El gato negro y la biblioteca de los recuerdos 4. La disputa entre Amargado y Sin Nombre #6
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4. La disputa entre Amargado y Sin Nombre #6

—Porque era una melodía que su esposa solía tocar al piano.

Es una canción que le trae muchos recuerdos compartidos.

Ella ya no puede tocar el piano, aunque quiera, y, sin embargo, la persona que eligió esa canción para la caja de música no para de decir que se quiere morir…

En su situación, tú también te pondrías hecho una fiera.

Amargado guardó silencio unos instantes.

—Bueno, lo siento… —balbuceó al fin—. Es una lástima, pero… me esconderé un rato más.

Y se alejó aún más de la entrada, hacia el interior.

—¡Eh! ¡Ten cuidado, te perderás si te adentras demasiado! Mantente cerca de la entrada —le advirtió Chisa, y él se limitó a levantar una mano sin mirarla.

De vuelta a su mesa, Chisa continuó leyendo, con los ojos entrecerrados por el sopor.

La pila de libros se reducía visiblemente, pero a medida que disminuía, aumentaba la ansiedad que sentía.

Esperaba que el que buscaban estuviera entre los que quedaban.

Haber leído tanto sin encontrarlo empezaba a generarle serias dudas sobre su existencia. No obstante, siguió leyendo.

Cuando solo quedaron unos pocos libros del enorme montón que Alice había acumulado sobre su mesa, Chisa y Madame T no dejaban de lanzarle miradas llenas de expectación. Al final, solo quedó uno. Alice lo abrió, leyó durante unos minutos y se detuvo.

Las miradas de Chisa y Alice se cruzaron. Alice parecía estar librando una batalla interior hasta que, por fin, resignada a los hechos, negó con la cabeza.

Era una lástima, pero el libro de la esposa de Sin Nombre no se hallaba entre los que habían extraído de las estanterías de la biblioteca.

Quedaban, por supuesto, los del depósito, pero dar con él allí, entre aquella infinidad de volúmenes, se antojaba tan improbable como encontrar una aguja en un pajar.

La caja de música comenzó a sonar.

Sin Nombre se quedó mirando a las cuatro mujeres reunidas ante la mesa del té y les dirigió una solemne reverencia.

—Muchas gracias por todo el esfuerzo que han realizado.

—Nos queda el depósito —consideró Alice—. El libro de su esposa tiene que hallarse allí, pero… —Se detuvo y sacudió la cabeza.

—Ya sabemos el peligro que conlleva internarse allí —la cortó Sin Nombre. En un tono sereno, añadió—: No voy a permitir que corran ningún peligro por mi culpa.

—Sin embargo… —intervino de nuevo Alice.

—Muchas gracias, de verdad —volvió a interrumpirla Sin Nombre—. La ayuda de todas ustedes me ha dado la determinación que necesitaba. Eso es suficiente. No puedo quedarme en la biblioteca para siempre. Permanecer aquí es huir de la realidad.

A Chisa no le cabía duda de que Sin Nombre había tomado una decisión firme.

Una vez finalizada la hora del té, el hombre acudió al mostrador de la bibliotecaria para hacerse con un volumen con las páginas en blanco y comenzar a componer su propia autobiografía.

Sin Nombre presionaba el lápiz al escribir con una fuerza desproporcionada, como si tratara de imprimir marcas en una piedra.

Nazca uno más o menos inteligente, en el seno de una familia adinerada o en el de una sin recursos, sea portador de una belleza natural o carente de esta, el reparto nunca termina de equilibrarse de manera correcta, de manera compensada; es decir, la vida no reparte justicia.

Unos reciben, otros no, y a menudo quienes reciben pierden lo recibido…

Lo único que trata a todos por igual es la muerte.

«El tiempo avanza implacable —pensaba Chisa—, y quizá es mejor que quienes no merecen la vida la abandonen, por mucho que duela».

Reflexionar sobre la muerte suele considerarse una actitud negativa, y Chisa, cuando pensaba en ella, se veía de pie en un espacio vacío e infinito, como un páramo al que había llegado tras mucho vagar.

Eso, paradójicamente, le infundía fuerzas para liberarse de las amarras del pasado y afrontar la vida con mayor independencia, a partir de ese momento.

Chisa retomó la escritura de su autobiografía, que había abandonado por bastante tiempo.

Ojeó lo escrito y sonrió al ver las páginas llenas de maldiciones y de una caligrafía enérgica.

Recordó lo furiosa que se sentía entonces, tanto que le salía humo de la cabeza.

Ahora, curiosamente, había recuperado la calma; era como si observara su propia ira desde la distancia.

Sabía que nunca los perdonaría, pero la vida era corta y le parecía un desperdicio pasarla dándole vueltas a lo sucedido y pensando en personas que no lo merecían, ni siquiera para maldecirlos.

