darle era El peor día de mi vida , pero después, considerando todas las experiencias que había vivido, tomó conciencia de que aquel día que ella había considerado el peor de su existencia no era, de hecho, peor que otros momentos difíciles por los que había pasado.

Tenía toda una vida por delante y el mundo exterior podía depararle aún muchos más encuentros y experiencias interesantes.

—Por favor, titúlelo Mi libro blanco . Puede que suene demasiado simple, pero creo que encaja con lo que siento, porque este libro contiene todo lo que soy ahora mismo.

—Como desees —replicó la bibliotecaria, que colocó el libro en una caja de madera y, aplicando un procedimiento al parecer electrónico, la cubierta quedó lista.

Sobre la tapa blanca había ahora una inscripción, Mi libro blanco , escrita con la letra de Chisa.

Sí, eso bastaba. Se sentía muy complacida con cómo había terminado todo.

Al fin, como un soplo dorado que cruza el espacio, la puerta que daba al exterior se materializó en el aire y ella la observó sin mover un músculo.

Alice y Madame T se acercaron para despedirla y Sumikuro se sumó a ellas. Chisa se agachó y le acarició la garganta, sintiendo en los dedos su leve ronroneo. Madame T la abrazó con ternura.

—Ha sido un placer haberte conocido y haber pasado este tiempo contigo. Estoy segura de que te irá bien allá fuera. Cuídate.

—Voy a echar de menos reunirme con vosotras a la hora del té y disfrutar de los dulces tan deliciosos de Madame T. No quiero olvidaros nunca.

En ese momento, la bibliotecaria le hizo entrega a Chisa de un sobre.

—Es para ti —se limitó a decir.

Chisa lo miró con perplejidad.

—¿Qué es esto? ¿De quién es?

—Es una carta de la Abuela —explicó la mujer.