5. La memoria de la anciana
La memoria de la anciana
Tras la partida de Sin Nombre, Amargado también comenzó a escribir su historia personal mientras decía, entre dientes, cosas como «Bueno, supongo que tendré que volver al mundo exterior…
El genio regresará». Se había recogido el pelo largo en un moño alto, quizá porque le estorbaba en la cara, y ya no pronunciaba aquellas palabras —«Me quiero morir»— que había repetido con tan fatigosa frecuencia.
Había cambiado su mantra latoso por máximas del tipo «Quiero crear algo bueno», «Voy a escribir algo aún mejor que lo anterior», «Un artista debe aspirar a la cima».
Eran frases que también producían cierto grado de hastío, si bien en menor medida.
Cuando le llegó el momento de partir, Amargado, situado ante la puerta y con Sumikuro en brazos, olfateó el pelaje del gato. Frotó la mejilla contra el cuerpo blando del minino y le dijo:
—¿Te vienes conmigo? ¿Qué te parece?
Sumikuro se mostró un poco confundido y todos rieron ante la ocurrencia. Incluso la anciana sonreía, disfrutando también del momento. Amargado agarró el pomo de la puerta traslúcida, pero antes de girarlo, se volvió de repente.
—Hay una cosa que me intriga —dijo—. Es sobre este lugar…
La bibliotecaria lo interrumpió con brusquedad.
—Puede marcharse. Hasta la vista.
Sorprendido por la contundencia de la mujer, dudó unos instantes, pero fue algo en su mirada lo que le convenció de guardar silencio.
—¿De qué se trata? —preguntó Chisa, sin poder reprimir la curiosidad.
—Eh…, nada, nada —respondió Amargado—. Lo dicho, hasta la vista. Y si os acordáis de mí al salir, estáis invitadas a mi camerino. Os firmaré ejemplares de mis discos o lo que sea —dijo completamente convencido—. ¡Ya lo sabéis! ¡No me olvidéis!
«No caerá esa breva —pensó Chisa—. A un tío tan plasta va a ser bastante difícil olvidarlo». Lo que dijo sonó diferente:
—¡Vamos a echarte de menos!
—No me digas. ¿Lloraréis incluso? Por favor, desahogad el dolor que sentís por mi ausencia llorando tanto como queráis.
Si aún existía un mínimo atisbo de lástima ante su partida, acababa de fulminarlo por completo.
Acarició una vez más a Sumikuro y, tras efectuar una ampulosa reverencia, cual príncipe de tiempos remotos, desapareció al otro lado de la puerta.
Mientras estuvo allí, la palabrería vacía de Amargado resultaba cargante, pero, ahora que se había marchado, el silencio se hacía casi insoportable. Sumikuro también parecía echarlo de menos; se mostraba más retraído de lo habitual.
Chisa había retomado la escritura de su autobiografía.
Empezaba a cuajar en su mente la idea de abandonar la biblioteca algún día.
No podía quedarse allí para siempre y, aunque le esperase una realidad amarga en el exterior, debía afrontarla.
Si Taa, la princesa Yumi, Sin Nombre y Amargado lo habían conseguido, ¿por qué no lo iba a lograr ella también?
Resultó que, cuando más convencida estaba de que ella sería la siguiente en marcharse, vio que la Abuela se dirigía con pasos menudos hacia el mostrador.
Era raro, porque la anciana no solía acudir al mostrador para tratar ningún asunto con la bibliotecaria.
Verla tomar aquel rumbo parsimonioso le provocó a Chisa un pellizco de inquietud.
¿Se habría encontrado con algún problema?
Chisa aguzó los oídos, llevada por la curiosidad.
—Terminado —dijo sin más.
El grosor del taco de hojas que colocó sobre el mostrador dejó a Chisa estupefacta.
La Abuela se pasaba los ratos dormida o cabeceando y, en todo caso, apenas abría los ojos en los escasos momentos de vigilia.
¿Cuándo escribía? ¿De dónde había sacado tiempo?
Ni siquiera la había visto sosteniendo un lápiz o un bolígrafo.
¿Es que había redactado esa enorme cantidad de páginas a escondidas?
Todas parecían sorprendidas de que la Abuela hubiera terminado de escribir su autobiografía. También Alice y Madame T la observaban con atención.
La bibliotecaria, como de costumbre, empezó a pasar las páginas lentamente, una por una, para luego, poco a poco, ir ganando velocidad y leerlas casi a cámara rápida.
—Muy bien. Gracias por su dedicación. Procederé a su encuadernación —dijo.
Una vez encuadernado, el libro terminado de la Abuela tenía una cubierta negra mate con el título El fin del mundo escrito en grandes letras doradas. El diseño era de un gusto exquisito.
El fin del mundo quizá fuera la manera que había elegido para referirse al crepúsculo de su propia vida.
Chisa la vio entregar un papel doblado a la bibliotecaria. ¿Sería una carta?
Madame T, Alice y Chisa acudieron a despedir a la anciana en su inesperada partida. Una tras otra, le estrecharon la mano.
—Voy a echarla mucho de menos —le dijo Alice, y la Abuela, agradecida por sus palabras, la abrazó y le acarició la cabeza.