Hasta entonces, nunca había escrito sobre sí misma ni sobre sus sentimientos.

Plasmarlos en el papel le había ayudado a organizar poco a poco las ideas y a comprender sus reacciones emocionales.

Al tratar de describir sus sensaciones más íntimas, su mente, hasta entonces saturada por un embrollo de interrogantes, había recuperado cierta calma.

Escribir a mano, en lugar de teclear en un teléfono inteligente, era como sumergirse en un océano, el del ser, de su propio ser; el ser más próximo, pero aún incomprendido.

Escribir sobre lo que la enfurecía y lo que la conmovía le proporcionaba un conocimiento de sí misma que, la mayor parte de las veces, le sorprendía.

Pensó que lo que Sin Nombre escribiría sería, sin duda, demasiado doloroso. Se había ausentado de las últimas reuniones para tomar el té, pero un día, por fin, tras un tiempo, Sin Nombre volvió a hacer acto de presencia al son de la caja de música.

—Casi he terminado de escribir mi autobiografía. Pronto saldré de aquí. Vengo a darles las gracias por todo lo que han hecho por mí —dijo, inclinando la cabeza.

—No tiene por qué. No llegamos a encontrar… —empezó a explicar Chisa.

—Pusieron mucho esfuerzo en la búsqueda y lo agradezco de corazón —la interrumpió Sin Nombre, con una nueva inclinación de cabeza.

Seguidamente, miró una por una a las cuatro mujeres—.

No sé si recordaré la existencia de esta biblioteca al salir de aquí, pero a ustedes no quisiera olvidarlas.

No debería, después de lo mucho que me han ayudado.

«Yo también saldré algún día —pensó Chisa—. Ojalá que, cuando llegue ese día, me sienta tan liberada como parece estarlo Sin Nombre».

En ese preciso instante, vieron que Amargado se acercaba con los labios apretados y la mirada fija en él. Chisa temió que llegara dispuesto a vengarse del altercado, antes de que Sin Nombre se marchara.

—Un momento… —le dijo ella, poniéndose en pie.

Él hizo caso omiso de la advertencia y continuó avanzando hacia Sin Nombre.

Este también se levantó de la silla, quizá en actitud defensiva.

El ambiente se tensó de repente. Amargado descubrió un objeto que sujetaba detrás de la espalda y lo enarboló.

Parecía un arma. Un nuevo vistazo, al acercarse peligrosamente, les permitió advertir que se trataba de un libro de cubiertas rojas.

—Te he tenido rencor y por eso me he guardado este libro —dijo Amargado—, pero, ahora que te vas, me siento mal si no te lo entrego. ¡Es un libro genial!

Sin Nombre lo aceptó y, al mirarlo de cerca, se quedó mudo. Un estuche de cuero brillante para guardar llaves hacía las veces de la cubierta de un libro.

—¡El libro de mi esposa! —exclamó Sin Nombre al leer el título, que parecía escrito en inglés o en alguna lengua que utilizara el alfabeto latino, al menos—. ¿Cómo lo has encontrado?

Amargado hizo un gesto de orgullo.

—Por lo que tengo de artista, sé adentrarme en el proceso creativo de los demás.

—Chisa tuvo que reprimir las ganas de decirle cuatro cosas—.

Así que me pregunté qué título le pondría a su autobiografía la mujer de Sin Nombre —prosiguió Amargado—, y aquí es donde desempeña un papel importante la diferencia entre quien es un verdadero artista y quien no lo es. Una cuestión de carácter, supongo…

—Abrevia, abrevia —le apremió Alice—. Basta de rodeos.

—Bien, el título es Liebestraum , que significa «Sueño de amor».

Es el tercero de los tres nocturnos para piano de Liszt y también el título de la pieza que elegí para la caja de música.

Por cierto, también sé tocarla. —Movió las manos como si la interpretara al piano—.

Escribo poesía y letras de canciones, así que tengo buen ojo para las palabras que pueden funcionar como títulos.

De todas formas, estaba aburrido, así que me puse a revisar los estantes del depósito, uno por uno, y por casualidad di con algo que parecía…

Es probable que un artista como yo exprese su amor a través de la música, y pensé que tal vez tu mujer haría lo mismo.

Sin Nombre abrazó el libro y, efusivo, le dio las gracias a Amargado. También se disculpó por su agresión, a lo que Amargado respondió:

—Aunque ignoraba los detalles de tu vida, soy yo quien debe disculparse por la falta de sensibilidad que mostré… Lo siento mucho —añadió inclinando la cabeza con patente sinceridad.

Sin Nombre regresó a su mesa y, sin mayor dilación, se puso a leer el libro de su esposa.

—Así que no eras tan tonto como parecías —dijo Alice a modo de velado elogio.