El gato negro y la biblioteca de los recuerdos 4. La disputa entre Amargado y Sin Nombre #5
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4. La disputa entre Amargado y Sin Nombre #5

—No…, no es eso… —tartamudeó levemente—.

Solo me preguntaba si, por casualidad, habría algún libro de mi esposa en esta biblioteca.

Aquí no se puede buscar por autor, así que lo he hecho a partir de las palabras «llaves perdidas», pero aparecen muchísimos resultados.

He estado leyéndolos con detenimiento y no termino de encontrar nada.

El problema que veo es que, incluso si localizara el libro de mi esposa, me asustaría leer algo como «Sufrí mucho en silencio al casarme con un hombre que no estaba a mi altura».

—Le ayudaré a buscar el libro de su esposa, si no tiene inconveniente —dijo Alice de inmediato—. Leo muy rápido.

—Pero ni siquiera sé si existe… No. Si mi esposa hubiera venido aquí, seguramente habría dejado por escrito en su autobiografía que lo peor que le había pasado, entre todo lo malo, fue casarse con alguien como yo.

—Yo también le ayudaré a encontrar el libro. Aunque se esfuerce por disimularlo, señor Sin Nombre, creo que le gustaría leer la autobiografía de su esposa —intervino Madame T.

Sin Nombre elevó la mirada al techo.

—Es inútil. Hay tanta gente que pierde sus llaves… Es frustrante. Estoy a punto de darme por vencido y, más que nada, no quisiera involucrarlas en mis asuntos personales…

—¿Es que ha olvidado que aquí no existe el concepto del tiempo? —dijo Chisa, poniéndose de pie—. Eso significa que estoy libre mañana y pasado mañana. Busquemos el libro de su esposa.

Alice era quien tenía más práctica en la búsqueda de libros y conocía mejor el sistema, debido a sus esfuerzos por encontrar la autobiografía de su madre biológica.

Los resultados de la búsqueda incluían tanto libros conservados en las estanterías de la biblioteca como otros almacenados en el depósito.

Si deseaban consultar un ejemplar, podían pedirle a la bibliotecaria que se lo llevara (siempre que se encontrara en las estanterías del área de la biblioteca) o podían ir a buscarlo ellos mismos, guiándose por la signatura.

Puesto que la bibliotecaria no se internaba en el insondable depósito, si algún usuario deseaba algún volumen almacenado allí, tendría que localizarlo por su cuenta y riesgo.

La experiencia le decía a Chisa que perderse en su interior era de lo más sencillo.

Todo apuntaba a que los ejemplares allí guardados eran los más antiguos.

Esto era solo una suposición de Chisa, pero, si todavía había mucha gente que recordaba a un autor, lo más probable era que su libro pudiera encontrarse aún dentro de los límites de la biblioteca; si el autor había fallecido hacía mucho tiempo y apenas era recordado, su libro tal vez se guardaba ya en el depósito.

Para empezar, le pidieron a la bibliotecaria que les llevara todos los libros que contenían las palabras clave «llaves perdidas», pero…

Sin Nombre las miró con el ademán de querer decir: «¿No lo dije?

Es imposible». El gesto se debía a que la bibliotecaria apilaba una cantidad enorme de libros a una velocidad vertiginosa.

Solo verla trabajar producía mareo. En un instante, se había formado una montaña más alta que una persona, y se necesitaron hasta tres mesas y media para acoger semejante suma de volúmenes.

«¿Vamos a tener que leer todo eso?», se preguntó Chisa, que se sentía como una hormiga que intenta arrastrar una galleta. El símil parecía adecuado en cuanto a la proporción de los elementos involucrados.

Quería acotar aún más la búsqueda, añadiendo varios términos más, como «asunto de llaves», «mujer» o «marido con cara que da miedo», pero solo les estaba permitido buscar a partir de un grupo de palabras cada vez.

Para acelerar el proceso, se dividieron el trabajo entre Alice, Chisa y Madame T.

Aun así, por mucho que corrieran, no podían bajar la guardia, porque no sabían en qué punto del relato podía aparecer el asunto de las llaves.

A veces, incluso después de leer buena parte de una autobiografía en la que ocurría algún extravío de llaves, no terminaba de quedar claro el sexo del autor.

Si resultaba ser un hombre, simplemente lo apartaban.

Las circunstancias en las que cada persona perdía las llaves eran de lo más variopinto y los efectos, a menudo nefastos.

En algunas ocasiones, la pérdida había ocasionado perjuicios económicos importantes e incluso algún que otro despido laboral del encargado de un comercio que no abrió a tiempo; en otras, algunos conductores habían extraviado las del coche en unos baños públicos, y también hubo a quien se le cayeron por la calle, en una cuneta, en un acuario, en un río o en el océano.

Pero no dieron con ninguna historia en la que una mujer buscaba sus llaves en la calle, a altas horas de la noche, y quien las encontraba resultaba ser un hombre de rostro aterrador, pero de buen corazón, con quien entablaba conversación.

Al no encontrar nada, Chisa echó a un lado las cinco autobiografías que acababa de leer para llevar a la mesa otras cinco y repetir la operación.