Alice se prestó al abrazo y a las caricias sin asomo de incomodidad.
—Es verdad. Me sentiré sola —insistió Alice.
—Todo va a ir bien —replicó la Abuela, acariciándole todavía la cabeza con suavidad.
—Cuídese. Gracias por todo —le dijo Madame T.
—Gracias por la repostería tan deliciosa de cada hora del té —respondió.
A Madame T se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Nos ha pillado tan de sorpresa su partida que no he podido preparar nada para que se lleve…
La abuela también abrazó a Madame T, con lágrimas corriéndole por las mejillas.
—Me encantaría llevarme unos dulces, pero ¿qué se le va a hacer? No se preocupe. Quedo agradecidísima, de cualquier modo.
Por fin le llegó el turno a Chisa.
—Chisa, dame un abrazo —dijo la Abuela con tal calidez que Chisa se ruborizó, reconociendo el aprecio que la anciana sentía por ella a pesar de no haber intercambiado demasiadas palabras durante el tiempo pasado en la biblioteca.
La anciana la miró a los ojos. Era una mirada firme, aunque levemente empañada por las lágrimas.
—No te olvides de mí —dijo.
—Por supuesto, no la olvidaré.
Abrazó a Chisa, quien notó que a la anciana le temblaban los brazos.
El marco de la puerta comenzó a brillar con un resplandor dorado. Llegaba el momento. La Abuela temblaba de pies a cabeza. El regreso al mundo exterior era difícil para todos, pero debía de serlo aún más para una persona de su edad. Sumikuro se situó sigilosamente junto a la anciana.
La Abuela se volvió para dirigir una última mirada a cada una, hasta que llegó a Chisa, a quien, de nuevo, observó con mayor intensidad.
—¡Cuídese! —dijeron las tres al unísono mientras la anciana desaparecía tras el umbral y la puerta se cerraba.
Transcurridos unos minutos, la bibliotecaria se acercó a Chisa con el libro de la anciana.
—Tiene una dedicatoria —le dijo.
Chisa se sorprendió. No había mantenido una relación lo bastante cercana con la Abuela como para creerse merecedora de una dedicatoria.
No obstante, había sido designada por la propia anciana como la primera lectora de su autobiografía, El fin del mundo .
¿Era ella de verdad la destinataria? ¿No habría algún error?
—¿Está segura? —preguntó.
—Sí, mira aquí, por favor. ¿Lo ves? Dice: «Dedicado a Chisa».
En efecto, así era. Pero no entendía por qué la había elegido a ella y no a Madame T, por ejemplo, a quien conocía desde hacía más tiempo.
Llena de asombro, se dispuso a leer la autobiografía, siguiendo la voluntad de la anciana.
Desconocía su edad exacta, pero debía rondar entre los ochenta y muchos y los noventa y pocos años.
Aparentaba tener, en cualquiera de los casos, mucha más edad que sus abuelos.
La vida de aquella mujer había sido muy dura. Quizá debido a su elevada edad, la letra era algo temblorosa e incluso infantil, pero, a pesar de todo —o precisamente por ello—, palpitaba en sus trazos una fuerza insondable.
Mi hermano murió. Cuando lo vi, pensé que dormía.
Quienes estaban allí me dijeron que no dejaba de preguntar por mamá.
Estaba tendido con medio cuerpo quemado y supurando líquido, pero no había médicos ni medicinas ni forma de poder salvarlo.
Por lo visto, no sufrió demasiado, en su confusión entre sueño y realidad.
Ya no sentía dolor, pero su rostro seguía triste.
Dudé que pudiera dársele un entierro digno.
De cualquier manera, nadie sabía qué hacer en aquellas circunstancias.
La bomba cayó del cielo y arrasó con todo. Convirtió el lugar en un horno cuyas altas temperaturas deshacían todo lo que pillaban a su paso, incluido a mi hermano. Oigo gemidos, pero no puedo hacer nada. Me tapo los oídos. Solo quiero salir de allí.
Probablemente, hablaba de la guerra. Chisa sabía que se habían lanzado muchas bombas incendiarias en todo Japón.
Mis vecinos se escondieron en el sótano y quedaron sepultados bajo un lodo ardiente.
Los cuatro perecieron. Los encontraron apilados unos sobre otros, protegiéndose entre sí hasta el final.
El hermoso mar azul ahora es un vertedero negro de peces muertos, amontonados con sus vientres blancos hacia arriba.
Un rayo de luz emanó de la aeronave que volaba a baja altura y derribó al instante a la persona que caminaba delante de mí. La convirtió en diminutas gotitas de sangre. Una de esas gotitas me alcanzó la mejilla y sentí un ardor junto al rabillo del ojo derecho.
«Un infierno en la tierra…», pensó Chisa.
La anciana, con esa dulce sonrisa perenne en los labios, guardaba en su interior aquellos terribles recuerdos.
Su vida cotidiana se había debatido entre la vida y la muerte.
Incluso si sobrevivía a las bombas, tenía que enfrentarse a la falta de comida.
Se había visto obligada a alimentarse de cualquier cosa que encontrara para sobrevivir.