4. La disputa entre Amargado y Sin Nombre #7
—El caso es que, mientras estaba en el depósito, leyendo la autobiografía de la mujer de Sin Nombre, he llorado.
Los artistas necesitamos inspiración y estímulo para funcionar, y debo decir que ese libro me ha dejado sin palabras.
En sus páginas, ella desnuda su alma. Nunca me había conmovido tanto una historia.
He tenido la impresión de sumergirme en lo más profundo de la naturaleza humana.
A decir verdad, me ha hecho reflexionar y ver el mundo de otra manera.
Estaba convencido de lo banal y absurdo que era todo, pero me he dado cuenta de que el problema era que no había buscado lo que merece la pena en la vida.
Ahora sí que siento ansias creativas, ganas de escribir poesía como nunca antes había tenido.
Ese libro es una auténtica carta de amor a su marido.
Los ojos de Amargado brillaban de entusiasmo.
Lo habían tomado por un artista de pacotilla, un fraude con ínfulas de genio, pero estaba demostrando que tal vez fuera capaz de crear una obra interesante.
Diversas circunstancias lo habían puesto en una tesitura complicada y él estaba respondiendo de la manera adecuada.
Esa fue la conclusión a la que llegó Chisa.
De pronto, escucharon una respiración dificultosa intercalada con algún que otro lamento ahogado. Se volvieron hacia el origen de esos sonidos. Era Sin Nombre, que, presionándose los ojos con una mano, lloraba con los hombros temblorosos y la cabeza inclinada sobre el libro abierto.
Completada su autobiografía, llegó por fin el día del adiós de Sin Nombre.
Con la puerta de salida abierta a su espalda, miraba con franqueza a las mujeres y a Amargado.
Sumikuro, sentado junto a Chisa, también se había unido a la despedida, y tan pendiente estaba del hombre que ni siquiera parpadeaba.
—Ha sido una auténtica fortuna tenerlas a ustedes como compañeras de esta aventura en esta biblioteca —dijo Sin Nombre. Mirando a Amargado, agregó—: Y a ti también.
Para quienes se quedaban, resultaba difícil encontrar las palabras adecuadas. «Hasta luego» o «Saludos para su esposa»…, todo sonaba desubicado, considerando las circunstancias.
Madame T le entregó unas galletas.
—Por favor, acéptelas —se limitó a decir.
En cuanto a Amargado, no anduvo sobrado de humildad en sus palabras.
—La próxima vez que nos encontremos, seré una gran estrella de la música y el arte —dijo, como quien no quiere la cosa.
Resultó curioso que esa falta de mesura tuviera en esa ocasión un efecto positivo, ya que contribuyó a descargar de gravedad el momento y supuso un auténtico alivio para los presentes.
—Así lo espero —replicó divertido Sin Nombre, y ambos se estrecharon las manos con efusividad.
Por fin, Sin Nombre se volvió hacia la puerta y giró el pomo. Chisa dudó entre añadir unas palabras y dejarlo pasar, pero decidió hablar.
—Señor Sin Nombre…
El hombre se detuvo y volvió la cabeza. Esperó a que la joven continuara.
—No sé si al salir de aquí podré recordarlo, pero desde luego hay una cosa que no quisiera olvidar. No quiero olvidar la historia de esa pareja que se conoció cuando ella buscaba sus llaves perdidas y luego se enamoró, se casó y vivió feliz.
Sin Nombre guardó silencio durante unos instantes y, al fin, asintió con la cabeza.
—Gracias, Chisa —dijo, esbozando una leve sonrisa en sus labios—. Gracias a todos. —Y tras dirigirles una reverencia, se volvió y atravesó el umbral.
Apenas puso los pies al otro lado, la puerta traslúcida se cerró y las líneas doradas del marco se replegaron hasta desaparecer.
La autobiografía escrita por Sin Nombre llevaba el mismo título que la de su esposa, Liebestraum , y solo se diferenciaba de esta por el color de su cubierta: el azul.
Sin Nombre le había pedido a la bibliotecaria que conservase ambos volúmenes siempre juntos, en el mismo estante, y que no permitiera que nadie los separara.
Qué raro. Estaba hecha un lío y creí que no lo soportaría más.
Pero, después de un tiempo aquí, me siento mucho mejor.
He recuperado las ganas de vivir. Es curioso: soñé que un gato negro me preguntaba si era el peor día de mi vida y, al contestarle que sí, aparecí en este lugar como por arte de magia.
Me moría por sacar la rabia y gritar por qué era el peor día de mi vida, pero me faltaban fuerzas para hacerlo y no te dije nada. Pensé que así, sin más, seguiría durmiendo, sumergida en mi sueño.
Estoy escribiendo mi historia por indicación de la bibliotecaria, pero, guiada por mi propia iniciativa, he decidido hacerlo en forma de una larga carta dirigida a ti, la persona más importante para mí y la que más amo.
Takao, confío en que, si acabas pasando por esta biblioteca, lo encontrarás y lo leerás, a pesar de la infinitud de volúmenes que hay almacenados.
Confío en que me busques incluso si me transformo en otra cosa al morir.
Sí, confío a ciegas en ti. ¡Me siento tan afortunada de haberte conocido, tan feliz de haberte tenido en mi vida!
No hay páginas suficientes en este libro para escribir todo lo que me gusta de ti. Aun así, voy a hacerlo. Lo primero es…