En cuanto a Alice, una torre de libros se elevaba sobre su mesa.

Leía a una velocidad endiablada, pero seguía negando con la cabeza cada vez que su mirada se cruzaba con la de Chisa.

Por su parte, Madame T se hallaba inmersa en la lectura con el mismo poco éxito que las otras dos.

Durante un breve respiro, Chisa pensó que no habían vuelto a ver a Amargado.

Tampoco sabían dónde se había metido. Reparó en que era la primera vez que leía tanto.

Y no solo eso: en aquella ocasión, algo muy serio estaba en juego y debía continuar con la lectura, por más que le tentaran las ganas de tomarse un descanso o empezara a pesarle el aburrimiento.

Cuando escuchó la historia, Chisa se dejó llevar por la imaginación y asumió que la esposa de Sin Nombre fue, de niña, una guapa estudiante que había aprendido a tocar el piano.

Solo esperaba que sus ideas preconcebidas no la llevaran a error ni a desestimar un libro por equivocación.

Por eso, se esforzó por leer cada uno de ellos hasta la última línea y con la atención necesaria.

Quién se lo iba a decir a ella, que de niña se pasaba los ratos a la caza de cangrejos, correteando por el campo y, no pocas veces, a puñetazos con los niños.

Quizá no se equivocaban quienes decían que el carácter de un niño puede cambiar drásticamente a partir de la adolescencia.

Si por un despiste suyo Sin Nombre se quedaba sin leer la autobiografía de su esposa, no se lo perdonaría, de modo que ponía todo el ahínco en la lectura, incluso en los fragmentos que se le hacían soporíferos.

Chisa deseaba con toda su alma que Sin Nombre pudiera reencontrarse con su esposa, aunque fuera a través de un libro escrito por ella.

Leerlo sería un acto parecido al de orar.

Puesto que si moría nunca más se verían, tampoco podrían hablar entre sí ni revelarse los pensamientos más profundos e íntimos que cada uno albergaba.

Como era natural, pese a los buenos deseos, nadie podía asegurar todavía que en la biblioteca, entre todos aquellos libros, hubiera uno escrito precisamente por la esposa de Sin Nombre.

¿Y si, por ejemplo, ella no había mencionado las llaves?

Era posible que hubiese utilizado alguna otra expresión, sin creer necesario especificar la naturaleza del objeto extraviado.

¿Y si se había limitado a escribir una frase como «Mi marido y yo nos conocimos por casualidad cuando encontró algo que yo buscaba con desesperación»?

¿O como «Se me cayó el llavero»? Esa búsqueda empezaba a parecerle a Chisa una apuesta del todo azarosa.

Aun así, no se rindió y continuó leyendo relatos sobre llaves extraviadas y las consecuencias derivadas del despiste.

Algunas personas perdieron las llaves de su casa y se vieron obligadas a romper la ventana trasera para poder entrar, lo que desencadenó un pequeño conflicto familiar, con reproches y regañinas.

Hubo quien trató de encaramarse al primer piso para entrar por la ventana, pero se resbaló y se rompió una pierna, y quienes llamaron a un cerrajero y gastaron decenas de miles de yenes en reemplazar las cerraduras.

Chisa reparó en que Alice ladeaba la cabeza, como si se estuviera esforzando por entender algo que se escapaba a su comprensión.

«¿Qué te pasa?», le preguntó Chisa por medio de una bola de papel.

Enseguida, Alice le lanzó la respuesta: «He encontrado una palabra que no entiendo: “Teletrabajo”».

¿Cómo era posible que alguien que leía tanto como ella no supiera lo que era el teletrabajo? Por muy madura que pareciera a veces, ese tipo de hueco en sus conocimientos la delataba como la estudiante de primaria que era.

«Significa trabajar desde casa».

Alice mantenía la cabeza ladeada. Debía de estar releyendo el párrafo en el que había encontrado ese vocablo.

Chisa decidió tomarse un pequeño descanso y dar un paseo para despejarse. Fue entonces cuando vio a Amargado, escondido justo al otro lado de la entrada del depósito de libros. Ella entró también y, sin perder de vista a la bibliotecaria, ambos se internaron unos metros más.

—¿Por qué te escondes? —le preguntó en voz baja a Amargado.

—¿Es que te has olvidado de lo que ha pasado? ¡Tengo miedo! —dijo él, temblando.

—Ya sé que da miedo, pero no es mala persona. Te darás cuenta si hablas con él. Pero, si te soy sincera, comprendo sus motivos para querer pegarte. Ahora mismo, estamos buscando la autobiografía de su esposa, aunque encontrarla está resultando poco menos que imposible…

Chisa le contó con todo detalle cómo se conocieron el señor Sin Nombre y su mujer, que ella estaba luchando contra una enfermedad y se encontraba grave, y que lo más probable era que pronto falleciera. De nada sirvió tanta explicación. Amargado seguía sin querer salir del depósito.

—Por cierto, la canción que elegiste para la caja de música resultó un desastre.

—¿Qué? ¿Mi canción? ¿Por qué?